sábado, mayo 19, 2007

sábado

Empezamos a hacer dedo -¿autoestop?- a partir de nuestro segundo año en la escuela agrotécnica. La escuela estaba ubicada en el cerro radal, a mitad de camino entre el bolsón y el hoyo, y equidistante también de lago puelo, pero salvo en verano, en algún día de calor extremo, casi nunca íbamos para allá.

La parte más molesta del trayecto era el camino que separaba la escuela de la ruta 258, la gran arteria de la zona. En ese camino, que con el tiempo vimos cómo era asfaltado y también vimos cómo se rompía el asfalto y cómo lo volvían a arreglar, nunca nos levantaba nadie, y la competencia con los otros que salían de la escuela y volvían a dedo a sus hogares era ardua y desleal. Las técnicas, tácticas y estrategias como, por ejemplo, escondernos en el bosque de pinos para que pasaran todos y después salir de nuestro escondite con los autos frescos y todos para nosotros, eran moneda corriente y herramientas más que necesarias y de uso cotidiano.

Había días en los que te levantaban enseguida y días en los que no. Lo que no había nunca eran días intermedios. Entre los hacedores de dedo circulaba una máxima: “si hacés dedo no tenés que caminar; si caminás, caminás”. Y varias veces caminamos.

El camino de regreso era un camino largo y que cambiaba según la estación: en verano hacía más calor pero por las rutas circulaban más turistas, y si bien los turistas no son una presa muy buscada por los hacedores de dedo, ver pasar más autos siempre da ánimos. En invierno, con el frío, el autoestopista da más pena y genera culpa en los automovilistas; en primavera, caminar no molesta tanto; en otoño hay manzanas.

Tirar piedras a los carteles, contar autos, cantar canciones de los beatles, hablar de chicas, arrastrar las mochilas por el asfalto, romper los ojos de gato de los guardarrails.

No me acuerdo del último viaje a dedo desde la escuela. Hice memoria todo el día a ver si me acordaba de algo, una conversación, una revelación, algo. Supongo que ese último viaje, esa última caminata, debe haber tenido algo de viaje iniciático, de punto de inflexión. Concientes, seguro dijimos: “loco, este es nuestro último viaje”, y lo caminamos en silencio y no nos dimos vuelta para ver pasar a los autos.

El problema eran los días que cursábamos la materia cerdos, o producción porcina. El olor que nos quedaba en la ropa, en las uñas, en las suelas de las zapatillas era terrible. Había algunos, precavidos, que llevaban botas de goma y overoles. Yo nunca lo hice. Volver a dedo, con ese olor, era complicado: lo mejor era esperar que te levantara una chata, una efecien, algo así. Una vez, con migui, nos levantó un hippie buena onda en su citroen; fue parte del viaje mirándonos extrañado, oliendo, con cara de asco mal disimulada. Entonces le contamos que íbamos a una escuela agrotécnica, y que ese día nos había tocado alimentar a los chanchos y limpiar el chiquero; se hizo el boludo, y puso cada de a qué viene este dato; le dijimos que de ahí venía el olor. El resto del viaje fue en silencio.

Un día de mucha lluvia nos refugiamos con julián y migui en un teléfono público, una de esas cabinas verdes de telefónica que estaba en el medio de la nada, o en el medio de las golondrinas, que puede ser lo mismo. Estuvimos ahí adentro, los tres, un buen rato, hasta que los vidrios se empañaron del todo, hasta que la lluvia paró. Nos divertimos llamando a los 0800 que nos acordábamos. El del boston medical group, el de coca cola, y algunos otros al azar. Después salió el sol y seguimos caminando un rato.

Había un camino de tierra que salía de al lado de la escuela y que iba directo a la bolsa de gatos, un barrio periférico del hoyo. Con nico fuimos varias veces por ahí. El camino era apenas una huella de carros de bueyes, caballos o bicicletas. Y si lo seguías daba a lo de freda, una especie de tía de aye y nico, que tenía anteojos como john lennon y cuando se reía lo hacía de una manera muy especial, como si fuera un marinero, o un soldado de la legión extranjera. Después había que seguir caminando y se llegaba a la ruta 258, a pocos metros del restaurante de la familia de nico.

Los que más solían pararnos eran los paisanos, y viajar con ellos era una odisea. Sus autos estaban hechos mierda y en no pocas ocasiones iban borrachos, aunque fueran las nueve o las diez de la mañana. Celedonio y su inseparable amigo de boina roja me levantaron cerca del bolsón, una tarde de noviembre. Tomaban vino toro en botella, no tetra, y los dos me miraban cuando me hablaban, no importaba que uno de ellos fuera el que debía manejar. El auto, un falcon naranja arruinado, avanzaba en zigzag por la ruta. Hacía calor y el aliento de los dos indicaba que la botella que estaba en el piso del auto no era la primera. Me preguntaron por mi familia, por polsito, mi padre, y por mi mamá; por la escuela, por las chicas. Después se pusieron melancólicos, y celedonio, un gordo de proporciones épicas, lagrimeó y todo. Cuarenta minutos más tarde me dejaron en la puerta de la chacra; el kilómetro que separa lo de mis tíos con mi casa lo hice despacio, pensando, masticando pasto, pateando piedras, jugando con morgan, el perro.

viernes, mayo 18, 2007

viernes

*Una de las canciones que más me gustan de bob dylan es “tangled up in blue”, de su disco blood on the tracks. Hace un buen tiempo que estoy medio obsesionado con ella, y la canto e intento aprenderme sus interminables estrofas y versos; entender bien la historia que cuenta, o bien simplemente escabullirme por esos paisajes y situaciones –un sótano revolucionario en montague street, los bosques del norte, new orleáns, la costa este, y así–. El problema es que hace tres noches no se me va de la cabeza al momento de dormirme. Quizás el problema fue intentar aprendérmela con la guitarra, o cantarla el otro día en olleros con santi, marcos y zimmy, no sé, pero ayer fue el colmo; lu me dice: “¿adiviná qué hiciste anoche dormido?”, “¿hablé de nuevo?”, repregunto. “No, cantaste esa canción de bob dylan”.


*Los hermanos bolivianos de la verdulería de la esquina hace un mes que aplican con nosotros una técnica de venta directa más bien reprobable, que consiste en obligarnos a redondear nuestra compra, siempre para arriba, por supuesto, aunque el vuelto sea de ochenta centavos. Si bien al principio su propuesta era hasta conveniente –siempre viene bien un limón–, últimamente la cosa está pasando de castaño oscuro. Antes de ayer compré frutas y verduras por el precio de cuatro pesos con diez centavos, les pagué con cinco y me dijeron “¿no quiere unos limoncitos, unas mandarinas que están muy ricas, para redondear?”. “Para redondear a cuánto”, pregunté. “A cinco pesitos”, respondió, sin que se le cayera la cara. Un limón por diez centavos, te acepto; una mandarina, ok. Pero terminar con medio kilo de mandarinas y un limón de más, haciendo la cuenta en el ascensor, no me pareció justo.

*Ayer, por el paro de subtes, volví caminando a mi casa. Despacio, mirando carteles y colectivos que pasaban atiborrados de personas y escuchando bocinazos y puteadas de los automovilistas, deshice las más o menos cuarenta cuadras que separan mi trabajo de mi hogar, como un peronista peatón y sin apuro. Llegué tarde pero contento. Hoy al mediodía repetí el circuito, esta vez en sentido contrario. Subtes había, pero tenía ganas de caminar.
En total fueron unas ochenta cuadras, apenas ocho kilómetros: la distancia que hay de mi casa del sur a el hoyo city. Claro que allá es distinto.

domingo, mayo 13, 2007

domingo

*Hace algunos minutos se fue el patón; me vino a visitar después de varias idas y venidas, desencuentros y demás. El patón, o el pata, a secas, es uno de mis amigos de la primera hora. Ahí, en ese selecto círculo, entran otros pocos, como migui, que también es mi primo, el terry, nico, y aye. Amigos previos o contemporáneos a la escuela primaria, la famosa 270.
Decía, hace pocos minutos se fue el patón. Hablamos un rato, y después bajamos a comprar unas facturas, que pagó él. Volvimos y seguimos hablando por un buen rato.
Me contó el patón que está leyendo a krishnamurti y que busca en sus libros algún tipo de respuesta para las preguntas que le plantea la vida. No lo dijo así, pero casi. Me habló de sus preocupaciones y de sus taras y problemas, también de sus momentos de alegría y su rutina. Me contó que ahora está viviendo en el bajo flores y que no es tan terrible como se suele decir, al menos en comparación con plátanos, donde vivía antes. De todo un poco hablamos con el patón. Y la pasamos bien.

*Ayer, en un restaurante ruso de almagro, festejamos los dos años de noviazgo con lu. En un ambiente postsoviético, con cantos de una borracha rusa y retos de la moza en ruso incluidos, brindamos con cerveza sobre nuestros lomos al strogonoff y unas papas con panceta que la rompían. Intentamos hacer algún balance de todo este tiempo juntos, pero decidimos que no hace falta. Que vamos bien y estamos mejor.

*En el blog, ausente sin aviso. Nada para contar tal vez, o pocas ganas de hacerlo, no sé. El otoño le cede el lugar al invierno y caminar por las calles se vuelve algo placentero. Las hojas de los árboles se ponen amarillas y después caen. Los hijos de seymour son un recuerdo un poco más vívido desde que escribí sobre ellos –¿nosotros?–, aunque después me acordé también de matías, el cantante que apareció una vez por el galpón donde ensayábamos acompañado por su madre, que actuaba como su portavoz o manager, o lo que sea. Matías, que cantaba bien pero no nos miraba a los ojos y no hablaba y se inventaba letras en inglés en el momento y que no tenían ni el menor sentido. Hasta que nos enteramos que en un viaje, en méxico, matías se había comido todos los hongos, y que desde entonces estaba así y que así quedaría. Y todo tuvo sentido: su mamá, sus letras, su no mirarnos, su manera de agarrar el micrófono y ponerse de espaldas al mundo y ver sus propios demonios dando vueltas por ese galpón extraño.

*En el restaurante ruso me acordé de maxim, el compañero de escuela que llegó cuando nosotros estábamos en tercer o cuarto año. De rusia al hoyo, sin escalas. Maxim, o el ruso, usaba botas de cuero y jeans apretados; tenía cara de ruso, peinado de ruso y bebía como ruso. Al principio, fue amigo de todos: nos contaba cosas de su país natal, y nos explicaba cómo era que había llegado a nuestro pueblo y a nuestra escuela, y, lo principal, nos enseñaba a putear en ruso. Con el tiempo, como le pasa a casi todos los gringos que llegan allá, se convirtió en una versión trash de lo que era. Si tomaba alcohol, empezó a tomar más y más seguido –mati me cuenta de los pedos que se agarraba con ginebra, y de las siestas que dormía en el aula a las once de la mañana, borracho–; si era violento, empezó a ser más violento todavía; y así con todo. Todo llevado al extremo. El ruso, además, jugaba bien al rugby, era galante con las mujeres y su olor a chivo era legendario. Y por más que haga memoria, no me acuerdo mucho más de él.

sábado, abril 14, 2007

los hijos de seymour

Algunos apuntes sobre la banda del verano de mi infancia

*Nuestros quince minutos de fama empezaron en noviembre del año 1999 y terminaron a principios de 2001. Los cuatro: santi, nico, pey y yo, íbamos a una escuela de música en el bolsón. Para el acto de fin de año los profesores, al ver que solíamos aprovechar los intervalos de las clases para tocar algunas cosas entre nosotros, nos preguntaron: ¿quieren preparar algo para después de la muestra de fin de curso? Dijimos que sí, que claro. Enseguida se definió que la sala de ensayo sería el galpón que está al lado de lo de alan, padre de santi.


*Alan es mi tío y también mi padrino, y vive con su familia a un kilómetro de mi casa, por medir de alguna manera ese camino de tierra, rodeado de álamos y robles. El galpón de su casa todavía no era lo que es hoy, con calefacción, paredes pintadas, cancha de ping-pong, dardos e internet con banda ancha. En ese entonces, del techo colgaban bolsas con cebollas o nueces, en la pared había un poster del bolsón y en el entretecho había un cementerio de esquís y botas y bastones, y las lauchas pasaban raudas por las vigas. La batería y dos amplificadores completaban el mobiliario.


*Con santi, mi primo, y nico, mi amigo, ocasionalmente nos juntábamos para hacer algunas cosas musicales, yo con el bajo, nico con su guitarra, santi en la batería; en algún momento tuvimos un intento de banda, de nombre qüal (cuál); el chiste obvio era:

-¿cómo se llama tu banda?
-qüal.
-tu banda, la que tenés con los chicos.
-qüal.


*La génesis de qüal fue en el sótano de mi casa, algún día de lluvia de algún otoño llovedor. Yo ya tenía el bajo y nico su guitarra. Santi arruinó las ollas de madre. Mis hermanos bajaban, martín a veces tocaba el piano; el ruido era infernal. Padres dormían la siesta. Cuando padre compró la potencia con micrófonos abandonamos el sótano y empezamos a hacer pequeños live aids para no más de cuatro familiares en la vereda de casa, la que daba al río. Era verano, tenía sentido.


*Esta vez teníamos más presiones. El recital, nuestra primera presentación, iba a ser a continuación del acto de la escuela en el que iban a tocar chicos de todas las edades y niveles. A la muestra iban a ir muchos familiares de alumnos y ése iba a ser nuestro público.


*La sala de ensayo quedaba, como dije, a un kilómetro de casa, a ocho de la de nico y a veinticinco de la de pey. A pey a veces lo traía la madre, y a veces manejaba él. Casi siempre venía con un amigo, que no hablaba y miraba atento mientras tocábamos. Le decían lópez; nosotros le decíamos el silencioso lópez.


*Los primeros encuentros fueron bastante malos, sumidos en una atmósfera que tenía partes iguales de vergüenza, timidez e inseguridad. Pero de a poco empezamos a encontrarle la vuelta. Pey era –y es- una bestia con la guitarra, tenía unos dieciséis años en ese entonces, pero ya se sabía todos los temas de hendrix, de divididos, de rage against the machine, de los chillipeppers, de nirvana, de bach; en definitiva, todos los que había que saber. Santi tenía –y tiene- un talento innato con la batería y podía hacer lo que quería. Además, sus trece años bajaban considerablemente el promedio etario de la banda, y nos transformaba en una suerte de hansons del subdesarrollo. Nico era la hormiga trabajadora: compraba revistas con acordes y se quedaba horas y horas hasta sacar alguna canción, arreglaba los micrófonos de su guitarra y los cables rotos, y era el que hacía toda la gráfica y la prensa de la banda. Yo era el más inseguro, el que no se hacía cargo; escudado detrás del bajo era el único lugar donde me sentía cómodo.


*Tuvimos un mes para preparar algunas canciones antes de la muestra. Desde el principio decidimos que los temas iban a ser nuestros, básicamente por dos motivos: a) no sabíamos ni teníamos ganas de aprender ningún tema de otro, y b) los covers instrumentales, salvo que sean de canciones instrumentales, no tienen mucha gracia y teníamos una carencia significativa con respecto al asunto de las voces: nico y pey no cantaban muy bien, santi no podía por una cuestión técnica –estaba atrás de la batería, y era muy chiquito– y a mí me gustaba cantar, pero la coordinación con el bajo, bien gracias. El repertorio para la función debut quedó conformado por unas cinco canciones, dos más bien roqueras, dos de corte funk y un lento, para apretar.


*Me acuerdo, con una precisión que me asombra, del momento en que cargamos los equipos en la traffic y salimos por la ruta rumbo al bolsón. Era un día lluvioso de diciembre; por atrás de las nubes y las gotas de agua podía ver el sol. Era uno de esos días en que todo está de color amarillo y que si no fuera por la lluvia, bien se podría estar en remera. Ibamos todos juntos sentados en los asientos de adelante, nerviosos, especulando. Era el debut.


*Después de las presentaciones de todos los alumnos –solistas, dúos, coros, etc. –, llegó nuestro turno. Mientras varios padres se retiraban, prendimos los equipos, acoplamos y, luego, rockeamos. Hubo minipogo y todo. Lo interesante de ese show fue que se empezó a correr la bola de que había una bandita de pendejos que tenían instrumentos y que sabían tocarlos, y eso, en la aletargada escena del bolsón, era una bomba. Esa misma noche, los chicos de las larvas infecciosas –banda emblemática de la zona, conocida por sus excelentes covers de rage against the machine y otras bandas del palo– nos invitaron a telonearlos en un recital que tendrían la semana siguiente. Nos miramos y dijimos que sí, que claro. Y volvimos a ensayar. Nos propusimos hacer, en una semana, tres temas más, para así llegar a los ocho. Juntos éramos dinamita, y lo comprobábamos en el galpón. Tocábamos desde la tarde hasta altas horas de la madrugada. Aprovechábamos no tener vecinos. (Los valenzuela, que viven a varios kilómetros, cuentan que en los días de viento se escuchaban las guitarras y el bajo y sobre todo la batería; que las ovejas se ponían nerviosas, que los perros aullaban).


*Los ensayos eran motivos de reunión familiar y en los días lindos hasta ponían sillas afuera del galpón. Ahora me parece casi indisociable la sensación de sobremesa de asado otoñal con el momento de ponernos a tocar: prender el equipo con los dedos todavía grasosos por la pata de pollo o la costilla de cordero, con los labios teñidos de rojo por la botella de vino.


*Con el paso de los días y los meses llegó el momento de las formalidades y tuvimos que elegir un nombre. La búsqueda fue ardua y nos llevó más tiempo del necesario. Se barajaban varias posibilidades y ninguna nos cerraba a todos, con ninguna había consenso. Nombres en inglés, deformaciones de palabras. Incluso juegos de palabras que denotaban nuestra procedencia rural, como por ejemplo “lavanda”, que hacía referencia a la planta aromática y, por supuesto, a que éramos una vanda, una banda, o la banda. En fin.


*Sin embargo fue gracias a este último y pésimo nombre que llegamos al que finalmente quedó y que nos hizo sentir cómodos y contentos y que podíamos nombrar sin ponernos colorados o sin perder repentinamente el habla. Fue en mi casa, estábamos santi, nico y yo, y también mis padres y hermanos. Tomábamos café y guindado después de un almuerzo y debatíamos, entre otras cosas, sobre el nombre de la banda. La onda campestre dominaba el brainstorming. Hasta que alguien dijo –pude haber sido yo, pudo haber sido otro– basta, loco, ¿qué somos, los hijos de seymour? Y listo. Quedó. Era ese el nombre, no había otra posibilidad.


*Claro que tiene una explicación y que hubo y que hay que explicarlo. John seymour fue el inglés que escribió uno de los tantos libros-biblias que llevaron los hippies bajo el brazo cuando se instalaron en el bolsón y alrededores. Este libro era: la vida en el campo. el horticultor autosuficiente y enseñaba, como el título lo indica, a ser autosuficiente, en el campo. Ese libro estaba en mi casa y también en la de santi y en la de nico, y en la de pey y en la de todos mis amigos hijos de hippies, o neohippies o pseudohippies. Ese libro le había enseñado a mis padres y a los padres de santi y a los de nico y a los de pey y a los de todos mis amigos cómo hacer una huerta orgánica, cómo tener a las gallinas en el gallinero, cómo construir el gallinero. Tenía cosas absurdas, como buen libro-biblia hippie: en el capítulo que enseñaba a teñir los cueros o las telas, indicaba que primero había que plantar quebracho, luego –quince, veinte años más tarde– extraer del quebracho el tanino, base de la tintura, y después, bueno, teñir. O al menos eso recuerdo.


*Entonces fuimos los hijos de seymour. Los hijos de los lectores de seymour, para quienes seymour había sido un igual, uno de ellos. Estábamos todos ahí por él, le debíamos muchas cosas al inglés autosuficiente.


*Ya con el nombre empezamos a tocar cada vez más seguido y en lugares más grandes. La bandurria, sub-zero, la posada del alquimista, café morena, esos fueron algunos de los lugares por donde pasamos, casi siempre como teloneros de alguna de las bandas de allá. Tocamos en la escuela agrotécnica donde cursábamos nico y yo, y después en la escuela del hoyo para una feria del libro que se organizaba ahí. Nos entrevistaron para el canal de rawson y para el diario el chubut o uno de esos. Estábamos contentos, no nos la creíamos: faltaban las groupies. Una vez tocamos en un festival que se hizo en el cerro radal a beneficio de una amiga que había tenido un accidente. Había algunas bandas de buenos aires, otras de mendoza, varias de la zona, y nosotros. Tocamos en la primera fecha, ya era de noche. Había luna llena y la gente que no bailaba se refugiaba alrededor de varias fogatas que ardían desde el mediodía.


*Ese fue nuestro mejor recital. El escenario era altísimo y desde ahí veíamos a la gente bailar y aplaudir. Había cámaras de much music y nos filmaron. Nos vimos en la pantalla un mes más tarde y lo grabamos. Cada tanto nos volvemos a ver titilando en vhs, y ahí estamos: explicamos el nombre de la banda, estamos nerviosos, nos reímos.

jueves, abril 12, 2007

jueves

*Vuelvo a mi antiguo trabajo después de un mes entero de estar afuera de cualquier oficina, de cualquier espacio cerrado. El jet-lag se hace sentir, por más que el viaje haya sido en auto: mis noches son extrañas y desprolijas, y no sueño; camino por las calles mareado, o atontado, que viene a ser lo mismo; bajo las escaleras del subte línea d y me equivoco de estación, o me pierdo en los pasillos; frente a la computadora no atino a hacer nada, casi que no chateo, casi que no navego a la deriva, casi que no hago nada. Claro que estoy exagerando y algunas cosas se mantienen.

*Mi amigo terry me comenta que fue a una fiesta de cumpleaños de una amiga donde todos eran actores de teatro o practicantes de contact o simplemente gente desinhibida, y que todos bailaban en éxtasis tocándose semidesnudos, como si fueran serpientes drogadas en un serpentario boite. Mi amigo terry me dice que la situación era bastante incómoda, pero que lo superó todo con un par de whiskys y que se dedicó a observar, borracho. Aunque nunca tan borracho como para ponerse a bailar o a refregarse con un otro.

*Hace una hora que en la oficina averiguamos qué corno es el sistema de reparto, si tenemos afjp, si conviene pasarse al estado. Más que nada porque nos entretiene, por supuesto.

Le pregunto a padre, que justo se conecta.
¿se van a pasar al sistema de reparto?
responde:

hijo
...
tu mamá y yo
...
hologramas impositivos
...
la próxima vida seremos prolijos
...
ésta tuvimos hijos



sábado, abril 07, 2007

sábado

*Un viernes, hace cuatro semanas, salíamos para el sur en bondi. A las cinco y algo de la tarde me escapaba raudo del trabajo, me despedía de mis compañeros y de mi jefa, con la sonrisa apenas disimulada. Hacía calor, recuerdo, y en mi cabeza daban vueltas todas las cosas que seguro me estaba olvidando, además del vértigo de la renuncia, de irme un mes, de no saber bien a dónde. En el correo la gente se agolpaba sobre el mostrador. Después de algunos cálculos decreté que la renuncia sería el lunes, desde donde fuera que estuviera, o no sería. Y la renuncia fue, y fue en la sucursal esquel del correo argentino, a las 9.16 de la mañana del lunes doce de marzo.

*Ahora entra sol y algo de viento por la ventana del living, lu escucha la radio en el cuarto y agente cooper, el gato, da vueltas por la casa mientras huele extrañado nuestras cosas que se amontonan en la mesa, y también a nosotros que seguramente olemos extraño, después de un mes de ausencia.

*En total fueron ochomilcien kilómetros de viaje. Una goma pinchada, cerca de bajo caracoles. Cientocuarenta discos, de los cuales habremos escuchado unos cien. Varias horas por día sentados frente al parabrisa del auto, viendo las líneas blancas y las líneas amarillas de la ruta que se suceden en prolijo orden, o bien el ripio suelto y amarillento, con sus serruchos, los cercos alrededor, las huellas marcadas, y los ñandúes mirando atentos desde el costado y que apenas pasamos cerca se dan a la fuga sin mirar atrás.

lunes, abril 02, 2007

lunes

*Noches en río gallegos, puerto santa cruz y puerto san julián. En este último, el supermercado se llama la tostadora moderna y ahí compramos cosas para preparar una ensalada y una cerveza. En el lugar donde dormimos hay tele y nos tiramos a ver una de sandler y nos reímos. El aire pide siesta, pero decidimos ir a recorrer el pueblo y alrededores: nos lleva el viento. Un día después, en puerto deseado, volvemos a dormir en el auto. La calle inclinada ayuda y la sangre de las piernas circula bien. Después del desayuno en la costa, salimos para comodoro.

*El dos de abril pega con fuerza sobre los pueblos y ciudades que dan al océano atlántico. Homenajes, monumentos, banderas, carteles. Las malvinas son de ellos, de los pueblos y ciudades de la ruta tres. Se habla de gesta, y cada ocho palabras que se dicen en la radio una de ellas es soberanía, o nuestras, o piratas.

*En la comodidad de un hostel la inspiración dice chau y se va a la playa, a recorrer las arenas grises de puerto madryn. Yo la sigo, corriendo. Pero no la alcanzo: estoy más gordo y menos atlético que hace veinte días, a pesar de que mi plan era todo lo contrario: comer poco y bien, hacer trekking, respirar mejor, comer más habas y menos helados, hacer yoga. La veo correr a lo lejos -a la inspiración-, bajo la luna llena que se refleja en el mar, corriendo más rápido que el viento, como corría martín, y sin mirar hacia atrás. Vuelvo al hostel, resignado y sudando sal y arena y los redhotchillipeppers o maná o lo que sea que suena en la radio en este momento me hunden aún más en la aridez mental. Y entonces me despido, atentamente.

lunes, marzo 26, 2007

lunes

*El 22 de marzo, desde 28 de noviembre, escribí algo en el blog que se evaporó en la lentitud del ciber. Allí contaba: la llegada a río turbio, la oscuridad se cierne hacia el este; sólo tenemos un teléfono de la hermana de una amiga de un amigo que es novio de una amiga; el pueblo es misterioso y en el aire flotan fantasmas de mineros muertos, de viudas negras, gritos lejanos y ladridos de perros y otras cosas que flotan en el desierto cuando sopla el viento: una bolsa de la anónima, una mata de neneo, polvo.

*Ahora estamos en ushuaia, el fin o el comienzo del mundo, depende de cómo se lo mire. Es de noche y hace frío. Desde la ventana se ven las luces de la ciudad que bajan, anaranjadas, hasta el mar, hasta el canal de beagle, y también unos barcos amarrados en el puerto. De afuera llegan los ruidos típicos de una ciudad: autos, ladridos de perros, viento. De adentro, un disco y el ruido a los morrones que se fríen en la sartén.

viernes, marzo 09, 2007

viernes

*Se acerca el gran final. Como en el clímax de una película de suspense, siento el increscendo de la música, las secuencias que se acortan, los planos que también. Hay unos timbales, varios violines, un contrabajo. Mientras, guardo algunas cosas en el bolso: una taza, el mate, algunos marcadores, un resaltador naranja, una caja con saquitos de té earl grey que nunca tomé, un tenedor, unos clips y ya paro de contar.

*La mandíbula me duele más que nunca, a pesar de que intento relajarla y masajearla y cuando muerdo fuerte pienso en cosas lindas. Calculo que tendrá que ver con esta historia de irnos de viaje y con la renuncia final. Igual, sepan que mucho no creo en todas estás pseudo enfermedades posmodernas... bruxismo, sí, cómo no. Síndrome de déficit de atención, claro, seguro, ahora mismo.

*Son las cuatro y media. Me voy a las cinco y media o un poco antes. Ya almorcé el almuerzo de despedida con lu; no en el restaurante caro, porque aumentó más, pero sí en el otro. Ella se tuvo que ir rápido porque va gente a despedirse y tenía que estar allá. Yo di una vuelta a ver si me compraba un libro o un algo. Volví caminando lento, más lento que nunca y eso que ya caminé lento viniendo para acá. Entré y borré documentos comprometedores de la computadora y fui al baño por última vez.

*El viaje: chacra, esquel, corcovado, alto río senguer –no sé por qué, pero insisto con ese lugar hace mucho tiempo– y más. La ruta cuarenta de ida, la tres de vuelta. Pasar por aluminé, donde casi nazco; pasar por puerto deseado. Ir a río grande a ver al tío ricky. Ir a veintiocho de noviembre, donde no hay nada, salvo la hermana de una chica que conocimos una vez.

*Títulos finales.

*Nos vemos.

jueves, marzo 08, 2007

jueves

*Hasta hace un rato llovía con fuerza, ahora ya no más, pero el cielo sigue encapotado y por la ventana se ve todo oscuro. Las preguntas más importantes de este momento son las siguientes: ¿pido comida?, ¿salgo a la intemperie y a las calles inundadas y apunto hacia el restorán caro pero rico y como alguno de los platos del día?, ¿pido empanadas con el resto de mi compañeritos? Nada más. No tengo más preguntas por el momento.

*La compañera de cubículo, la compañera que se va a casar en santiago, la que recibe mails lípidos de su prometido, la que parece que la van a echar; en fin, ella, mira vestidos de novia en alguna página afín. Está así desde hace un rato. Pone en google: vestidos de novias + fotos. Y hay miles de resultados, y los lee todos y mira las fotos y cada tanto anota algo en una libreta. Ayer miraba carteras en mercado libre, carteras de más de quinientos dólares, carteras de marca, carteras grossas. Hoy, vestidos de novia. Mañana, no sé, mañana no me importa, mañana es mi último día.

*Al final, el grueso de los compañeros de trabajo organizó una “empanada party” o algo así. Yo, claro, no estoy invitado. Yo soy invisible. Yo no existo. Soy el fantasma que vaga por la oficina. Gente que tengo a no más de ocho metros me saluda recién al mediodía, por primera vez; buen día, me dicen, y yo ya pasé a su lado, a lo largo de la mañana, unas tres o cuatro veces.

*Una vez, en bariloche, fui a un cumpleaños de quince de una amiga de una prima. Yo era muy chico, pero todavía me acuerdo de la canción que decía: “quince primaveras, quince flores nuevas”. Y del vals. Años más tarde, una compañera de la secundaria festejó sus quince en el boliche del bolsón. Entró montada a caballo por la puerta. Tenía un vestido elegante y un peinado sofisticado –su papá era peluquero–. Recuerdo que había mucha luz y muchos flashes y muchos padres. Bailé el vals. El caballo cagó dentro del boliche. Nos emborrachamos con sidra.

*Hay que empacar y voy de a poco. No me organizo. Ayer grabé un par de cedés más y completé los cientocuarenta que vamos a llevar. Falta la ropa. Tengo los libros y las libretas y un grabador por si las dudas; tengo las ganas, la campera y un par de zapatillas. Tengo, también, el documento nacional de identidad: un logro personal, un milagro de la burocracia, un poco de fe en el mundo gris y pegajoso de las oficinas públicas.

miércoles, marzo 07, 2007

miércoles

*Siempre pensé a los miércoles como el día-punto de inflexión de la semana. Así como una vez que llega julio el año ya está muy cerca de su fin, lo mismo le pasa a la semana luego del miércoles. Los días, a partir de ahí, no se suceden, se tropiezan entre ellos. Y de repente es viernes a la tarde y ya está. Hasta el lunes. Hasta el miércoles. Hasta nunca.

*Por la mañana caminé tres cuadras a la par de uno de esos camiones que en la caja llevan kilos, montañas más bien, de huesos y carne; y que arriba de esas montañas van dos personas, sin remeras, que armados con machetes o hachas se encargan de trozar los huesos y la carne, y las astillas de vaca salpican para todos lados. Siempre me habían intrigado esos camiones: de dónde vienen, a dónde van, cuanta carne juntarán, qué harán con esos huesos; incluso me dieron ganas de sacarles muchas fotos y armar algo así como un ensayo, o filmar o algo. Hoy directamente me dio asco.

*Y sí, es miércoles, y me quedan dos días de trabajo. Y lo digo así, como al pasar. Pero es algo bastante importante. Después de exactos siete meses, faltan dos días para guardar todo en el bolso –todo significa una taza, un mate, una bombilla, una libreta, y por ahí me afano unas cajas de cedés, cosa que es bastante triste– e irme para no volver. Y viene con yapa: a las diecinueve horas sale de retiro el bondi que nos llevará hasta la chacra. Ahí, buscamos el auto, cargamos nuestras cosas, el colchón, los discos, las ollas, etcétera y salimos rumbo al sur. La idea es llegar a ushuaia. Bajar por la cuarenta, volver por la tres. Hacer el perímetro de la patagónia, todo. Hasta donde no haya más ruta.

*Me llega un mail que avisa que el siete de marzo sale a la calle el devedé “batigol, la historia de un goleador”. Y me acuerdo de lo tanto que odio a batistuta y su cara de chico bueno, de chico de barrio correcto, con su barbita y su gorrita, y encima su gran parecido con rodrigo, el compañero de la primaria que era el hijo de la vicedirectora y que era de la pampa y que le gustaban las mismas chicas que a mí, y tenía más éxito, claro, y si no, apelaba a la ayuda jerárquica que le brindaba su mamá.

*La vecina de computadora recibe un mail que dice: “amorsote, te quiero mucho, no?... ya no veo la hora de besarte todita.. te amo changuita de mi alma”. Yo leo desde atrás, disimulado, impune. Parece que se va a casar dentro de muy poco, y va a volver a su santiago natal. Y está bueno, porque me enteré que el plan de la jefa es rajarla lo antes posible.

*Va a llover.

viernes, marzo 02, 2007

dos de marzo



feliz cumpleaños
donde sea
que estés.

martes, febrero 27, 2007

martes

*Falto a la mañana al laburo; llego al cegepé y pregunto por susana, mi contacto interno que por teléfono prometió ayudarme a apurar mi trámite, que ya lleva ocho meses de retraso. Está en la caja tres, me dice la señora de informes, una mujer que es el lugar común de las crónicas burocráticas, con su pelo teñido, los anteojos colgando en su pecho, la camisa arrugada de tanto estar sentada, los dedos amarillos de nicotina.
Susana me atiende más o menos rápido, pero me dice que voy a tener que esperar a que llegue la chica que sabe imprimir, que cambiaron el sistema y que lo que necesito está en la computadora que nadie, menos la chica que falta, sabe usar. Me siento en una silla y espero. Sigo de cerca los movimientos de susana: ahora pasa con un café en un vasito de plástico, ahora lleva unas carpetas para la oficina de atrás, ahora conversa con un pelado de look telermaniano; siempre esquiva mi mirada. De la chica que imprime, ni noticias.

*La perra, allá en el sur, tuvo, según el veterinario, un embarazo psicológico. Dijo que suele pasar con los labradores, que se le hinchan las tetas, que preparan una cucha, qué se vuelven dóciles en una falsa dulce espera. Y que de repente, listo, se acabó el juego, y entonces las tetas se deshinchan, abandona la cucha y vuelve todo a como estaba antes. Eso sí, los nombres que pensaste, bueno, anotalos, no te olvides.

*La chica que imprime no llega; la espera ya cumplió una hora y media. Los televisores están clavados en tn, y hablan de los choques y de la lluvia y de los vecinos de parque patricios que hacen piquetes contra la relocalización de los habitantes de la ígnea villa cartón. Es la guerra del pobre contra el pobre, suelta una señora; pero acá no trabaja el que no quiere, devuelve un señor de boina; por gente como esa estamos como estamos, arremete un tercero, para conformar así un sólido triángulo filosófico.

*Miro para afuera, la calle mojada y la lluvia que cae, y pienso en lo frustrante que debe ser la tarea del meteorólogo. Ayer a la medianoche nadia afirmaba con su acento balcánico que el calor se extendería hasta el viernes, con pocas posibilidades de lluvia. Acompañaba sus palabras llenas de consonantes con un mapa satelital, como si esto fuera la prueba incontrastable, final, de su verdad. Y nosotros, en la cama, nos miramos y dijimos oh, no, seguirá el calor, y también nos preguntamos por qué será que nadia no aprendió a hablar bien el castellano, si hace mucho que vive acá y encima trabaja de hablar en la tele. Enseguida nos acordamos de ante garmáz y de anamá ferreira y no supimos qué decir ni que pensar. Y nos dormimos pensando en el calor y en los balcanes y, oh, no, en las corbatas de ante garmáz.

*Voy a la ventanilla tres, a preguntarle a susana qué onda, qué pasa con mi documento nacional de indentidad, dónde está la chica que sabe imprimir, por qué estoy esperando hace casi dos horas. La angustia corroe mi alma, y sobre todo, mi paciencia.

*Veinte minutos más tarde estoy en el 39 rumbo a el registro civil de uruguay. Ahí me aclaran que sí, que mi dni salió ayer rumbo al cegepé, que va a tardar, pero que el martes seguro va a estar. Ya no tengo casi ganas de seguir llorándole a personas que están del otro lado del mostrador, digo gracias, y me voy. Harto.

*Astérix, el invencible guerrero galo, el astuto, el rubio con trenzas y casco con alas, capaz de enfrentarse a una legión de guerreros romanos a puño limpio, de hundir un barco pirata en dos segundos, y un largo etcétera, sólo tiene un momento de zozobra y es en la última de sus doce pruebas: la burocracia romana. Allí lo hacen ir de un lugar a otro, llenar un formulario, entregarlo en otro lado, bajar un piso, buscar un sello, llenar otro formulario, subir al cuarto piso, y así.
No hay poción mágica que soporte el peso muerto de la burocracia, sus brazos inertes, sus reflejos de comatoso, su sueño de mosca tse tse.

jueves, febrero 22, 2007

jueves

*Desde hace un par de horas que intento comunicarme con el cegepé donde, en teoría, marge, en teoría, mi documento nacional de identidad debería haber estado listo hace unos cuatro meses, como mínimo. Tengo anotado en la constancia de solicitud de trámite el teléfono de susana, encargada del área de registro civil. El teléfono llama, me atiende un conmutador, marco la opción requerida, espero, llama, me atiende un conmutador que me avisa que el interno está ocupado, me avisa también que me comunicará con una operadora, el teléfono llama. Está esa musiquita de pianola, que suena a película de cowboys, y suena y suena y sigue sonando. Y susana no me atiende más.

*En la casa del sur la perra está preñada, preñadísima. El parto es inminente: la perra tiene las tetas hinchadas, apesta y se armó su cucha. Ayer, por mail, empezaron las apuestas; los ítems en juego son muchos: cuándo va a parir, cuántos va a tener –cuántas hembras, cuántos machos– y, como dicen que los labradores pueden tener cachorros de distintos colores, eso, de qué colores van a ser las crías. Yo arriesgué con: 28 de febrero, siete –cuatro hembras, tres machos–, cuatro negros, dos marrones, un té con leche, nacen sanos. Mellizo lado a (parece que prendió la onda de llamarse lado a y lado b; incluso lado a me dice en tono jocoso que a lado b le encanta llamarse a sí mismo lado b y se ríe, todo por mail) aventuró con: 21 de febrero, cuatro, negros, tres machos, una hembra, sanos, olor a tostadas. A la fecha ya le erró.

*Con lu ya reservamos un perrito. Todavía no sabemos cuándo ni cómo lo vamos a traer ni tener. En el departamento no entra, y me imagino la escena de celos de agente cooper, el gato. Pero bueno, de última puede quedar allá por un tiempo, total madre quería quedarse con uno y esta es una buena excusa. Los nombres pasan y no convencen; a mí me gustan cachorro lópez y perro santillán. Hay que negociar.

*Mellizo lado b llegó ayer a la mañana, vino a ultimar detalles de su inscripción a la carrera. Ayer pasé de visita por olleros, y todos me recriminaron que sólo pasaba cuando venían mis hermanos, que ya no iba más porque sí, que había olvidado mis raíces. Yo les dije que era verdad, pero no era a propósito. La pasamos muy bien, tomamos varias cervezas y fumamos cigarrillos, que es el deporte oficial de olleros y hablamos mucho. La música, ahora que está arreglada la potencia, volvió a ser lo que era. Los vecinos felices.
Y sí, algún día voy a escribir algo de los casi cuatro años que viví en olleros.

* Diálogo con mímica
–Oye, jefe, mañana falto porque tengo que ir a hacer unos trámites por el dni.
–No está bien que faltes.
–Echame.

jueves, febrero 15, 2007

madre y yo


La foto debe ser del 83, por ahí, y la casa seguro que es la del cuatro y medio. Me parece ver los postigos verdes, atrás de la ventana; el sillón, que ahora está en lo de los tíos, está sin los almohadones, la lámpara ahora tiene una pantalla tejida a crochet. Mi mamá tiene -además de muy pocos años-, las pantuflas que hacía mi abuelo.
El rayo de sol, el sueño de las cuatro, cinco de la tarde, el enterito rojo, el dedo haciendo fuckyou.
Si se pudiera volver a cualquier lado, yo volvería a mi infancia. Ahí la pasé muy bien.

PD: iba a poner "ahí fui feliz", pero esa onda aforismo de narosky, esa sentencia de sobrecito de azucar, esa frase de poema apócrifo, en fin, eso, me dio alergia.

miércoles, febrero 14, 2007

amiga de la infancia

Laurie Anderson no es de mis primeros recuerdos musicales, pero casi. Es decir, más allá de cuándo fue la primera vez que la escuché, ocupa un lugar privilegiado en mi memoria auditiva. Laurie llegó a casa en un caset negro que había grabado fabiano, el amigo de mi viejo dueño de una disquería que quedaba por martínez. En el lado a estaban sinead o´connor y edie brickell, y en el b, laurie, con strange angels. Un combo de chicas que por fines de los 80 y principios de los 90 todavía –o ya, o casi– la rompían. Sinead era triste y tenía varios hits, además era pelada y muy linda y hablaba de las nuevas ropas del emperador. Edie era la alegría en formato de caset tdk, y con su banda, los new bohemians, hacían que mis días de chico fuesen más felices.
Pero mi preferida era Laurie, las historias que contaba –que todavía no las entendiera es sólo un detalle–, la música rara, esos sonidos, la voz grave y escondida de bobby mcferrin, todo eso.
Después llegaron los cedés, y mi tío se compró strange angels, y pudimos conocer la cara de laurie y su corte de pelo, y sobre todo, las letras. Como esa que contaba que hansel y gretel están vivos y bien y están viviendo en berlín, ella es camarera y él tuvo un pequeño papel en una película de fassbinder. O esa en la que le pedía a un flaco que le instalara una pequeña radio en un diente; o en la que se pregunta: “no sé tu cerebro, pero el mío está realmente mandón”.
Después mi viejo compró sharkey´s day, que también es espectacular y escuchamos mucho. Tiene más guitarras, más ruidos. Hay una canción toda en japonés, otra en la que canta peter gabriel (otro amigo de la infancia, “oh, vicco”), y muchas historias interesantes.

Otro recuerdo vago que tengo es de ver un video con una performance de laurie, donde ella, vestida de blanco y con anteojos de marco grueso, decía algo así como “quién es más macho, a pineapple or superman”. O parecido. Lo vimos en un video en el cuarto de mis viejos. Antes habíamos visto una película sobre unos alpinistas que escalaban el matterhorn, que desde entonces es mi montaña preferida.

Bueno, toda esta introducción para poner este video que encontré por ahí.

martes, febrero 13, 2007

martes

* Entonces el trabajo empieza a mermar y el día, de la nada, se hace más largo, fangoso e improductivo. En el almuerzo, recorro sin rumbo las calles de belgrano, un barrio que me cae antipático y estúpido, para usar dos palabras esdrújulas. Como un pollo con ensalada en cualquier lado y me siento un rato en un banco de la plaza esa que está frente a una iglesia redonda. No tengo libro ni walkman, así que pura contemplación. Gran embole la pura contemplación.

* Pienso en las cosas que tenemos que hacer antes del viaje. Pienso en anotarlas, antes de olvidármelas. Me las olvido. Pienso en muchas otras cosas. Pienso en que faltan dieciocho días hábiles para irme del laburo, por ejemplo. O que beck es un músico que me cae muy bien y que me gustaría que fuese mi amigo. Pienso también en que el fin de semana estuvo muy bueno, y pasó rápido, y ahora estoy acá y no está tan bueno, y pasa lento. Pienso en la tesis que me gustaría escribir cuando termine la carrera. No pienso en todo lo que me falta para llegar a la tesis, ni mucho menos en los finales que no rindo y que debería.

* Mis hermanos, allá en el sur, me cuentan de su ida a la montaña. Mis padres, allá en el sur, me cuentan de su ida al lago mientras mis hermanos subían el piltri. Mis hermanos me cuentan que salieron a las tres de la mañana, desde la ruta, y que llegaron al huemul, allá arriba, a las seis de la mañana, junto con el amanecer más espectacular nunca visto. Mis padres me cuentan que compraron un pollo para hacerlo a la parrilla para esperar a mis hermanos. Mis hermanos me cuentan que no lo comieron porque llegaron muy tarde y más cansados. Me cuentan, también, que los días allá pasan y pasan bien. Que cuando hace calor riegan o se tiran al río; que cuando hace frío se abrigan o prenden las chimeneas. Que le escapan a la computadora y a la tele, y que cada tanto se van por ahí a vender frutas, en el auto que vamos a usar en el gran viaje.

* Al reto de la jefa del otro día, lo continuó, como en un mal guión, la falsa indiferencia de quien convive en un trabajo. Yo no me hago drama, pero todo lo que imagino –esas charlas heroicas donde diciendo “basta, se acabó, yo me largo”, yo de hecho me largo, y se acabó– no sólo no se vuelve realidad, sino todo lo contrario. Cada vez me vuelvo más dócil, más amable, más pelotudo, más domesticado. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Salvo tachar los días en el almanaque. Y escribirlo.

viernes, febrero 09, 2007

viernes

* El día empezó con un reto de la jefa. Que cómo que nos vamos a cualquier hora, que yo los necesitaba y no estaban, que en este trabajo no hay horarios fijos, que tenemos que demostrar actitud, que me calienta tener que decirles esto otra vez. Mi cabeza se paseaba entre los dobladillos de mi pantalón (ser un tanto petiso hace que tenga que girar un par de veces la ¿botamanga?, y eso queda particularmente ridículo en estos pantalones nuevos), y mis uñas, que las corté esta mañana y están ásperas al contacto y muy irregulares.
Y sí, queda, hoy, un mes de trabajo, un mes de 28 días, y la verdad es que me chupa bien un huevo lo que me diga.

* Como todos los viernes el clima es cashual y aburrido. En lugar de gran hermano, hoy fue tenis sin volumen. Un solo termo de mate y bastante laburo. El vecino de computadora escucha música más o menos zafable, el aire está apagado y la persiana cerrada. No sé si afuera hace frío o calor, si es de día o de noche.

* En estos días todo se resume en la tarea de llamar taxis y motos de mensajería y esperar que lleguen y darles sobres y esperar que los lleven a donde sea que los tengan que llevar. Y esperar que vuelvan y firmar papeles y remitos. Bajar las escaleras, volver a subir, sentarme en la computadora, corregir unas cosas, mandar, esperar, recibir, esperar. Recibir cosas por mail, corregirlas, reenviarlas, así.

* Creo que estoy controlando mi compulsión a leer diarios y blogs y revistas en la web. Un poco, tampoco exageremos.

* Son las siete y diez y nada parece indicar que mi huida está pronta. Más bien, todo lo contrario. Hoy, en el reto, la jefa dijo algo de venir a trabajar el sábado, no sé si fue una amenaza o lo dijo en serio. Por las dudas no le voy a preguntar.

jueves, febrero 08, 2007

brotes

La primera vez que me broté fue hace unos dos años. Estábamos tomando vodka con sprite y de repente sentí mucho calor y un picor intenso en la cara y las manos. Alguien me dijo: “chabón estás todo brotado”, y yo me reí; y me dijo: “no, en serio, estás brotado, todo rojo, como alérgico, das impresión”. Y ahí dejé de reírme y fui al baño. Las luces de los baños, se sabe, en conjunto con el espejo, devuelven colores y texturas más bien diferentes a las que uno está acostumbrado a ver reflejadas. Mi cara era una sola bola roja, con zonas hinchadas: la nariz, debajo de los ojos, la frente; y otras zonas –pocas– que mantenían el color original, pero que en el contraste parecían blancas, o más bien verdosas. Acusé de esta reacción a la sprite, o al ácido jugo del limón. Incluso a los hielos o al polvo acumulado en los vasos. Nunca al vodka.
La segunda fue poco después. Después de unas cervezas tomamos alguna bebida blanca, creo que fue en olleros, y que todavía vivía allí, y al rato lo mismo: de nuevo el rojor, el picor, el baño, la impresión. Pero esta vez ya descarté ciertas cuestiones. Primero, no había tomado sprite; segundo, no le había puesto hielo a la cerveza, ni a las otras bebidas blancas. Tercero, los vasos estaban limpios. Estaba más que claro que el causante de toda esta reacción era el alcohol.
Ayer, en lo de unos amigos, comida casera, vino, charlas y fernet. Antes de irme, me empiezan a picar las manos, después la cara. Alguien me dice: “boló, estás todo brotado, todo rojo”. Me toco los ojos, están hinchados, y me acuerdo de la primera vez.
Y es raro, porque de alguna manera me da miedo esta situación. Me imagino una úlcera, un grave problema hepático, cosas de esas. Pero a los minutos se me pasa y ya está, me olvidé, y será hasta la próxima.
Y de repente tengo al menos una boludez que contar acá.

lunes, febrero 05, 2007

querer y no poder

La falta de inspiración se da a conocer a través de diferentes disfraces. A veces es sólo la nada misma (un blanco extraño, con aspecto a helado de crema del cielo) que turba la mente y nos vuelve seres autómatas; otras, exceso de actividades que provocan un embotellamiento, un cuello de botella a la altura del hipotálamo, y no sale nada. Hay, también, muchas otras maneras.
El resultado es invariable: esto.