martes, septiembre 10, 2013
martes
jueves, agosto 01, 2013
jueves
Me impresiona cómo cambia el peso cada vez que subo a la balanza. A veces setenta y cinco kilos, otras veces ochenta y cuatro, otras veces ochenta clavados. No depende de la ropa. Es algo estructural, como si fuese más liviano o más pesado según el día, según el estado de ánimo, según la hora o la estación del año.
Cuando salgo de la farmacia, ya con el actrón, las pastillas de propóleo, el tafirol -o lo que sea que haya comprado- y mi peso actualizado, me acuerdo de la mamá de T. que siempre que nos veíamos me decía, después de saludar: "estás más gordo". Así, sin signos de pregunta ni de exclamación, sin curiosidad ni sentencia, como si dijera "qué frío que hace", o "va a llover". Las primeras veces que me lo dijo me debo haber ofendido o no supe qué responderle o le dije algo a la defensiva, ya no me acuerdo. Pero sí me acuerdo que con el tiempo me acostumbré y las respuestas variaron y a lo último directamente ya no le decía más nada.
miércoles, julio 31, 2013
miércoles
Es miércoles, decía, y ahora una neblina fuerte cubre todo el paisaje. El pájaro gris que se para en el cable está ahí, en el cable: balancea su cuerpo de tal manera que cuando el cable se mueve, de arriba hacia abajo -por el viento, porque los cables se mueven- él parece quieto. Mira para los costados y después se va volando. Al rato vuelve. Es una diuca, gris y de ojos rojos. La misma que se para en el espejo del auto y se pelea con su reflejo y después deja caguitos sobre el gris de la pintura.
En la casa hay muchos pájaros. Hay colibríes verdes naranjas brillantes fluorescentes, hay tordos negros, hay zorzales, bandurrias y teros. Hay unos pájaros chiquitos que algunos llaman ratoneras que cantan lindo colgados de las ramas sin hojas de los abedules. También están las palomas araucanas que pueblan el ciprés seco, primero una, después otra, después otra más, hasta ocupar todas las ramas. Después ladra un perro o aparece un chimango y se van todas volando al mismo tiempo, con un ruido tacatacataca de batir de cientos de alas.
Están, además, las gallinas de los vecinos de enfrente: son muchas, grises, blancas, negras, rojas. Caminan por nuestro terreno picoteando el pasto, armando montículos, poniendo huevos. Cada tanto vemos pasar a la vecina caminando con un palo como bastón, busca huevos abajo de las matas de murra, de las mosquetas, de los pastos, tira humo por la boca, pisa charcos. Junto con las gallinas está el gallo rojo, que con Juan llamamos el Gayo McQueen y otros gallitos que le disputan el reinado y las gallinas. Corretean, se pelean, pero por lo demás están tranquilos por ahí.
En la casa hay, también, muchos grillos. Miles. Y de todos los tamaños, o al menos de los tamaños que pueden alcanzar los grillos. Hasta la otra noche no los habíamos escuchado. Estábamos esperando que cargara Seinfeld, con el cuarto iluminado por la pantalla de la computadora, con los ronquidos de los dos hijos, con las estrellas afuera y el cielo negro y de repente el cricrí claro, perfecto, de un grillo escondido andá a saber en qué rincón de la casa. Al rato dejó de ser tan pintoresco.
También hay liebres y perros del vecino, pero no todo es tan Discovery Channel. Además hay días como hoy, en los que cuesta unir letras y formar una palabra y unir palabras y formar una oración y unir oraciones y formar un párrafo y etcétera.
martes, julio 30, 2013
martes
Cocino una tarta de zapallitos con zanahoria. Manu explora el piso. Juan sigue cantando en el sofá: tiene medio disfraz del hombre araña puesto y por abajo del buzo asoma el guardapolvo del jardín. Dice que le duele la panza pero igual se come un chupetín que quedó en una bolsita de un cumpleaños.
A las tres de la mañana Juan se despierta gritando que tiene miedo. Llora y patalea y está parado en el medio de su cuarto. A Lu le cuesta un rato acostarlo, calmarlo. Le toca la frente, me pide el termómetro. Manu se despabila y se ríe: le veo los cachetes que cambian de posición en su cara. Más arriba, más abajo, y una respiración que es una risa relajada. Juan tiene fiebre y ahora grita que tiene miedo del remedio. Tarda en dormirse y cuando Lu vuelve yo me llevo la almohada y me tiro en la cama que sale de abajo de la de Juan. Duermo y me despierto. Cada tanto Juan suspira o llora o se agita y yo le doy la mano y se vuelve a dormir. No puedo sacarme la idea de la cabeza de que fue la canción del rojo la que le hizo mal.
jueves, junio 13, 2013
jueves
Pasa un rato hasta que nos damos cuenta de que las fotos son de situaciones que todavía no sucedieron. Y que falta poco para que lo hagan.
Antes, sueño con una ciudad de Buenos Aires arruinada, y una función de ópera al aire libre que hacía más tangible la decadencia. Están Macri y Edgardo Mocca. Hay una parte de la ciudad con la que sueño siempre, que tiene como un túnel subfluvial y varios edificios altos, separados entre sí por un patio de cemento que se parecen a unos edificios que fui una vez, en el que vivía una compañera de la facultad, en avenida La Plata y algo, por allá lejos. Hay autos de carreras y semáforos y una banda de dieciseis músicos que tocan una música extraña, aunque yo sólo tengo ojos para la señora que toca el xilofón.
miércoles, junio 12, 2013
miércoles
Sobre el camino mismo: el asfalto azul oscuro y las líneas, que para el sur son blancas e intermitentes y para el norte amarillas, contínuas y van de a dos. Y con esa información alguien podría inferir el resto de las cosas, como que para el sur todo es estepa y líneas rectas y colores ocre, marrón, gris y para el norte es curvas y montañas y verdes y azules.
Sobre el cambio de los colores, dice F. que debería escribir. Sobre los tapices en las montañas que están al este, esas que tienen nombre pero los olvidamos y apenas si recordamos esos nombres que les inventamos hace ya tantos años en un viaje en la camioneta blanca cuando el camino era de ripio. Tapices naranja-amarillo-verde-rojo, todo mezclado, como en un sueter peruano y arriba del todo las piedras nevadas o las piedras llovidas, que son piedras negras, oscuras, como fortalezas abandonadas.
Sobre los lagos, que se manejan con patrones estables, el primero siempre espejado, el segundo verde e inquieto y el tercero gris y furioso. Y el cuarto, que en realidad es el Nahuel Huapi, pero que no cuenta porque está ahí y lo damos por hecho, aunque a veces lo miremos distraídos desde la oficina del séptimo piso y veamos los rayos del sol que aparecen y desaparecen sobre su superficie como una bola disco que alguien dejó prendida y después se fue.
Sobre esas pequeñas distracciones que hacen soportable un viaje, como calcular los kilómetros que se acumulan en el tablero del auto y compararlos con la hora e intentar calcular cuánto avanzamos en cuánto tiempo y saber que si acelero un poco más puede que llegue para tomar un mate, o para pedir comida, o para ver a Juan y a Manu que se ríe apenas abro la puerta y sacude sus brazos y las piernas y está contento, aunque no emita ni un sonido.
Sobre los viajes en colectivo y esas pautas que se hacen visibles con la repetición, con la insistencia: el chofer de las ocho, el de las nueve cuarenta, el de las diecisiete. El que se sube en Onelli y se baja en el Gutiérrez, las maestras de la escuela de Los Repollos, los que van al hospital o a hacer trámites y viajan con vos de ida y de vuelta y si bien nos reconocemos no nos decimos nada ni hacemos ni un gesto, pero están ahí.
Sobre los kilómetros, esa franja que va desde el 1740 al 2020 y que la recorremos para arriba y para abajo como si viajáramos en el tiempo, para atrás y para adelante, ida y vuelta, desde la Revolución Industrial hasta el fin del mundo. Marcando hitos: nacimientos, muertes, guerras, descubrimientos, mundiales de fútbol, discos. Y al lado del cartel del kilómetro-año una retama o una piedra o una oveja a la que no le interesa nada la referencia histórica ni la kilométrica.
O sobre la vez que volvía en el auto gris y vi venir, en sentido contrario, a Madre y Padre que hablaban o cantaban o hacían gestos en la cabina de la camioneta y no me vieron pasar, y la sensación de haberlos tenido por un segundo o un poco menos, a dos, tres metros de distancia, al alcance de un brazo estirado, pero rodeados de velocidad y fierros y viento y ruido de motores y después, menos de un segundo después, ya todo había pasado.
Algún día, le digo a F., voy a escribir sobre todo esto. Tengo que encontrar el momento.
miércoles, junio 06, 2012
miércoles
Hablando de colibríes -me dice, me escribe-, murió Bradbury.
Hace poco, en esos días en que no paró de llover, pensé mucho en él y en esos cuentos tremendos de todo tremendor, redondos, perfectos y lluviosos. Y pensar en Bradbury es pensar en nuestra abuela, en el cuarto verde de la casa enorme de Bariloche, y en cuando éramos chicos y marte y los robots y las utopías todavía existían.
martes, mayo 29, 2012
martes
Bariloche es una casa con paredes rugosas
de revoque grueso que lastima codos y rodillas;
paredes blancas o un color parecido al blanco
y postigos de madera en las ventanas
y el viento que los sacude y el viento que los golpea:
contra las ventanas, contra las paredes.
Bariloche es una casa con jardín de pasto marrón,
minado con soretes de un ovejero alemán que tiene la cadera gastada
y ladra y mira el mundo y después se duerme bajo el cerco de macrocarpas;
un jardín con rosas rosas y ciruelos y manzanos del paraíso,
y el olor de un cielo encapotado y lluvia
y el lago plateado que encandila los ojos allá a lo lejos.
lunes, diciembre 12, 2011
lunes
martes, octubre 04, 2011
martes
domingo, septiembre 04, 2011
domingo
viernes, julio 29, 2011
viernes
miércoles, julio 13, 2011
miércoles
Los gringos, cuando hablan, hablan de perros y gatos que encuentran perdidos por ahí y también de los perros y gatos de los vecinos y de los caballos que dejan en el loteo de enfrente. Hablan de ecología y de auto y del consumo de hidrocarburos.
(A veces, cuando estamos aburridos, tratamos de imaginar por qué fue que eligieron venir a vivir acá, y casi siempre terminamos pensando en cosas turbias, oscuras, al borde de la ley, historias de huidas y cambio de vida, de un día para el otro, porque de algunas cosas no hay vuelta atrás).
El nieto gringo se compró una pelota y lo vemos que juega a que juega al fútbol en el jardín de sus abuelos: ensaya tiros libres, gambetea arbustos, desafía a los siete perros y a los tres gatos y festeja, por fin, los goles que hace contra el cerco de alambre tejido besándose la camiseta, bajo la mirada atenta y nerviosa de los conejos.
domingo, mayo 22, 2011
domingo
lunes, abril 11, 2011
lunes
miércoles, marzo 30, 2011
miércoles
martes, marzo 29, 2011
martes
jueves, marzo 10, 2011
jueves
Cuando escribía en este blog los días eran cortos aunque de a poco estaban empezando a alargarse cada vez más y ese momento extraño, en el que el día todavía no termina y la noche no empieza, hacía que las cosas se vieran distintas, deformes, pero una vez que prendíamos las luces del jardín lo distinto y lo deforme ya no importaba más porque no lo veíamos y reíamos mientras los mosquitos y las polillas chocaban contra las ventanas.
Cuando escribía en este blog todavía no había pasado el incendio que, con la furia de un verano sin lluvias, arrasó casas y árboles y cruzó la ruta y subió montañas y quemó bosques enteros. El incendio duró dos días y esos dos días fueron suficientes. Entre las casas que quemó el incendio estaba la casa y el restaurante de Nico y todas las cosas que había adentro. Estaba el techo tapizado con lavandas y el piso de cerámicos blancos, estaban los discos que escuchábamos esas noches cuando nos quedábamos solos y prendíamos cigarrillos y probábamos licores. También se quemó la casa de Aye, pero la segunda casa de Aye: la anterior se quemó hace diez años.
Cuando escribía en este blog Juan todavía no había empezado el jardín ni se sabía todos los colores ni cantaba la del mono liso ni tarareaba Carmen.
Cuando escribía en este blog era diciembre y era otro año. Ya es hora de retomar.
domingo, diciembre 12, 2010
domingo
Y lo es.
viernes, diciembre 03, 2010
viernes
" Hillary camina de una lado al otro de la habitación. Arrastra tras sus pies la bata blanca y mullida y deja en el aire su perfume y su preocupación.
-¿Podés tranquilizarte? -pregunta y afirma a la vez Bill, recostado en la cama y sin sacarle los ojos de encima al libro. Es un libro grande y de tapas coloridas: de las típicas autobiografías que le gusta leer.
-No, no puedo.
-Quedate tranquila Hill, todo va a estar bien. Es cuestión de tiempo -le dice Bill mientras pasa de página.
-No, esto es grande. No va a pasar, van a rodar cabezas -grita Hillary y el ojo derecho le tiembla y se llena de lágrimas.
-Cariño, esto también pasará. Recuerda que yo me garché a una becaria en el salón oval y...
Hillary, en una crisis nerviosa, le saca a Bill el libro de sus manos y lo tira hacia la ventana, rompe el vidrio y una alarma empieza a sonar.
Cuando alguien logra por fin apagarla, Hillary ya duerme el sueño del alplax abrazada a su marido."