martes, septiembre 10, 2013

martes

Otra vez hace un tiempo estuvimos aislados como ahora. El camino todavía era de tierra y para hacer los ciento treinta kilómetros tardábamos tres horas o más. El asfalto se acababa a los pocos kilómetros de El Bolsón, cerca de un lugar que vendía truchas, y volvía a empezar justo sobre el lago Guillelmo, ahí donde el camino se vuelve más oscuro, más denso: con lagos profundos y bosques de coihues negros de tan verdes. En cada viaje jugábamos a que la camioneta era un avión que despegaba cuando empezaba el ripio y que aterrizaba cuando llegaba el asfalto. Apretábamos los botones de la calefacción y del equipo de música, movíamos las perillas que activaban las balizas, el cebador, las luces, el limpiaparabrisas; sentíamos la emoción del despegue y el vértigo de las turbulencias. Después, tres horas en el aire-ripio, con curvas cerradas, Cañadón de la mosca, Pampa del toro, obrador, puentes de los aplausos, sanguchito en Tacuifí, algún vómito en el Mascardi. En uno de esos viajes llegamos hasta el lago Guillelmo y ahí mismo nos enteramos de que la ruta estaba cortada. Un arroyo se había vuelto río y ahora la ruta era un depósito de troncos y piedras y tierra. Ibamos Migui, Pol, Bicho y yo y teníamos un libro de Poe. Charlamos de algo un rato y después decidimos leer en voz alta El escarabajo de oro. Cuando lo terminamos había empezado a oscurecer. Alguien debía estar trabajando para despejar la ruta, suponíamos. Ahora no me acuerdo si volvimos al Bolsón o si en algún momento se volvió a abrir la ruta. Me acuerdo nomás de la camioneta, de bajar y dar vueltas y escuchar la furia del río desbordado, del libro de tapa roja y hojas finitas con casi todo Poe ahí adentro, de las ventanas empañadas y del ruido de la lluvia contra la chapa blanca de la camioneta.

jueves, agosto 01, 2013

jueves

Cada vez que entro a una farmacia me peso. Si estoy muy abrigado me saco la campera y el buzo o lo que sea que tenga puesto, los dejo en el mostrador y me acomodo frente a los números rojos que avanzan como una ruleta digital. Si es verano o un día como hoy, primaveral y con ese calor que desaparece cuando sopla el viento, de piso embarrado y pájaros que cantan, es todo más rápido, y el número de la balanza un poco más certero.
Me impresiona cómo cambia el peso cada vez que subo a la balanza. A veces setenta y cinco kilos, otras veces ochenta y cuatro, otras veces ochenta clavados. No depende de la ropa. Es algo estructural, como si fuese más liviano o más pesado según el día, según el estado de ánimo, según la hora o la estación del año.
Cuando salgo de la farmacia, ya con el actrón, las pastillas de propóleo, el tafirol -o lo que sea que haya comprado- y mi peso actualizado, me acuerdo de la mamá de T. que siempre que nos veíamos me decía, después de saludar: "estás más gordo". Así, sin signos de pregunta ni de exclamación, sin curiosidad ni sentencia, como si dijera "qué frío que hace", o "va a llover". Las primeras veces que me lo dijo me debo haber ofendido o no supe qué responderle o le dije algo a la defensiva, ya no me acuerdo. Pero sí me acuerdo que con el tiempo me acostumbré y las respuestas variaron y a lo último directamente ya no le decía más nada.

miércoles, julio 31, 2013

miércoles

Es miércoles y los miércoles a esta hora estoy en un colectivo por llegar a Bariloche, no sentado en el cuarto que llamamos estudio pero que es una habitación pequeña con un escritorio, la computadora y tres ventanas. La ventana grande está en el medio y da hacia el sur. Bosque de pinos, la franja del jardín que fue arrasada para hacer el lecho drenante y la casa abandonada del vecino, que de día es una construcción despintada, con postigos en las ventanas y pájaros que caminan por el techo, y de noche es lo mismo, pero sin pájaros y con una luz blanca de bajo consumo que ilumina y oscurece todo al mismo tiempo.
Es miércoles, decía, y ahora una neblina fuerte cubre todo el paisaje. El pájaro gris que se para en el cable está ahí, en el cable: balancea su cuerpo de tal manera que cuando el cable se mueve, de arriba hacia abajo -por el viento, porque los cables se mueven- él parece quieto. Mira para los costados y después se va volando. Al rato vuelve. Es una diuca, gris y de ojos rojos. La misma que se para en el espejo del auto y se pelea con su reflejo y después deja caguitos sobre el gris de la pintura.
En la casa hay muchos pájaros. Hay colibríes verdes naranjas brillantes fluorescentes, hay tordos negros, hay zorzales, bandurrias y teros. Hay unos pájaros chiquitos que algunos llaman ratoneras que cantan lindo colgados de las ramas sin hojas de los abedules. También están las palomas araucanas que pueblan el ciprés seco, primero una, después otra, después otra más, hasta ocupar todas las ramas. Después ladra un perro o aparece un chimango y se van todas volando al mismo tiempo, con un ruido tacatacataca de batir de cientos de alas.
Están, además, las gallinas de los vecinos de enfrente: son muchas, grises, blancas, negras, rojas. Caminan por nuestro terreno picoteando el pasto, armando montículos, poniendo huevos. Cada tanto vemos pasar a la vecina caminando con un palo como bastón, busca huevos abajo de las matas de murra, de las mosquetas, de los pastos, tira humo por la boca, pisa charcos. Junto con las gallinas está el gallo rojo, que con Juan llamamos el Gayo McQueen y otros gallitos que le disputan el reinado y las gallinas. Corretean, se pelean, pero por lo demás están tranquilos por ahí.
En la casa hay, también, muchos grillos. Miles. Y de todos los tamaños, o al menos de los tamaños que pueden alcanzar los grillos. Hasta la otra noche no los habíamos escuchado. Estábamos esperando que cargara Seinfeld, con el cuarto iluminado por la pantalla de la computadora, con los ronquidos de los dos hijos, con las estrellas afuera y el cielo negro y de repente el cricrí claro, perfecto, de un grillo escondido andá a saber en qué rincón de la casa. Al rato dejó de ser tan pintoresco.
También hay liebres y perros del vecino, pero no todo es tan Discovery Channel. Además hay días como hoy, en los que cuesta unir letras y formar una palabra y unir palabras y formar una oración y unir oraciones y formar un párrafo y etcétera.

martes, julio 30, 2013

martes

A la tarde nos quedamos solos y Juan se aprende la canción de la hinchada de Independiente que dice: "Rojo, mi buen amigo, esta campaña volveremos a estar contigo, te alentaremos, de corazón, esta es la hinchada que te quiere ver campeón; no me importa lo que digan, lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más". No nos damos cuentan y pasan dos horas y afuera se hace de noche. Manu cada tanto nos mira desde el piso. Tiene las piernas como en una postura de yoga y se ríe. Agarra el chupete y lo golpea contra la mesa ratona. Una vez, dos veces, tres. Hace como que se para, se vuelve a sentar, golpea el chupete. Nosotros seguimos con la canción mientras en la tele está el noticiero sin volumen. "La parte que más me gusta es la que dice: 'yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más'", canta Juan y vuelve a empezar.
Cocino una tarta de zapallitos con zanahoria. Manu explora el piso. Juan sigue cantando en el sofá: tiene medio disfraz del hombre araña puesto y por abajo del buzo asoma el guardapolvo del jardín. Dice que le duele la panza pero igual se come un chupetín que quedó en una bolsita de un cumpleaños.
A las tres de la mañana Juan se despierta gritando que tiene miedo. Llora y patalea y está parado en el medio de su cuarto. A Lu le cuesta un rato acostarlo, calmarlo. Le toca la frente, me pide el termómetro. Manu se despabila y se ríe: le veo los cachetes que cambian de posición en su cara. Más arriba, más abajo, y una respiración que es una risa relajada. Juan tiene fiebre y ahora grita que tiene miedo del remedio. Tarda en dormirse y cuando Lu vuelve yo me llevo la almohada y me tiro en la cama que sale de abajo de la de Juan. Duermo y me despierto. Cada tanto Juan suspira o llora o se agita y yo le doy la mano y se vuelve a dormir. No puedo sacarme la idea de la cabeza de que fue la canción del rojo la que le hizo mal.

jueves, junio 13, 2013

jueves

En una fuente llena de animales muertos y plantas acuáticas en un castillo abandonado, ahí en el fondo, con barro y sedimento cubriendo el estuche, encuentro nuestra cámara de fotos. La cámara que teníamos hasta recién en nuestras manos. Le digo a Lu: ¿qué hace nuestra cámara ahí? Y meto la mano, entre zorrinos y serpientes estáticas, hinchadas, y llego hasta la cámara. La abro y es la nuestra. Miro las fotos y se las muestro a Lu: ¿cuándo pasó esto? ¿por qué tenemos cara de asustados?
Pasa un rato hasta que nos damos cuenta de que las fotos son de situaciones que todavía no sucedieron. Y que falta poco para que lo hagan.

Antes, sueño con una ciudad de Buenos Aires arruinada, y una función de ópera al aire libre que hacía más tangible la decadencia. Están Macri y Edgardo Mocca. Hay una parte de la ciudad con la que sueño siempre, que tiene como un túnel subfluvial y varios edificios altos, separados entre sí por un patio de cemento que se parecen a unos edificios que fui una vez, en el que vivía una compañera de la facultad, en avenida La Plata y algo, por allá lejos. Hay autos de carreras y semáforos y una banda de dieciseis músicos que tocan una música extraña, aunque yo sólo tengo ojos para la señora que toca el xilofón.

miércoles, junio 12, 2013

miércoles

F. dice que debería escribir sobre mis viajes de trabajo. Sobre los amaneceres y atardeceres en la ruta. Sobre las cosas que hablamos y sobre esos silencios que envuelven las cosas que hablamos. Sobre caminar en las calles de viento de Bariloche y en las calles de resolana de Esquel. Sobre los encuentros con esos otros tan distintos, en lugares tan alejados, con los que hablamos de cosas que olvidamos apenas se abre la puerta y entra el aire y sale el humo de la salamandra; salen nuestras voces y rebotan contra el bosque y los ñires y entran los mugidos de algunas vacas, el olor a bosta, el crepitar de las hojas con la helada.
Sobre el camino mismo: el asfalto azul oscuro y las líneas, que para el sur son blancas e intermitentes y para el norte amarillas, contínuas y van de a dos. Y con esa información alguien podría inferir el resto de las cosas, como que para el sur todo es estepa y líneas rectas y colores ocre, marrón, gris y para el norte es curvas y montañas y verdes y azules.
Sobre el cambio de los colores, dice F. que debería escribir. Sobre los tapices en las montañas que están al este, esas que tienen nombre pero los olvidamos y apenas si recordamos esos nombres que les inventamos hace ya tantos años en un viaje en la camioneta blanca cuando el camino era de ripio. Tapices naranja-amarillo-verde-rojo, todo mezclado, como en un sueter peruano y arriba del todo las piedras nevadas o las piedras llovidas, que son piedras negras, oscuras, como fortalezas abandonadas.
Sobre los lagos, que se manejan con patrones estables, el primero siempre espejado, el segundo verde e inquieto y el tercero gris y furioso. Y el cuarto, que en realidad es el Nahuel Huapi, pero que no cuenta porque está ahí y lo damos por hecho, aunque a veces lo miremos distraídos desde la oficina del séptimo piso y veamos los rayos del sol que aparecen y desaparecen sobre su superficie como una bola disco que alguien dejó prendida y después se fue.
Sobre esas pequeñas distracciones que hacen soportable un viaje, como calcular los kilómetros que se acumulan en el tablero del auto y compararlos con la hora e intentar calcular cuánto avanzamos en cuánto tiempo y saber que si acelero un poco más puede que llegue para tomar un mate, o para pedir comida, o para ver a Juan y a Manu que se ríe apenas abro la puerta y sacude sus brazos y las piernas y está contento, aunque no emita ni un sonido.
Sobre los viajes en colectivo y esas pautas que se hacen visibles con la repetición, con la insistencia: el chofer de las ocho, el de las nueve cuarenta, el de las diecisiete. El que se sube en Onelli y se baja en el Gutiérrez, las maestras de la escuela de Los Repollos, los que van al hospital o a hacer trámites y viajan con vos de ida y de vuelta y si bien nos reconocemos no nos decimos nada ni hacemos ni un gesto, pero están ahí.
Sobre los kilómetros, esa franja que va desde el 1740 al 2020 y que la recorremos para arriba y para abajo como si viajáramos en el tiempo, para atrás y para adelante, ida y vuelta, desde la Revolución Industrial hasta el fin del mundo. Marcando hitos: nacimientos, muertes, guerras, descubrimientos, mundiales de fútbol, discos. Y al lado del cartel del kilómetro-año una retama o una piedra o una oveja a la que no le interesa nada la referencia histórica ni la kilométrica.
O sobre la vez que volvía en el auto gris y vi venir, en sentido contrario, a Madre y Padre que hablaban o cantaban o hacían gestos en la cabina de la camioneta y no me vieron pasar, y la sensación de haberlos tenido por un segundo o un poco menos, a dos, tres metros de distancia, al alcance de un brazo estirado, pero rodeados de velocidad y fierros y viento y ruido de motores y después, menos de un segundo después, ya todo había pasado.
Algún día, le digo a F., voy a escribir sobre todo esto. Tengo que encontrar el momento.

miércoles, junio 06, 2012

miércoles

Le cuento a hermano que el otro día entró un colibrí en la casa. Que era verde y brillante y que parecía querer decirnos algo con su aleteo desesperado y el chocar contra el vidrio. Que al final lo agarré con cuidado con una mano y después lo liberé en el jardín. Que se fue y al rato volvió y miró todo desde el otro lado de la ventana. Que le saqué una foto y que en cualquier momento le escribo alguna leyenda en comic sans para compartir en facebook, algo relacionado con la libertad, con los barrotes transparentes, con las ganas de volar.
Hablando de colibríes -me dice, me escribe-, murió Bradbury.
Hace poco, en esos días en que no paró de llover, pensé mucho en él y en esos cuentos tremendos de todo tremendor, redondos, perfectos y lluviosos. Y pensar en Bradbury es pensar en nuestra abuela, en el cuarto verde de la casa enorme de Bariloche, y en cuando éramos chicos y marte y los robots y las utopías todavía existían.

martes, mayo 29, 2012

martes


Bariloche es una casa con paredes rugosas
de revoque grueso que lastima codos y rodillas;
paredes blancas o un color parecido al blanco 
y postigos de madera en las ventanas
y el viento que los sacude y el viento que los golpea:
contra las ventanas, contra las paredes.
Bariloche es una casa con jardín de pasto marrón, 
minado con soretes de un ovejero alemán que tiene la cadera gastada
y ladra y mira el mundo y después se duerme bajo el cerco de macrocarpas;
un jardín con rosas rosas y ciruelos y manzanos del paraíso,
y el olor de un cielo encapotado y lluvia 
y el lago plateado que encandila los ojos allá a lo lejos.

lunes, diciembre 12, 2011

lunes

hola, tincho,
te extraño
tuve un hijo
que en un momento
era parecido a vos
o al menos al dibujo que hizo avo
hace muchos años
cuando la casa era chica
y de madera
y con una chimenea alcanzaba
para calefaccionarla toda.

recién veníamos desde la chacra
fue una noche lindísima
y en la radio pasaron the good son,
de nick cave
y ahí lloré y entendí
que estos dolores
aunque parezca otra cosa
duran para siempre.

te extraño.
y creo que no te escribía
desde hace seis años.
unos días antes de que te mueras.
pero nunca me animé a buscar
eso que nos dijimos.
beso grande.

martes, octubre 04, 2011

martes

Ah, la justicia poética
de las tres salchichas
que hierven en la olla gris
mientras afuera
llueve después de tantos días
y tantas noches.

Ah, los panes,
descongelándose
hasta endurecerse en el horno
y el olor a gas y tostada.

Ah, la computadora,
que se desangra de electricidad
y muere y se enchufa
-la enchufo-
y otra vez revive,
a pesar de las promesas,
a pesar de los juramentos,
a pesar del solitario.

Ah, el ruido de la heladera
un zumbido lejano,
agudo,
que está ahí,
como alguien
que te mira de lejos.

O la radio,
prendida casi
sin volumen.

O mis dientes
que se muerden entre sí
y la cara se endurece
en un gesto
que no sabría describir.

O las gotas en el techo.

O la gata
afuera en la ventana
y más allá de ella,
del otro lado,
el negro de la noche
y el reflejo de mi cuerpo
ahí,
mirando hacia lo oscuro.

(versión con enter en la mitad de las oraciones)

domingo, septiembre 04, 2011

domingo

Solíamos decir que la primavera es una estación traicionera. Que el verano y el otoño y el invierno son -suceden- de una manera y está bien que así sea. Que el calor o el frío o las heladas o los colores de las hojas de los árboles; que las noches largas y el río marrón y crecido, rugiendo ahí como para que no lo olvidemos; o después, los días que se estiran y también el río ahí con agua azul y plateada y nosotros nos zambullimos desde los sauces y el sol calienta la laja.
*
Pero la primavera desconcierta y por eso traiciona. Los días parecen largos y uno se confía y sale y camina y antes de volver ya es de noche. El viento sacude a los sauces y los álamos que, sin hojas y esqueléticos, se mueven de un lado para el otro y cada tanto se escucha un crack y al rato y a lo lejos cae una rama al piso. Y después otra. Esas ramas eran las que aparecían alrededor de la casa y los paisanos no les decían ramas, les decían ganchos. Y las juntábamos y las llevábamos a donde prendíamos fuego la basura: sin hojas parecían secas, pero estaban verdes y costaba un rato que prendieran.
*
En la primavera también los caballos estaban peludos y con los vasos largos y rajados de tanto pisar tierra blanda y miraban de reojo cuando nos acercábamos y salían galopando, primero uno, siempre el mismo, y después todos los demás. Galopaban unos metros a toda velocidad, a galope tendido, y después frenaban y esperaban a que llegáramos para volver a empezar. El viento y la primavera, o la primavera y el viento, los volvían un poco locos, como a todos nosotros. El viento, el barro, los árboles sin hojas, el cielo celeste con nubes blancas, los días cortos, el ruido de la lluvia sobre el techo de tejuelas, los caballos, los perros mojados y olorosos, los charcos, el resfrío. Y la locura.

viernes, julio 29, 2011

viernes

Hay tardes frías y grises en las que me dan ganas de escribir algo sobre un chico que llega a un pueblo perdido en la cordillera. Tiene unos veinte años, está terminando la década del 70. El chico, llamémoslo N, es de una familia con plata, aristocrática, y tuvo, al menos hasta el momento de su partida, buena educación, viajó, es más o menos lindo, con rasgos que dan bien el physique du rol hippie: pelo rubio, ojos celeste. Se nota que es ambicioso y no se sabe si escapa de algo o si busca alguna cosa. A N le cuesta, pero pronto se adapta a la vida en el campo. Tiene una vaca, gallinas, ovejas y una camioneta chevrolet amarilla que llegó nueva. Tira árboles para hacer leña y madera y cada tanto, cuando el invierno es duro o la lluvia no para, se toma un ómnibus de regreso hasta San Isidro a visitar a su familia. En esos viajes aprovecha para bañarse, comer bien, mirar televisión y reencontrarse con sus chicas, que por hippie o huraño lo ven más apetecible que antes de su partida. Así transcurre la vida de N. De a poco, en su cuerpo, comienzan a aparecer las marcas de su vida asceta. Arrugas, uñas partidas, canas: los ojos se enrojecen por tanto humo y se achinan por tanto gris. Conoce a una paisana que vive cerca de su chacra y la embaraza sin querer -y sin quererla-. Tiene tres hijos y todos son rubios como él y hoscos como ella. N algunas noches toma ginebra y se imagina la vida que pudo haber tenido de no haberse ido. Sabe que es idiota pensar eso y entonces toma más y se enoja: con la vida, con él, con su mujer, con sus hijos. A veces ensilla un caballo y se va por una semana o más. Siempre va a los mismos lugares: un lago, un refugio. Tiene algunos amigos por allá. A veces esas visitas empiezan o terminan mal, con cuchillos, sangre, dolor y después ginebra y olvido. Después vuelve y en su casa lo espera su mujer con sus ojos que no lo miran y su pelo negro y sus silencios, y sus hijos, rubios y también callados. Un día N le da un consejo a alguien y se da cuenta de que es bueno dando consejos, o que al menos podría serlo. (A pesar de todo, de la ginebra, del silencio, del odio, sabe que puede llegar a ser bueno en lo que se proponga y confía en su educación y en su apellido). Camina y sale de su chacra y sube una loma y mira desde allí a su pueblo desde y trata de entender la lógica. Mira las calles de ripio y las pocas oficinas y los negocios y la municipalidad y se ríe solo y se dice claro, cómo no lo pensé antes. Vuelve a la chacra y en un cuaderno empieza a hacer algunas anotaciones. Escribe, con dedos torpes y duros y un lápiz sin mucha punta las palabras municipalidad, provincia, actores; hace números, cálculos. Hace dibujos de casas y flechas que apuntan para uno y otro lado. Y más palabras: consejero, Maquiavelo, monje, negro; busca libros en un galpón y los encuentra apilados, todavía, en las cajas en las que vinieron desde Buenos Aires hace ya muchos años. Vuelve al cuaderno y dibuja, cuidadoso, el signo de la plata, del dinero, de los pesos, esa S mayúscula atravesada por uno o dos líneas verticales. Toma un trago de ginebra que sirvió en una taza. Sus hijos ya crecieron y dos van a la escuela y el otro acompaña a su mamá. Está solo en su casa y los fuegos se están apagando. Mira por la ventana la helada que está por caer. Está contento. Acaba de encontrar la manera de reinventarse.

miércoles, julio 13, 2011

miércoles

Los vecinos gringos tienen a su nieto varado en su casa y lo vemos jugar y salir y caminar desde la ventana del living. Lo trajo su abuelo, hace un par de meses, desde Oregon. Eso me dijo la gringa hace poco, cuando la levanté en el auto una tarde de lluvia. Ella caminaba adelante y más atrás su nieto, un hooligan colorado y con ropa de rapero de unos siete, ocho años. Le pregunté a su abuela si había viajado sólo desde allá y ella, con su boina negra sesentista, con su pelo blanco, con su campera azul, me respondió que no, que vino con el grampadre. Me contó también que empezó a ir a la escuela, y señaló con el brazo hacia el sur, hacia el otro lado del aeropuerto. What are you talking about, preguntó el nieto, con voz de nieto gringo y pelirrojo. De vos, respondió la gringa. Cool, dijo el nieto. Y agregó: contale que estoy yendo a la escuela, así, pero en inglés. La abuela se rió y dijo que ya lo había hecho, y miró por la ventana y así se quedó un rato largo.
Los gringos, cuando hablan, hablan de perros y gatos que encuentran perdidos por ahí y también de los perros y gatos de los vecinos y de los caballos que dejan en el loteo de enfrente. Hablan de ecología y de auto y del consumo de hidrocarburos.
Los gringos caminan siempre uno adelante y el otro atrás y ahora el nieto todavía más lejos, rezagado, pateando piedras, jugando a juegos de chicos gringos que son igual a todos los juegos de los chicos, pero en otro idioma. Los gringos también andan en bicicleta y, cuando nadie los ve, viajan en remises que usan hidrocarburos y tiran sus gases al cielo gris del pueblo que eligieron para vivir andá a saber por qué.
(A veces, cuando estamos aburridos, tratamos de imaginar por qué fue que eligieron venir a vivir acá, y casi siempre terminamos pensando en cosas turbias, oscuras, al borde de la ley, historias de huidas y cambio de vida, de un día para el otro, porque de algunas cosas no hay vuelta atrás).
El nieto gringo se compró una pelota y lo vemos que juega a que juega al fútbol en el jardín de sus abuelos: ensaya tiros libres, gambetea arbustos, desafía a los siete perros y a los tres gatos y festeja, por fin, los goles que hace contra el cerco de alambre tejido besándose la camiseta, bajo la mirada atenta y nerviosa de los conejos.

domingo, mayo 22, 2011

domingo

Como había sol salimos. Antes preparamos unas empanadas de jamón y queso y una botella con agua y servilletas. En la montaña había nieve y jugamos. Juan la había visto pero nunca habíamos estado un rato largo, así, como hoy. Le propusimos hacer un muñeco y nos pidió un Buzz Lightyear, con alas y botones. Hicimos una especie de ángel de la muerte con las alas derrotadas. Le gustó lo mismo. Lo miramos un rato y después propuso que lo rompiéramos: al principio fueron patadas tímidas y después fueron empujones y después fue una masa amorfa de nieve con barro, pasto y hojas de coihue. Las manos frías y rojas. Los zapatos húmedos. Entramos al refugio y lo recorrimos vacío, siempre con el mismo olor, siempre con humo de la chimenea. Ahora sin la mesa de pool, sin olor a tortafritas. Salimos y bajamos las escaleras y volvimos al auto. Pusimos música y planeamos el futuro. Juan se durmió a los dos kilómetros. Los vidrios se empañaron.

lunes, abril 11, 2011

lunes

Ah, la justicia poética de las tres salchichas hirviendo en la olla gris mientras afuera llueve después de tantos días y tantas noches. O los panes, descongelándose hasta endurecerse en el horno. O la computadora, que se desangra de energía y muere y se enchufa -la enchufo- y otra vez, revive, a pesar de las promesas, a pesar de los juramentos, a pesar del solitario. O el ruido de la heladera que es un zumbido lejano, agudo, que está ahí, como alguien que te mira de lejos. O la radio, prendida casi sin volumen. O mis dientes que se muerden entre sí y la cara se endurece en un gesto que no sabría describir. O las gotas sobre el techo. O la gata, en la ventana, afuera, y más allá el negro de la noche y el reflejo de las ventanas con la mitad de mi cuerpo ahí, mirando hacia lo oscuro.

miércoles, marzo 30, 2011

miércoles

Es otoño y para completar el cliché las hojas de los árboles están amarillas y los días más cortos y yo no paro de comer manzanas. Las manzanas son de la chacra y son rojas, con matices que van del amarillo al naranja y su cáscara apenas se resiste a los dientes y después es todo jugo que salpica para acá y para allá -para acá: el teclado, para allá: el monitor- y mientras mastico escucho el eco, en la casa vacía, de todo ese chirriar de jugo y fructosa y carne blanca porosa. Las manzanas más ricas del mundo salen de unos árboles que están en la chacra, a lo largo de un camino de tierra y pasto, que de a poco se llena de piedras que el perro saca del río y deja por ahí. Las manzanas caen con el viento y se desparraman por el piso. Las manzanas, tarde o temprano, llenan todo de un olor que es distinto según quién lo huela, porque es un olor subjetivo. Para algunos -los más- es el olor de un recuerdo, de una casa vieja allá en la infancia, de un altillo vacío y oscuro con el piso lleno de manzanas, nueces y zapallos esperando el invierno, de una época donde todo era en pequeña escala: el día a día, los planes, el futuro. Para otros -los menos- es el olor de un lugar donde se acumulan cosas, un mercado, un depósito y no hay recuerdos, sólo la sensación de abandono y derrota. Para mí las manzanas son muchas cosas. Pero no profundizo: de la canasta verde agarro una y la lustro contra la remera y miro sus vetas y los dibujos en la cáscara y sus imperfecciones, manchas y picaduras. Después la muerdo y ya me distraigo en otra cosa cosa y no le presto más atención hasta que la termino y empiezo a masticar las semillas que son almendras en miniatura y después el corazón hasta quedar con el cabito entre los dedos para dejarlo en cualquier lado. Todo el día como manzanas. En algún momento de la tarde me arrepiento y digo no debería. Pero sigo.

martes, marzo 29, 2011

martes

Hace un tiempo que la gata caza lagartijas, les corta la cola, juega un rato y, cuando se aburre o cuando la lagartija ya no responde -cosas que van de la mano-, se la come. El rito es invariable. Lo único que varía es el tamaño de las lagartijas, pero tampoco tanto. Alguna vez nos preguntamos de dónde sacaría tantas, todas del mismo color, todas opacas y marrones, todas condenadas. Pronto dejamos de prestarle atención. Hoy, mientras volvía en el auto, con los ojos cerrados de resolana, con el viento y el polvo avanzando en contramano por la calle que antes, en otro lugar, es avenida y tiene asfalto y negocios; hoy, decía, vi a lo lejos la figura de la gata. Y si bien todos los gatos son parecidos y la gata estaba lejos y había viento y polvo y resolana, la reconocí enseguida. Cruzaba la calle, venía del aeropuerto. Llegué a casa antes que ella y después de cerrar el portón me senté a esperarla: todavía tenía que atravesar el baldío que en realidad es un bosque de cipreses que en realidad es un loteo que en realidad es el lugar ese en el que las bandurrias se juntan a gritar su canción de amor y donde los caballos del señor sin un brazo pasan la noche y donde de vez en cuando, sobre todo algunos fines de semana, entro a buscar leña para los asados y a camino entre cipreses, condenados como las lagartijas y mosquetas y pasto y miro alrededor y podría estar solo en el mundo. La gata salió un tiempo después y en la boca traía una lagartija. La dejó en el piso y jugó un rato, se aburrió, la comió y se acostó frente a la puerta. Cosas que pasan. Un martes.

jueves, marzo 10, 2011

jueves

A veces me acuerdo de cuando escribía en este blog. Fue hace ya un buen tiempo: todavía no había llegado el verano, aunque había días en que salía el sol y se iban las nubes y el cielo azul parecía un techo pintado por alguien que sabía cómo mover la brocha para no dejar manchas, imperfecciones, huellas; no hacía calor, pero alcanzaba para estar en remera y sacarse las zapatillas y pisar descalzo y enredar pastos verdes entre los dedos blancos de efficient. También, cuando escribía en este blog, había días en los que llovía esa lluvia vertical que toca sobre el techo de zinc canciones tristes, en tono menor, sin estribillo y siempre iguales entre sí. Pero la mayoría de los días pasaban entre nubes grises y resolana blanca: días de ojos entrecerrados y ceño fruncido, días en los que el horizonte de montañas se fundía con el horizonte de polvo y nubes y viento y era mejor quedarse en la casa y cerrar las cortinas y esperar.
Cuando escribía en este blog los días eran cortos aunque de a poco estaban empezando a alargarse cada vez más y ese momento extraño, en el que el día todavía no termina y la noche no empieza, hacía que las cosas se vieran distintas, deformes, pero una vez que prendíamos las luces del jardín lo distinto y lo deforme ya no importaba más porque no lo veíamos y reíamos mientras los mosquitos y las polillas chocaban contra las ventanas.
Cuando escribía en este blog todavía no había pasado el incendio que, con la furia de un verano sin lluvias, arrasó casas y árboles y cruzó la ruta y subió montañas y quemó bosques enteros. El incendio duró dos días y esos dos días fueron suficientes. Entre las casas que quemó el incendio estaba la casa y el restaurante de Nico y todas las cosas que había adentro. Estaba el techo tapizado con lavandas y el piso de cerámicos blancos, estaban los discos que escuchábamos esas noches cuando nos quedábamos solos y prendíamos cigarrillos y probábamos licores. También se quemó la casa de Aye, pero la segunda casa de Aye: la anterior se quemó hace diez años.
Cuando escribía en este blog Juan todavía no había empezado el jardín ni se sabía todos los colores ni cantaba la del mono liso ni tarareaba Carmen.
Cuando escribía en este blog era diciembre y era otro año. Ya es hora de retomar.

domingo, diciembre 12, 2010

domingo

Hace cinco años no pensábamos en nada porque nuestro hermano estaba muerto y todo era calor, dolor y abrazos, ese tipo de cosas. Viento, nubes espesas y desconcierto. El rosal del camino en flor y la chacra en verano, verde, fresca, linda: tan desubicada como los perros, enredados en cientos de piernas tristes. Sol y una pena infinita: la sensación de que nada más nunca va a ser lo mismo. El dolor que cede y que al rato vuelve, con la fuerza de las olas, de la marea, de todo lo que vuelve. Alguien prende un fuego abajo del nogal y todos lo mantenemos prendido un día, dos días, los que hagan falta. Alguien saca un parlante y suena música y pasan todos los amigos a despedirse: Gomez, Cave y Bowie, que canta Five Years una y otra vez, como un mantra: cinco años, dice, y cada uno hace lo que puede con esos cinco años. Pero ayudan a purgar el vértigo: hace cinco años todo era distinto, dentro de cinco años todo va a ser distinto.
Y lo es.




viernes, diciembre 03, 2010

viernes

" Hillary camina de una lado al otro de la habitación. Arrastra tras sus pies la bata blanca y mullida y deja en el aire su perfume y su preocupación.

-¿Podés tranquilizarte? -pregunta y afirma a la vez Bill, recostado en la cama y sin sacarle los ojos de encima al libro. Es un libro grande y de tapas coloridas: de las típicas autobiografías que le gusta leer.

-No, no puedo.

-Quedate tranquila Hill, todo va a estar bien. Es cuestión de tiempo -le dice Bill mientras pasa de página.

-No, esto es grande. No va a pasar, van a rodar cabezas -grita Hillary y el ojo derecho le tiembla y se llena de lágrimas.

-Cariño, esto también pasará. Recuerda que yo me garché a una becaria en el salón oval y...

Hillary, en una crisis nerviosa, le saca a Bill el libro de sus manos y lo tira hacia la ventana, rompe el vidrio y una alarma empieza a sonar.

Cuando alguien logra por fin apagarla, Hillary ya duerme el sueño del alplax abrazada a su marido."