sábado, abril 14, 2007

los hijos de seymour

Algunos apuntes sobre la banda del verano de mi infancia

*Nuestros quince minutos de fama empezaron en noviembre del año 1999 y terminaron a principios de 2001. Los cuatro: santi, nico, pey y yo, íbamos a una escuela de música en el bolsón. Para el acto de fin de año los profesores, al ver que solíamos aprovechar los intervalos de las clases para tocar algunas cosas entre nosotros, nos preguntaron: ¿quieren preparar algo para después de la muestra de fin de curso? Dijimos que sí, que claro. Enseguida se definió que la sala de ensayo sería el galpón que está al lado de lo de alan, padre de santi.


*Alan es mi tío y también mi padrino, y vive con su familia a un kilómetro de mi casa, por medir de alguna manera ese camino de tierra, rodeado de álamos y robles. El galpón de su casa todavía no era lo que es hoy, con calefacción, paredes pintadas, cancha de ping-pong, dardos e internet con banda ancha. En ese entonces, del techo colgaban bolsas con cebollas o nueces, en la pared había un poster del bolsón y en el entretecho había un cementerio de esquís y botas y bastones, y las lauchas pasaban raudas por las vigas. La batería y dos amplificadores completaban el mobiliario.


*Con santi, mi primo, y nico, mi amigo, ocasionalmente nos juntábamos para hacer algunas cosas musicales, yo con el bajo, nico con su guitarra, santi en la batería; en algún momento tuvimos un intento de banda, de nombre qüal (cuál); el chiste obvio era:

-¿cómo se llama tu banda?
-qüal.
-tu banda, la que tenés con los chicos.
-qüal.


*La génesis de qüal fue en el sótano de mi casa, algún día de lluvia de algún otoño llovedor. Yo ya tenía el bajo y nico su guitarra. Santi arruinó las ollas de madre. Mis hermanos bajaban, martín a veces tocaba el piano; el ruido era infernal. Padres dormían la siesta. Cuando padre compró la potencia con micrófonos abandonamos el sótano y empezamos a hacer pequeños live aids para no más de cuatro familiares en la vereda de casa, la que daba al río. Era verano, tenía sentido.


*Esta vez teníamos más presiones. El recital, nuestra primera presentación, iba a ser a continuación del acto de la escuela en el que iban a tocar chicos de todas las edades y niveles. A la muestra iban a ir muchos familiares de alumnos y ése iba a ser nuestro público.


*La sala de ensayo quedaba, como dije, a un kilómetro de casa, a ocho de la de nico y a veinticinco de la de pey. A pey a veces lo traía la madre, y a veces manejaba él. Casi siempre venía con un amigo, que no hablaba y miraba atento mientras tocábamos. Le decían lópez; nosotros le decíamos el silencioso lópez.


*Los primeros encuentros fueron bastante malos, sumidos en una atmósfera que tenía partes iguales de vergüenza, timidez e inseguridad. Pero de a poco empezamos a encontrarle la vuelta. Pey era –y es- una bestia con la guitarra, tenía unos dieciséis años en ese entonces, pero ya se sabía todos los temas de hendrix, de divididos, de rage against the machine, de los chillipeppers, de nirvana, de bach; en definitiva, todos los que había que saber. Santi tenía –y tiene- un talento innato con la batería y podía hacer lo que quería. Además, sus trece años bajaban considerablemente el promedio etario de la banda, y nos transformaba en una suerte de hansons del subdesarrollo. Nico era la hormiga trabajadora: compraba revistas con acordes y se quedaba horas y horas hasta sacar alguna canción, arreglaba los micrófonos de su guitarra y los cables rotos, y era el que hacía toda la gráfica y la prensa de la banda. Yo era el más inseguro, el que no se hacía cargo; escudado detrás del bajo era el único lugar donde me sentía cómodo.


*Tuvimos un mes para preparar algunas canciones antes de la muestra. Desde el principio decidimos que los temas iban a ser nuestros, básicamente por dos motivos: a) no sabíamos ni teníamos ganas de aprender ningún tema de otro, y b) los covers instrumentales, salvo que sean de canciones instrumentales, no tienen mucha gracia y teníamos una carencia significativa con respecto al asunto de las voces: nico y pey no cantaban muy bien, santi no podía por una cuestión técnica –estaba atrás de la batería, y era muy chiquito– y a mí me gustaba cantar, pero la coordinación con el bajo, bien gracias. El repertorio para la función debut quedó conformado por unas cinco canciones, dos más bien roqueras, dos de corte funk y un lento, para apretar.


*Me acuerdo, con una precisión que me asombra, del momento en que cargamos los equipos en la traffic y salimos por la ruta rumbo al bolsón. Era un día lluvioso de diciembre; por atrás de las nubes y las gotas de agua podía ver el sol. Era uno de esos días en que todo está de color amarillo y que si no fuera por la lluvia, bien se podría estar en remera. Ibamos todos juntos sentados en los asientos de adelante, nerviosos, especulando. Era el debut.


*Después de las presentaciones de todos los alumnos –solistas, dúos, coros, etc. –, llegó nuestro turno. Mientras varios padres se retiraban, prendimos los equipos, acoplamos y, luego, rockeamos. Hubo minipogo y todo. Lo interesante de ese show fue que se empezó a correr la bola de que había una bandita de pendejos que tenían instrumentos y que sabían tocarlos, y eso, en la aletargada escena del bolsón, era una bomba. Esa misma noche, los chicos de las larvas infecciosas –banda emblemática de la zona, conocida por sus excelentes covers de rage against the machine y otras bandas del palo– nos invitaron a telonearlos en un recital que tendrían la semana siguiente. Nos miramos y dijimos que sí, que claro. Y volvimos a ensayar. Nos propusimos hacer, en una semana, tres temas más, para así llegar a los ocho. Juntos éramos dinamita, y lo comprobábamos en el galpón. Tocábamos desde la tarde hasta altas horas de la madrugada. Aprovechábamos no tener vecinos. (Los valenzuela, que viven a varios kilómetros, cuentan que en los días de viento se escuchaban las guitarras y el bajo y sobre todo la batería; que las ovejas se ponían nerviosas, que los perros aullaban).


*Los ensayos eran motivos de reunión familiar y en los días lindos hasta ponían sillas afuera del galpón. Ahora me parece casi indisociable la sensación de sobremesa de asado otoñal con el momento de ponernos a tocar: prender el equipo con los dedos todavía grasosos por la pata de pollo o la costilla de cordero, con los labios teñidos de rojo por la botella de vino.


*Con el paso de los días y los meses llegó el momento de las formalidades y tuvimos que elegir un nombre. La búsqueda fue ardua y nos llevó más tiempo del necesario. Se barajaban varias posibilidades y ninguna nos cerraba a todos, con ninguna había consenso. Nombres en inglés, deformaciones de palabras. Incluso juegos de palabras que denotaban nuestra procedencia rural, como por ejemplo “lavanda”, que hacía referencia a la planta aromática y, por supuesto, a que éramos una vanda, una banda, o la banda. En fin.


*Sin embargo fue gracias a este último y pésimo nombre que llegamos al que finalmente quedó y que nos hizo sentir cómodos y contentos y que podíamos nombrar sin ponernos colorados o sin perder repentinamente el habla. Fue en mi casa, estábamos santi, nico y yo, y también mis padres y hermanos. Tomábamos café y guindado después de un almuerzo y debatíamos, entre otras cosas, sobre el nombre de la banda. La onda campestre dominaba el brainstorming. Hasta que alguien dijo –pude haber sido yo, pudo haber sido otro– basta, loco, ¿qué somos, los hijos de seymour? Y listo. Quedó. Era ese el nombre, no había otra posibilidad.


*Claro que tiene una explicación y que hubo y que hay que explicarlo. John seymour fue el inglés que escribió uno de los tantos libros-biblias que llevaron los hippies bajo el brazo cuando se instalaron en el bolsón y alrededores. Este libro era: la vida en el campo. el horticultor autosuficiente y enseñaba, como el título lo indica, a ser autosuficiente, en el campo. Ese libro estaba en mi casa y también en la de santi y en la de nico, y en la de pey y en la de todos mis amigos hijos de hippies, o neohippies o pseudohippies. Ese libro le había enseñado a mis padres y a los padres de santi y a los de nico y a los de pey y a los de todos mis amigos cómo hacer una huerta orgánica, cómo tener a las gallinas en el gallinero, cómo construir el gallinero. Tenía cosas absurdas, como buen libro-biblia hippie: en el capítulo que enseñaba a teñir los cueros o las telas, indicaba que primero había que plantar quebracho, luego –quince, veinte años más tarde– extraer del quebracho el tanino, base de la tintura, y después, bueno, teñir. O al menos eso recuerdo.


*Entonces fuimos los hijos de seymour. Los hijos de los lectores de seymour, para quienes seymour había sido un igual, uno de ellos. Estábamos todos ahí por él, le debíamos muchas cosas al inglés autosuficiente.


*Ya con el nombre empezamos a tocar cada vez más seguido y en lugares más grandes. La bandurria, sub-zero, la posada del alquimista, café morena, esos fueron algunos de los lugares por donde pasamos, casi siempre como teloneros de alguna de las bandas de allá. Tocamos en la escuela agrotécnica donde cursábamos nico y yo, y después en la escuela del hoyo para una feria del libro que se organizaba ahí. Nos entrevistaron para el canal de rawson y para el diario el chubut o uno de esos. Estábamos contentos, no nos la creíamos: faltaban las groupies. Una vez tocamos en un festival que se hizo en el cerro radal a beneficio de una amiga que había tenido un accidente. Había algunas bandas de buenos aires, otras de mendoza, varias de la zona, y nosotros. Tocamos en la primera fecha, ya era de noche. Había luna llena y la gente que no bailaba se refugiaba alrededor de varias fogatas que ardían desde el mediodía.


*Ese fue nuestro mejor recital. El escenario era altísimo y desde ahí veíamos a la gente bailar y aplaudir. Había cámaras de much music y nos filmaron. Nos vimos en la pantalla un mes más tarde y lo grabamos. Cada tanto nos volvemos a ver titilando en vhs, y ahí estamos: explicamos el nombre de la banda, estamos nerviosos, nos reímos.

jueves, abril 12, 2007

jueves

*Vuelvo a mi antiguo trabajo después de un mes entero de estar afuera de cualquier oficina, de cualquier espacio cerrado. El jet-lag se hace sentir, por más que el viaje haya sido en auto: mis noches son extrañas y desprolijas, y no sueño; camino por las calles mareado, o atontado, que viene a ser lo mismo; bajo las escaleras del subte línea d y me equivoco de estación, o me pierdo en los pasillos; frente a la computadora no atino a hacer nada, casi que no chateo, casi que no navego a la deriva, casi que no hago nada. Claro que estoy exagerando y algunas cosas se mantienen.

*Mi amigo terry me comenta que fue a una fiesta de cumpleaños de una amiga donde todos eran actores de teatro o practicantes de contact o simplemente gente desinhibida, y que todos bailaban en éxtasis tocándose semidesnudos, como si fueran serpientes drogadas en un serpentario boite. Mi amigo terry me dice que la situación era bastante incómoda, pero que lo superó todo con un par de whiskys y que se dedicó a observar, borracho. Aunque nunca tan borracho como para ponerse a bailar o a refregarse con un otro.

*Hace una hora que en la oficina averiguamos qué corno es el sistema de reparto, si tenemos afjp, si conviene pasarse al estado. Más que nada porque nos entretiene, por supuesto.

Le pregunto a padre, que justo se conecta.
¿se van a pasar al sistema de reparto?
responde:

hijo
...
tu mamá y yo
...
hologramas impositivos
...
la próxima vida seremos prolijos
...
ésta tuvimos hijos



sábado, abril 07, 2007

sábado

*Un viernes, hace cuatro semanas, salíamos para el sur en bondi. A las cinco y algo de la tarde me escapaba raudo del trabajo, me despedía de mis compañeros y de mi jefa, con la sonrisa apenas disimulada. Hacía calor, recuerdo, y en mi cabeza daban vueltas todas las cosas que seguro me estaba olvidando, además del vértigo de la renuncia, de irme un mes, de no saber bien a dónde. En el correo la gente se agolpaba sobre el mostrador. Después de algunos cálculos decreté que la renuncia sería el lunes, desde donde fuera que estuviera, o no sería. Y la renuncia fue, y fue en la sucursal esquel del correo argentino, a las 9.16 de la mañana del lunes doce de marzo.

*Ahora entra sol y algo de viento por la ventana del living, lu escucha la radio en el cuarto y agente cooper, el gato, da vueltas por la casa mientras huele extrañado nuestras cosas que se amontonan en la mesa, y también a nosotros que seguramente olemos extraño, después de un mes de ausencia.

*En total fueron ochomilcien kilómetros de viaje. Una goma pinchada, cerca de bajo caracoles. Cientocuarenta discos, de los cuales habremos escuchado unos cien. Varias horas por día sentados frente al parabrisa del auto, viendo las líneas blancas y las líneas amarillas de la ruta que se suceden en prolijo orden, o bien el ripio suelto y amarillento, con sus serruchos, los cercos alrededor, las huellas marcadas, y los ñandúes mirando atentos desde el costado y que apenas pasamos cerca se dan a la fuga sin mirar atrás.

lunes, abril 02, 2007

lunes

*Noches en río gallegos, puerto santa cruz y puerto san julián. En este último, el supermercado se llama la tostadora moderna y ahí compramos cosas para preparar una ensalada y una cerveza. En el lugar donde dormimos hay tele y nos tiramos a ver una de sandler y nos reímos. El aire pide siesta, pero decidimos ir a recorrer el pueblo y alrededores: nos lleva el viento. Un día después, en puerto deseado, volvemos a dormir en el auto. La calle inclinada ayuda y la sangre de las piernas circula bien. Después del desayuno en la costa, salimos para comodoro.

*El dos de abril pega con fuerza sobre los pueblos y ciudades que dan al océano atlántico. Homenajes, monumentos, banderas, carteles. Las malvinas son de ellos, de los pueblos y ciudades de la ruta tres. Se habla de gesta, y cada ocho palabras que se dicen en la radio una de ellas es soberanía, o nuestras, o piratas.

*En la comodidad de un hostel la inspiración dice chau y se va a la playa, a recorrer las arenas grises de puerto madryn. Yo la sigo, corriendo. Pero no la alcanzo: estoy más gordo y menos atlético que hace veinte días, a pesar de que mi plan era todo lo contrario: comer poco y bien, hacer trekking, respirar mejor, comer más habas y menos helados, hacer yoga. La veo correr a lo lejos -a la inspiración-, bajo la luna llena que se refleja en el mar, corriendo más rápido que el viento, como corría martín, y sin mirar hacia atrás. Vuelvo al hostel, resignado y sudando sal y arena y los redhotchillipeppers o maná o lo que sea que suena en la radio en este momento me hunden aún más en la aridez mental. Y entonces me despido, atentamente.

lunes, marzo 26, 2007

lunes

*El 22 de marzo, desde 28 de noviembre, escribí algo en el blog que se evaporó en la lentitud del ciber. Allí contaba: la llegada a río turbio, la oscuridad se cierne hacia el este; sólo tenemos un teléfono de la hermana de una amiga de un amigo que es novio de una amiga; el pueblo es misterioso y en el aire flotan fantasmas de mineros muertos, de viudas negras, gritos lejanos y ladridos de perros y otras cosas que flotan en el desierto cuando sopla el viento: una bolsa de la anónima, una mata de neneo, polvo.

*Ahora estamos en ushuaia, el fin o el comienzo del mundo, depende de cómo se lo mire. Es de noche y hace frío. Desde la ventana se ven las luces de la ciudad que bajan, anaranjadas, hasta el mar, hasta el canal de beagle, y también unos barcos amarrados en el puerto. De afuera llegan los ruidos típicos de una ciudad: autos, ladridos de perros, viento. De adentro, un disco y el ruido a los morrones que se fríen en la sartén.

viernes, marzo 09, 2007

viernes

*Se acerca el gran final. Como en el clímax de una película de suspense, siento el increscendo de la música, las secuencias que se acortan, los planos que también. Hay unos timbales, varios violines, un contrabajo. Mientras, guardo algunas cosas en el bolso: una taza, el mate, algunos marcadores, un resaltador naranja, una caja con saquitos de té earl grey que nunca tomé, un tenedor, unos clips y ya paro de contar.

*La mandíbula me duele más que nunca, a pesar de que intento relajarla y masajearla y cuando muerdo fuerte pienso en cosas lindas. Calculo que tendrá que ver con esta historia de irnos de viaje y con la renuncia final. Igual, sepan que mucho no creo en todas estás pseudo enfermedades posmodernas... bruxismo, sí, cómo no. Síndrome de déficit de atención, claro, seguro, ahora mismo.

*Son las cuatro y media. Me voy a las cinco y media o un poco antes. Ya almorcé el almuerzo de despedida con lu; no en el restaurante caro, porque aumentó más, pero sí en el otro. Ella se tuvo que ir rápido porque va gente a despedirse y tenía que estar allá. Yo di una vuelta a ver si me compraba un libro o un algo. Volví caminando lento, más lento que nunca y eso que ya caminé lento viniendo para acá. Entré y borré documentos comprometedores de la computadora y fui al baño por última vez.

*El viaje: chacra, esquel, corcovado, alto río senguer –no sé por qué, pero insisto con ese lugar hace mucho tiempo– y más. La ruta cuarenta de ida, la tres de vuelta. Pasar por aluminé, donde casi nazco; pasar por puerto deseado. Ir a río grande a ver al tío ricky. Ir a veintiocho de noviembre, donde no hay nada, salvo la hermana de una chica que conocimos una vez.

*Títulos finales.

*Nos vemos.

jueves, marzo 08, 2007

jueves

*Hasta hace un rato llovía con fuerza, ahora ya no más, pero el cielo sigue encapotado y por la ventana se ve todo oscuro. Las preguntas más importantes de este momento son las siguientes: ¿pido comida?, ¿salgo a la intemperie y a las calles inundadas y apunto hacia el restorán caro pero rico y como alguno de los platos del día?, ¿pido empanadas con el resto de mi compañeritos? Nada más. No tengo más preguntas por el momento.

*La compañera de cubículo, la compañera que se va a casar en santiago, la que recibe mails lípidos de su prometido, la que parece que la van a echar; en fin, ella, mira vestidos de novia en alguna página afín. Está así desde hace un rato. Pone en google: vestidos de novias + fotos. Y hay miles de resultados, y los lee todos y mira las fotos y cada tanto anota algo en una libreta. Ayer miraba carteras en mercado libre, carteras de más de quinientos dólares, carteras de marca, carteras grossas. Hoy, vestidos de novia. Mañana, no sé, mañana no me importa, mañana es mi último día.

*Al final, el grueso de los compañeros de trabajo organizó una “empanada party” o algo así. Yo, claro, no estoy invitado. Yo soy invisible. Yo no existo. Soy el fantasma que vaga por la oficina. Gente que tengo a no más de ocho metros me saluda recién al mediodía, por primera vez; buen día, me dicen, y yo ya pasé a su lado, a lo largo de la mañana, unas tres o cuatro veces.

*Una vez, en bariloche, fui a un cumpleaños de quince de una amiga de una prima. Yo era muy chico, pero todavía me acuerdo de la canción que decía: “quince primaveras, quince flores nuevas”. Y del vals. Años más tarde, una compañera de la secundaria festejó sus quince en el boliche del bolsón. Entró montada a caballo por la puerta. Tenía un vestido elegante y un peinado sofisticado –su papá era peluquero–. Recuerdo que había mucha luz y muchos flashes y muchos padres. Bailé el vals. El caballo cagó dentro del boliche. Nos emborrachamos con sidra.

*Hay que empacar y voy de a poco. No me organizo. Ayer grabé un par de cedés más y completé los cientocuarenta que vamos a llevar. Falta la ropa. Tengo los libros y las libretas y un grabador por si las dudas; tengo las ganas, la campera y un par de zapatillas. Tengo, también, el documento nacional de identidad: un logro personal, un milagro de la burocracia, un poco de fe en el mundo gris y pegajoso de las oficinas públicas.

miércoles, marzo 07, 2007

miércoles

*Siempre pensé a los miércoles como el día-punto de inflexión de la semana. Así como una vez que llega julio el año ya está muy cerca de su fin, lo mismo le pasa a la semana luego del miércoles. Los días, a partir de ahí, no se suceden, se tropiezan entre ellos. Y de repente es viernes a la tarde y ya está. Hasta el lunes. Hasta el miércoles. Hasta nunca.

*Por la mañana caminé tres cuadras a la par de uno de esos camiones que en la caja llevan kilos, montañas más bien, de huesos y carne; y que arriba de esas montañas van dos personas, sin remeras, que armados con machetes o hachas se encargan de trozar los huesos y la carne, y las astillas de vaca salpican para todos lados. Siempre me habían intrigado esos camiones: de dónde vienen, a dónde van, cuanta carne juntarán, qué harán con esos huesos; incluso me dieron ganas de sacarles muchas fotos y armar algo así como un ensayo, o filmar o algo. Hoy directamente me dio asco.

*Y sí, es miércoles, y me quedan dos días de trabajo. Y lo digo así, como al pasar. Pero es algo bastante importante. Después de exactos siete meses, faltan dos días para guardar todo en el bolso –todo significa una taza, un mate, una bombilla, una libreta, y por ahí me afano unas cajas de cedés, cosa que es bastante triste– e irme para no volver. Y viene con yapa: a las diecinueve horas sale de retiro el bondi que nos llevará hasta la chacra. Ahí, buscamos el auto, cargamos nuestras cosas, el colchón, los discos, las ollas, etcétera y salimos rumbo al sur. La idea es llegar a ushuaia. Bajar por la cuarenta, volver por la tres. Hacer el perímetro de la patagónia, todo. Hasta donde no haya más ruta.

*Me llega un mail que avisa que el siete de marzo sale a la calle el devedé “batigol, la historia de un goleador”. Y me acuerdo de lo tanto que odio a batistuta y su cara de chico bueno, de chico de barrio correcto, con su barbita y su gorrita, y encima su gran parecido con rodrigo, el compañero de la primaria que era el hijo de la vicedirectora y que era de la pampa y que le gustaban las mismas chicas que a mí, y tenía más éxito, claro, y si no, apelaba a la ayuda jerárquica que le brindaba su mamá.

*La vecina de computadora recibe un mail que dice: “amorsote, te quiero mucho, no?... ya no veo la hora de besarte todita.. te amo changuita de mi alma”. Yo leo desde atrás, disimulado, impune. Parece que se va a casar dentro de muy poco, y va a volver a su santiago natal. Y está bueno, porque me enteré que el plan de la jefa es rajarla lo antes posible.

*Va a llover.

viernes, marzo 02, 2007

dos de marzo



feliz cumpleaños
donde sea
que estés.

martes, febrero 27, 2007

martes

*Falto a la mañana al laburo; llego al cegepé y pregunto por susana, mi contacto interno que por teléfono prometió ayudarme a apurar mi trámite, que ya lleva ocho meses de retraso. Está en la caja tres, me dice la señora de informes, una mujer que es el lugar común de las crónicas burocráticas, con su pelo teñido, los anteojos colgando en su pecho, la camisa arrugada de tanto estar sentada, los dedos amarillos de nicotina.
Susana me atiende más o menos rápido, pero me dice que voy a tener que esperar a que llegue la chica que sabe imprimir, que cambiaron el sistema y que lo que necesito está en la computadora que nadie, menos la chica que falta, sabe usar. Me siento en una silla y espero. Sigo de cerca los movimientos de susana: ahora pasa con un café en un vasito de plástico, ahora lleva unas carpetas para la oficina de atrás, ahora conversa con un pelado de look telermaniano; siempre esquiva mi mirada. De la chica que imprime, ni noticias.

*La perra, allá en el sur, tuvo, según el veterinario, un embarazo psicológico. Dijo que suele pasar con los labradores, que se le hinchan las tetas, que preparan una cucha, qué se vuelven dóciles en una falsa dulce espera. Y que de repente, listo, se acabó el juego, y entonces las tetas se deshinchan, abandona la cucha y vuelve todo a como estaba antes. Eso sí, los nombres que pensaste, bueno, anotalos, no te olvides.

*La chica que imprime no llega; la espera ya cumplió una hora y media. Los televisores están clavados en tn, y hablan de los choques y de la lluvia y de los vecinos de parque patricios que hacen piquetes contra la relocalización de los habitantes de la ígnea villa cartón. Es la guerra del pobre contra el pobre, suelta una señora; pero acá no trabaja el que no quiere, devuelve un señor de boina; por gente como esa estamos como estamos, arremete un tercero, para conformar así un sólido triángulo filosófico.

*Miro para afuera, la calle mojada y la lluvia que cae, y pienso en lo frustrante que debe ser la tarea del meteorólogo. Ayer a la medianoche nadia afirmaba con su acento balcánico que el calor se extendería hasta el viernes, con pocas posibilidades de lluvia. Acompañaba sus palabras llenas de consonantes con un mapa satelital, como si esto fuera la prueba incontrastable, final, de su verdad. Y nosotros, en la cama, nos miramos y dijimos oh, no, seguirá el calor, y también nos preguntamos por qué será que nadia no aprendió a hablar bien el castellano, si hace mucho que vive acá y encima trabaja de hablar en la tele. Enseguida nos acordamos de ante garmáz y de anamá ferreira y no supimos qué decir ni que pensar. Y nos dormimos pensando en el calor y en los balcanes y, oh, no, en las corbatas de ante garmáz.

*Voy a la ventanilla tres, a preguntarle a susana qué onda, qué pasa con mi documento nacional de indentidad, dónde está la chica que sabe imprimir, por qué estoy esperando hace casi dos horas. La angustia corroe mi alma, y sobre todo, mi paciencia.

*Veinte minutos más tarde estoy en el 39 rumbo a el registro civil de uruguay. Ahí me aclaran que sí, que mi dni salió ayer rumbo al cegepé, que va a tardar, pero que el martes seguro va a estar. Ya no tengo casi ganas de seguir llorándole a personas que están del otro lado del mostrador, digo gracias, y me voy. Harto.

*Astérix, el invencible guerrero galo, el astuto, el rubio con trenzas y casco con alas, capaz de enfrentarse a una legión de guerreros romanos a puño limpio, de hundir un barco pirata en dos segundos, y un largo etcétera, sólo tiene un momento de zozobra y es en la última de sus doce pruebas: la burocracia romana. Allí lo hacen ir de un lugar a otro, llenar un formulario, entregarlo en otro lado, bajar un piso, buscar un sello, llenar otro formulario, subir al cuarto piso, y así.
No hay poción mágica que soporte el peso muerto de la burocracia, sus brazos inertes, sus reflejos de comatoso, su sueño de mosca tse tse.

jueves, febrero 22, 2007

jueves

*Desde hace un par de horas que intento comunicarme con el cegepé donde, en teoría, marge, en teoría, mi documento nacional de identidad debería haber estado listo hace unos cuatro meses, como mínimo. Tengo anotado en la constancia de solicitud de trámite el teléfono de susana, encargada del área de registro civil. El teléfono llama, me atiende un conmutador, marco la opción requerida, espero, llama, me atiende un conmutador que me avisa que el interno está ocupado, me avisa también que me comunicará con una operadora, el teléfono llama. Está esa musiquita de pianola, que suena a película de cowboys, y suena y suena y sigue sonando. Y susana no me atiende más.

*En la casa del sur la perra está preñada, preñadísima. El parto es inminente: la perra tiene las tetas hinchadas, apesta y se armó su cucha. Ayer, por mail, empezaron las apuestas; los ítems en juego son muchos: cuándo va a parir, cuántos va a tener –cuántas hembras, cuántos machos– y, como dicen que los labradores pueden tener cachorros de distintos colores, eso, de qué colores van a ser las crías. Yo arriesgué con: 28 de febrero, siete –cuatro hembras, tres machos–, cuatro negros, dos marrones, un té con leche, nacen sanos. Mellizo lado a (parece que prendió la onda de llamarse lado a y lado b; incluso lado a me dice en tono jocoso que a lado b le encanta llamarse a sí mismo lado b y se ríe, todo por mail) aventuró con: 21 de febrero, cuatro, negros, tres machos, una hembra, sanos, olor a tostadas. A la fecha ya le erró.

*Con lu ya reservamos un perrito. Todavía no sabemos cuándo ni cómo lo vamos a traer ni tener. En el departamento no entra, y me imagino la escena de celos de agente cooper, el gato. Pero bueno, de última puede quedar allá por un tiempo, total madre quería quedarse con uno y esta es una buena excusa. Los nombres pasan y no convencen; a mí me gustan cachorro lópez y perro santillán. Hay que negociar.

*Mellizo lado b llegó ayer a la mañana, vino a ultimar detalles de su inscripción a la carrera. Ayer pasé de visita por olleros, y todos me recriminaron que sólo pasaba cuando venían mis hermanos, que ya no iba más porque sí, que había olvidado mis raíces. Yo les dije que era verdad, pero no era a propósito. La pasamos muy bien, tomamos varias cervezas y fumamos cigarrillos, que es el deporte oficial de olleros y hablamos mucho. La música, ahora que está arreglada la potencia, volvió a ser lo que era. Los vecinos felices.
Y sí, algún día voy a escribir algo de los casi cuatro años que viví en olleros.

* Diálogo con mímica
–Oye, jefe, mañana falto porque tengo que ir a hacer unos trámites por el dni.
–No está bien que faltes.
–Echame.

jueves, febrero 15, 2007

madre y yo


La foto debe ser del 83, por ahí, y la casa seguro que es la del cuatro y medio. Me parece ver los postigos verdes, atrás de la ventana; el sillón, que ahora está en lo de los tíos, está sin los almohadones, la lámpara ahora tiene una pantalla tejida a crochet. Mi mamá tiene -además de muy pocos años-, las pantuflas que hacía mi abuelo.
El rayo de sol, el sueño de las cuatro, cinco de la tarde, el enterito rojo, el dedo haciendo fuckyou.
Si se pudiera volver a cualquier lado, yo volvería a mi infancia. Ahí la pasé muy bien.

PD: iba a poner "ahí fui feliz", pero esa onda aforismo de narosky, esa sentencia de sobrecito de azucar, esa frase de poema apócrifo, en fin, eso, me dio alergia.

miércoles, febrero 14, 2007

amiga de la infancia

Laurie Anderson no es de mis primeros recuerdos musicales, pero casi. Es decir, más allá de cuándo fue la primera vez que la escuché, ocupa un lugar privilegiado en mi memoria auditiva. Laurie llegó a casa en un caset negro que había grabado fabiano, el amigo de mi viejo dueño de una disquería que quedaba por martínez. En el lado a estaban sinead o´connor y edie brickell, y en el b, laurie, con strange angels. Un combo de chicas que por fines de los 80 y principios de los 90 todavía –o ya, o casi– la rompían. Sinead era triste y tenía varios hits, además era pelada y muy linda y hablaba de las nuevas ropas del emperador. Edie era la alegría en formato de caset tdk, y con su banda, los new bohemians, hacían que mis días de chico fuesen más felices.
Pero mi preferida era Laurie, las historias que contaba –que todavía no las entendiera es sólo un detalle–, la música rara, esos sonidos, la voz grave y escondida de bobby mcferrin, todo eso.
Después llegaron los cedés, y mi tío se compró strange angels, y pudimos conocer la cara de laurie y su corte de pelo, y sobre todo, las letras. Como esa que contaba que hansel y gretel están vivos y bien y están viviendo en berlín, ella es camarera y él tuvo un pequeño papel en una película de fassbinder. O esa en la que le pedía a un flaco que le instalara una pequeña radio en un diente; o en la que se pregunta: “no sé tu cerebro, pero el mío está realmente mandón”.
Después mi viejo compró sharkey´s day, que también es espectacular y escuchamos mucho. Tiene más guitarras, más ruidos. Hay una canción toda en japonés, otra en la que canta peter gabriel (otro amigo de la infancia, “oh, vicco”), y muchas historias interesantes.

Otro recuerdo vago que tengo es de ver un video con una performance de laurie, donde ella, vestida de blanco y con anteojos de marco grueso, decía algo así como “quién es más macho, a pineapple or superman”. O parecido. Lo vimos en un video en el cuarto de mis viejos. Antes habíamos visto una película sobre unos alpinistas que escalaban el matterhorn, que desde entonces es mi montaña preferida.

Bueno, toda esta introducción para poner este video que encontré por ahí.

martes, febrero 13, 2007

martes

* Entonces el trabajo empieza a mermar y el día, de la nada, se hace más largo, fangoso e improductivo. En el almuerzo, recorro sin rumbo las calles de belgrano, un barrio que me cae antipático y estúpido, para usar dos palabras esdrújulas. Como un pollo con ensalada en cualquier lado y me siento un rato en un banco de la plaza esa que está frente a una iglesia redonda. No tengo libro ni walkman, así que pura contemplación. Gran embole la pura contemplación.

* Pienso en las cosas que tenemos que hacer antes del viaje. Pienso en anotarlas, antes de olvidármelas. Me las olvido. Pienso en muchas otras cosas. Pienso en que faltan dieciocho días hábiles para irme del laburo, por ejemplo. O que beck es un músico que me cae muy bien y que me gustaría que fuese mi amigo. Pienso también en que el fin de semana estuvo muy bueno, y pasó rápido, y ahora estoy acá y no está tan bueno, y pasa lento. Pienso en la tesis que me gustaría escribir cuando termine la carrera. No pienso en todo lo que me falta para llegar a la tesis, ni mucho menos en los finales que no rindo y que debería.

* Mis hermanos, allá en el sur, me cuentan de su ida a la montaña. Mis padres, allá en el sur, me cuentan de su ida al lago mientras mis hermanos subían el piltri. Mis hermanos me cuentan que salieron a las tres de la mañana, desde la ruta, y que llegaron al huemul, allá arriba, a las seis de la mañana, junto con el amanecer más espectacular nunca visto. Mis padres me cuentan que compraron un pollo para hacerlo a la parrilla para esperar a mis hermanos. Mis hermanos me cuentan que no lo comieron porque llegaron muy tarde y más cansados. Me cuentan, también, que los días allá pasan y pasan bien. Que cuando hace calor riegan o se tiran al río; que cuando hace frío se abrigan o prenden las chimeneas. Que le escapan a la computadora y a la tele, y que cada tanto se van por ahí a vender frutas, en el auto que vamos a usar en el gran viaje.

* Al reto de la jefa del otro día, lo continuó, como en un mal guión, la falsa indiferencia de quien convive en un trabajo. Yo no me hago drama, pero todo lo que imagino –esas charlas heroicas donde diciendo “basta, se acabó, yo me largo”, yo de hecho me largo, y se acabó– no sólo no se vuelve realidad, sino todo lo contrario. Cada vez me vuelvo más dócil, más amable, más pelotudo, más domesticado. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Salvo tachar los días en el almanaque. Y escribirlo.

viernes, febrero 09, 2007

viernes

* El día empezó con un reto de la jefa. Que cómo que nos vamos a cualquier hora, que yo los necesitaba y no estaban, que en este trabajo no hay horarios fijos, que tenemos que demostrar actitud, que me calienta tener que decirles esto otra vez. Mi cabeza se paseaba entre los dobladillos de mi pantalón (ser un tanto petiso hace que tenga que girar un par de veces la ¿botamanga?, y eso queda particularmente ridículo en estos pantalones nuevos), y mis uñas, que las corté esta mañana y están ásperas al contacto y muy irregulares.
Y sí, queda, hoy, un mes de trabajo, un mes de 28 días, y la verdad es que me chupa bien un huevo lo que me diga.

* Como todos los viernes el clima es cashual y aburrido. En lugar de gran hermano, hoy fue tenis sin volumen. Un solo termo de mate y bastante laburo. El vecino de computadora escucha música más o menos zafable, el aire está apagado y la persiana cerrada. No sé si afuera hace frío o calor, si es de día o de noche.

* En estos días todo se resume en la tarea de llamar taxis y motos de mensajería y esperar que lleguen y darles sobres y esperar que los lleven a donde sea que los tengan que llevar. Y esperar que vuelvan y firmar papeles y remitos. Bajar las escaleras, volver a subir, sentarme en la computadora, corregir unas cosas, mandar, esperar, recibir, esperar. Recibir cosas por mail, corregirlas, reenviarlas, así.

* Creo que estoy controlando mi compulsión a leer diarios y blogs y revistas en la web. Un poco, tampoco exageremos.

* Son las siete y diez y nada parece indicar que mi huida está pronta. Más bien, todo lo contrario. Hoy, en el reto, la jefa dijo algo de venir a trabajar el sábado, no sé si fue una amenaza o lo dijo en serio. Por las dudas no le voy a preguntar.

jueves, febrero 08, 2007

brotes

La primera vez que me broté fue hace unos dos años. Estábamos tomando vodka con sprite y de repente sentí mucho calor y un picor intenso en la cara y las manos. Alguien me dijo: “chabón estás todo brotado”, y yo me reí; y me dijo: “no, en serio, estás brotado, todo rojo, como alérgico, das impresión”. Y ahí dejé de reírme y fui al baño. Las luces de los baños, se sabe, en conjunto con el espejo, devuelven colores y texturas más bien diferentes a las que uno está acostumbrado a ver reflejadas. Mi cara era una sola bola roja, con zonas hinchadas: la nariz, debajo de los ojos, la frente; y otras zonas –pocas– que mantenían el color original, pero que en el contraste parecían blancas, o más bien verdosas. Acusé de esta reacción a la sprite, o al ácido jugo del limón. Incluso a los hielos o al polvo acumulado en los vasos. Nunca al vodka.
La segunda fue poco después. Después de unas cervezas tomamos alguna bebida blanca, creo que fue en olleros, y que todavía vivía allí, y al rato lo mismo: de nuevo el rojor, el picor, el baño, la impresión. Pero esta vez ya descarté ciertas cuestiones. Primero, no había tomado sprite; segundo, no le había puesto hielo a la cerveza, ni a las otras bebidas blancas. Tercero, los vasos estaban limpios. Estaba más que claro que el causante de toda esta reacción era el alcohol.
Ayer, en lo de unos amigos, comida casera, vino, charlas y fernet. Antes de irme, me empiezan a picar las manos, después la cara. Alguien me dice: “boló, estás todo brotado, todo rojo”. Me toco los ojos, están hinchados, y me acuerdo de la primera vez.
Y es raro, porque de alguna manera me da miedo esta situación. Me imagino una úlcera, un grave problema hepático, cosas de esas. Pero a los minutos se me pasa y ya está, me olvidé, y será hasta la próxima.
Y de repente tengo al menos una boludez que contar acá.

lunes, febrero 05, 2007

querer y no poder

La falta de inspiración se da a conocer a través de diferentes disfraces. A veces es sólo la nada misma (un blanco extraño, con aspecto a helado de crema del cielo) que turba la mente y nos vuelve seres autómatas; otras, exceso de actividades que provocan un embotellamiento, un cuello de botella a la altura del hipotálamo, y no sale nada. Hay, también, muchas otras maneras.
El resultado es invariable: esto.

miércoles, enero 31, 2007

saddam en youtube


Por los amigos daneses Wulff y Morgenthaler.

lunes, enero 29, 2007

siete días después

La imaginación del renunciador, pródiga en imágenes de películas, frases de libros y demás, tiende a ofrecer escenas cercanas a guardar la taza y las biromes, borrar los documentos del ordenador, meter en una caja el ficus y el potus y el termo y el mate y mandar todos a la concha de su hermana y salir dando un portazo.
Nada dice, sin embargo, sobre lo que pasa en serio o al menos en mi caso: la calma absoluta después de... la calma. Ningún ojo de tormenta porque no hubo tormenta, ningún huracán, ningún terremoto; apenas el temblor momentáneo de mis manos al avisar que me iba, hace una semana.
¿Y cómo sigue? ¿Es tolerable toda esta no-incertidumbre, toda esta no-ansiedad? ¿Se puede seguir como si nada hubiese ocurrido?

*diálogo con mímica:
– Loco, trabajé como un nabo pero sólo fueron seis meses, tampoco es tanto –me digo.
–Sí, ¿qué pretendés? ¿salir en el cronista comercial en la sección “renuncias en las grandes empresas”; en la balancita de noticias; en las charlas del quincho del ámbito financiero; en el cielo y el infierno de clarín espectáculos; en la pavada de crónica; en el bizarro de infobae? ¿eh?
–Bueno, tampoco me gastes.
–Ok, pero no da. ¿A qué viene este divismo de renunciador que se siente subestimado?
–Nada, es sólo una sensación. Yo creo en el big bang de los pequeños acontecimientos. En la teoría del caos; en los movimientos brownianos. Y con qué me paga el cosmos: con esto, con el desprecio, con la nada absoluta, con el gris y pegajoso transcurrir de los minutos sin que nada haya cambiado. Sin que nada cambie. No te pedía un sismo, un huracán, un tsunami; eso era, apenas, una cuestión metafórica. Pero algo, dame un mensaje.
–El otro día viste el cometa...
–Sí, pero todavía no había renunciado.
–La diferencia la vas a notar el día que finalmente te vayas. Cuando, sin el portazo y la concha de su hermana, te despidas y prometas mails que nunca van a llegar y te vayas, sí, con tu caja de cartón que tiene un mate y una taza y una abrochadora violeta que te robaste y un par de post-its amarillos. Cuando te tomes el subte y llegues a tu casa y sepas que al otro día no vas a tener que volver. Ahí sí, tal vez haya un huracán en china, o un tsunami en taiwan o una avalancha en el kilimanjaro. Tu pequeña felicidad burguesa como el batir de alas de una mariposa anaranjada en nueva zelanda.
–Qué boludeces que escribís cuando estás aburrido y al pedo, eh.

viernes, enero 26, 2007

viernes

*Mientras parece que el mundo se desarma en formas de esquirlas que son gotas de lluvia y explosiones que son truenos, acá, en la gran empresa, apenas si los ánimos se modifican. De oficina a oficina circulan pedidos estúpidos y sin sentido. Cada tanto, sí, alguna referencia al clima: “parece que se va a largar”, de ese estilo. En una tele, crónica se pregunta, en letras blancas sobre fondo rojo: “qué le pasa al mundo”. En otra, dos personas engominadas juegan al billar. A lo lejos, gran hermano y el tedio infinito. La vida será televisada o no será.

*Falta una hora y media para irme remando por una calle de belgrano propensa a las inundaciones. Remar por un arroyo hasta el río juramento, principal afluente de cabildo; después, tunel subfluvial hasta la casa. Ni que fuera venecia.

*Estoy soñando bastante. En los últimos dos sueños, hubo aviones que se caen. En el de ayer a la noche, estaba en el cerro catedral, y lo veía doblar mal y perder el equilibrio, trastabillar en el aire y finalmente estrellarse y explotar sobre la ladera verde. En otro, que fue hace algunas noches, era john lennon quien veía pasar el avión, y me relataba todo en tiempo real –yo miraba para otro lado– y después nos tirábamos juntos al mar y nadábamos.

* dialogo con mímica
– lo que voy a extrañar del laburo van a ser los tickets; eso de ir a los restorans y al supermercado y sacar esos billetitos y pagar.
– están bueno, eh.
– sí, pero lo que deberían inventar son tickets para otras situaciones, además de restorans y supermercados, como por ejemplo tickets para taxis, para verdulerías, para kioscos, para videoclubes.
– ya hay de esos...
– ¿posta? ¿cómo se llaman?
– plata.

miércoles, enero 24, 2007

sangre

El alivio de recordar que en la noche anterior se cenó remolachas.

lunes, enero 22, 2007

renunciamiento

Me acerco a su oficina, hasta casi la pequeña puerta que la separa del resto y vuelvo, poniendo cara de “me olvidé esta cosa tan importante en mi cubículo”, o haciendo ese gesto que se hace cuando uno se tropieza en la calle y quiere disimular. Así dos, tres veces, hasta que entro y le digo que quiero hablar con ella.

–Sentate –me dice, mientras mira su computadora. En la tele pasan las imágenes quietas y vacías del gran hermano: una pileta, una rubia, un potus, un tatuado.
–Estee, bueno, te quería decir que a principios de marzo me voy a ir para el sur, cuestiones familiares, y cuando vuelvo me quiero concentrar en la facultad. Y si sigo acá no creo que pueda.
–¿Renunciás?
–Un poco.

El dialogo fue ameno y tranquilo. Me dijo que si lo hacía por la facultad le parecía bien. Que estaba, en líneas generales, contenta con mi trabajo, y que bueno, que una lástima pero bien, si así lo quería yo.
Igual me quedo hasta la primera semana de marzo: 34 días hábiles, y contando.
Treintaycuatro días y ocho horas y veinte minutos y cincuenta segundos, treintaycuatro días y ocho horas y veinte minutos y diez segundos...


Unos pequeños pasos hasta la oficina de la jefa, pero un gran salto hacia la libertad.

viernes, enero 19, 2007

cosas viejas

Leo chats viejos –de hace un año y medio, un poco más, un poco menos–. Conversaciones vía msn que tuve con mi actual novia; en ese entonces, puro futuro, pura incertidumbre, pero ya el amor estaba en el aire.
Lo que me llama la atención es cómo en esas líneas están prefiguradas ciertas cosas –ciertos tics, ciertos ítems– que ahora vuelven a cada rato. Un viaje por la ruta 40, la posibilidad de vivir juntos, hijos, nietos.
Otra cosa llamativa es cómo sigo –un año más tarde, un poco más, un poco menos– repitiendo comentarios y chistes, ideas y preocupaciones.

domingo, enero 14, 2007

gauchesca

Nadie salió a despedirme
cuando me fui de la estancia
solamente el ovejero,
un perro nomás,
Cosas que pasan.



No sé por qué escuchaba a larralde. Pero sé que lo hacía.
En casa teníamos un equipo hitachi gris plomo, y ahí ponía el caset. Ida y vuelta. De un lado y del otro. Un caset blanco, de rca. Ver lámina adjunta.
Tenía unos cinco, seis años. Y me vestía con un poncho. La mística gauchesca me podía; todavía no conocía a los cowboys, que son la versión for export de los gauchos. Si los cowboys son marlboro, los gauchos son un armado salivoso y de formas extrañas de tabaco mariposa con papel ombú.
Me gustaban los caballos; sus ojos que parecen bolas de adivinos, redondas, transparentes y con un mundo en blanco y negro reflejado adentro; el olor del pelaje, el olor a la montura y a los aperos. Me gustaba aprender sus modelos: bayo, alazán, malacara, tobiano –mi preferido: naranja, blanco y negro–, rosillo, moro, oscuro.
También disfrutaba de los viajes por la línea sur que emprendía con mi padre. Ñorquinco, jacobacci, los menucos, valcheta. Estancias de turcos, campos kilométricos, casas detenidas en el tiempo, ovejas. Mi viejo al volante de la efecien blanca, yo parado a su izquierda, entre el asiento y la puerta, entre el volante y la puerta, entre mi viejo y la puerta. Del otro lado de la puerta, el desierto.

viernes, enero 12, 2007

cinta scotch

Ayer fui a cenar a lo de mis abuelos paternos, que viven en esa burbuja llamada martínez. En el deck que da a la pileta, sentados en una mesa de plástico, tomamos unas cervezas mientras los mosquitos nos toman a nosotros.
De la nada empiezan a hablar de su época desenfrenada en punta del este:
–Fuimos a todos los boliches, ¿no?
–No, me parece que hubo uno al que nunca fuimos. Uno que estaba en una gruta, y que se inundaba cuando subía la marea.
–Rolly dear, ¿cómo que no fuimos a ese? ¿No te acordás?...
–¿Y nos metimos en el agua?
–Eso no podría acordarme.
–El whisky.
–El whisky, claro.

jueves, enero 11, 2007

have a cigar

La primera vez que fumé un cigarrillo fue en un cumpleaños en la casa de mis primos. El plan fue así: entrar, pedirle a mi abuela uno de los tantos jockey suaves cortos que llevaba consigo, decirle que era para hacer explotar un sapo, salir, encarar para el monte y fumarlo. Antes habíamos conseguido una cajita de fósforos fragata.
El plan resultó a la perfección, es decir, hicimos todo como debíamos. Por supuesto que nadie se creyó lo del sapo. Sobre todo porque no hay sapos allá en el sur; como mucho alguna rana, o renacuajos en los arroyos. Pero bueno, la cuestión es que escondidos detrás de un mosquetal –en el lugar donde después iban a enterrar a esa yegua–, sentados sobre unas piedras todavía húmedas por la lluvia, nos fumamos el cigarrillo. Eramos cuatro, mi hermano martín, y mis primos migui y mati. Todos quedamos mareados y con olor a la abuela.

La segunda vez fue más profesional. De la mentira, que apelaba a la ciencia experimental como modo de conseguir el pitillo –sapos, explosión; ensayo y error–, pasamos a la acción. Con nico y aye, primos entre sí y amigos míos de la primera hora, compramos un atado de marlboros en el único kiosco de el hoyo y lo escondimos en algún lugar de la chacra de los viejos de aye; su casa, en una loma que da al pueblo, era enorme, de madera, llena de pasillos, embrujada y con olor a hongos de pino. Hace algunos años se incendió y desapareció íntegra. Sólo quedó el piso de cemento.
Al atado lo escondimos atrás de una piedra enorme, enterrado entre el musgo verde y la pinocha oxidada del bosque de pinos. De más está decir que los veinte cigarrillos nos duraron más de tres meses.
Cada tanto, cuando volvíamos de la escuela, nos íbamos para el fondo, en busca de la piedra y el musgo y los cigarrillos enterrados en una bolsa.
Para que no sospecharan de nuestras actividades, cuando terminábamos de fumar nos pintábamos la cara con guindas o con frambuesas, para disimular el olor, y para demostrar que habíamos estado haciendo otra cosa: comer frambuesas, comer guindas. Julián, el hermano chiquito de aye –ahora creció y terminó la secundaria, y aye tiene otro hermanito chiquito–, nos seguía cada vez que salíamos en alguna de nuestras expediciones proto-viciosas. Para desanimarlo le decíamos que no había nada allá en esa piedra, o que había alfajores. Una estupidez, claro, hubiese sido mucho más efectivo decirle la verdad: tenemos guardados cigarrillos y cuando los fumás te arde la garganta, te mareás y te queda un gusto terrible en casi todo el cuerpo.

Cuando jugábamos a los cowboys y cabalgábamos en caballos reales, también nos gustaba fumar. No teníamos más de doce años, pero armábamos unos tronchos espectaculares: papel de diario cortado en prolijos rectángulos, yerba mate, saliva, y listo. Un día alguien nos vio fumando y nos dijo que la tinta del diario hacía mal.

Del techo del resturant de nico colgaban ramos de lavanda seca. Con eso también hacíamos cigarros. El humo era espeso, fuerte, oloroso. Y contrastaba con el olor a tinta y a papel del diario –no de cualquier diario, del diario el chubut, tóxico de por sí–.

Una vez le robé un atado entero a mi abuela. Veinte jockeys suaves cortos que ella había dejado olvidados en una mesa. Los llevé al ojo de agua que estaba a unos doscientos metros de casa. Fumé uno mientras miraba cómo brotaba el agua cristalina desde un agujero negro. Los cigarrillos no resistieron la primera lluvia.

miércoles, enero 10, 2007

estar en el medio

Hoy, entre otras cosas, chat con hermano f. Allí, conversación sobre cuestiones varias, hasta que llegamos a un tópico que a mí me interesa mucho, y del cual me gustaría explayarme –no en esta ocasión, porque tengo sueño; pero sí voy a plantearlo, en pocas palabras–.
El tema es: “la insoportable levedad de aquellos –nosotros–, que se sienten fuera de todo / en el medio de todo / sin una posición tomada”, que aunque parece contradictorio, es lo mismo.

YO: nosotros tenemos algo posmoderno –por llamarlo de alguna manera–, de caída de grandes relatos: ni religión ni códigos, ni creencias sostenidas por mucho tiempo. No tenemos barrio de pertenencia (el barrio, todo un tema).
HERMANO: igual, tenemos una cuestión con el afecto que puede hacer las veces de reemplazo de los grandes relatos.
YO: sí, puede ser. El afecto como lazo estabilizador.

Después, la conversación siguió por el lado de la carencia de barrio, por la fragilidad de nuestro tener un club de fútbol, independiente.

YO: nuestro ser de independiente es mucho más un acto snob que un sentir popular.
HERMANO: sí, no tanto snobismo, che. Viene de la familia. Es como una herencia rara. La silla que se hereda de una tía segunda desconocida o algo por el estilo.
YO: sí, ok, pero yo hasta los trece años no sabía ni qué era el rojo. Y cuando vamos a la cancha estamos más cerca de levi-straus en brasil que de cacho de sarandí. Por más que la pasemos muy bien.
HERMANO: no, pero desde los cinco que decís, cuando te preguntan de qué cuadro sos, soy de independiente de avellaneda, aunque en ese momento pensabas que avellaneda era una ciudad arrasada por la guerra en el año cero en grecia. Al rojo lo tenemos como un apéndice, y sí, puede ser que de pronto lo usemos de puro snobs, pero lo tenemos en nuestro ribonucleico en serio.
YO: ¿vos decís?
HERMANO: sí. El abuelo alan se murió viendo un partido de independiente. La empresa de la familia está en avellaneda.
YO: sí, y más que todo, martín.
HERMANO: sí. Y mis hijos van a ser de independiente y así,
YO: pero yo siento algo raro, algo de hipocresía, pero no, no es hipocresía la palabra. Es algo de sacrilegio... no, tampoco.
HERMANO: ¿de no sentirlo del todo?
YO: cuando voy a la cancha me siento como cuando me metí en una mezquita en turquía
me encantaría, pero no soy musulmán, no me criaron así, no sé rezar.
HERMANO: sí, puede ser. Somos del rojo a la distancia.
YO: pero no sé si comulgo o si soy un pagano total.
HERMANO: somos simpatizantes, solidarizamos. Estamos en el medio vieja, siempre vamos a estar en la mitad de todo. Nacimos a mitad de camino.
YO: por eso, por eso... No tenemos códigos, no tenemos religión, pero ni siquiera nos podemos jactar de eso, porque no somos de los “sin códigos” “sin religión”.

Prometo –me prometo– continuar con este tema. Indagar. Ver donde estamos, ver si está bueno ser una suerte de suiza de las personas –en el laburo me dicen canciller–, no tener ni patria ni dios, pero no por una convicción; encima, provenir de ese lugar abstracto, lejano, nebuloso y genérico, “el sur”; no tener una banda preferida, un escritor favorito.
Pero tampoco estamos tan mal, y siempre hay cosas definidas.
A mí, por ejemplo, no me gustan las aceitunas.

martes, enero 09, 2007

el gato, la mancha, dios, etc.

Hace unos cuatro o cinco años, volviendo de la facultad una mañana, me pasó algo que todavía hoy, cuando lo recuerdo, de alguna manera me sigue perturbando. Los hechos no son confusos, ni apasionantes, ni tienen un ápice de misterio: al lado de la puerta de entrada del ph donde vivía, entre una pared y una reja verde, había una mancha, una mancha gris o marrón que siempre estaba ahí y a la que nunca le había prestado mucha atención. Hasta ese día –hace cuatro o cinco años–, que volviendo de la facultad vi el gato del vecino pasar entre la pared y la reja, y entendí que la mancha la había hecho el gato en sus mil pasadas entre la pared y la reja verde. Pero en ese instante no sólo entendí eso. Entendí todo. Y por todo entiéndase TODO. La totalidad. Entendí quién era yo y cual era mi lugar, que estaba haciendo y qué tenía que hacer. Entendí el mundo y sus circunstancias, entendí mi vida y la de todos los demás. Entendí el universo desde el principio hasta el final. Habrán sido unos tres, cuatro segundos como mucho, pero fue suficiente. Me acuerdo que entré a mi casa mareado y con vértigo. Que me hice un té mientras pensaba en lo que me había pasado. Y que, finalmente, olvidé todo cuando me puse a estudiar para no sé qué materia. Pero la sensación perduró.
Borracho una noche con mi viejo, le conté. Al volver sobre aquella mañana, le añadí interpretaciones: yo, en esos tres o cuatro segundos, había sido dios, o algo parecido. Había comprendido (en los dos sentidos: entender y abarcar) todo. Por eso el vértigo posterior, el mareo. Por eso la necesidad de olvidar. No estamos preparados –dije en la segunda botella de vino– para entenderlo todo. No nosotros. Por eso olvidamos todo el tiempo. Por eso necesitamos desde el principio de los tiempo un ser que lo entienda todo, y nos ahorre el vértigo, aún cuando este mismo ser (llamémoslo dios) nos provoque vértigo él mismo. La charla siguió y, por supuesto, al rato nos olvidamos de todo. Unos meses después leí la escritura del dios, un cuento de borges que me hizo volver a pensar en aquella mañana y a detenerme un tiempo en aquellos hechos: la mancha, el gato, la reja, la comprensión, el todo.

lunes, enero 08, 2007

sending out

Creo que the police debería aggiornar la letra de "message in a bottle": en lugar de sending out an s.o.s, debería leerse sending out an sms.


Seguimos trabajando para usted.

el rock y las frutas finas

Padre me pidió que le escribiera, para la revista de la cooperativa agricola de allá, una notita sobre la relación entre el rock y las frutas finas. Es decir, nombrar canciones, artistas, cuestiones que de alguna manera tuviesen algún punto de apoyo con los berries. Tarea difícil, sí. Pero no imposible.
Por una cuestión de tiempos, le pedí a mi amigo soberbio si la podía hacer, y esto fue lo que hizo.

Rock and berries

No se puede decir que las frutas ocupen un lugar muy importante en lo que "inspirar canciones de rock" se refiere. Pero que las hay, las hay. Si bien las frutas están presentes en textos desde que Eva mordisqueó una manzana –que no haya sido una frambuesa fue cuestión de temporada–, en el rock, imperio de las drogas, el sexo, pero también del amor y de la autorreferencia –el rock mismo–, hay que hacer un trabajo cuasi arqueológico para poder encontrar alguna referencia al mundo de las frutas. El trabajo se magnifica cuando del género frutas pasamos al sub-género berries, pero ya es demasiado tarde para echarnos para atrás. A continuación, un breve e incompleto recorrido llamémoslo un "trabajo en progreso"– , que a vuelo de pájaro se sumerge en esta apasionante relación.
Podríamos empezar hablando de la hermosa y flaca cantante Fiona Apple, pero, como ya dijimos, si vamos a centrarnos particularmente en los berries, bueno, entonces tenemos a Chuck Berry, el músico nacido en 1926 que si bien no revolucionó el rock, ayudó a que el blues se volviera eléctrico. The Kinks, la banda de los hermanos Davies, en la canción "The Village Green Preservation Society", imploran: "Dios salve al dulce de frutilla y a los de todas las otras variedades". Los Beatles –que sí revolucionaron todo– te invitan a pasar una temporada al "campo de frutillas, para siempre". Johnny Cash se acuerda de las frutillas que lo salvaron de morir de hambre en Nueva York en "Strawberry Pie". Nancy Sinatra, la hija de Frank, susurra: "Frutillas, cerezas y un beso de un ángel en primavera". El dúo inglés de electropop Goldfrapp le canta a la cereza negra; los chicos no tan chicos de Sonic Youth tienen una canción que directamente se llama "Simpatía por la frutilla"; la banda de reggae inglesa, UB40, desde 1983 canta "Cherry Oh Baby". Un infaltable, por el talento, por su presencia casi magnética a lo largo de la última mitad del siglo XX –y porque canta bien, sus letras son las mejores, y porque nos gusta– es Bob Dylan. En la canción "Country Pie", una oda a los pasteles del campo, grita con su voz nasal: "Frambuesas, frutillas, limón y lima / qué me importa / arándano, manzana, cereza, zapallo y ciruelas / llamame para la cena, cariño, que ahí estaré". Nick Drake, el dulce Nick Drake, compara la fama con un árbol frutal; los franceses de Air se tiran un lance con la chica capullo de flor de cerezo.
Más acá en el tiempo, pero también en el espacio, encontramos que Kevin Johansen canta en la canción "Guacamole": "Queso con frambuesa, pongan bien la mesa". Juana Molina, desde su disco Tres Cosas advierte: "Las frutillas, los tomates, ahora no son tan ricos / porque les pusieron qué sé yo qué gen maldito". Un poco antes, Charly García y su Máquina de hacer pájaros proponían: "Vamos al mar en un buen Cadillac, frutillas rojas de Chapadmalal".
Así, la cultura popular, esta vez de la mano del rock, se acerca a la agricultura popular. Una mezcla impensada, aunque pensándolo bien, si las frutas finas quedan bien en todo, por qué no quedarían bien en una canción.

Soberbio Cárdenas.


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Cuestión que ahora necesito que manden más, a ver si se puede hacer más grande.


jueves, enero 04, 2007

llegar

Llegar a buenos aires, la ciudad, es siempre intenso. Más, cuando se llega de lejos. Del aire acondicionado -sea bondi, avión, da lo mismo- a retiro, sin escalas. Del mar, del campo, de las montañas, también, da lo mismo.
Llegar después de una noche durmiendo en la falsa horizontalidad de un falso coche cama; llegar después de una enorme luna naranja, en la enormidad de la pampa; llegar después de una semana con seres queridos: padres, hermanos, novia, familia toda, amigos, amigos de amigos, etc.; llegar después de noches de lluvia y chimenea, de fiesta de año nuevo, de desayunos interminables que devienen en almuerzos interminables que devienen en cenas interminables que devienen.
Llegar. Y sentir el olor a chipá y a alfajor guaymallén -que en realidad no tiene olor, pero podría-; chocar contra la multitud atontada que espera su vía de escape; leer los diarios paraguayos que anuncian que sandra sánchez es la nueva chica del caño, y que apareció otro cadaver decapitado, y este rito umbanda, todo con su foto color, su titular sangriento.
Llegar y caminar aletargado por un calor que parece irreal, a las siete y media de la mañana. Caminar y subirse al ciento cincuenta y dos y empezar a sudar y golpear a la gente con los bolsos que ahora parecen mucho más grande de lo que parecían. Buscar las monedas -sin uso desde la partida: en el sur las monedas no existen, como no existe el gato en tucumán-, pedir ochenta por favor y escuchar por primera vez mi voz desde que me subí al colectivo, 20 horas antes.
Llegar y saber que falta bastante para volver a irme.
Llegar a mi casa, sin mujer ni gato.
Llegar a buenos aires, un cuatro de enero, puede ser duro.

viernes, diciembre 29, 2006

salvo ver películas

El refrán podría rezar: más malo que película de bondi. Pero, de todas maneras, las queremos.
Gracias a los largos y tantos kilómetros que hay hasta el sur, he podido ver gemas del séptimo arte como swordfish, candyman, una con kevin costner que juega al béisbol, otra con kevin costner que entrena chicas para un equipo (muy especial) de béisbol, otra con kevin costner que tiene branquias, varias de steven segal, algunas de harry potter, y muchas muchas, pero muchas, de las que ya no me acuerdo ni el nombre ni de qué se trataban.
Todo esto para decir que en el viaje de ida –de venida–, ahora, hace escasas horas, pusieron "un papá con pocas pulgas". Todo tiene un límite, mi viejo.

viernes, diciembre 22, 2006

ebenezer

En casi todos los pueblos del interior existe una mercería, una empresa de remises, una tienda de abarrotes, una dependencia, un algo, lo que sea, que lleva el nombre "eben ezer" o "ebenezer" -todo junto-.
Siempre estuve convencido de que era por ebenezer scrooge, el señor burns de c. dickens.
El otro día, de paso por glew -sí, glew-, leí "eben ezer" en el techo de una carnicería y tomé nota mental: averiguar qué o quién garcha es ebenezer.
Hoy, aburrido en el trabajo, guglié, y los resultados son los siguientes:
existen aproximadamente 3.750.000 de páginas que contienen la palabra ebenezer. La inmensa mayoría de las páginas remite a iglesias evangelistas latinoamericanas y del resto del mundo.
Por lo tanto, es más posible que el nombre sea por alguna cuestión religiosa que por aquel personaje literario.
Listo, nada más.

jueves, diciembre 21, 2006

el nido


Así se ve el nido del pajarito cartonero desde arriba. Si se fijan bien, podrán observar los papeles, los plastiquitos y objetos varios.
No tenemos muchas noticias del gorrión -llamémoslo por su nombre-, pero el nido, como el sol, siempre está.

jueves, diciembre 14, 2006

extraño

No tengo ningún amigo hincha de estudiantes.

martes, diciembre 12, 2006

hoy

hace un año
andrea me llamó
a casa.
estaba saliendo
para llegás.

jueves, diciembre 07, 2006

tener un clon

*En el bue, hace ya más de un mes, estaba charlando en esos intervalos que se generan entre recitales. De repente, una mano se posa en mi hombro y me abraza. peter, me dice. Hasta que me mira mejor y se da cuenta de que no soy peter, pero me parezco.

*Ayer, en una fiesta, estoy tomando una cerveza mirando para el escenario. Una chica me habla desde atrás. Pedro, me dice. Y me doy vuelta, y se da cuenta. No sos pedro.
Con ocho segundos me alcanza para armar una cadena mental –es decir: me acuerdo del episodio peter en el bue– y le digo: pará, ¿quién es pedro? Porque hace un tiempo ya me dijeron peter.
Pedro, peter, es un chico idéntico a vos. Estudia letras. Son muy parecidos, es impresionante.

*Si alguna vez algún peter, pedro, que estudia letras pasa por acá, bueno, el que esto firma, dicen, se parece a vos.

miércoles, diciembre 06, 2006

like a bird on a wire

Finalmente, cuando nos habíamos decidido arrancar de cuajo el nido, preservando de esta manera la integridad física de agente cooper, el gato, no va el pajarito cartonero y pone un huevo.
Blanco, ínfimo, ovalado, descansa al fondo del hogar de pasto y orégano y papeles y algodones.
Ahora, para abrir la ventana, vamos a tener que esperar no sé cuánto tiempo.
Sé que es un gorrión (Passer domesticus). Pero todavía no sé cuánto dura la gestación del embrión en el huevo, ni cuánto tiempo pasa desde que la cría nace y puede volar.

Igual me gusta la idea de tener nuestro propio discovery channel en la ventana.

martes, diciembre 05, 2006

caribe sur

Estaba a media cuadra de entrar a la gran empresa. Caminaba con los auriculares enormes y mirando el piso, a paso firme y apurado, cuando, entre bob dylan y las bocinas, escuché que alguien gritaba mi nombre, o más bien mi sobrenombre.
Tardé un rato en darme cuenta quién era el que me llamaba, pero al rato lo reconocí: era franchi, y el saludo fue efusivo. En siete minutos me contó todo: por qué, cuándo, cómo y qué hacía en el barrio de villa urquiza.
Resumiendo y contextualizando –a grandes rasgos, como en todo resumen; arbitrariamente, como en toda contextualización–, cuento que franchi era un chabón de lago puelo, con un carisma innegable, aunque a mí no me terminaba de cerrar. Tenía grandes facilidades para los instrumentos y el canto; era correcto y educado, y galante con las chicas. Tan correcto y educado, y tan galante con las chicas que terminaba cansando. Fue compañero mío un año en la secundaria, justo el año en que su padre fue profesor nuestro en la materia instalaciones, que parece artístico y jugado –diego bianchi ¡oh!, marta minujín ¡oh bis!–, pero nos enseñaban a poner inodoros y a conectar circuitos eléctricos. Glamour, cero, vida real, uno.
Franchi, entonces, me cuenta apurado que estuvo en la plata estudiando, pero que se cansó; que está tocando con un par de bandas, y que ahora, en minutos nomás, está por entrar a un casting que busca cantante para cruceros.
-Zarpado -le digo.
-Sí, está bueno. Pagan una buena guita y encima doy vueltas por el caribe.
-Cierra por donde lo mires.
-¿Sabés dónde hay una estación de servicio?
-Por allá hay una shell.
-Me estoy re meando.
-Bueno, che, que te vaya bien.
-Sí, te imaginás...
Sí, me imagino, le digo al aire, mientras entro y saludo a gastón, el de seguridad, que a esta altura ya me saluda, y me pierdo por entre pasillos inexplorados del edificio que cobija a la gran empresa del gran grupo.

un pájaro en la ventana

el pajarito cartonero
hizo un nido
en la ventana.
ni siquiera en el balcón
o en la terraza
de mi casa
que no tengo:
en la ventana

decía, el pajarito cartonero
hizo un nido
con pastos,
ramas de orégano,
algodón y papeles
que encontró
más rápido que los pastos
y las ramas de orégano.

ahora tenemos una
decisión que no es facil:
arrancar el nido de cuajo,
tirar al tacho
sus papeles y pastos
sus algodones y sus oréganos
o que el gato,
agente cooper,
se tiré desde el cuarto piso
hacia el abismo,
mientras caza,
furtivo,
al pajarito cartonero.

lo que se dice estar mal

El golf busca darle la única alegría del año al deporte argentino.
En una temporada sin títulos del fútbol, básquet, hockey y voley, la esperanza está depositada en el palo y la pelota.

Vos decís?

viernes, noviembre 24, 2006

"realizado"

Planté un cardo

Me hice una paja

Escribí un blog

juicio laboral

*Es viernes, y se nota en el aire. Todos mis compañeris cambiaron sus camisas rosadas por remeras, también rosadas. Y en lugar de mocasines, calzan zapatillas. El ambiente se siente cashual.

*Ayer mi padre me preguntó qué hacía en el laburo, además de chatear. No supe qué contestar e inventé alguna respuesta que apelaba a las obligaciones y responsabilidades previamente adquiridas. Y que cada tanto escribía en el blog.

*Ayer también, pero más temprano, tuve reunión con la jefa. Me advirtió que estaba conciente de que se habían cumplido mis tres meses de prueba, y quería saber cómo me sentía en la empresa, cómo me llevaba con el trabajo, cómo llevaba todos estos movimientos y runrunes y radiopasillos. La lucha entre lo que realmente pensaba y lo que debía decir fue intensa; el resultado de la reunión, incierto. Por lo que entendí –por lo que me acuerdo–, de alguna manera me aseguró que me iba a quedar, y por otro lado me ofreció un ascenso. Yo igual le deslicé, de manera sutil, que todavía no tengo nada definido para el año que viene. Que por un lado quiero dedicarme a la facultad, que “no sé si me voy para el sur”, y así.
Cuando casi terminaba la reunión le dije a la jefa: igual no se pongan mal si decido no seguir.
La frase quedó flotando en el aire, su presencia casi se hizo física y bien podría haberla tocado.
En el mismo instante en que me di cuenta de la grasada que había dicho, mi cara comenzó a llenarse de color -rojo sangre-. Igual me respondió: no, claro, voy a entender si te querés dedicar más a otra cosa, o si querés ponerte las pilas con la facultad.
Le dije: bien, igual lo que te quería decir era que no se pongan mal si me tienen que echar; reducción de personal, y esas cosas que se escuchan por ahí, vos sabés.
Me dijo: no te preocupes por eso, por ahora.

martes, noviembre 21, 2006

flit

Hay runrún y radiopasillo.
Circulan, por toda la empresa
del gran grupo, rumores y más rumores.
Que ya hay un organigrama,
que ya se definió quiénes van a seguir;
que toda esta sección se va para otro lado,
y quedamos a cargo de garompa.
Que todos los que no aparecen
tienen que juntar sus petates e irse.

Yo lo único que quiero es que me digan:
muchas gracias por estos tres meses
y diez días de trabajo.
Ha sido un gusto.
Les doy la mano, y me retiro,
simulando dolor.

Otra opción, más heroica,
es la siguiente.
Que echen a alguno que quiera seguir,
que tenga que mantener una familia,
pagar el seguro del auto,
que quiera ser parte de esta empresota.
Que llore, y pataleé.

Entonces entro en acción, y digo:
¡no!, échenme a mí.

Oh, dicen las cortesanas,
oh, dicen los caballeros.

Los jefes se quedan sin voz, se quiebran
y se miran entre ellos, confundidos.
Luego de algunos minutos de zozobra
Me condecoran y me palmean la espada.
Y me mandan patitas a la calle.

Y todos felices.

focus girl

Hoy le toca ser profesional, clase media alta, esposa de un abogado independiente. Y va a hablar de jugos: si esta fruta fuese un ser humano, ¿sería hombre o mujer?.
Ayer fue madre joven, separada, y habló sobre jabones en polvo. Hace una semana, hija que aún vive con sus padres, de ingresos medios, estudiante universitaria.
Así pasea por oficinas blancas y despojadas; se deja ver a través de los espejos traslúcidos de la cámara gesell y se junta con mujeres, desconocidas hasta entonces, a hablar sobre temas que nunca se imaginó que iba a hablar alguna vez.
Su vida de chica focus group le da magros resultados, tanto económicos (buen sueldo, aunque con poca estabilidad) como anímicos (hablar con gente distinta, comparar estrategias, aconsejar a las novatas) y materiales (muestras de productos, imanes, blocks para anotar). Sus cambios de profesiones y vidas apenas si la acomplejan: al contrario, nada le tienta más que salir del tedio de su día a día y ser, al menos por minutos, y de palabra, lo que los otros necesitan que sea. Maestra, profesora de inglés, ama de casa, abogada, escritora, desocupada, estudiante de letras, camarera, fotógrafa free lance.

viernes, noviembre 17, 2006

interview

“De chico imaginaba respuestas a entrevistas, mientras volvía de la escuela, mientras caminaba por la chacra”, suelta nervioso, antes de que le pueda hacer alguna pregunta.
“Todavía no tenía en claro por qué sería que me entrevistarían –deportes, banda de rock, algún descubrimiento– pero era clarísimo que algún día lo iban a hacer. Incluso a veces respondía en inglés. Siempre en voz alta, caminando por caminos de ripio, arrastrando los pies”.

-Los chicos siempre fantasean con ser famosos, como bien decís, con ser deportistas o músicos, pero generalmente la fantasía tiene que ver con el momento, con el acto, no con la entrevista posterior...
- Sí, es cierto; no sé por qué lo hacía. Pero era algo recurrente.
-¿Qué recordás de aquellas entrevistas?
- No mucho; me acuerdo del viento, del silencio, del ripio, de la mochila azul que tenía. También que contestaba con tranquilidad y reía cómplice, miraba a los ojos de mi entrevistador y me mostraba confiado.
Como mis diálogos eran largos, me perdía todo el tiempo y volvía a empezar; así el discurso se iba puliendo, las palabras se volvían conocidas. Me movía con naturalidad por entre las letras, las oraciones. Conocía los tiempos, inspiraba, exhalaba, y contestaba.
-Y ahora incluís esta entrevista en tu primera novela editada: está claro que siempre lo habías pensado así.
-No, para nada, fue una idea de mi editor. Le pareció tierno, y una buena manera de hilar lo que para mí es una suma de relatos intrascendentes e imposible de unir entre sí. Entonces me dijo: “empezá con esa entrevista imaginaria que me contaste que te hacías cuando eras chico, y que el cronista te guíe, y que luego comiencen a aparecer el resto de los personajes, de las situaciones.” Me pareció un muy buen consejo, y lo seguí al pie de la letra.

miércoles, noviembre 15, 2006

pequeños momentos

Durante las nueve horas que estoy dentro de la oficina en la empresa del gran grupo, ocasionalmente encuentro momentos de escape –aire, libertad, oxígeno, como se diga–. No es fácil dar con los intersticios, las grietas del sistema, pero si se busca con atención, se encuentra.
Agarrar el celular, guardármelo en el bolsillo de adelante a la izquierda del pantalón, levantarme, caminar hasta el baño, cerrar la puerta, tomar asiento en el inodoro, es uno de aquellos momentos. Combina, en un mismo movimiento, diferentes cuestiones que disfruto: sentarme en el inodoro, jugar a la vivorita en el celular, alejarme por un rato de la computadora, y escuchar esos ruidos lejanos, sordos e irreconocibles –voces opacas, gotas de agua, tacos que caminan por algún pasillo– que siempre se dejan oír en los baños.

infancia revisitada II

En quinto grado me cambié de escuela. Pasé de una pública, la 270, donde compartía aula con amigos y usaba guardapolvo blanco, a la única escuela privada del pueblo: el colegio nicolás pedernera, que no era un delantero de river sino un muñeco que había nacido en córdoba y no sé –y creo que nadie lo sabía– qué habría hecho para darle nombre a una institución patagónica de medio pelo. Ahí usaba uniforme: zapatos, camisa blanca, corbatín azul, y arriba de todo un guardapolvo, también azul.
El cambio no fue tan traumatizante; hacía tiempo que fantaseaba con cambiar de escuela, ser el nuevo, pelearme con los “populares”, y esas cosas. Incluso había noches en que me imaginaba yendo a una escuela hogar, conocer una chica tímida, tomarnos de la mano, leer con linternas, cambiarnos de cama a la noche, todas esas boludeces que seguro vi en alguna de esas películas que uno ve cuando es chico.
Mis nuevos compañeritos, hijos de los dueños del pueblo –esas personas que tienen el dudoso honor de compartir sus apellidos con las calles; como decir un anchorena acá, aunque con mucho menos glamour–, eran bastante desagradables. Amarretes, llorones, malcriados, soberbios, y así. Alejandro compartía todas esas características, pero igual en poco tiempo nos hicimos amigos. Fue mi primer amigo de pueblo.
Su casa estaba en el centro centro del bolsón, al lado de un taller mecánico. Era oscura, de una planta, con una cocina de luces incandescentes y por todos lados había olor a suavizante de ropa. En el patio que daba al taller –que no era de su familia– había un aro de básquet en el que a veces jugábamos. Su papá era el chofer de la traffic del pedernera, y su mamá me parece que era la directora del colegio.
En lo de alejandro se desayunaba galletitas con dánica dorada y dulce de leche, algo impensable y desconocido en mi casa; además tenían cable y cada uno tenía un televisor en su cuarto: alejandro miraba the big channel, el padre fútbol –era de ferro, un equipo que no me sonaba ni de nombre pero que en esa época estaba en primera–, y sus hermanos y madre, ni idea.
Uno de sus hermanos, germán, era rockero: tenía su banda y la habitación empapelada de posters de aerosmith que, como ferro, no me sonaba ni de nombre; pero ver todos esos papeles amarillentos de la revista 13/20 con unos boludos grandotes llenos de pañuelos no fue una buena manera de conocerlos.
Las hermanas eran más grandes, casi graduadas de la secundaria, así que no tenía mucho trato con ellas.
Me gustaba ir a lo de alejandro. Me gustaba andar en bici por el asfalto y las veredas rotas; me gustaba comer ñoquis los 29 de cada mes y que abajo del plato hubiera billetes de dos pesos. Me gustaba ir caminando al kiosco y con esos dos pesos comprar alfajores guaymallén. También me gustaba comer viendo tele, y la luz temblorosa de los tubos incandescentes de la cocina; ver tele en la cama hasta cualquier hora (alejandro veía coco miel y babar en magic kids, eso no me gustaba) y levantarme y tener la escuela a pocas cuadras.
Cuando terminé séptimo me cambié otra vez de colegio, esta vez a la agrotécnica del cerro radal. De a poco dejé de ver a alejandro; aunque cuando nos cruzábamos nos saludábamos con cariño.
Hace poco padre me dijo que lo vio por allá: estaba de vacaciones y aprovechó para visitar a sus hermanos que ahora son refugieros.
Me mandó un abrazo.

miércoles, noviembre 08, 2006

La versión gmail de Mientras dormías:



These messages were sent while you were offline.
6:23 PM Irene: te fuiste?
o gmail nos esta engañando otra vez?

jueves, noviembre 02, 2006

miércoles, noviembre 01, 2006

El hermano errante de Ruperto Valenzuela

Este post es un work in progress. Es sólo un apunte virtual de algo que va a ir creciendo con el tiempo, pero lo voy a publicar ahora, así, desprolijo, inexacto, porque no me quiero olvidar.


No conozco el nombre del hermano errante de ruperto valenzuela, pero me parece que es pablo. En realidad sé bastante poco de él. Sólo lo que me cuenta mi padre que le cuenta ruperto, cuando le cuenta.
Ruperto, más de sesenta años, menos de un metro cuarenta; bigotito hitleriano y boina perpetua, trabaja en la chacra desde que llegamos a vivir allá. La leyenda dice, incluso, que hace muchos años él fue el propietario de aquellas cuarenta hectáreas y que las perdió quién sabe cómo, quién sabe cuándo.
Ruperto, decíamos, es padre de familias –más de una–, hombre trabajador y responsable, aunque supo tener sus asuntos con el alcohol. No era raro que en la fiesta del fin de la cosecha que organizábamos en la chacra casi todos los marzos ruperto valenzuela, además eximio asador, se trenzara con alguno en una disputa que solía terminar cuando el petiso –así le dicen– sacaba de su cintura el facón con el que había hecho el asado. En realidad, nada era raro en esos asados. Ni los hermanos cárdenas tocando chamamé, levantando el polvo a puro acordeón, ni las chilenas bailando con “saca la mano antonio”, ni las constantes borracheras de los césar o edgardos de turno, ni el checho, silbando entre las mesas.
Ruperto, padre de ramón que al final resultó tan petiso como su padre, pero que cuando éramos chicos nos parecía el chico más grande y más grosso de todos, un macgyver con una facilidad asombrosa para pescar con ramas y cazar liebres con guachis; padre también de andrés, deforme y oligofrénico, al que ruperto pasea entre orgulloso y resignado por las calles del pueblo, mientras este derrocha amor y baba; padre también de misaél, inteligente y hábil para el deporte, delantero del pyla (pasión y locura arandanera fútbol club) y uno de los tantos ahijados que tiene padre por el mundo –ni que fuera perón y sus lobizones–; padre de yolanda, que creo que fue mi compañera en ese año que fui a la escuela 81. Y padre ¿y amante? de rita, fea, pero rápida: así lo apuraba al avo en los asados del fin de la cosecha. Marido en serio de la rosa, trabajadora y dueña de una voz especial, entre nasal y aguda, una voz que me recuerda el invierno y el vapor que sale de las bocas cuando hablamos.
Ruperto tiene un hermano que camina y se mueve por la patagonia sin destino ni rumbo; que parece llevado por el viento, que allá sopla y mucho.
Hace unos días lo vieron por cholila, dice ruperto. Ahora debe andar por ñorquinco, comenta mientras busca las ovejas. Se está yendo al maitén.
El hermano camina.
Se tejen hipótesis, como las que dicen que va de fiesta en fiesta: en enero la fiesta de la fruta fina –donde aprovecha para visitar a ruperto y su familia–, y la del asado en cholila; en febrero la del lúpulo en bolsón, la de la trochita en el maitén, y la fiesta interprovincial de la doma y el folklore, en sarmiento; en marzo la del calafate en tecka o la del ternero en choele choel. Que así avanza buscando esos lugares comunes que son las fiestas de pueblo, todas con olor a choripán, todas con el bingo, con los vidrieros que hacen adornos kitsh, con los locutores. Todas con la elección de la reina, que permite cosas geniales como “la reina del pescado” o “miss guindas”, o “reina del asado con cuero”, y así. Todas con tanto tetrabrick, con tanto don ata y don josé y los nocheros y la mosca. Todas con la comisión organizadora, la inauguración a cargo del intendente y el cura que bendice estas fiestas, en nombre del padre y del hijo.
Otra hipótesis, tal vez la menos grandilocuente pero la más acertada, dice que al hermano errante de ruperto le gusta andar. Y que como el muñequito de las pilas energizer, nunca deja de hacerlo.
Que camina y le gusta sentir el polvo de la ruta cuarenta en su cara curtida. Que no tiene un lugar preferido y lo sigue buscando. Que no le parece bien la “vida burguesa” de su hermano ruperto que se vendió y ahora tiene directv y le puso piso a su casa y va al doctor cuando se siente mal.

Ruperto valenzuela, en tanto, se jubiló hace poco tiempo, después de una vida de trabajo.
Con su triciclo rosado sigue haciendo los dos kilómetros que separa el caserío donde vive –la sombra, que le dicen– y la chacra, donde arregla cercos y arrea las vacas, o simplemente recorre el fondo inundado, acompañado por sus tres perros. O por andrés, que babea y corre contento entre los teros.

jueves, octubre 19, 2006

infancia revisitada I

Después de lo de lucho me tomó por asalto una onda revisionista de mi pasado, y así comencé a recordar personas que dieron vueltas por la chacra, o por mi infancia, que es lo mismo.
Hoy voy a hablar de sigfrido.

Sigfrido rubulis: era, me parece, ucraniano. Experto en glaciares, recorría las montañas midiendo ríos, haciendo anotaciones de deshielos, precipitaciones y esas cosas.
La historia oficial dice que mis padres me concibieron en la casa que él tenía en el lago mascardi, un veintiún de septiembre. Eso me lo cuenta padre, a madre no sé si le interesa contar esas cosas.
Sigfrido hablaba raro: un español con consonantes ucranianas, o de algún país de por allá; y, principalmente, era rockero. Estaba en la movida de bariloche, apadrinaba bandas, pero más que nada las iba a ver: se quedaba hasta el final, haciendo pogo, tomando en su vaso de taper alargado.
Le gustaba ir a la fiesta de la fruta fina, que se hacía –y se hace– en el pueblo. La fiesta se hace de viernes a domingo, una vez al año, siempre en enero. Y en la víspera se podía ver el renó 12 blanco de sigfrido –después fue un renó 18 cuatroporcuatro– avanzando despacio por debajo de los sauces, que en verano ya escupen esa baba pegajoza.
Llegaba y se bajaba del auto. Del baúl sacaba su mate que también era un vaso de taper, y una fuente con capón frío y asado hace mucho. Saludaba y se instalaba por algún lugar de la chacra: a veces amanecía en la orilla del río; siempre dormía con algún perro.
Se llevaba bien con los perros, ladraba cuando bailaba borracho.
Sigfrido era sabio, y también era raro. A veces me molestaba su manera de andar por la vida, me parecía una pose, pero uno no tiene poses cuando tiene más de sesenta años. Se declaraba mapuche –“mapuche significa gente de la tierra, y yo soy gente de la tierra” decía, sin escatimar modus ponendo ponens. Y tomaba champán rosado a temperatura ambiente.
Un día, ya viejo, recibió una herencia de una tía lejana. Con esa plata se compró el renó 18 cuatroporcuatro, y produjo el primer disco de mosca roseta, banda barilochense emblemática.
Nosotros, con primos y hermanos, padres, tíos y amigos, nos hacíamos cargo del puesto de la chacra en la fiesta de la fruta fina (en adelante, si la vuelvo a nombrar, fff). Vendíamos dulces y frambuesas al natural, pero lo que salía como pan caliente eran los tragos. Los preferidos por el público eran el kir royal –champán y cassis–, el martín rosso con frutilla y frambuesas, el gancia con loquevenga, y un fondo tóxico, que era un rejunte de todas las sobras y que tenía un nombre más sofisticado que fondo tóxico, que ahora no me acuerdo.
Sigfrido aparecía por el predio alrededor de las diez de la noche, dando zancadas largas y torpes. Llegaba a nuestro puesto y nos pedía que le guardáramos las botellas de champán, pero no que la pusiéramos en el hielo, y se iba a bailar. Los paisanos mamados la pasaban de lujo con el gringo loco que ladraba.
Ladraba y gritaba siempre. En una de las ediciones de la fff estuvo comanche, y ahí también gritó y ladró: “Tonta, comoquieresquetequierasimetienestodoeldíatrabajando”. “Guau”. “Guau”.
El cierre de cada noche de la fff se hacía en el gimnasio, y la banda que tocaba era delta 99, que hacían covers-de-la-onda-la-zimbawe-la-portuaria-y-carnaval-carioca-para-todos. Yo nunca fui, porque era muy chico y mis padres, sabiamente, me lo impedían. Dentro de ese enorme container de alcohol y humo, sigfrido ladraba y gritaba. Es un milagro que no lo hayan cagado a palos.

Una tarde de primavera, de esas que son calurosas y frescas, húmedas y secas, pero siempre ventosas volvíamos de la escuela en la traffic, manejaba jorge. En la puerta de casa estaba padre con los ojos llorosos, abrazando a madre.
Bajamos lento y el viento, que casi siempre presagia cosas feas, voló nuestros flequillos. Se murió sigfrido, dijo madre. Anoche –siguió– , salió de by pass o de otro boliche, y en una curva de pioneros una pathfinder pasó por arriba del renó 18.

Lloré mucho con la muerte de sigfrido, me arrepentí de no haber hablado más con él, de no haber sabido más cosas sobre su vida, y eso.

Con nico y aye, y a veces migui, cada tanto brindamos a la salud de sigfrido. Con champán rosado a temperatura ambiente, claro.

miércoles, octubre 18, 2006

lucho y vuelve

Madre, vía chat, me cuenta que está en mi casa de allá lejos tomando mate con lucho merino. Frente a la computadora me sale una sonrisa, y le digo –le escribo– que lo salude de mi parte.
–pensé que no te acordabas de él –dice madre.
–cómo no acordarme –respondo, misterioso.

Tenía alrededor de diez años cuando me enteré de la existencia de lucho merino. Por esa misma época en el pueblo –diría barrio, pero no es correcto– hubo conmoción y rumores, desmentidas y corridas. Y se debían a lucho.
Los merino, paisanos hechos y derechos, de esos que visten bombachas y boina, calzan botas de cuero y huelen a capón, vivían arriba del cerro mocho, al costadito del cerro el pato, que bien podría formar parte de la cadena del piltriquitron, pero no tengo los datos precisos que lo afirme.
Para llegar a su campo había que subir por la montaña un buen rato. El ascenso comenzaba por “la sombra”, que es como los valenzuela llaman a su campo, una parcela a la que nunca le pega el sol, a la vera de la ex ruta 258, actual ruta 40.
Las veces que subí a lo de los merino fue siempre a caballo. Coirón, el malacara, e inacayal siempre iban adelante, briosos, excitados, escarbando con los vasos la tierra negra cubierta de pinocha color óxido.
Llegado un momento el paisaje cambiaba: del bosque de pino al de los coihues imponentes, verdes y llenos de olor a vida, o algo parecido.
Y de repente, más arriba, el llano. Y al fondo, la casa de los merino: oscura y apestando a humo, a frito y a yerba usada.
En lo de los merino una vez hubo señalada. Los gauchos llegaron de toda la zona: de cholila y del maitén, de bariloche y de manquinchao; los caballos desfilaban con las mejores pilchas; sus jinetes, también. A lo lejos, cerca de la casa, se asaban dos bueyes, con cuero y sin yunta. En un costado jugaban a la taba, en otro galopaban e intentaban darle a la sortija.
Por ahí se paseaba orgulloso entre tanta vaca y tanto vino el papá de lucho, que se llamaba ambrosio. De la madre no me acuerdo el nombre, pero era chiquita, tenía el pelo blanco y le faltaba un ojo –esas cosas no se olvidan.
El ojo se lo había sacado ambrosio merino, nos enteramos más tarde.
Ambrosio merino la golpeaba, nos enteramos ese mismo día.
Lucho merino no soportaba que el padre golpeara a su madre.
Lucho merino cargó el colt .45, y lo descargó sobre su padre.
Se entregó solo a la policía, que lo traslado a esquel. Allí, en el penal, pasó algunos años purgando la pena, pensando en su madre bizca y golpeada, en su padre golpeador y muerto.

Hoy pasó a tomar unos mates con madre.
Cómo no me voy a acordar de lucho.


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Actualización
hermano me avisa vía mail desde la casa en la que llueve adentro:

lucho nos pintó la casa hace un par de años y en el descanso hablaba de futbol con el tincho, de deté a deté.
otro dato. pol llevó el cuerpo de merino padre, en la efecien.
otro dato. merino lucho le había dicho: "che pol, ¿no alcanza a mi viejo al pueblo?"

Actualización II
padre me avisa vía chat desde la casa de allá lejos:
no era la efecien, era la renó 12 brec azul, novísima. Tuvimos que acomodar el cuerpo de merino padre entre los dos asientos de adelante, yo le daba charla, me hacía el malo con el gaucho malo, él, nada.

"La pro-actividad ja ja ja ja"

Hoy fue -es- un día particularmente aburrido y falto de cosas.
Por la ventana de la oficina que está a la derecha se ven árboles cargados de hojas y edificios en construcción; en la computadora de enfrente, un pelado.
En teoría tengo todo el tiempo que quiera para escribir posts jugosos. Pero se me complica.

El nabo -ya hablamos de él- ahora escucha a los piojos, y silba. Antes pasaron alanis morissette y moby y los redondos -sin contar tango feroz y technotronics-, y todo en un solo día.
El nabo no le hace asco a nada.

Ah,
quiero escribir sobre el uso y abuso que se hace acá (el gran grupo y calculo que todas las empresas garcas) de la palabra proactivo.
Cuando tuve la primera entrevista laboral me preguntaron si yo era una persona proactiva. Ante la duda –no vaya a ser cosa–, dije que sí "siempre y cuando sea de frutilla". Rieron.
Y me dijeron: "muchacho, el trabajo es tuyo".
Ese fue mi primer acercamiento a la proactividad, y pronto comencé a leerla en las carteleras que hay en los pasillos:
“buscamos estudiante de Cs. Económicas, excluyente manejo de programas complicados para hacer cuentas. Necesitamos persona proactiva y bien dispuesta”.
“Gerencia busca gerente. Proactividad excluyente”.
“El call center necesita mano de obra barata, buen trato con el cliente y proactividad probada”.
Incluso la jefa, que no es the boss, y se podría decir que tiene un poco más de onda que el resto de los compas –lo que definitivamente NO es poco, pero TAMPOCO es demasiado–, nos dijo en una reunión de hace poco: “Chicos, necesitamos optimizar nuestros tiempos, trabajar como un buen equipo, saber qué le pasa a los demás, hacerles saber a los demás qué es lo que nos sucede a nosotros y así. Tenemos que tener la mente abierta, y ser muy proactivos”.
En un almuerzo, hace pocos mediodías, alguien dijo: “y sí, cómo no iba a durar así de poco esa gorda, si era re poco proactiva”.

Ahora, ¿qué garcha es ser proactivo?

La rae avisa: La palabra proactivo no está en el Diccionario.
Wikipedia tira unos resultados rarísimos, como un “Motor de base de datos embebible que sustenta la integridad de los datos, el alto rendimiento, flexibilidad, escalabilidad y un bajo coste total de propiedad”. ¿Eh?

Por suerte siempre está google y allí unas Mujeres del tercer milenio nos aclaran: “En el Siglo XXI una manera de triunfar es siendo Proactivos. Realmente la moda es ser dinámico y seguro.” Y siguen: “Ser proactivo es tener un sueño y no desmayar hasta realizar todo lo necesario para convertirlo en realidad.” Faaaaa.
Y más: “Otro rasgo de los proactivos es la de ser acertivos.”
La rae, a esta altura un tanto aburrida, avisa otra vez: “La palabra acertivo no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran en el recuadro tienen una escritura cercana: Asertivo”.
“asertivo, va.
(De aserto).
1. adj. afirmativo.”

Volviendo a la página de las mujeres del tercer milenio: al final de la página ofrecen un test, para ver cuán proactivo es uno. Se los recomiendo.



P.D: Mientras escribo esto, el word me corrige la palabra proactivo. Pero también me corrige la palabra word.

Tango Feroz

Es temprano, muy temprano, como para que vos, pedazo de nabo, escuches en tu súper laptop el disco de Tango Feroz.
Y si no fuese temprano, bueno, tampoco deberías.

“Pedrito escribe sin parar que el mundo está por estallar y los demás en la oficina”

Además se me pega.

Hay que aclarar, sin embargo, que fue hilarante el momento de “aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia Comandante Che Guevara”.
El contexto, cómo intentaste bajar el volumen cuando pasó the boss; todo eso.

Y después, Technotronics.
Demasiado, man.

“Pump up the jam Pump it up”

martes, octubre 17, 2006

hoy es san perón

"son todos negros cabeza"
"¿se pelean los peronistas contra los radicales?"
"mirá esa negra, tiene espasmos"
"-hay gente que está al pedo.
- y sí no ves que son todos desempleados, negros al pedo"

éstos y otros comentarios del mismo calibre de sutileza se dieron cita por la empresa del gran grupo hace escasos minutos.

jueves, octubre 05, 2006

Esquizofrenia eres tu

De alguna manera tengo dos trabajos: el del grupo que bla bla bla -Folsom-, y el de la revista en la que trabajaba antes y que ahora sigo colaborando y haciendo otras cosas y yendo al menos una vez por semana y sí o sí a los cierres.
Ambas actividades son bien diferentes. Una, la del grupo, implica nueve horas en una oficina rodeado de compañeros extraños y demás detalles que ya fui dando a conocer o que contaré más adelante.
La otra, la revista, es un lugar en el que la confianza ya es absoluta, y nos divertimos y todo eso.
En un trabajo soy un ente que obedece órdenes y dice un promedio de 38 palabras por día, entre las que se cuentan:
“hola”
“está bien”
“dale”
“me parece”
“sí”
“no”
“bárbaro” (sí, a veces digo bárbaro)
“bueno”
“más o menos”
“estaría bueno”
y las combinaciones entre ellas y algunas que se salen del registro, que no son muchas.

En el otro, hablo de más, somos todos graciosos, ingeniosos, me río con ellos, me río de ellos, se ríen de mí, etc.
En uno me pagan bien y en el otro no. Adivinen en cuál.


PD: tengo qué decidir con qué tipografía me voy a quedar, o si voy a seguir cambiando todo el tiempo o qué.