martes, febrero 13, 2007

martes

* Entonces el trabajo empieza a mermar y el día, de la nada, se hace más largo, fangoso e improductivo. En el almuerzo, recorro sin rumbo las calles de belgrano, un barrio que me cae antipático y estúpido, para usar dos palabras esdrújulas. Como un pollo con ensalada en cualquier lado y me siento un rato en un banco de la plaza esa que está frente a una iglesia redonda. No tengo libro ni walkman, así que pura contemplación. Gran embole la pura contemplación.

* Pienso en las cosas que tenemos que hacer antes del viaje. Pienso en anotarlas, antes de olvidármelas. Me las olvido. Pienso en muchas otras cosas. Pienso en que faltan dieciocho días hábiles para irme del laburo, por ejemplo. O que beck es un músico que me cae muy bien y que me gustaría que fuese mi amigo. Pienso también en que el fin de semana estuvo muy bueno, y pasó rápido, y ahora estoy acá y no está tan bueno, y pasa lento. Pienso en la tesis que me gustaría escribir cuando termine la carrera. No pienso en todo lo que me falta para llegar a la tesis, ni mucho menos en los finales que no rindo y que debería.

* Mis hermanos, allá en el sur, me cuentan de su ida a la montaña. Mis padres, allá en el sur, me cuentan de su ida al lago mientras mis hermanos subían el piltri. Mis hermanos me cuentan que salieron a las tres de la mañana, desde la ruta, y que llegaron al huemul, allá arriba, a las seis de la mañana, junto con el amanecer más espectacular nunca visto. Mis padres me cuentan que compraron un pollo para hacerlo a la parrilla para esperar a mis hermanos. Mis hermanos me cuentan que no lo comieron porque llegaron muy tarde y más cansados. Me cuentan, también, que los días allá pasan y pasan bien. Que cuando hace calor riegan o se tiran al río; que cuando hace frío se abrigan o prenden las chimeneas. Que le escapan a la computadora y a la tele, y que cada tanto se van por ahí a vender frutas, en el auto que vamos a usar en el gran viaje.

* Al reto de la jefa del otro día, lo continuó, como en un mal guión, la falsa indiferencia de quien convive en un trabajo. Yo no me hago drama, pero todo lo que imagino –esas charlas heroicas donde diciendo “basta, se acabó, yo me largo”, yo de hecho me largo, y se acabó– no sólo no se vuelve realidad, sino todo lo contrario. Cada vez me vuelvo más dócil, más amable, más pelotudo, más domesticado. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Salvo tachar los días en el almanaque. Y escribirlo.

3 comentarios:

esteban dijo...

Perdón, pero éste blog me hace mal. Todas las ganas de laburar que tengo se me van apenas entro. Quiero creer que voy a encontar algo medianamente feliz dónde al menos haya una luz de resistencia a la llana y dócil servidumbre.
ah, y te cuento que un amigo que te lée decidió renunciar.
hacéte cargo.

f. dijo...

Uh...
Ojo, eh, que yo creo que hay trabajos en los que uno puede crecer, aprender; ser feliz, incluso. Pero no acá.

Otro renunciador... ya somos varios. Me parece que es la tendencia del verano.

Lucardo dijo...

Yo soy el amigo renunciador de esteban. Efectivamente, me las quiero picar, pero no sin tener en dònde caer.
Me identifico mucho con lo que escribis, hasta me dan ganas de vivir en el bolson.
Au revoir!