viernes, mayo 28, 2010

viernes

El año pasado escribí un diario que duró menos de veinte días, que es poco, pero también es mucho. La primera entrada fue un viernes de fines de mayo. Me parece que voy a empezar otro: al menos para no olvidarme de días como hoy, días tan olvidables.


Viernes 22
Sigue la lluvia. Las calles de ripio están llenas de charcos marrones, el cielo está gris oscuro y quedan pocas hojas en los árboles. En el fondo hay un charco de agua verde, hace algunas horas era apenas pasto mojado. Dicen que en las afueras y cerca del río ya están preocupados y armando bolsas de arpilleras rellenas de arena. Dicen. En realidad dice, y el que dice es la radio. Radio de pueblo, con efectos de sonido y la voz que queda repitiéndose en un eco al infinito.

***

Los perros están en celo y ladran y corren y se muerden. Están mojados y huelen peor que un perro mojado. La perra de la puerta es simple espectadora, no entra en el juego de ladrar y correr y morder: se queda en la puerta, y está seca, sí; seca y nada más.

***

Sigue la lluvia. Arriba, en las montañas también llueve. Hace algunos días nevó, pero ahora se ven las piedras negras y mojadas y apenas algunas manchas blancas de nieve. El negro de las piedras negras contrasta contra el gris de las nubes grises y parecen más negras de lo que son, o el cielo menos gris de lo que está.

***

Anoche fue la primera noche en la casa del pueblo. En la cama, acostados mirando el techo de maderas oscuras escuchamos pasar autos pisando charcos y perros y caminantes y en el otro cuarto la respiración tranquila de Juan.

***

Podría adivinar los autos que pasan por la calle por el ruido que hacen: por el caño de escape, por el tren delantero suelto, por problemas con los amortiguadores, por el diferencial roto, por cómo vibran sus ruedas, sería un juego divertido. Acaba de pasar una f-100, esa es infalible. Y un citroen 3cv.

***

Juan crece. Juan ríe. Juan aprende. Todo el día. Ahora hace ruidos extraños: saca la lengua y grita un grito agudo y se ríe y nos hace reir. Todo el día, nos hace reir. Pasamos el día mirándolo, y la pasamos bien.

***

Hace algunos días estábamos en la ruta, avanzando a cien kilómetros por hora en la partner gris cargada hasta la manija. El viaje fue en escalas y sin contratiempos ni estereo. La ruta como metáfora de la vida. El pasado deformado por el espejo retrovisor, el futuro como un espejismo de agua en el asfalto ardiente, el presente inasible, ya es pasado, todavía es futuro: es apenas una línea blanca que acá está y acaba de pasar acompañando a una línea amarilla que sigue hasta después de la curva. Metáfora chota, pero en algo hay que pensar mientras pasan las líneas blancas y las amarillas, mientras pasan los kilómetros y los paisajes, mientras se acaban algunas ciudades, empiezan otras y después ya no hay más nada.

sábado, mayo 01, 2010

sábado

Ya me despedí de todos los que están en la casa. Son varios y deambulan buscando un lugar cómodo y una ocupación que distienda: algunos están frente a la tele, otro en la computadora, uno hace crucigramas en la mesa. Afuera, en el jardín, y recién lo veo cuando estoy por abrir la puerta para volver a mi casa, está mi abuelo. Está sentado en una reposera de colores, bajo la sombra del fresno. Calfú, el perro oso, está sentado a su lado, con la cabeza entre sus piernas de elefante viejo y cansado. Lo acaricia despacio, en automático: su mano de carpintero con el meñique torcido y rígido sube y baja por el pelo negro del perro. Con la mano en el picaporte, lo miro un rato que en realidad es un segundo, o menos, y vuelvo, atravieso la casa y salgo por el jardín de adelante para despedirme de él. Cuando estoy cerca noto el movimiento imperceptible, como un temblor, que sacude desde su barba blanca, hasta la punta de sus zapatos de cuero. Está llorando. Y nunca imaginé que alguna vez lo vería llorar. Hace calor, el calor que hace siempre en momentos como éste. Lo abrazo de una manera incómoda: él está sentado y yo al lado, agachado. Intento consolarlo: le digo que hay que ser fuerte, que lo que importa es que sufra lo menos posible, y otras oraciones por el estilo, inútiles, que a medida que las digo se vuelven más inútiles, más vacías, más nada.
*
El sudor de las manos, el polvo de la calle, un auto que pasa, las lágrimas de un abuelo indestructible que bajan por su cara lentas como un glaciar.
*
Mi abuela todavía está en el hospital. Faltan algunas horas para que la veamos morir en la cama blanca -blanco también el pelo, blanca la piel, blanco el día de sol blanco que encandila-, sus hijos, sus nietos, su familia, su work in progress absoluto. Queda tiempo para subirme al renó nueve y manejar hasta el supermercado, comprar unos vinos y un queso, volver y regar las plantas de la casa sola sin hijo ni mujer; queda tiempo para pensar que esto, esta sensación de fragilidad e incertidumbre, puede mantenerse así por días, semanas, meses; queda tiempo para regar el jardín al atardecer, con el cielo rojo, el calor del sol todavía en la tierra, en la cabeza, en el aire; el frío del agua en el dedo pulgar y cada tanto una catarata de agua, un arcoiris, miles de gotas en la cara; queda tiempo para ir al otro día a buscar con hermano Marcos a hermano Fermín al aeropuerto de Bariloche, con un compilado de música ad-hoc, con Wilco y Nick Cave y Cohen y los Wilburys viajeros. Queda tiempo de mirar aterrizar el avión y ver a aparecer por la escalera mecánica, primero los pelos, después la cara y después la longitud entera, que finaliza en unas zapatillas de bowling de Fermín que se ríe. Queda tiempo de viajar como tres hermanos que se reencuentran y viajan por la ruta y, si fuera una película, por un gesto, por algo, uno se podría dar cuenta de que algo va mal, más allá de la alegría del reencuentro, más allá del día y el sol y el cielo azul y los lagos, más allá de la magnífica banda de sonido. Hermano Fermín pregunta cómo está todo y le decimos lo mismo que le decíamos por teléfono antes de que se subiera al avión, un par de horas antes; que está todo igual, que no se sabe, que todo es pura incertidumbre. Y como todo sigue igual, tenemos tiempo de reirnos y hacer chistes y también comentar algunas cosas que pasaron: el terremoto, la ida a la laguna, los pájaros que se comieron toda la cosecha de arándanos, mi momentánea soledad.
*
Queda tiempo hasta que no queda más.
*
En el hospital nos saludamos todos y preguntamos cómo sigue todo. Entramos a la habitación los tres hermanos que quedamos y miramos a la cama. Ahí está mi abuela y sentado al lado de ella mi abuelo que ahora le acaricia el pelo blanco. Cuando deja de acariciar mi abuela grita de dolor. Sigue acariciando. Le ponen más morfina. Entran más personas al cuarto. Mi abuela suspira. Mi abuela muere. Hay uno o dos segundos de silencio, de alivio, y después otra vez el dolor, ahora nuestro dolor.
*
Eso fue hace dos meses. A veces parece más tiempo, a veces parece menos. Es difícil de medir. Mi abuelo pinta con sus acuarelas paisajes abiertos: pastizales infinitos y al fondo, en el horizonte, un línea verde de árboles, eucaliptus, ombúes, no se sabe. Pinta montañas y árboles. Pinta su jardín y las manzanas rojas que hay en su jardín. Pinta a Calfú y las dos o tres bandurrias que comen gusanos en el pasto que Bea corta una vez por semana. Los visitamos seguido, o lo más seguido que podemos. Juan corre por el pasto y le hace frente al perro oso que corre desquiciado. Comemos manzanas y torta fritas con mate, miramos los partidos del rojo, charlamos. Mi abuelo habla de su infancia y del Bariloche que caminaron y conocieron con mi abuela, habla de chilenos y rusos y polacos y de un italiano que pintaba. Habla de su papá, de su mamá, de los aviones que volaba, de su hermano: historias que me gustaría recordar como se recuerda un buen libro.

jueves, febrero 25, 2010

jueves

Vi pasar el avión -su panza blanca, las luces en las alas, las miles de ventanas- desde la ruta con pinos torcidos por el viento que mi abuela vio cuando plantaron. El renó nueve estaba estacionado en la banquina con el capot abierto y la difunta correa y el sol encima. Vi pasar el avión y saludé. Pasó haciendo fuerza mientras subía, pasó cerca, ruidoso y brillante, y adentro iban Juan y Lu, sentados al lado de una de las miles de ventanas.
Un rato después ya estaban en Buenos Aires, sin lluvias ni calor, con familiares contentos.
Un rato después ya estaba en el taller del barrio Ñireco-Tijuana, a la sombra del renó, esperando un mecánico y una correa nueva.
Marina y Juan Cruz compraban comida, el río corría sucio, la radio y las sierras y los otros pájaros de la siesta sonaban en la distancia.

viernes, febrero 19, 2010

viernes

Sueño: estoy en Nueva York con Lu y Juan; Juan tiene pocos años. Desde el aeropuerto llamo a Kyp Malone el cantante de TV on the Radio. Lo entrevisté una vez para llegás y encuentro rápido su teléfono en la agenda. Está en Brooklyn, dice. Le pregunto si puedo ir con mi familia a su casa, que lo quiero entrevistar otra vez. Me dice que sí y me da la dirección. Hablamos un rato, no tengo grabador. Anoto cosas, no lo escucho, o si lo escucho no lo entiendo. Le pregunto si me puede dar el teléfono de David Bowie, que grabó una canción con ellos. Ah, David, sí, anotá. Al rato estamos en la casa de Bowie. Es enorme, blanca, entra el sol por todos lados. El también, viste de blanco y tiene el pelo blanco y un ojo blanco. Tengo miedo de que Juan manche el sofá blanco. Le hago preguntas. Le digo que nos gusta ver a los tres Laberinto, una y otra vez.

jueves, febrero 18, 2010

jueves

*En el bosque.

miércoles, febrero 10, 2010

miércoles

*Salió el sol después de muchos días de lluvia y nubes y viento, a veces todo junto, a veces separado, pero siempre lluvia o nubes o viento. Salió el sol, decía, y no sabemos bien qué hacer con él. Lo tratamos como a un familiar o un amigo al que hace mucho tiempo que no vemos y que suponemos o creemos recordar que algo malo pasó entre nosotros, que por algo dejamos de vernos, y ahora, reencontrados al fin, nos tanteamos con cuidado, nos tratamos con respeto pero con una distancia prudente.

*El pasto del jardín crece sin parar. Por momentos, si uno se queda quieto un rato, pareciera oirse el ruido de los tallos verdes subiendo hacia el cielo, creciendo, engordando, como un rumor lejano, como el mar.

*La máquina de cortar pasto se rompió hace unos días y ahora el jardín es la selva valdiviana, la sabana subtropical, llena de las flores blancas del trébol, las amarillas de la achicoria y las lilas de la malva. Hay algunas frambuesas maduras y listas para comer, y el otro día Juan comió el primer arándano de nuestro jardín. Acá tuvimos mejor suerte con los pájaros.

*¿No era que los miércoles llovía?

domingo, febrero 07, 2010

domingo

Primero un pájaro se posa sobre un roble. Después otro. Después otro. Con ritmo hitchcockiano los pajaros ocupan las ramas de ese pulmón verde y literal que forman los dos robles frente a la casa. Los pájaros van y vienen, hacen sombra en el cielo, le ganan al viento. Cada uno de los cientos, miles, millones, de zorzales come una fruta y después otra. Y después otra. Primero comen las maduras, que no son muchas, más tardes las verdes, después todas. Dejan como señal las plantas dobladas y cagadas azul arándano en el pasto. Padre camina por la plantación como un poseso: aplaudiendo, gritando, moviendo los brazos, fuera pájaro, fuera; Madre mira desde la ventana que se llena de lluvia y se empaña con el calor de la casa, con el frío de afuera. Fuera, pájaro, fuera. Pero los pájaros no se van. O sí se van, pero vuelan hasta los robles y enseguida vuelven. Primero uno, después otro, después otro.

viernes, febrero 05, 2010

viernes

Hay días en que la ansiedad y la tensión vuelan en el aire a la velocidad del viento, que es mucha. Hay días que parece que llegaran del este escuchando a Nick Cave, después de una noche de drogas duras y alcohol, cargados de ira y fuerza y viento. Hay días que están llamados para grandes cosas: grandes hechos, grandes tragedias, grandes muertes. Hoy pareciera ser un día de esos. Habrá que sentarse en la galería y esperar a que suceda.

jueves, febrero 04, 2010

jueves

"Luego de un comienzo de semana esperanzador en lo que a rutinas laborales respecta, el día de hoy, con su mañana, su tarde y, ahora y de a poco, su noche o anochecer, fue como un manto de piedad, un balde de agua fría, una pinchada de gomas en la autopista, un.
Dormimos hasta tarde, tal vez fue eso. Dejé el celular en silencio y cuando despertamos, más cerca de las once que de las diez, tenía tres mensajes guardados e igual cantidad de llamadas perdidas. Ninguna era tan importante.
Luego fue el desayuno. Miento: mientras Lu se lavaba los dientes yo hice la cama, tarea que cada día encuentro más fascinante; últimamente lo que hago es intentar armarla sin sacar ni ubicar en otro espacio todos los ingredientes, es decir, mantas, almohadas, sábanas.
El desayuno vino después, y fue té con galletitas con mendicrim y miel. La miel se cristalizó por el frío y da la sensación de tener mejor gusto, además de que es más fácil para untar. Charlamos algunas cosas vagas: recuerdo de sueños -siempre es aburrido escuchar el sueño de los demás-, planes para el resto del día, el menú del mediodía, el de la noche.
Cociné una tortilla de papas. Debo decir, modestia aparte, que me salió de la hostia. Aunque el trabajo que llevó su preparación no sé si vale la pena. Lu ayudó, pero lo feo fue freír las papas, y dar cuenta de la cantidad de aceite que estábamos a punto de ingerir. Por suerte nos engañamos con la ensalada de lechugas, y cuando ponemos limón en lugar de vinagre o aceto, creemos que eso purga todo y listo, somos gente sana y saludable.
Lu se fue después de comer. Poco antes observamos preocupados el tamaño y el color de mis hongos del cuello: Lu planea decirme fungui, pero como todos los sobrenombres que no son espontáneos dudo que prenda en el imaginario popular. Los mejores sobrenombres, esos pensados por horas, se evaporan en minutos. A Santi le quise decir Fatman mucho tiempo, ¿y qué quedó? Nada. En cambio, Terry Escabio a Terry Jones, fue espontáneo, una chispa de lucidez en una tarde de borrachera. Esos son los que valen. Hace poco leí que a alguien le decían Japonés, por sus ojos rasgados. Otra hubiese sido la historia si Lali, en ese arranque de ira contra su infante, me hubiese gritado "Japonés del orto". Creo que el sobrenombre Japo tiene toda la onda del mundo.
Hay días que me imagino caminando con hijito Juan por la calle, y él, rubio, con pelo despeinado, se distrae por cualquier cosa y yo le digo, dale muñeco, apurate. Muñeco. Me gusta como suena. Pero dudo que prenda. Mientras no le digamos juancho, todo bien.
Lu se fue, y quedé solo, a la buena de dios o de quien sea. En la ventana se escuchaba una lluvia intermitente, o más bien, el ruido del agua y las hojas de las plantas cuando se encuentran. No salí afuera.
Ahora se despejó, y la tele dice que hacen como 20 grados. Parece que tenemos planes de ir al teatro. Está bueno, salir un toque. No laburé nada, y me da algo de culpa. Tampoco leí ni hice algún trabajo importante. Deambulé, tomé un mate que me dejó un tanto chapa, comí tostadas con mendicrim y dulce de arándanos. Comemos tres potes de mendicrim por mes, es un número importante".


Lo anterior es un mail que le mandé a hermano Fermín un día cualquiera de julio de hace dos años, cuando todavía vivíamos allá, cuando todavía no había nacido Juan. Lo encontré buscando no sé qué cosa. El mail no dice nada fuera de lo comun ni nada brillante ni nada de nada. Pero lo leí y enseguida me sonó parecido al "Diario de la beca", el prólogo de La novela luminosa, de Levrero. El parecido, no hay ni que aclararlo, no está en cómo está escrito ni en lo que dice. Está, me parece, en el aburrimiento, en lo rutinario de la rutina. Y es loco poder recordar, mediante la lectura, un día cualquiera, un día aburrido sin nada en particular ni extraordinario, que sin embargo quedó ahí, fijado por la escritura.

miércoles, febrero 03, 2010

miércoles


*El desierto es la continuación de mi infancia por otros medios.

miércoles, enero 20, 2010

miércoles

Los gringos siguen ahí, en la casa de la esquina. Temprano, tempranísimo, se levantan y empiezan a regar y a desyuyar la huerta, a pasear con los perros y a acomodar su jardín. Temprano, tempranísimo, sale el gringo subido a la bici gris plomo con su sombrero de explorador rumbo a algún lugar, y vuelve más tarde con bolsas de supermercado a veces, sólo él y su sombrero y su bici otras. La gringa abre la puerta del frente y fuma cigarrillos. Uno, más tarde otro, más tarde otro. Cinco, seis por día. Los gringos encuentran perros en la calle y los cuidan y los curan y después les buscan dueños y cuando no los encuentran se quedan los perros cuidados y curados y ya tienen tres y ahora encontraron dos más. Cochoros, preguntan, ¿quieren cochoros lindos? No, gracias, respondemos en un castellano cortado y a los gritos, como si fueran sordos, no gringos, ya tenemos una gatita cochora y un cochoro humano. Y el cochoro humano los mira, a los gringos primero, a los cochoros curados y cuidados después y se va gritando quién sabe qué y perseguido por quién sabe quién por el pasto verde. Pelorojo, dice la gringa, pelo rojo, pero la erre es ere y se van los gringos con los perros encontrados, pelorojo, pelorojo. Y el polvo de la calle y las nubes con formas de hongos. Pelorojo.

martes, enero 12, 2010

martes

Hace un año hablábamos de todos los veranos que hubo el verano pasado. Este verano apenas si hubo algunos otoños.

jueves, diciembre 31, 2009

jueves




Feliz feliz.

lunes, diciembre 28, 2009

lunes

*
En una época pensaba que sabía mucho porque leía revistas de tapas brillantes y artículos con oraciones subordinadas y fotos en blanco y negro con chicas de moda y músicos con cigarrillos en la boca. Ahora no leo ni fumo ni visto a la moda ni pienso que sé. En esa época compraba discos y libros e intervenía en discusiones con sagaces observaciones y posturas definidas, cruzaba las piernas y decía claro digamos y a ver, y acomodaba mis discursos en categorías ontológicas varias.
Estoy más contento así.

miércoles, diciembre 23, 2009

sábado

Mando el video de Juan transformándose, en cuestión de segundos, en John Dos Passos.



Y Manu responde:
"La traducción que tengo es medio chota, pero dice así:
"Desde hace años un cofrecillo de madera con los escritos de mi padre ha permanecido sobre la repisa de mi chimenea en Spence's Point. Es un cofrecillo que hice en una clase de trabajos manuales cuando tenía once o doce años. No está demasiado mal. Allí mi padre decidió reinventar muchos de los momentos clave de mi vida. El primero habla de mis primeros pasos y relata de manera detallada el primer movimiento de brazos hacia él, como una zabullida. Muchas veces he empezado a leer estos documentos, pero siempre siento como si una enorme mano me estrujara el corazón. Sin duda debía ser muy pequeño porque el chupete rosado que descansaba en mi mano izquierda estaba descripto como un gran melón enorme, jugoso y chorreado. Entonces miro a los ojos de mi padre y me zambullo como a una pileta vacía. Después relata las risas.
"Los textos de extienden en el tiempo, y los últimos los escribió durante los siete u ocho últimos años de su vida. Ahora que he llegado a la edad que él tenía cuando los redactó quizás pueda reunir la fortaleza suficiente para reproducir algo de su contenido de manera que su figura se destaque entre las sombras.
John Dos Passos, Años Inolvidables

Y sigue, pero eso no nos importa".

miércoles

Anoche soñé otra vez que hacía stand up comedy. Esta vez era una convención de payasos en una mansión abandonada en la que estaba una amiga rubia, drogada, esperando a su novio, y en otra habitación la ex esposa del novio de la amiga rubia drogada, pintando paredes con acuarelas. Yo cantaba: How can you laugh when you know I'm clown. Y todos los payasos reían. Me daba gracia que los payasos se rieran de mí y yo también reía. Después, en algún momento de mi monólogo decía: "Estoy como Martin Luther King: tengo un sueño" y bostezaba y me quedaba dormido y a lo lejos escuchaba las risas de los payasos y los pasos que llegaban de algún lugar de la mansión y el ruido imperceptible de un dedo pintando una pared con una acuarela azul.

viernes, diciembre 18, 2009

viernes

Y a veces nos metemos un poco en política, en la política pequeña y al alcance de la mano, pero no por eso menos inasible y resbaladiza, y nosotros y ellos, los representantes del pueblo, estamos en la oficina desde la que se escuchan ranas y que está a pocos metros de la ruta por donde pasan autos que vienen de acá nomás y otros que vienen de más lejos y siguen de largo sin prestar atención al pueblo mientras la noche se hace de a poco desde atrás del Piltriquitrón y el sol o lo que queda de él resiste heroico desde el otro lado, en una lucha inútil y exagerada de la que nosotros, testigos ocasionales, sólo podemos ver rayos naranjas, nubes negras, voluptusidad y derrota, pero adentro, en la oficina, ese pequeño fin del mundo pasa desapercibido, porque se trata el presupuesto y ahí está el verdadero fin del mundo, ahí, en esos números inflados y ficticios que cinco empleados del mes defenderán sin argumentos pero con manos levantadas y en un costado y bronceado por el sol que afuera ya murió está él, nuestro Jean Reno, comandando la sesión aún sin comandarla, con la respiración sonora por un moco atravesado que a medida que se va poniendo más nervioso y más nervioso aturde y envuelve la sala y a los allí presentes, a ellos, los representantes del pueblo y a nosotros, el pueblo, de ese ir y venir de aire y moco y entonces alguien se acuerda que Jean Reno llegó a donde llegó con una plataforma electoral que decía que todos los caminos son buenos si no se sabe a dónde ir, y ahora, que siguen sin saber donde ir, o lo saben todavía menos, los caminos se volvieron intransitables y amenazadores y encima la noche reina sobre el pueblo y la oficina y la ruta y nadie sabe bien cómo vamos a hacer para salir, por fin, de ahí.

sábado, diciembre 12, 2009

sábado

Una tarde de octubre, acostados en el pasto del Hotel Llao-Llao mientras una señora negra y ciega cantaba una canción triste sobre otros negros y ciegos, Andrea sacó del bolso donde guardaba sus cámaras un libro de Pessoa. Lo abrimos al azar y leímos un poema de una de las múltiples personalidades que tenía el portugués que hablaba de la muerte: del entierro y la angustia y la sorpresa del principio y, después y de a poco, del acostumbramiento y ese verso que quedó guardado hasta hoy, que decía:
Sólo serás recordado en dos fechas, por tus aniversarios:
Cuando cumpla los años tu nacer, cuando cumpla los años tu morir.
Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Pensarán en ti dos veces cada año.
Cada año suspirarán por ti dos veces aquellos que te amaron.
Y alguna que otra vez suspirarán si por casualidad se habla de ti.
Quedamos todos en silencio, incómodos con una incomodidad que no se correspondía con el piano y la voz suave y ciega soplando a la distancia y el sol de la tarde y el pasto perfecto y el viento cálido que apenas alcanzaba para despeinar. No me acuerdo cómo salimos de ahí, de ese embotellamiento de pensamientos cargados de muerte, de lo inevitable y de dolor. Pero salimos. Como tantas otras veces.
***
Las referencias a la muerte nos ponían incómodos a todos pero las enfrentábamos con dignidad. Cuando William Shatner decía: "Vive la vida como si fueras a morir, porque vas a morir. Te va a suceder porque le pasó a un montón de gente que conozco: mi madre, mi padre, mis amores, el presidente, el rey y el papa", reíamos con una risa que con el paso de los segundos se transformaba en una mueca que se transformaba en seriedad que se transformaba en tristeza que se transformaba. Cuando Patricio Rey decía que hay caballos que se mueren pronto, sin galopar; bueno, la metáfora no dejaba mucho margen de acción.
***
Ahora, hoy, son cuatro años. Y cuatro años es mucho tiempo. Y cuatro años no es nada.
***
Con Juan y Lu y Padre y Madre vamos a subir el camino de ripio hasta el cementerio y vamos a sentarnos en el banco y mirar el paisaje que cambia cada vez que subimos. Vamos a caminar entre las tumbas de los viejos pobladores y vamos a mirar sus nombres y sus fechas de nacimiento y vamos a calcular cuánto vivieron y vamos a imaginar cómo vivieron y cómo murieron. Vamos a sacar malezas y acomodar los rosales y el arándano. Vamos a romper silencios con afirmaciones y preguntas. Vamos a reir con Juan y vamos a mirar ese pedazo de tierra negra y absurda. Vamos a mirar el cielo, hoy blanco de nubes, y vamos a mirar el Pirque cada vez más verde. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años atrás. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años adelante.

jueves, diciembre 10, 2009

jueves

Jazz duet



PD: Los jueves sale el sol y nunca hay nubes y comemos sanguchitos de lomo a la parrilla y caminamos por el jardín, como escapando de los rayos ultravioletas.

miércoles, diciembre 02, 2009

miércoles

viento lluvia y resolana
nuestros tres jinetes
del apocalipsis meteorológico
están ahí a la espera
todos los días, todas las horas
desde finales de agosto
los ojos cerrados
el ceño fruncido
viento lluvia y resolana
la concha de tu hermana