jueves, enero 04, 2007

llegar

Llegar a buenos aires, la ciudad, es siempre intenso. Más, cuando se llega de lejos. Del aire acondicionado -sea bondi, avión, da lo mismo- a retiro, sin escalas. Del mar, del campo, de las montañas, también, da lo mismo.
Llegar después de una noche durmiendo en la falsa horizontalidad de un falso coche cama; llegar después de una enorme luna naranja, en la enormidad de la pampa; llegar después de una semana con seres queridos: padres, hermanos, novia, familia toda, amigos, amigos de amigos, etc.; llegar después de noches de lluvia y chimenea, de fiesta de año nuevo, de desayunos interminables que devienen en almuerzos interminables que devienen en cenas interminables que devienen.
Llegar. Y sentir el olor a chipá y a alfajor guaymallén -que en realidad no tiene olor, pero podría-; chocar contra la multitud atontada que espera su vía de escape; leer los diarios paraguayos que anuncian que sandra sánchez es la nueva chica del caño, y que apareció otro cadaver decapitado, y este rito umbanda, todo con su foto color, su titular sangriento.
Llegar y caminar aletargado por un calor que parece irreal, a las siete y media de la mañana. Caminar y subirse al ciento cincuenta y dos y empezar a sudar y golpear a la gente con los bolsos que ahora parecen mucho más grande de lo que parecían. Buscar las monedas -sin uso desde la partida: en el sur las monedas no existen, como no existe el gato en tucumán-, pedir ochenta por favor y escuchar por primera vez mi voz desde que me subí al colectivo, 20 horas antes.
Llegar y saber que falta bastante para volver a irme.
Llegar a mi casa, sin mujer ni gato.
Llegar a buenos aires, un cuatro de enero, puede ser duro.

2 comentarios:

Memorias de la cola dijo...

tremendo, yo por eso no me voy jamás

f. dijo...

che, memoirs, pero eso es como no afeitarse porque la barba vuelve a crecer, o no subir porque luego se baja...

No, no es lo mismo.