martes, julio 21, 2009

martes

Jugamos contra nuestras propias limitaciones y, sobre todo, contra el viento, que sopla fuerte y trae bocanadas de aire cálido desde el sur. La hostería está vacía y oscura y la montaña negra, que crece vertical a pocos pasos, sumada al atardecer -esa hora de la que hablaba antes y que Sandro alguna vez llamó la hora fatal-, hace que todo se vea aún más amenazador. Hay pocas luces prendidas y se escuchan, lejanos y rítmicos, los hachazos de algún leñador. La pelota verde fluorescente va de un lado al otro. A veces queda atrapada en la red, otras veces sigue de largo hasta el cerco perimetral y allí muere como un fugitivo abatido, otra vez vuela lejos y la miramos rebotar una y otra vez sobre la tierra despareja hasta que queda quieta a pocos centímetros del río, que corre apurado hacia Puelo. El cielo tiene algunas nubes y las montañas del este todavía tienen, en la cumbre, sol rojo que ilumina la nieve. Y la prende fuego. De a poco nos ablandamos. El saque mejora -es una manera de decir-, y devolvemos un par de pelotas sin tener que ir a buscarla ni a la red ni al cerco perimetral ni a pocos centímetros del río y entramos en calor y hasta sudamos. De a poco, también, se hace de noche. Terminemos un set y vamos, decidimos, y en ese momento ya sé que voy a perder.

1 comentario:

Tyler Durden dijo...

No me preguntes por qué, pero pensé que todo terminaría con una cerveza...