sábado, junio 21, 2008

sábado

"Me llamo Bruno Américo Riquelme y me gustan las de treinta", decía, en letra cursiva, desprolija y carbónica sobre la puerta de madera de la casa abandonada que oficiaba de taller o galpón o depósito, en lo de Aye, camino a la loma. Dentro de ese galpón se podía encontrar cualquier cosa. Había alambre, mucho alambre, herramientas, nylon, fierros retorcidos, madera, ruedas de un rotovator abandonado. Rotovator: creo que nunca había escrito esa palabra.
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Bruno Américo Riquelme trabajaba en la casona, la casa de la abuela y los viejos de Aye. Una casa enorme de techos y paredes de alerce, con escaleras de madera, cuartos oscuros con olores extraños, pisos ruidosos, fantasmas para elegir, habitaciones misteriosas en las que no entraba nadie, el recuerdo de un conde polaco que murió una nochebuena, ecos de las prostitutas que, decían, habían poblado la casa mientras construían la ruta hace tantos años, daguerrotipos colgados de las paredes. Una mansión que crece a medida que la olvidamos.
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A Bruno Américo Riquelme lo recuerdo sentado en una silla rota, atizando el fuego de la enorme cocina económica, en la que siempre había una pava de proporciones épicas con agua caliente o una olla con polenta para los perros o panes leudando. Me lo acuerdo, también, borracho de vino de botella verde, con la piel curtida, pero curtida en serio, con surcos atravesando los pómulos, los ojos negros hundidos, y apenas un par de dientes, asomando imbatibles como los troncos de un muelle abandonado. Pero era alto, y tenía garbo o algo parecido: el pelo negro oscurísimo, sacos azules con bordados, camisas blancas. Y además era poeta o hablaba como poeta y decía cosas como "bandurrias de hojalata" para referirse a los aviones. Tenía más metáforas que dientes.
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Un día de junio o julio de hace un par de años la casona se incendió íntegra. Susana, la abuela, estaba sola, el incendio empezó en el living. De los tres pisos quedaron cenizas, la pava retorcida por el calor, un lavarropas, ladrillos chamuscados, fantasmas sueltos.

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A Riquelme lo volví a ver hace no mucho, caminando por la calle asfaltada del Hoyo. Yo hacía un trámite o iba al hospital o buscaba a Padre en la cooperativa. Riquelme estaba lejos pero lo reconocí. Caminaba lento, miraba el suelo, vestía traje.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso vieja. Aunque te resistas a cambiarme el cheque.

de nylon dijo...

vamos viejo, escribite algo.