working class nonheroe
Hay ciertas personas que generan en mí un comportamiento extraño, errático. Allá: los que atienden en la estación de servicio, los mecánicos, la gente de campo, albañiles. Acá: porteros, mecánicos también, plomeros y expertos en alguna cosa. Y así me convierto en un asentidor profesional (“ah, claro, ahora le va a pasar el fratacho”), un mal contador de chistes (“¿sabe como le dicen a river?”), un mal reidor de chistes (“por supuesto, ja ja ja, ahora entiendo”), todo eso y mucho más. Y además, a estas personas, no las tuteo.
Miro sus manos manipulando las herramientas, son hábiles emparchando gomas de autos y sus dedos están curtidos; hacen un pozo en dos minutos, con una pala corazón desafilada; serruchan mirando a los costados, y el corte es recto, impecable. Y yo al lado de ellos, completamente inútil.
Hay una rama de mi familia, por parte de madre, que asciende hasta mi abuelo y tal vez mi bisabuelo -no llegué tan lejos-, que se especializa en este comportamiento. Mi abuelo, el pater familiae de esta cuestión, llama “jefe” a cualquier persona que tenga una herramienta en su poder. Mi primo, Migue, también. Se quedan al lado, miran, opinan. Lo que los diferencia de mí es que ellos ayudan; están ahí, saben lo que esta gente está haciendo, saben nombres técnicos, proponen soluciones.
Ahora está Cristian en el baño, está instalando el lavarropas que compramos. Cristian es el portero del edificio. Es joven y de Boca; sus ojos parecen siempre delineados y me dice “pollito” casi desde el primer día que lo vi. Cristian entonces corta caños y hace roscas; antes sacó el bidet. Cada tanto me grita: “pollito, traeme bolsas”; o “pollito, cerrá la llave de paso del agua fría”; o “pollito, ¿tenés un trapo y un balde?”. Con Cristian nos tuteamos; a veces incluso le digo Cris. Pero igual corro, solícito, en busca de bolsas o de la llave de paso de agua fría; en busca también de trapos y baldes. Y también hago chistes malos y me río de los suyos, malos también. Y me equivoco el nombre de las herramientas.
Recién casi me manda a la ferretería a comprar tornillos. Me puse la campera y todo, pero justo encontró unos que servían lo mismo.
La ferretería es otro de estos terrenos donde me siento empequeñecido, minimizado, absolutamente prescindible.
En un rato va a cortar la luz.
Le tengo miedo a la electricidad, y también al gas.
No puedo leer manuales de usuario.
Cristian pregunta si hay poxirán.