domingo, noviembre 16, 2008

domingo

*En pocas horas Juan va a cumplir tres semanas desde que sacó su cabeza pelirroja al mundo y miró todo con ojos claros y cansados y se acostó -lo acostaron- sobre el pecho de Lu mientras un equipo de médicos se sacaban los guantes y los barbijos y miraban con ternura y a la vez con el peso de la rutina sobre sus hombros. Tres semanas en las que nos dedicamos a mirarlo embobados y a hacerle caras y a hablar como nabos repitiendo palabras e imitando los ruiditos que hace. Tres semanas en las que el cuarto piso b de bueno se trasformó, por momentos, en un submarino ruso con tres tripulantes silenciosos y espectantes navegando hacia ningún lugar o hacia el fondo del mar. Por fuera, un casquete polar en forma de ciudad cruje, tiembla y se derrumba. Nada nos importa: en la sala de máquinas, la cuna de Juan mantiene todo iluminado.

*Los ruidos, las manos, las uñas, los ojos, el pelo, los pies, las piernas, el culito, el ceño fruncido, la nariz -primero con pintitas blancas, ahora cada vez más estilizada-, los movimientos, el hipo, las orejas -la que tiene chueca y la otra-, la boca -sobre todo la boca-, la lengua que se dobla cuando llora, los estornudos, los bostezos.

*Sí, casquete-polar-que-cruje-y-tiembla-y-se-derrumba, las pelotas. La ciudad se nos viene encima y podemos usar metáforas de las más variadas y locas, pero cuando el martillo neumático que derrumba el edificio vecino empieza a hacer temblar todo a las ocho de la mañana, y los cuarenta grados centígrados amenazan con derretirnos, y por las noches el reguetón del vecino avisa que lo que pasó pasó por enésima vez, imaginamos el río corriendo hacia el Pacífico, el pasto verde, un gin tonic en la vereda y el silencio, sobre todo el silencio, y nos preguntamos ¿qué era que estábamos esperando acá, en este infierno llamado Buenos Aires?

*La demolición nos tomó por sorpresa. Primero fue un post it en el ascensor que decía que "aparentemente" iban a empezar en los próximos días. Después, tres obreros de la destrucción, con cascos y mamelucos, mazas y picotas, empezaron a golpear mientras charlaban: "¿che, al final ganó Obama o el otro?". Avanzaban de a poco, hacían asados largueros y tomaban hectolitros de cocacola: una manera de destruir hasta enternecedora. Después llegó el martillo neumático y, como dijo Brecht, fue demasiado tarde. El nombre de la empresa es Deconstrucción. Si no los odiara tanto, me daría gracia.

*El ombligo salido para fuera, la panza redonda, los pliegues por todos lados, su respiración cuando está dormido, su respiración cuando está despierto, el olor de su cabeza, el olor de sus pies, la piel que se le descascara, los movimientos de sus brazos hacia arriba como un Perón en el balcón, pero dormido en un cochecito de paseo, sus dedos babeados de chuparselos, las cejas casi transparentes, los remolinos en el pelo como un trigal en un día ventoso, ese puntito en el medio de la boca, la mancha roja en el hombro izquierdo, las vértebras dándole forma a la columna, que es casi un chiste, los codos, las rodillas.

*Anoche soñé con Martín después de mucho tiempo de no soñar con él y otro tanto de no soñar ninguna otra cosa interesante. Estábamos en la casa de alguien en el Bolsón, era de noche: una fiesta o una reunión. Martín estaba ahí y en un momento nos fuimos los dos a un rincón a charlar. No sabés lo que te extraño, le dije. Qué lindo, respondió. Y agregó: la tienen que pasar bien, muy bien. Estaba con un buzo gris y la espalda chueca. Nos abrazamos un rato largo y sentí sus costillas, le toqué el pelo y olí a esencias de eucalíptus y menta -aunque en los sueños no sé si se huele, pero cuando desperté lo recordé así-. Después nos subimos a la trafic: no arrancó. Me dijo, riendo, con los labios torcidos como reía, pará, levantá el cebador y pisá tres veces el acelerador, esperá un poco y ahora sí. Y entonces sí. Avanzamos despacio por un camino de ripio con charcos marrones, con el cielo clareando hacia el este. Los ojos llorosos y una sensación de alegría tan grande como tenerlo a Juan cerca.

*Después, cuando desperté, antes de ducharme, puse Nick Cave. En el momento no lo pensé, pero después todo tuvo sentido. Mientras el australiano gritaba an eye for an eye a tooth for a tooth and anyway I told the truth and I'm not afraid to die, volví a ese trece de diciembre y al calor sórdido y al dolor profundo, al olor a tierra y el vértigo y las lágrimas y los abrazos inconsolables y las palabras vacías y entendí algo que ahora no sé bien qué fue pero que de alguna manera extraña me reconfortó y llenó de paz o algo parecido.

*Las mil caras que pone como fotogramas vistos en cámara lenta, los suspiros, y saber que está ahí, durmiendo, a un brazo estirado de distancia.

4 comentarios:

Julia dijo...

Siento que nada podría compararse a la sensación Juan. Todo quedó atrás. Felicidades, aun después y durante la sensación única que es Juan. Faa, yo no me lo imagino, pero.

nicoleta dijo...

Ay.

Anónimo dijo...

qué lindo, chinito!





Obelix

Ayelen dijo...

los quiero