viernes, agosto 20, 2010

viernes

J. trabaja para un millonario que tiene tierras y equipos de fútbol y ese tipo de cosas que tienen los millonarios. Una vez por mes viaja en una trafic que lo lleva primero por una ruta de asfalto oscuro y después por una calle de ripio hasta un valle con bosques de coihues y cipreses y ríos de agua verde. Ahí, en ese valle, vive veinte días al mes junto a otros compañeros de trabajo en un refugio de madera y estufa a leña que en realidad es un tacho de doscientos litros con puerta, y ventanas empañadas. Trabajan, esos veinte días, en el campo: plantan árboles, hacen leña, cazan las liebres que mastican los árboles que plantan, recorren las cientas de hectáreas. Cada tanto, por la noche, comparten un vino y arman cigarrillos con tabaco mariposa y papeles ombú mientras calientan un pedazo de cordero en el horno que es un tacho de doscientos litros.
Hace poco tiempo el papá de J. le regaló un perro: un cachorro inquieto y peludo. J. lo dejó en su casa, que es la casa de sus padres. Un día se le ocurrió que lo podía llevar al campo del millonario para que lo ayudara a cazar liebres y para que le hiciera compañía. Llevó al perro en la caja de su camioneta una mañana de nieve y gris. El perro ladraba a los autos que pasaban, a los caballos y a los camiones, y los ladridos entraban amortiguados por el vidrio y el zumbido de la calefacción y la radio a la cabina en la que J. iba solo, fumando, mientras en la ruta oscura pasaba autos, caballos y camiones.
El perro corrió por el campo y cazó liebres y acompañó a J. a recorrer las plantaciones, adelantándose y volviendo rápido, con la cabeza llena de escarcha, con las orejas como con vida propia, con la cola erguida y llena de abrojos. Algunas noches muy frías durmió adentro de la casa, abajo de la estufa a leña. Otras, durmió afuera y le ladró a la luna y a los ruidos sin dueño que llegaban del bosque.
Uno de los capataces, un chico acostumbrado a dar órdenes y a que sean obedecidas, le dijo una tarde a J. que no dejara el perro suelto, que si se acercaba a la casa de los capataces o corría alguna oveja se iba a encargar él mismo de matarlo. No te preocupes, respondió J. con el perro entre las piernas y mirándolo fijo a los ojos en retirada, no lo voy a dejar suelto.
Una noche el perro no volvió. Tampoco volvió el día siguiente. Ni el siguiente. Lo buscó por las plantaciones y por los corrales y por el bosque. Lo buscó y gritó su nombre y sacó comida afuera para que la oliera. Otra noche, mientras cenaban, uno de sus compañeros le dijo que no lo buscara más, que aquel chico acostumbrado a dar órdenes y a que sean obedecidas lo había matado como había prometido, que el perro había llegado a la casa de los capataces persiguiendo una liebre y que el chico le había silbado y que cuando se acercó le pegó un palazo en la cabeza y después lo tiró a un fuego que habían prendido hace un tiempo y que seguía con llamas y que cuando lo tiró el perro todavía estaba vivo o al menos eso parecía y que se quedaron todos mirando, en silencio, cómo el perro aullaba y desaparecía en el fuego. J. dejó la comida y tomó lo que quedaba de vino en su vaso y después salió afuera a mear en la helada bajo el cielo negro.
Pasaron unos días y el chico fue a dar órdenes a la casa de los trabajadores. J. le preguntó si había visto a su perro, que había desaparecido, y le dijo que se acordaba de su promesa. El chico le respondió que ni idea, que tenía cosas más importantes de las que ocuparse. J. lo miró serio y le volvió a preguntar si seguro no lo había visto: ¿seguro que no lo viste, eh, pelotudo?, le gritó, porque me dijeron otra cosa, y eso que hiciste no se hace, ni con mi perro ni con ningún otro perro, y la vida tiene sus vueltas y algún día te voy a encontrar y te voy a cagar a palos. No me voy a volver loco por buscarte, no te preocupes, porque la vida tiene sus vueltas y te voy a encontrar, ¿me entendiste?
El auto queda en silencio: solo se escucha el murmullo de motor y el ripio que se acomoda bajo las ruedas a medida que avanzamos despacio por la entrada de la chacra. ¿Y lo encontraste?, le pregunta M. Y J. se ríe y dice que no, que todavía no, pero que le gustó cómo quedó la frase de las vueltas de la vida, y que será sólo cuestión de esperar.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

el John Grady de El Manso

Anónimo dijo...

amansador, amansador

Anónimo dijo...

Interesante! Será tal cual lo contas? Lo dejo a mi interpret. Eso del perro es realmente el perjuicio de la simple ignorancia que nos rodea. Pero no es la culpa de nadie que aniquilen a un animal por esta causa.

Anónimo dijo...

CHE FELICITACIONES POR EL ANUNCIO!!! ME PARECE TODO UN ERROR, PERO ES INEVITABLE...
¡ABRAZO DE UN AMIGO.

chino dijo...

¿eh?

polache dijo...

cuanta bronca genera la historia del perro de J y el hijo de perra de M

Aureliano N dijo...

Upa, muy bueno. Che igual diganle a J. que se cuide, que es como Asterix pero sin pocion magica!!
Ademas de eso digo:
Destaco la prosa, el tono.
pienso: el autor de estas entradas de Blog camina por un borde. Que parece una cuestion de horas vuelo que las entradas se transformen en relatos maduros.
Saludo Chino