domingo, mayo 22, 2011

domingo

Como había sol salimos. Antes preparamos unas empanadas de jamón y queso y una botella con agua y servilletas. En la montaña había nieve y jugamos. Juan la había visto pero nunca habíamos estado un rato largo, así, como hoy. Le propusimos hacer un muñeco y nos pidió un Buzz Lightyear, con alas y botones. Hicimos una especie de ángel de la muerte con las alas derrotadas. Le gustó lo mismo. Lo miramos un rato y después propuso que lo rompiéramos: al principio fueron patadas tímidas y después fueron empujones y después fue una masa amorfa de nieve con barro, pasto y hojas de coihue. Las manos frías y rojas. Los zapatos húmedos. Entramos al refugio y lo recorrimos vacío, siempre con el mismo olor, siempre con humo de la chimenea. Ahora sin la mesa de pool, sin olor a tortafritas. Salimos y bajamos las escaleras y volvimos al auto. Pusimos música y planeamos el futuro. Juan se durmió a los dos kilómetros. Los vidrios se empañaron.

lunes, abril 11, 2011

lunes

Ah, la justicia poética de las tres salchichas hirviendo en la olla gris mientras afuera llueve después de tantos días y tantas noches. O los panes, descongelándose hasta endurecerse en el horno. O la computadora, que se desangra de energía y muere y se enchufa -la enchufo- y otra vez, revive, a pesar de las promesas, a pesar de los juramentos, a pesar del solitario. O el ruido de la heladera que es un zumbido lejano, agudo, que está ahí, como alguien que te mira de lejos. O la radio, prendida casi sin volumen. O mis dientes que se muerden entre sí y la cara se endurece en un gesto que no sabría describir. O las gotas sobre el techo. O la gata, en la ventana, afuera, y más allá el negro de la noche y el reflejo de las ventanas con la mitad de mi cuerpo ahí, mirando hacia lo oscuro.

miércoles, marzo 30, 2011

miércoles

Es otoño y para completar el cliché las hojas de los árboles están amarillas y los días más cortos y yo no paro de comer manzanas. Las manzanas son de la chacra y son rojas, con matices que van del amarillo al naranja y su cáscara apenas se resiste a los dientes y después es todo jugo que salpica para acá y para allá -para acá: el teclado, para allá: el monitor- y mientras mastico escucho el eco, en la casa vacía, de todo ese chirriar de jugo y fructosa y carne blanca porosa. Las manzanas más ricas del mundo salen de unos árboles que están en la chacra, a lo largo de un camino de tierra y pasto, que de a poco se llena de piedras que el perro saca del río y deja por ahí. Las manzanas caen con el viento y se desparraman por el piso. Las manzanas, tarde o temprano, llenan todo de un olor que es distinto según quién lo huela, porque es un olor subjetivo. Para algunos -los más- es el olor de un recuerdo, de una casa vieja allá en la infancia, de un altillo vacío y oscuro con el piso lleno de manzanas, nueces y zapallos esperando el invierno, de una época donde todo era en pequeña escala: el día a día, los planes, el futuro. Para otros -los menos- es el olor de un lugar donde se acumulan cosas, un mercado, un depósito y no hay recuerdos, sólo la sensación de abandono y derrota. Para mí las manzanas son muchas cosas. Pero no profundizo: de la canasta verde agarro una y la lustro contra la remera y miro sus vetas y los dibujos en la cáscara y sus imperfecciones, manchas y picaduras. Después la muerdo y ya me distraigo en otra cosa cosa y no le presto más atención hasta que la termino y empiezo a masticar las semillas que son almendras en miniatura y después el corazón hasta quedar con el cabito entre los dedos para dejarlo en cualquier lado. Todo el día como manzanas. En algún momento de la tarde me arrepiento y digo no debería. Pero sigo.

martes, marzo 29, 2011

martes

Hace un tiempo que la gata caza lagartijas, les corta la cola, juega un rato y, cuando se aburre o cuando la lagartija ya no responde -cosas que van de la mano-, se la come. El rito es invariable. Lo único que varía es el tamaño de las lagartijas, pero tampoco tanto. Alguna vez nos preguntamos de dónde sacaría tantas, todas del mismo color, todas opacas y marrones, todas condenadas. Pronto dejamos de prestarle atención. Hoy, mientras volvía en el auto, con los ojos cerrados de resolana, con el viento y el polvo avanzando en contramano por la calle que antes, en otro lugar, es avenida y tiene asfalto y negocios; hoy, decía, vi a lo lejos la figura de la gata. Y si bien todos los gatos son parecidos y la gata estaba lejos y había viento y polvo y resolana, la reconocí enseguida. Cruzaba la calle, venía del aeropuerto. Llegué a casa antes que ella y después de cerrar el portón me senté a esperarla: todavía tenía que atravesar el baldío que en realidad es un bosque de cipreses que en realidad es un loteo que en realidad es el lugar ese en el que las bandurrias se juntan a gritar su canción de amor y donde los caballos del señor sin un brazo pasan la noche y donde de vez en cuando, sobre todo algunos fines de semana, entro a buscar leña para los asados y a camino entre cipreses, condenados como las lagartijas y mosquetas y pasto y miro alrededor y podría estar solo en el mundo. La gata salió un tiempo después y en la boca traía una lagartija. La dejó en el piso y jugó un rato, se aburrió, la comió y se acostó frente a la puerta. Cosas que pasan. Un martes.

jueves, marzo 10, 2011

jueves

A veces me acuerdo de cuando escribía en este blog. Fue hace ya un buen tiempo: todavía no había llegado el verano, aunque había días en que salía el sol y se iban las nubes y el cielo azul parecía un techo pintado por alguien que sabía cómo mover la brocha para no dejar manchas, imperfecciones, huellas; no hacía calor, pero alcanzaba para estar en remera y sacarse las zapatillas y pisar descalzo y enredar pastos verdes entre los dedos blancos de efficient. También, cuando escribía en este blog, había días en los que llovía esa lluvia vertical que toca sobre el techo de zinc canciones tristes, en tono menor, sin estribillo y siempre iguales entre sí. Pero la mayoría de los días pasaban entre nubes grises y resolana blanca: días de ojos entrecerrados y ceño fruncido, días en los que el horizonte de montañas se fundía con el horizonte de polvo y nubes y viento y era mejor quedarse en la casa y cerrar las cortinas y esperar.
Cuando escribía en este blog los días eran cortos aunque de a poco estaban empezando a alargarse cada vez más y ese momento extraño, en el que el día todavía no termina y la noche no empieza, hacía que las cosas se vieran distintas, deformes, pero una vez que prendíamos las luces del jardín lo distinto y lo deforme ya no importaba más porque no lo veíamos y reíamos mientras los mosquitos y las polillas chocaban contra las ventanas.
Cuando escribía en este blog todavía no había pasado el incendio que, con la furia de un verano sin lluvias, arrasó casas y árboles y cruzó la ruta y subió montañas y quemó bosques enteros. El incendio duró dos días y esos dos días fueron suficientes. Entre las casas que quemó el incendio estaba la casa y el restaurante de Nico y todas las cosas que había adentro. Estaba el techo tapizado con lavandas y el piso de cerámicos blancos, estaban los discos que escuchábamos esas noches cuando nos quedábamos solos y prendíamos cigarrillos y probábamos licores. También se quemó la casa de Aye, pero la segunda casa de Aye: la anterior se quemó hace diez años.
Cuando escribía en este blog Juan todavía no había empezado el jardín ni se sabía todos los colores ni cantaba la del mono liso ni tarareaba Carmen.
Cuando escribía en este blog era diciembre y era otro año. Ya es hora de retomar.

domingo, diciembre 12, 2010

domingo

Hace cinco años no pensábamos en nada porque nuestro hermano estaba muerto y todo era calor, dolor y abrazos, ese tipo de cosas. Viento, nubes espesas y desconcierto. El rosal del camino en flor y la chacra en verano, verde, fresca, linda: tan desubicada como los perros, enredados en cientos de piernas tristes. Sol y una pena infinita: la sensación de que nada más nunca va a ser lo mismo. El dolor que cede y que al rato vuelve, con la fuerza de las olas, de la marea, de todo lo que vuelve. Alguien prende un fuego abajo del nogal y todos lo mantenemos prendido un día, dos días, los que hagan falta. Alguien saca un parlante y suena música y pasan todos los amigos a despedirse: Gomez, Cave y Bowie, que canta Five Years una y otra vez, como un mantra: cinco años, dice, y cada uno hace lo que puede con esos cinco años. Pero ayudan a purgar el vértigo: hace cinco años todo era distinto, dentro de cinco años todo va a ser distinto.
Y lo es.




viernes, diciembre 03, 2010

viernes

" Hillary camina de una lado al otro de la habitación. Arrastra tras sus pies la bata blanca y mullida y deja en el aire su perfume y su preocupación.

-¿Podés tranquilizarte? -pregunta y afirma a la vez Bill, recostado en la cama y sin sacarle los ojos de encima al libro. Es un libro grande y de tapas coloridas: de las típicas autobiografías que le gusta leer.

-No, no puedo.

-Quedate tranquila Hill, todo va a estar bien. Es cuestión de tiempo -le dice Bill mientras pasa de página.

-No, esto es grande. No va a pasar, van a rodar cabezas -grita Hillary y el ojo derecho le tiembla y se llena de lágrimas.

-Cariño, esto también pasará. Recuerda que yo me garché a una becaria en el salón oval y...

Hillary, en una crisis nerviosa, le saca a Bill el libro de sus manos y lo tira hacia la ventana, rompe el vidrio y una alarma empieza a sonar.

Cuando alguien logra por fin apagarla, Hillary ya duerme el sueño del alplax abrazada a su marido."



jueves, noviembre 25, 2010

jueves

Los días, una vez que atraviesan el mediodía empiezan a arruinarse de a poco. Primero, al cielo, de un azul que lastima, comienzan a aparecerle manchas blancas: nubes finas y alargadas que cada vez son más. Después, el viento. Después, la resolana: ese cielo que fue azul y después manchado ahora es una capa blanca que se mezcla y se pierde entre las montañas que, allá arriba y allá lejos, todavía tienen nieve. Y la siesta, claro. Y el polvo de la calle que levantan los autos cuando pasan. Algunos pasan lento, otros más rápido. Algunos ponen el guiño antes de doblar, otros escuchan reggaeton. Y los perros que ladran. Y el coro de máquinas que cortan el pasto.
La cuatro de la tarde es el peor momento: el frío de la casa vacía, el cuarto oscuro, la película sin volumen que se repite en el televisor, los ojos que tardan en acostumbrarse, el cuerpo que no sabe dónde está, la baba en el almohadón.
En algún momento, hacia la noche, como suele decir el pronóstico, empieza a mejorar todo.
Pero ya no nos importa.

jueves, noviembre 18, 2010

jueves

¿sabías que del otro lado del mundo, en las antípodas, está Urad Zhonqi, un lugar que desde el espacio se ve amarillo y gris y toda otra gama de colores que parecen sacados de la pesadilla monocromática de un ciego de nacimiento, y que forma parte de la región autónoma de Mongólia Interior, una provincia de la China en la que hay mucho carbón y berilio y niobio y circonio y también cabras que pastan en las llanuras desiertas, con inviernos largos y fríos, que alcanzan los -23 ºC, y con veranos cortos y tristes?






www.antipodemap.com

domingo, noviembre 07, 2010

domingo



una pared




una lámpara




un poste




Juan y Lu y los pies en el agua
(estas son algunas de las cosas que me gustan de la playa antes de que explote el verano)

miércoles, octubre 27, 2010

miércoles




Chau, Néstor,
los que volvimos
a creer en la política
gracias a vos
te vamos a extrañar.

jueves, octubre 07, 2010

jueves

Irreverencia. Esa es la palabra que busco y no encuentro y voy a tardar un rato en encontrar, tal vez porque el contexto no ayuda: son las cuatro de la tarde, el pueblo está dormido y la resolana hace que todo se vea blanco. Tal vez porque ya estamos sentados en una de las dos mesas que el único bar de El Hoyo tiene en la vereda, frente a la escuela, en una calle de polvo y pozos, y la botella de cerveza y los chops dejan sus huellas de agua en la madera barnizada. Acabamos de salir de una reunión de esas que nos podrían llegar a gustar por lo antropológico, pero que ni siquiera. El clima está raro. Hay resolana, ya lo dije, pero de vez en cuando sale el sol y, muy cada tanto, caen algunas gotas de una lluvia que no moja. El bar está cerrado, o debería, pero el dueño y unos amigos aprovechan la siesta para enchufar guitarras y bajo y tocar los principios de canciones que sabemos todos: thedoorsdirestraitsredhotchillipepperslarengasumometallica y volver a empezar. Son tres y son los sultanes del riff y están sentados sobre sus amplificadores. No fuman, no toman, no hablan. Un grupo de chicos sale de la escuela que está enfrente y pasa por el kiosco y compra lo que compran los chicos que salen de la escuela, caramelos, alfajores, y esas cosas que se ponen de moda según la época del año, como gomitas de miel, ponele. Al rato desaparecen por la calle y quedan sus gritos y los papeles de los caramelos y los alfajores tirados en el piso. Queremos hablar de política pero hablamos de nosotros, y todo lo que no decimos queda flotando en el aire y se pierde en el blanco de la resolana. Hablamos de nuestras vidas, tan rurales y tan urbanas, comparamos nuestros caminos, o al menos las coincidencias y meditamos las diferencias. En un momento quedo solo y pienso en ese día interminable que a la tarde fuimos a la popular de Independiente y comimos un choripán que el choripanero abrió al medio con la uña del dedo meñique y tomamos vino que de vino apenas tenía el color, y al anochecer subimos diecinueve pisos en un ascensor metálico hasta un restaurante en el que sonaba música tranquila y regalaban el champagne: cada vez que acercaba la copa a la boca todo el glamour se reflejaba en el brillo de mis dedos de pan y chorizo y vino. Ahí, en ese piso diecinueve, vimos desatarse una tormenta con rayos y centellas que nunca antes habíamos visto y más tarde tomamos un taxi y terminamos en lo de mi abuela, su madre, tomando un té, primero, y un whisky, después, con los pies, descalzos, hundidos en la alfombra beige y el reloj que cada tanto -una hora, pero a veces parecía más y a veces menos- marcaba la hora. Irreverencia, sale, llega, la encuentro y la digo. Y sí, esa era la palabra y ahora no me acuerdo para qué la buscaba. Un falcon gris destartalado rompe el encanto y nos levantamos. Adentro el bar es sólo otro bar de día: un no lugar, como un supermercado a la madrugada, pero las guitarras siguen sonando. Pagamos, saludamos y nos vamos. Resolana, cerveza fría y rockandroll. Un padre, un hijo. A las cuatro de la tarde. En El Hoyo. Un martes.

jueves, agosto 26, 2010

jueves

Que llueve ya te debés haber enterado: me imagino que es lo primero que te dicen a medida que llegan y te saludan los que pudieron irse. Cómo llueve, de qué manera, los ríos, los lagos, el agua marrón, la furia y la angustia y otros lugares comunes. Pero, mientras tanto -siempre mientras tanto-, la vida acá sigue como sigue siempre la vida, incluso después de terremotos y bombardeos y crisis económicas. Hay rutinas que se mantienen, cuestiones cotidianas que marcan los hitos del día, más allá de los acontecimientos magnánimos, como la lluvia, los ríos, los lagos, el agua marrón. Los techos resisten y todavía queda leña y fósforos y comida. Tomo té y me distraigo con pequeñeces, como la gata que descose un almohadón o el potus que avanza sobre la pared o la danza árabe del fuego en la chimenea. Y espero.

viernes, agosto 20, 2010

viernes

J. trabaja para un millonario que tiene tierras y equipos de fútbol y ese tipo de cosas que tienen los millonarios. Una vez por mes viaja en una trafic que lo lleva primero por una ruta de asfalto oscuro y después por una calle de ripio hasta un valle con bosques de coihues y cipreses y ríos de agua verde. Ahí, en ese valle, vive veinte días al mes junto a otros compañeros de trabajo en un refugio de madera y estufa a leña que en realidad es un tacho de doscientos litros con puerta, y ventanas empañadas. Trabajan, esos veinte días, en el campo: plantan árboles, hacen leña, cazan las liebres que mastican los árboles que plantan, recorren las cientas de hectáreas. Cada tanto, por la noche, comparten un vino y arman cigarrillos con tabaco mariposa y papeles ombú mientras calientan un pedazo de cordero en el horno que es un tacho de doscientos litros.
Hace poco tiempo el papá de J. le regaló un perro: un cachorro inquieto y peludo. J. lo dejó en su casa, que es la casa de sus padres. Un día se le ocurrió que lo podía llevar al campo del millonario para que lo ayudara a cazar liebres y para que le hiciera compañía. Llevó al perro en la caja de su camioneta una mañana de nieve y gris. El perro ladraba a los autos que pasaban, a los caballos y a los camiones, y los ladridos entraban amortiguados por el vidrio y el zumbido de la calefacción y la radio a la cabina en la que J. iba solo, fumando, mientras en la ruta oscura pasaba autos, caballos y camiones.
El perro corrió por el campo y cazó liebres y acompañó a J. a recorrer las plantaciones, adelantándose y volviendo rápido, con la cabeza llena de escarcha, con las orejas como con vida propia, con la cola erguida y llena de abrojos. Algunas noches muy frías durmió adentro de la casa, abajo de la estufa a leña. Otras, durmió afuera y le ladró a la luna y a los ruidos sin dueño que llegaban del bosque.
Uno de los capataces, un chico acostumbrado a dar órdenes y a que sean obedecidas, le dijo una tarde a J. que no dejara el perro suelto, que si se acercaba a la casa de los capataces o corría alguna oveja se iba a encargar él mismo de matarlo. No te preocupes, respondió J. con el perro entre las piernas y mirándolo fijo a los ojos en retirada, no lo voy a dejar suelto.
Una noche el perro no volvió. Tampoco volvió el día siguiente. Ni el siguiente. Lo buscó por las plantaciones y por los corrales y por el bosque. Lo buscó y gritó su nombre y sacó comida afuera para que la oliera. Otra noche, mientras cenaban, uno de sus compañeros le dijo que no lo buscara más, que aquel chico acostumbrado a dar órdenes y a que sean obedecidas lo había matado como había prometido, que el perro había llegado a la casa de los capataces persiguiendo una liebre y que el chico le había silbado y que cuando se acercó le pegó un palazo en la cabeza y después lo tiró a un fuego que habían prendido hace un tiempo y que seguía con llamas y que cuando lo tiró el perro todavía estaba vivo o al menos eso parecía y que se quedaron todos mirando, en silencio, cómo el perro aullaba y desaparecía en el fuego. J. dejó la comida y tomó lo que quedaba de vino en su vaso y después salió afuera a mear en la helada bajo el cielo negro.
Pasaron unos días y el chico fue a dar órdenes a la casa de los trabajadores. J. le preguntó si había visto a su perro, que había desaparecido, y le dijo que se acordaba de su promesa. El chico le respondió que ni idea, que tenía cosas más importantes de las que ocuparse. J. lo miró serio y le volvió a preguntar si seguro no lo había visto: ¿seguro que no lo viste, eh, pelotudo?, le gritó, porque me dijeron otra cosa, y eso que hiciste no se hace, ni con mi perro ni con ningún otro perro, y la vida tiene sus vueltas y algún día te voy a encontrar y te voy a cagar a palos. No me voy a volver loco por buscarte, no te preocupes, porque la vida tiene sus vueltas y te voy a encontrar, ¿me entendiste?
El auto queda en silencio: solo se escucha el murmullo de motor y el ripio que se acomoda bajo las ruedas a medida que avanzamos despacio por la entrada de la chacra. ¿Y lo encontraste?, le pregunta M. Y J. se ríe y dice que no, que todavía no, pero que le gustó cómo quedó la frase de las vueltas de la vida, y que será sólo cuestión de esperar.

jueves, agosto 05, 2010

jueves

La mañana es azul y fría y con sol, Lu se va temprano y nos quedamos con el cachorro sin tener muy en claro qué hacer con las horas que nos quedan por delante. La única consigna es no prender la computadora, al menos hasta el mediodía, y tomar mate -yo-, mamadera -él- y comer vainillas -ambos-. El sol entra en la casa por las ventanas sucias después de tanto invierno y proyecta dibujos raros sobre el piso recién barrido que se mantiene caliente, todavía, gracias al recuerdo de la losa radiante -esplendorosa-, de la noche anterior. En la radio, al locutor se le escapa un uhmm cada dos palabras, un uhmm que, suponemos, en algún momento sirvió para hacer énfasis, para acentuar determinados momentos, determinadas oraciones, para generar determinados climas, y ahora ya fue, el mmm se volvió autónomo, se independizó y se pasea libre y desfachatado a lo largo de todo su relato. Jugamos un rato con el uhmm de fondo: dibujamos una hoja en blanco con un lapiz y una bic, hacemos saltar a Woody por los aires, le ponemos zapatillas a un par de osos aburridos. Unos minutos más tarde, cuando la helada ya cedió un poco y el hielo le empieza a dejar el lugar al barro, salimos, con campera y gorro y el humo que sale de la boca. Caminamos las tres cuadras que nos separan de la dueña de la casa, le pagamos el alquiler, le llenamos el living de migas de vainillas y nos volvemos al sol y al barro. Cerca de casa Juan dice que no y empuja para el otro lado, su mano roja y fría y sucia se suelta de la mía y avanza solo hacia el sur. ¿Querés seguir caminando?, le pregunto. Sí, contesta, acá, mirá, más. Con menos consonantes, pero se entiende lo mismo. Y seguimos caminando, entonces, ahora sin rumbo fijo, acá, mirá, más. Pasamos casas y baldíos, nos ladran perros malos y se acercan perros buenos, un par de autos bajan de velocidad cuando pasan cerca nuestro. Cruzamos unas calles más y nos metemos por una de las picadas de las que atraviesan el aeropuerto, entre retamas verdes y cardos secos y mosquetas rojas. El aeropuerto está vacío. Caminamos por la pista gastada y gris: hay huellas de frenadas, hay botellas rotas, hay plantas que de tanto insistir rompieron el asfalto y ahora crecen como en un jardín soviético. No se escucha nada. Cada tanto algún camión en la ruta o perros o motosierras, pero cada tanto. La mayor parte del tiempo hay silencio. Y caminamos y los vidrios rotos de las botellas arman un caleidoscopio y el sol y el cielo azul y el frío. Acá, mirá, más. Y volvemos.

domingo, agosto 01, 2010

domingo

Anduvimos a caballo hasta que un día dejamos de hacerlo. No sé cuándo fue, pero seguro no fue por culpa de la caída, porque esa vez nos obligaron a volver a montar enseguida: para que no queden asustados, dijeron. Y estábamos asustados. Asustados de la fuerza imparable, del instinto ciego: el de ellos, obedeciendo algo que los obligaba a correr sin parar, con las orejas tiradas para atrás, livianos en sus ochocientos kilos de carne y pelo y vasos; y del nuestro, que nos hizo saltar desde los dos metros del caballo enloquecido al piso, sin pensarlo, sincronizando la caída: uno en el pastizal, el otro en el charco, pero justo antes del ripio. Dicen que nos vieron pasar desde el living de la casa, y era otoño, así que se veía, porque los árboles ya no tenían hojas y el sol daba justo ahí, sobre ese cuadro arado con el camino entre los manzanos y los robles. Y nosotros galopando, a galope tendido, como se le dice y como le decíamos, galope tendido, que era con las piernas abrazando la montura y el cuerpo inclinado hacia adelante y los brazos ofreciéndole las riendas al caballo como en un ritual, y las lágrimas en los ojos y un ruido que no era el ruido que uno imaginaría sino algo parecido al silencio mezclado con la respiración agitada del animal y la tierra que tiembla, ahora sí, ahora no, ahora sí. Y entonces darnos cuenta de que ya está, que el galope fue tendido por mucho tiempo y ahora el caballo se desbocó y no alcanzan ni los metros ni la fuerza ni el espíritu para poder frenarlo. El instinto, decía. Y después la caída. Saltar, caer, rodar, y mirar desde el piso a los caballos quietos que nos miran algunos metros más adelante, y los padres y madres y hermanos y primos que vienen, no sé si corriendo pero sí con la velocidad del miedo, a ver cómo estamos, y entonces sí, llorar y dejarnos abrazar, exagerando el dolor, descubriendo en el piso los restos del orgullo cowboy destruído.
Algunos días más tarde volvimos a subirnos a los caballos, a Inacayal y a Coirón, y anduvimos hasta que un día dejamos de hacerlo.

lunes, julio 26, 2010

lunes



Un hijo perdido en una selva de potus y libros en un noveno piso de la gran ciudad.

miércoles, julio 21, 2010

miércoles

Hola, permitan que me presente: soy el señor que elige las películas que se ven en los ómnibus de larga distancia. Mi nombre es Roberto y me dedico a esto desde aquella primera vez que a alguien se le ocurrió que se podrían poner televisores en las unidades de transporte automotor para hacer más ameno el viaje del pasajero: vocación de servicio, que se dice. Y estoy en esta oficina desde entonces, hace ya tanto tiempo. Quién lo hubiese pensado. En serio. En todos estos años el formato cambió, primero VHS, ahora DVD, en el futuro quién sabe, pero la idea básica de mi trabajo permanece inalterable: todo se trata de entretener, de acercarle al pasajero lo mejor del séptimo arte en películas de hora y media de duración proyectadas cada cuatro horas, aproximadamente. Elegir las películas es un arte: yo soy una especie de DJ de imágenes y sonidos y para eso sé combinar géneros y estilos y actores y directores para conformar ese combo, ese producto final que se llama placer estético. No cualquiera puede armar sesiones de diez horas de películas para viajes largos sin perder coherencia o descuidar aspectos básicos como Steven Seagal o Jackie Chan o Morgan Freeman. Para hacer esto hay que tener la mente y los ojos y los oídos entrenados: hay que saber cuáles películas provocan sueño, cuáles carcajadas, cuáles malestar. Hay que saber combinar la tristeza y la felicidad y también el drama y la comedia a los distintos momentos de un viaje, a los distintos momentos de un día, a los distintos momentos de una geografía. Pero también, hay que saber que hay cosas que son infalibles, como Sandra Bullock o Tim Allen o Morgan Freeman: Morgan Freeman sobre todo. Se puede amenizar un viaje de Ushuaia a Misiones con películas de Morgan Freeman. Porque hay películas de Morgan Freeman para todos los gustos. Y yo me encargo de eso, de todos los gustos. Hay que saber también que no existen, en este trabajo, películas buenas o películas malas: existen películas para viajar. Y de eso se trata todo.
*
Hay noches en las que pienso en las miles de películas que en esa hora precisa se están encendiendo en los miles de ómnibus que recorren las rutas del país como leucocitos de dos pisos y azafato correntino que atraviesan las venas de un cuerpo dormido.
*
Pienso en las películas y podría, si hiciera el esfuerzo, saber con exactitud qué película se está encendiendo en cada unidad. Qué película, qué actor, qué director, y también qué geografía, qué momento del viaje, qué momento del día.
*
Morgan Freeman.

jueves, julio 01, 2010

jueves

Anoche soñé que estaba en la casa de Cerati con mi padre y algunos amigos. Habíamos llegado de casualidad, yo tenía la ropa sucia y los ojos nublados. La novia de Cerati, una rubia dulce y linda nos traía ropa para que nos cambiáramos: total, decía, Gus no la va a usar más. La ropa tenía toda la onda, pantalones brillantes, camperas modernas. Ninguna me quedaba bien pero la novia me decía que me la llevara igual, que en algún momento la iba a necesitar y me daba una bolsa de la anónima hecha un bollo para que guardara todo y no se mojara.
Le preguntaba si podía revisar mails, que estaba esperando algo, que siempre espero algo, y me decía que sí, que pase a la habitación del fondo. Había tres computadoras nuevas, de pantallas grandes y blancas. Mientras trataba de entrar al mail veía o vi, sentado en una silla, a Cerati, con una bufanda roja y azul y la mirada perdida. Al principio me asusté, o al menos me sobresalté. Al rato entro la novia y me dijo que no me preocupara, que estaba ahí pero que no estaba, que sólo reaccionaba al ruido del chat de msn. ¿Usás msn? No, le dije o le decía o le digo: los tiempos se confunden. Hace muchos años que no uso el chat. Está bien, me decía, yo ahora chateo porque tengo mucho tiempo libre. Me imagino, asentía, o asentí, mientras esperaba que el mail se cargara.
Mi viejo y un amigo entraron a ese cuarto a buscarme: ya nos vamos, se hace de noche.
Con la bolsa de la anónima llena de ropa brillante y moderna, sin haber visto los mails, la novia me acompañó hasta la puerta. Mientras todos salían, la novia, apoyada en la puerta de madera pesada se me acercó y me dio un beso largo, dulce, rubio y nos fuimos.


PD: qué aburrido leer sueños de otro

martes, junio 08, 2010

martes

28 años
Uno más que Hendrix, Joplin,
Morrison y Cobain.
Algo es algo.