lunes, marzo 03, 2008

dos meses

La casa está vacía. La mesa, finalmente ordenada; el piso barrido. La lámpara apunta hacia la pared blanca y llena la habitación de una luz cálida, somnolienta. Por la ventana abierta llegan olores y ruidos que creía haber olvidado. Laurie Anderson canta a lo lejos.
Fueron dos meses de no estar acá. Dos meses no parece mucho comparado con, no sé, el avance o retroceso de un glaciar, o el crecimiento de las tortugas Galápagos. Pero en estos casos es distinto: dos meses es bastante, o al menos es el tiempo suficiente para que pasen muchas cosas.

Algunas cosas que pasaron:
Cosechamos arándanos por las mañanas, mientras los zapatos se nos mojaban con el rocío. Viajamos a Comodoro a vender el arándano que habíamos cosechado. Vimos la estepa y el Atlántico. Murió Agente Cooper, el gato, y lo extrañamos. Nos casamos en una fiesta que duró cinco días y en la que el vino blanco corrió como el Epuyen rumbo al Pacífico, las vacas y los corderos y los pollos se sacrificaron como niños aztecas por nuestro amor, el sol brilló y no por su ausencia, y todo fue felicidad. Algunos levitaron. Hubo días de lluvia en los que vimos Doctor House y bebimos vino sentados alrededor de la chimenea. Hubo días de calor en los que nos tiramos al río y escuchamos música y jugamos al fútbol; incluso hubo días en que la rutina de las vacaciones nos hizo creer que estábamos aburridos. Vinieron amigos de todos lados y la pasamos muy bien con ellos. Cantamos karaoke y estencileamos remeras. Comimos pizzas bajo la tenue luz de las estrellas. Nos sentamos alrededor del fuego, adorándolo, o al menos aprovechando su luz y calor. Desayunamos en la mesa del comedor, con el sol de la mañana iluminándolo todo. Llegó Rospentek, el caballo azulejo y malacara acompañado por su madre, Bonita. Cantamos los Beatles. Buscamos un lugar para hacernos la casa. Comimos shawarma en la feria. Volvimos a Buenos Aires por una noche y lo vi a Mariano y cenamos con primo Martín y Conrado y Mike. Fuimos a México, y primero vimos desde el avión las luces naranjas e infinitas del DF y después caminamos por las calles del Centro histórico, oliendo ese olor que es a cloaca y a comida y a tantas otras cosas. Fuimos al Pacífico y nos metimos en un mar bravo y espumeante como perro rabioso, y también dormimos sobre la arena caliente y leímos. En la selva escuchamos monos y observamos impávidos cómo la vegetación avanzaba sin dar tregua. En el desierto seguimos el recorrido de las estrellas y, antes, el de las sombras largas de los cáctus que parecieran querer escaparse de ese mundo llano y seco. Dormimos en varios hoteles que llevaban el adjetivo Principal como nombre. Y nos quisimos. En San Miguel Allende vimos el eclipse y algo más; en Guanajuato nos perdimos por esas callecitas absurdas. En el DF hablamos con taxistas y recorrimos la interminable red del Metro. Y la comida, por supuesto. Leimos el diario mientras esperábamos el desayuno. Escuchamos radio en una tráfic que desafiaba en cada curva la ley de la fuerza centrífuga -si es que la fuerza centrífuga se rige por alguna ley- y, mejor todavía, le ganaba. Escuchamos a Bob Dylan perder su voz desde la última fila del Auditorio Nacional mientras intentábamos adivinar su atuendo. Volvimos. Tuvimos un poco de jet lag. Fuimos a Chascomús donde con primos y hermanos y mucha otra familia festejamos que hace poco habíamos festejado. Brindamos por el amor y por Martín y aplaudimos a los asadores.

Ahora Laurie se fue y le dejó el lugar a Nick Cave y a su piano. Nick asegura que no cree en un dios intervencionista, pero sabe que vos, cariño, sí. Un mosquito me pica en el brazo y lo dejo actuar tranquilo: no te voy a matar ahora, prefiero rascarme después. Subo el volumen. Recorro la habitación con la mirada. Miro por la ventana. Me rasco. Apreto publicar. Llegamos.

5 comentarios:

de nylon dijo...

bloody yeah.

Anónimo dijo...

Volviste;...y que sean millones.

willies dijo...

bienvenido!

Anónimo dijo...

queremos tanto al agente cooper

Ayelen dijo...

idem idem . nomás que digo "bienvenidoS!" y...yo al cooper no lo conocía casi...así que, en fin, ¡tengan hijitos!