martes, julio 24, 2007

el lento ocaso de Lucky Luke

Si de alguna hazaña no se pudo recuperar Lucky Luke, fue de la muerte de Jolly Jumper. Habían andado dos días con sus noches. A ellos se les daba por cabalgar de esa manera: uno dormía, el otro conducía, y viceversa. Uno armaba cigarrillos y comía sus judías enlatadas, el otro almorzaba avena y cantaba canciones que le habían cantado sus antepasados, unos jamelgos que, decían, habían descendido del mismo barco que Hernán Cortés.
***
Dos días y dos noches. Atrás habían quedado las montañas negras de Dakota y el desierto de sal de Salt Lake City con sus mormones. Atrás en el tiempo habían quedado las aventuras y las andanzas del trío más desparejo: la soledad, el caballo y el cowboy.
Ahora se dirigían hacia donde se pone el sol. Luke, que ya había dejado de ser afortunado hace tiempo, buscaba un lugar para asentarse y mirar pasar el progreso desde una reposera en la puerta, fumando de su nueva pipa. Una casa de una planta –sin escaleras, por favor– con suficiente pasto verde para Jolly, y grandes y vacíos y oscuros cuartos para su soledad. Los tres vivirían en paz los años que les quedasen.
***
Luke sabía que Jolly no soportaría esta última cabalgata. Jolly sabía que Luke sabía. Jolly se dejó poner la montura, soportó como siempre había soportado el momento terrible de cuando la cincha se aprieta más y más, y bajó solícito la cabeza hasta que Luke introdujo el freno de cuero gastado. Luke hacía bastante tiempo que había dejado de cantar su canción.
***
La vejez es lo peor, dijo Luke y a sus palabras se las llevó el viento. Jolly movió las orejas hacia atrás para escuchar mejor, y asintió despacio, moviendo su cabeza y sus crines rubias de arriba para abajo. Una y otra vez. A la vejez no se le puede disparar, no se la puede encerrar en calabozos, no se la puede perseguir a galope tendido. La vejez y su socia en el delito, la muerte, son inatrapables, escurridizas, tramposas, peores que los Dalton. Jolly asintió una vez más, y el movimiento de la cabeza permaneció un tiempo más, confundiéndose con su paso lento. Es más, la vejez y la muerte son las que te persiguen, y uno no sabe cuál fue el crimen, pero sabe que tiene que seguir corriendo. Y que será en vano.
***
Jolly cerró los ojos. Imaginó una estepa llena de pastos verdes y carnosos. Imaginó una yegua y dos potrillos: sus hijos, su descendencia, si no estuviese capado. Imaginó ríos de agua clara y los pelos mojados de su quijada goteando luego de un largo trago. Imaginó también una vida alejada de los ruidosos aparatos que ahora utilizaban los humanos para transportarse. Imaginó al canoso Luke con un balde de avena mojada en sus manos, llamándolo con un susurro. En este momento podría llorar, dijo Jolly. Luke no contestó.
***
A pocos kilómetros de Los Angeles, Jolly cayó fulminado. Sus cascos partidos, sus rótulas desintegradas dijeron basta. También su cadera y su cruz y sus dientes gastados.
Luke saltó a tiempo y desde el piso contempló a Jolly Jumper, que seguía con los ojos cerrados, mitad por dolor, mitad por vergüenza. Jolly asintió y movió la cabeza, ofreciéndole la nuca a Luke. La sombra, por primera vez, desenfundó más rápido que Lucky Luke.
***
Luke y su soledad terminaron el viaje en tren.

miércoles, julio 18, 2007

miércoles

*Salgo del laburo y llamo a mis viejos por el telefonito: da ocupado. Pruebo con mellizo Lado b, lo mismo. Mellizo Lado a sí me atiende y hablamos un rato largo. Me cuenta que están todos en casa: Lado b lee el libro que le presté en el living, cerca de la chimenea; Madre cocina escones; Padre hace algo en el jardín; Lado a, mientras habla, sigue a Benja, el hijito de la Colo, que circula por toda la casa y que no se lleva muy bien con las perras y los cachorros. Yo camino por la vereda de los números pares de la avenida más ancha del mundo. Y me imagino las situaciones que me llegan al oído vía onda celular.
Dos jóvenes de identidad indefinida pero gestos sospechosos se interponen en mi camino. Yo hablo, sigo mi ruta, no los miro. Le pido a Lado a que me pase con Lado b, para preguntarle cómo va con el libro. Los dos chicos me detienen. Uno, el de la izquierda, con una mano sostiene mi mano que sostiene el teléfono; en la otra, empuña un objeto contundente, un elemento de corte, o tal vez sólo el dedo índice tieso que apoya con cuidado sobre mis músculos intercostales. No importa si es un dedo, una faca o una nueve milímetros, el efecto es el mismo. Me dice: "dale, pibe, largá el celular". El otro asiente. Yo le digo al que me amenaza, pero lo suficientemente fuerte como para que el asentidor también escuche: "soltá, flaco, qué te pasa", como poseído de repente por el espíritu de he-man. El que me amenaza con el objeto contundente y que además sostiene mi mano que sostiene el celular dice: "eh, bueno, pibe, todo piola, no te pongás así". Y me suelta. El otro vuelve a asentir. Las personas que caminan a mi lado con sus preocupaciones a cuestas no tienen tiempo para ser testigos presenciales de otro asalto. Dejo a los cacos atrás, mi mano sigue sosteniendo el celular y escucho a Lado b que me dice: "no te oigo bien, estás ahí".
Es mientras le cuento lo que me acaba de suceder que mis piernas y mis brazos se ponen a temblar. No miro para atrás, el teléfono es mi anteojera: sólo veo el piso y los mosaicos de la vereda y mis zapatillas con los cordones desatados.

*Leer mientras uno camina tiene tres problemas: a) los postes, b) los transeuntes, c) los soretes de perro. Quitando de en medio estos tres obstáculos nos queda una actividad muy grata, que casi empata con caminar escuchando el walkman.

*No llovió.

lunes, julio 16, 2007

generalidades

*Siempre hay alguna película en cartel en la que actúa o Morgan Freeman o Denzel Washington. O los dos juntos. Y es de suspenso, oscura. Y nunca la vas a ir a ver al cine. Sí una tarde de lluvia, en la tele, casi dormido.

*Si acabás de terminar de leer un libro que es de un autor mexicano o que transcurre en México es muy probable que en tu siguiente viaje en treintaynueve te sientes al lado de alguien que dice palabras como ahorita, órale, chinga tu madre, y que no sepas bien si es un chiste, si alguien te está cargando o si todavía seguís en tu cama y que el libro que estabas leyendo se te cayó por un recoveco de la sábana y que es tarde y te tenés que levantar.

*Los miércoles, llueve.

sábado, julio 14, 2007

de tribus

Me parece que fue en el año 1997 o 1998, no me acuerdo bien; de lo que sí me acuerdo bien es que la nota la leí en la revista Viva y, sobre todo, que trataba sobre las tribus urbanas y que tenía una especie de diccionario con los nombres de cada una de las tribus y una foto y una explicación. Estaban –esto ya no me lo acuerdo muy bien– los punks y los skaters, los skin y los straights, los darks y los rockeros. Todavía, me parece, no había rolingas. Aunque es muy probable que me equivoque.
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Yo, por esa época, estaba entrando de lleno en el fangoso y resbaladizo terreno de la adolescencia, y no tenía botas de goma. Con mis amigos éramos todos hijos mayores de familias jóvenes, vivíamos en una zona rural, andábamos a caballo cuando queríamos. Íbamos a una escuela agrotécnica y los veranos los pasábamos al lado del río que corre rumbo al norte a metros de mi casa. Jugábamos al fútbol, a veces al voley, hacíamos circuitos con saltos y pozos con barro que recorríamos en las bicicletas. Por las noches escuchábamos música y nos dedicábamos a la coctelería: anís, gancia, whisky, vodka, todo batido pero no revuelto; beber, escupir. Algún que otro cigarrillo.
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Casi ni salíamos a la noche. “La noche” era en el Bolsón. Ahí había dos boliches: Life y Barr442. Life era de los más grandes y más chetos, Barr442 del resto. Nosotros, si salíamos, lo hacíamos en Barr, los viernes. Lo que más me acuerdo de estas salidas es el frío. Y también la música, que siempre era la misma, todas las noches, aunque de vez en cuando se agregaba una canción nueva. Si llegábamos temprano teníamos tiempo para escuchar la música que más nos gustaba. Después ya arrancaba "y que tal si salimos todos a bailar", y todos, obedientes, salían a bailar y nosotros nos dedicábamos a la cerveza. Menos Nico, éramos todos un prolijo ejército de perdedores en lo que a mujeres respecta. Migui era silencioso, el Patón exageradamente solícito, Tadeo serio, yo imbécil, todos inseguros. Nico no tenía reparo en estar con chicas feas, bobas, fáciles. Sí, todo lo que quieras, pero tuvo a Meme.
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Entonces leí esa nota sobre las tribus. Y se apoderó de mí, como muchas otras veces, esa extraña sensación de no pertenecer. Fueron días, semanas y meses en los que deliberamos con Nico sobre cuál era la tribu que nos pertenecía; cuál era la tribu a la que pertenecíamos. Empezamos con comprarnos pantalones bolsudos, tipo rappers. Yo me compré una cadenita de esas que se enganchan en la billetera, Nico se la fabricó con un repuesto de inodoro. Conseguimos unos skates y unos rollers, que no sabíamos usar muy bien, pero íbamos al gimnasio del Hoyo y con hidalguía resistíamos los embates de los jugadores de fútbol, la risa de los jugadores de basquet, la mofa de los paseantes ocasionales. Volvíamos a nuestras casas sudados, raspados y cansados. Ardua la tarea de encontrar una tribu.
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Después yo me puse de novio con una chica que era un poco hippie y me puse el sueter y escuché a Caetano. Nico y Migui se reían. Yo usaba bufanda y tomaba té. Caminaba por la chacra y levantaba del piso hojas amarillas y rojas. Eso no duró mucho y al tiempo me vine para Buenos Aires.
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En Buenos Aires abandoné la busqueda de la tribu. Aunque antes probé un par más: fui a la creamfields y tomé pastillas, fui a recitales en antros y en grandes estadios, fui a la cancha a ver al rojo y asistí a cursos de fotografía.
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Cuando era chico era fana de los apaches. Tenía un libro que contaba cómo agarraban los caballos, cómo hacían sus ropas, sus carpas. Ayudó mucho en este fanatismo Lucky Luke, el hombre que disparaba más rápido que su propia sombra. Los sioux también me caían muy bien. Y de acá me gustaban, más que nada, los onas, y los tehuelches.

jueves, julio 12, 2007

ramos generales

Con Migui, el primo, cuando hacía mucho frío y las ventanas de olleros estaban empañadas y ni el horno ni la salamandra ni el radiador hacían más amigable el ambiente solíamos decir: si llueve, nieva. También lo decíamos cuando salíamos a la calle, rumbo al supermercado, o cada uno a su respectiva facultad, o simplemente a dar una vuelta por el barrio. Si llueve, nieva, decíamos. Nada más. No decíamos: "pero qué fresquete", o "qué tornillo", o "qué tiempo loco". Más que nada porque no usabamos esas palabras, y porque estábamos seguros de que si llegara a llover, nevaría.
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El lunes a la mañana desayunamos en la mesa blanca que está en la cocina. Afuera, el ambiente estaba gris y estático. Si llueve, nieva, pensé para mis adentros. El almuerzo en lo de mis abuelos estaba programado -todo lo relacionado con mis abuelos suele estar programado- a la una, una y media como muy tarde, pero salimos rumbo al colectivo una menos cuarto. Y había que llegar a Martínez. El tren azul tenía calefacción y las estaciones pasaron raudas: nadie nos vendió chocolates hamlet ni compilados de rock nacional. A pesar de que sabíamos que estábamos llegando tarde, con Lu caminamos despacio, su mano izquierda y mi mano derecha compartiendo un bolsillo.
Sobre Libertador, como es costumbre, nos encontramos con los brothers, que vienen en 168. Y caminamos los cuatro juntos, echando humo por la boca; preparándonos para lidiar, de manera inteligente y amorosa, con la abuela, para gambetear los comentarios macristas, las cartas de lectores de la nación, para comer carne al horno. Patinamos en la vereda que da a la puerta. Tocamos el timbre. Por la chimenea se ve el humo: está prendida la chimenea.
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El almuerzo transcurre por los carriles esperados: están los tíos de visita y se roban la atención; nosotros, los nietos, nos dedicamos a ser graciosos y también irónicos y cínicos y metemos bocaditos cuando lo consideramos prudente. Bebemos vino tinto que sirve Carlos y comemos las empanadas que reparte Paty. Nosotros, los nietos, nos dedicamos a comer y a beber; ni siquiera amagamos con ofrecer ayuda: estamos cómodos en la mesa; los tíos, de visita, se roban la atención. Nadie nos dice nada. La mesa larga está cubierta por un mantel blanco y de a poco empiezan a aparecer las manchas borgoña del vino ídem. Las migas de pan, los pedazos de aceitunas, vendrán después.
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Los temas de conversación son los mismos de siempre. Estar sentado a la mesa de roble de mis abuelos es como entrar en un rizo espacio-temporal que nos devuelve, invariablemente, a la misma escena. Hay nombres en inglés que suenan como Terry o Bob; nombres en francés: Ivonne, Marie. Hay muchos dobles apellidos; hay muchos conocidos de conocidos de conocidos. Hay árboles genealógicos, o peor aún: hay bosques genealógicos, que son lugares oscuros y tupidos donde todos son parientes de todos y siempre hay alguien que es famoso o conocido y que por alguna casualidad está ligado a alguien que está ligado a alguien que. También se comenta sobre el tema de la semana (que esta vez fue la crisis energética, pero supo ser Blumberg, Kirchner, Kirchner, "subversivos", Perón, Perón, qué grande sos), y alguna otra frivolidad.
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No sé si será el alcohol o el té digestivo, pero es siempre hacia el final de estas veladas que mis abuelos y mis tíos -los que viven acá, no los que están de visita y que nos roban el protagonismo y con él las presiones- se vuelven personas de carne y hueso y sentimientos y nos tocan el pelo mientras nos hacen comentarios simpáticos, o nos dan ánimos. Es a esta altura del partido cuando se muestran como lo que son en el fondo: viejitos queribles que se suelen poner la careta equivocada. Personas que le dieron demasiada bola a las formalidades y ahora es demasiado tarde. Nativos disfrazados de ingleses, y el disfraz les queda grande y por debajo de los dobladillos -a esta hora, en este momento- se ven las piernas peludas que tiemblan de miedo y de frío. Si llueve, nieva.
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En eso estábamos cuando llega un mensaje de texto que dice: "boló, está nevando".
Miramos por las ventanas y queremos creer que es nieve. Pero es agua. Nosotros conocemos la nieve; nosotros somos la nieve, nos decimos, guachos pistolas. Y volvemos a mirar y ahora el agua está congelada y parece nieve, y entonces salimos afuera y sí, nieva. Comenzamos a tirar fechas: eso que no nieva desde 1936, dice uno. No, antes, 1920, dice otro. Día histórico, sentencia un tercero. Pero la mesa de roble cubierta por el mantel blanco que ya tiene las manchas de vino y las migas de pan y los pedazos de aceitunas y unas, las más recientes, de café, permanece inmutable. Mis abuelos, uno en cada cabecera, mantienen la compostura. Uno de ellos pide que no se deje la puerta abierta, que no hay más leña. Nosotros no los escuchamos, no, nosotros estamos afuera, nosotros miramos los copos que caen y que cada vez vienen más grandes y estamos contentos y con los cachetes rojos y los mocos líquidos.
***
La estación de tren parece Vladivostok. El gris del andén y el blanco de la nieve, las camperas abrigadas de los pasajeros, el blanco de la nieve otra vez. Lo que nos diferencia de los rusos, pienso, es que ellos se saben abrigar, pero no quedo muy contento con mi pensamiento y enseguida se bifurca en otros mil pensamientos distintos que ahora no recuerdo.
Caminamos con Lu de la mano por el andén: no queremos un techo, no todavía. Llega el tren. Nos vamos a Siberia.

sábado, junio 30, 2007

working class nonheroe

Hay ciertas personas que generan en mí un comportamiento extraño, errático. Allá: los que atienden en la estación de servicio, los mecánicos, la gente de campo, albañiles. Acá: porteros, mecánicos también, plomeros y expertos en alguna cosa. Y así me convierto en un asentidor profesional (“ah, claro, ahora le va a pasar el fratacho”), un mal contador de chistes (“¿sabe como le dicen a river?”), un mal reidor de chistes (“por supuesto, ja ja ja, ahora entiendo”), todo eso y mucho más. Y además, a estas personas, no las tuteo.
Miro sus manos manipulando las herramientas, son hábiles emparchando gomas de autos y sus dedos están curtidos; hacen un pozo en dos minutos, con una pala corazón desafilada; serruchan mirando a los costados, y el corte es recto, impecable. Y yo al lado de ellos, completamente inútil.
Hay una rama de mi familia, por parte de madre, que asciende hasta mi abuelo y tal vez mi bisabuelo -no llegué tan lejos-
, que se especializa en este comportamiento. Mi abuelo, el pater familiae de esta cuestión, llama “jefe” a cualquier persona que tenga una herramienta en su poder. Mi primo, Migue, también. Se quedan al lado, miran, opinan. Lo que los diferencia de mí es que ellos ayudan; están ahí, saben lo que esta gente está haciendo, saben nombres técnicos, proponen soluciones.
Ahora está Cristian en el baño, está instalando el lavarropas que compramos. Cristian es el portero del edificio. Es joven y de Boca; sus ojos parecen siempre delineados y me dice “pollito” casi desde el primer día que lo vi. Cristian entonces corta caños y hace roscas; antes sacó el bidet. Cada tanto me grita: “pollito, traeme bolsas”; o “pollito, cerrá la llave de paso del agua fría”; o “pollito, ¿tenés un trapo y un balde?”. Con Cristian nos tuteamos; a veces incluso le digo Cris. Pero igual corro, solícito, en busca de bolsas o de la llave de paso de agua fría; en busca también de trapos y baldes. Y también hago chistes malos y me río de los suyos, malos también. Y me equivoco el nombre de las herramientas.
Recién casi me manda a la ferretería a comprar tornillos. Me puse la campera y todo, pero justo encontró unos que servían lo mismo.
La ferretería es otro de estos terrenos donde me siento empequeñecido, minimizado, absolutamente prescindible.
En un rato va a cortar la luz.
Le tengo miedo a la electricidad, y también al gas.
No puedo leer manuales de usuario.
Cristian pregunta si hay poxirán.

lunes, junio 25, 2007

lunes (otra vez)

*Leo en libro que me regaló lu: "Cada vez que Arthur volvía a casa, se figuraba, crédulo, que la historia familiar, suspendida desde su última visita, se reanudaba donde él la había dejado. Pero cada vez se daba cuenta de que esa historia -su predilecta- había continuado sin él. Cayó en la cuenta de que captaba palabras, miradas y alusiones inesperadas, anécdotas en las que él ya no estaba incluído. La vida seguía allí sin su presencia". Y esa es la sensación que sentía cada vez que llegaba a mi casa del sur después de un cuatrimestre o un poco más, acá, en la ciudad.
Una chica una vez me dijo: "aprendé a perderte las cosas", tal vez en relación a esto, tal vez nada que ver.

*El sábado rendí un parcial de la carrera interminable, de la carrera con obstáculos. No sé cómo me fue -y si supiera igual diría: mal, me fue mal; contesté todas, sí, pero bueno, no alcanza con eso-. Sólo sé que estuvo lindo volver en bici, pasado de vueltas, con el sol arriba, encandilando, con el cielo celeste y las manos frías y una canción pegada como con chicle en mi cerebro.

*Hace una semana, más o menos, fuimos a comer a lo de mis abuelos de acá. Se festejaba mi cumpleaños atrasado, y el de zimmy, mi primo, en hora. En cierto momento, entre la sopa crema de zapallo y el plato principal, se da el siguiente diálogo:
abuela: "es muy fácil preparar esta sopa, sólo hay que usar la minipimer"
yo: "no tenemos minipimer"
abuela: "si quieren minipimer, cásense"
yo: "..."

*Ahora, planificamos la fiesta.

jueves, junio 07, 2007

jueves

* Hoy es la víspera, mañana cumplo años. No muchos, tampoco tan pocos. Un primo, cristof, la noche antes de cumplir doce años dijo que quería descansar. Que era "la víspera". Que no lo molestaran. Eso, que lo dejaran descansar. Sorprendidos, le hicimos caso.
Decía, mañana cumplo años. No iba a hacer nada, pero al final van a venir mis hermanos de visita, y mis primos. Tranquilo. Tomaremos unas cervezas, escucharemos unos discos.

*El laburo entró en su meseta de cada mes. Luego de la vorágine, llega la tranquilidad. Y a veces aburre.

*No se me ocurre nada más por el momento. Pero tengo un par de cosas sobre las que quiero escribir, para seguir en la tónica "recuerdos-de-mi-infancia-en-la-pradera". (Hoy, si tuviese ganas, podría escribir: cuando nací nevaba mucho en bariloche. Al falcon blanco modelo sesentaidos le costaba abrirse camino por la nieve que se acumulaba en la huella. Mis padres eran jóvenes, apenas veinte, veintidos años. Yo era su primer hijo).

*Alguien llega al blog, desde google, después de escribir la siguiente pregunta: "si en una caja hay sapos y cada sapo mira seis sapos, ¿cuántos sapos hay?". Yo, lo siento por él, no tengo la respuesta. Aunque me suena que son siete.



sábado, mayo 19, 2007

sábado

Empezamos a hacer dedo -¿autoestop?- a partir de nuestro segundo año en la escuela agrotécnica. La escuela estaba ubicada en el cerro radal, a mitad de camino entre el bolsón y el hoyo, y equidistante también de lago puelo, pero salvo en verano, en algún día de calor extremo, casi nunca íbamos para allá.

La parte más molesta del trayecto era el camino que separaba la escuela de la ruta 258, la gran arteria de la zona. En ese camino, que con el tiempo vimos cómo era asfaltado y también vimos cómo se rompía el asfalto y cómo lo volvían a arreglar, nunca nos levantaba nadie, y la competencia con los otros que salían de la escuela y volvían a dedo a sus hogares era ardua y desleal. Las técnicas, tácticas y estrategias como, por ejemplo, escondernos en el bosque de pinos para que pasaran todos y después salir de nuestro escondite con los autos frescos y todos para nosotros, eran moneda corriente y herramientas más que necesarias y de uso cotidiano.

Había días en los que te levantaban enseguida y días en los que no. Lo que no había nunca eran días intermedios. Entre los hacedores de dedo circulaba una máxima: “si hacés dedo no tenés que caminar; si caminás, caminás”. Y varias veces caminamos.

El camino de regreso era un camino largo y que cambiaba según la estación: en verano hacía más calor pero por las rutas circulaban más turistas, y si bien los turistas no son una presa muy buscada por los hacedores de dedo, ver pasar más autos siempre da ánimos. En invierno, con el frío, el autoestopista da más pena y genera culpa en los automovilistas; en primavera, caminar no molesta tanto; en otoño hay manzanas.

Tirar piedras a los carteles, contar autos, cantar canciones de los beatles, hablar de chicas, arrastrar las mochilas por el asfalto, romper los ojos de gato de los guardarrails.

No me acuerdo del último viaje a dedo desde la escuela. Hice memoria todo el día a ver si me acordaba de algo, una conversación, una revelación, algo. Supongo que ese último viaje, esa última caminata, debe haber tenido algo de viaje iniciático, de punto de inflexión. Concientes, seguro dijimos: “loco, este es nuestro último viaje”, y lo caminamos en silencio y no nos dimos vuelta para ver pasar a los autos.

El problema eran los días que cursábamos la materia cerdos, o producción porcina. El olor que nos quedaba en la ropa, en las uñas, en las suelas de las zapatillas era terrible. Había algunos, precavidos, que llevaban botas de goma y overoles. Yo nunca lo hice. Volver a dedo, con ese olor, era complicado: lo mejor era esperar que te levantara una chata, una efecien, algo así. Una vez, con migui, nos levantó un hippie buena onda en su citroen; fue parte del viaje mirándonos extrañado, oliendo, con cara de asco mal disimulada. Entonces le contamos que íbamos a una escuela agrotécnica, y que ese día nos había tocado alimentar a los chanchos y limpiar el chiquero; se hizo el boludo, y puso cada de a qué viene este dato; le dijimos que de ahí venía el olor. El resto del viaje fue en silencio.

Un día de mucha lluvia nos refugiamos con julián y migui en un teléfono público, una de esas cabinas verdes de telefónica que estaba en el medio de la nada, o en el medio de las golondrinas, que puede ser lo mismo. Estuvimos ahí adentro, los tres, un buen rato, hasta que los vidrios se empañaron del todo, hasta que la lluvia paró. Nos divertimos llamando a los 0800 que nos acordábamos. El del boston medical group, el de coca cola, y algunos otros al azar. Después salió el sol y seguimos caminando un rato.

Había un camino de tierra que salía de al lado de la escuela y que iba directo a la bolsa de gatos, un barrio periférico del hoyo. Con nico fuimos varias veces por ahí. El camino era apenas una huella de carros de bueyes, caballos o bicicletas. Y si lo seguías daba a lo de freda, una especie de tía de aye y nico, que tenía anteojos como john lennon y cuando se reía lo hacía de una manera muy especial, como si fuera un marinero, o un soldado de la legión extranjera. Después había que seguir caminando y se llegaba a la ruta 258, a pocos metros del restaurante de la familia de nico.

Los que más solían pararnos eran los paisanos, y viajar con ellos era una odisea. Sus autos estaban hechos mierda y en no pocas ocasiones iban borrachos, aunque fueran las nueve o las diez de la mañana. Celedonio y su inseparable amigo de boina roja me levantaron cerca del bolsón, una tarde de noviembre. Tomaban vino toro en botella, no tetra, y los dos me miraban cuando me hablaban, no importaba que uno de ellos fuera el que debía manejar. El auto, un falcon naranja arruinado, avanzaba en zigzag por la ruta. Hacía calor y el aliento de los dos indicaba que la botella que estaba en el piso del auto no era la primera. Me preguntaron por mi familia, por polsito, mi padre, y por mi mamá; por la escuela, por las chicas. Después se pusieron melancólicos, y celedonio, un gordo de proporciones épicas, lagrimeó y todo. Cuarenta minutos más tarde me dejaron en la puerta de la chacra; el kilómetro que separa lo de mis tíos con mi casa lo hice despacio, pensando, masticando pasto, pateando piedras, jugando con morgan, el perro.

viernes, mayo 18, 2007

viernes

*Una de las canciones que más me gustan de bob dylan es “tangled up in blue”, de su disco blood on the tracks. Hace un buen tiempo que estoy medio obsesionado con ella, y la canto e intento aprenderme sus interminables estrofas y versos; entender bien la historia que cuenta, o bien simplemente escabullirme por esos paisajes y situaciones –un sótano revolucionario en montague street, los bosques del norte, new orleáns, la costa este, y así–. El problema es que hace tres noches no se me va de la cabeza al momento de dormirme. Quizás el problema fue intentar aprendérmela con la guitarra, o cantarla el otro día en olleros con santi, marcos y zimmy, no sé, pero ayer fue el colmo; lu me dice: “¿adiviná qué hiciste anoche dormido?”, “¿hablé de nuevo?”, repregunto. “No, cantaste esa canción de bob dylan”.


*Los hermanos bolivianos de la verdulería de la esquina hace un mes que aplican con nosotros una técnica de venta directa más bien reprobable, que consiste en obligarnos a redondear nuestra compra, siempre para arriba, por supuesto, aunque el vuelto sea de ochenta centavos. Si bien al principio su propuesta era hasta conveniente –siempre viene bien un limón–, últimamente la cosa está pasando de castaño oscuro. Antes de ayer compré frutas y verduras por el precio de cuatro pesos con diez centavos, les pagué con cinco y me dijeron “¿no quiere unos limoncitos, unas mandarinas que están muy ricas, para redondear?”. “Para redondear a cuánto”, pregunté. “A cinco pesitos”, respondió, sin que se le cayera la cara. Un limón por diez centavos, te acepto; una mandarina, ok. Pero terminar con medio kilo de mandarinas y un limón de más, haciendo la cuenta en el ascensor, no me pareció justo.

*Ayer, por el paro de subtes, volví caminando a mi casa. Despacio, mirando carteles y colectivos que pasaban atiborrados de personas y escuchando bocinazos y puteadas de los automovilistas, deshice las más o menos cuarenta cuadras que separan mi trabajo de mi hogar, como un peronista peatón y sin apuro. Llegué tarde pero contento. Hoy al mediodía repetí el circuito, esta vez en sentido contrario. Subtes había, pero tenía ganas de caminar.
En total fueron unas ochenta cuadras, apenas ocho kilómetros: la distancia que hay de mi casa del sur a el hoyo city. Claro que allá es distinto.

domingo, mayo 13, 2007

domingo

*Hace algunos minutos se fue el patón; me vino a visitar después de varias idas y venidas, desencuentros y demás. El patón, o el pata, a secas, es uno de mis amigos de la primera hora. Ahí, en ese selecto círculo, entran otros pocos, como migui, que también es mi primo, el terry, nico, y aye. Amigos previos o contemporáneos a la escuela primaria, la famosa 270.
Decía, hace pocos minutos se fue el patón. Hablamos un rato, y después bajamos a comprar unas facturas, que pagó él. Volvimos y seguimos hablando por un buen rato.
Me contó el patón que está leyendo a krishnamurti y que busca en sus libros algún tipo de respuesta para las preguntas que le plantea la vida. No lo dijo así, pero casi. Me habló de sus preocupaciones y de sus taras y problemas, también de sus momentos de alegría y su rutina. Me contó que ahora está viviendo en el bajo flores y que no es tan terrible como se suele decir, al menos en comparación con plátanos, donde vivía antes. De todo un poco hablamos con el patón. Y la pasamos bien.

*Ayer, en un restaurante ruso de almagro, festejamos los dos años de noviazgo con lu. En un ambiente postsoviético, con cantos de una borracha rusa y retos de la moza en ruso incluidos, brindamos con cerveza sobre nuestros lomos al strogonoff y unas papas con panceta que la rompían. Intentamos hacer algún balance de todo este tiempo juntos, pero decidimos que no hace falta. Que vamos bien y estamos mejor.

*En el blog, ausente sin aviso. Nada para contar tal vez, o pocas ganas de hacerlo, no sé. El otoño le cede el lugar al invierno y caminar por las calles se vuelve algo placentero. Las hojas de los árboles se ponen amarillas y después caen. Los hijos de seymour son un recuerdo un poco más vívido desde que escribí sobre ellos –¿nosotros?–, aunque después me acordé también de matías, el cantante que apareció una vez por el galpón donde ensayábamos acompañado por su madre, que actuaba como su portavoz o manager, o lo que sea. Matías, que cantaba bien pero no nos miraba a los ojos y no hablaba y se inventaba letras en inglés en el momento y que no tenían ni el menor sentido. Hasta que nos enteramos que en un viaje, en méxico, matías se había comido todos los hongos, y que desde entonces estaba así y que así quedaría. Y todo tuvo sentido: su mamá, sus letras, su no mirarnos, su manera de agarrar el micrófono y ponerse de espaldas al mundo y ver sus propios demonios dando vueltas por ese galpón extraño.

*En el restaurante ruso me acordé de maxim, el compañero de escuela que llegó cuando nosotros estábamos en tercer o cuarto año. De rusia al hoyo, sin escalas. Maxim, o el ruso, usaba botas de cuero y jeans apretados; tenía cara de ruso, peinado de ruso y bebía como ruso. Al principio, fue amigo de todos: nos contaba cosas de su país natal, y nos explicaba cómo era que había llegado a nuestro pueblo y a nuestra escuela, y, lo principal, nos enseñaba a putear en ruso. Con el tiempo, como le pasa a casi todos los gringos que llegan allá, se convirtió en una versión trash de lo que era. Si tomaba alcohol, empezó a tomar más y más seguido –mati me cuenta de los pedos que se agarraba con ginebra, y de las siestas que dormía en el aula a las once de la mañana, borracho–; si era violento, empezó a ser más violento todavía; y así con todo. Todo llevado al extremo. El ruso, además, jugaba bien al rugby, era galante con las mujeres y su olor a chivo era legendario. Y por más que haga memoria, no me acuerdo mucho más de él.

sábado, abril 14, 2007

los hijos de seymour

Algunos apuntes sobre la banda del verano de mi infancia

*Nuestros quince minutos de fama empezaron en noviembre del año 1999 y terminaron a principios de 2001. Los cuatro: santi, nico, pey y yo, íbamos a una escuela de música en el bolsón. Para el acto de fin de año los profesores, al ver que solíamos aprovechar los intervalos de las clases para tocar algunas cosas entre nosotros, nos preguntaron: ¿quieren preparar algo para después de la muestra de fin de curso? Dijimos que sí, que claro. Enseguida se definió que la sala de ensayo sería el galpón que está al lado de lo de alan, padre de santi.


*Alan es mi tío y también mi padrino, y vive con su familia a un kilómetro de mi casa, por medir de alguna manera ese camino de tierra, rodeado de álamos y robles. El galpón de su casa todavía no era lo que es hoy, con calefacción, paredes pintadas, cancha de ping-pong, dardos e internet con banda ancha. En ese entonces, del techo colgaban bolsas con cebollas o nueces, en la pared había un poster del bolsón y en el entretecho había un cementerio de esquís y botas y bastones, y las lauchas pasaban raudas por las vigas. La batería y dos amplificadores completaban el mobiliario.


*Con santi, mi primo, y nico, mi amigo, ocasionalmente nos juntábamos para hacer algunas cosas musicales, yo con el bajo, nico con su guitarra, santi en la batería; en algún momento tuvimos un intento de banda, de nombre qüal (cuál); el chiste obvio era:

-¿cómo se llama tu banda?
-qüal.
-tu banda, la que tenés con los chicos.
-qüal.


*La génesis de qüal fue en el sótano de mi casa, algún día de lluvia de algún otoño llovedor. Yo ya tenía el bajo y nico su guitarra. Santi arruinó las ollas de madre. Mis hermanos bajaban, martín a veces tocaba el piano; el ruido era infernal. Padres dormían la siesta. Cuando padre compró la potencia con micrófonos abandonamos el sótano y empezamos a hacer pequeños live aids para no más de cuatro familiares en la vereda de casa, la que daba al río. Era verano, tenía sentido.


*Esta vez teníamos más presiones. El recital, nuestra primera presentación, iba a ser a continuación del acto de la escuela en el que iban a tocar chicos de todas las edades y niveles. A la muestra iban a ir muchos familiares de alumnos y ése iba a ser nuestro público.


*La sala de ensayo quedaba, como dije, a un kilómetro de casa, a ocho de la de nico y a veinticinco de la de pey. A pey a veces lo traía la madre, y a veces manejaba él. Casi siempre venía con un amigo, que no hablaba y miraba atento mientras tocábamos. Le decían lópez; nosotros le decíamos el silencioso lópez.


*Los primeros encuentros fueron bastante malos, sumidos en una atmósfera que tenía partes iguales de vergüenza, timidez e inseguridad. Pero de a poco empezamos a encontrarle la vuelta. Pey era –y es- una bestia con la guitarra, tenía unos dieciséis años en ese entonces, pero ya se sabía todos los temas de hendrix, de divididos, de rage against the machine, de los chillipeppers, de nirvana, de bach; en definitiva, todos los que había que saber. Santi tenía –y tiene- un talento innato con la batería y podía hacer lo que quería. Además, sus trece años bajaban considerablemente el promedio etario de la banda, y nos transformaba en una suerte de hansons del subdesarrollo. Nico era la hormiga trabajadora: compraba revistas con acordes y se quedaba horas y horas hasta sacar alguna canción, arreglaba los micrófonos de su guitarra y los cables rotos, y era el que hacía toda la gráfica y la prensa de la banda. Yo era el más inseguro, el que no se hacía cargo; escudado detrás del bajo era el único lugar donde me sentía cómodo.


*Tuvimos un mes para preparar algunas canciones antes de la muestra. Desde el principio decidimos que los temas iban a ser nuestros, básicamente por dos motivos: a) no sabíamos ni teníamos ganas de aprender ningún tema de otro, y b) los covers instrumentales, salvo que sean de canciones instrumentales, no tienen mucha gracia y teníamos una carencia significativa con respecto al asunto de las voces: nico y pey no cantaban muy bien, santi no podía por una cuestión técnica –estaba atrás de la batería, y era muy chiquito– y a mí me gustaba cantar, pero la coordinación con el bajo, bien gracias. El repertorio para la función debut quedó conformado por unas cinco canciones, dos más bien roqueras, dos de corte funk y un lento, para apretar.


*Me acuerdo, con una precisión que me asombra, del momento en que cargamos los equipos en la traffic y salimos por la ruta rumbo al bolsón. Era un día lluvioso de diciembre; por atrás de las nubes y las gotas de agua podía ver el sol. Era uno de esos días en que todo está de color amarillo y que si no fuera por la lluvia, bien se podría estar en remera. Ibamos todos juntos sentados en los asientos de adelante, nerviosos, especulando. Era el debut.


*Después de las presentaciones de todos los alumnos –solistas, dúos, coros, etc. –, llegó nuestro turno. Mientras varios padres se retiraban, prendimos los equipos, acoplamos y, luego, rockeamos. Hubo minipogo y todo. Lo interesante de ese show fue que se empezó a correr la bola de que había una bandita de pendejos que tenían instrumentos y que sabían tocarlos, y eso, en la aletargada escena del bolsón, era una bomba. Esa misma noche, los chicos de las larvas infecciosas –banda emblemática de la zona, conocida por sus excelentes covers de rage against the machine y otras bandas del palo– nos invitaron a telonearlos en un recital que tendrían la semana siguiente. Nos miramos y dijimos que sí, que claro. Y volvimos a ensayar. Nos propusimos hacer, en una semana, tres temas más, para así llegar a los ocho. Juntos éramos dinamita, y lo comprobábamos en el galpón. Tocábamos desde la tarde hasta altas horas de la madrugada. Aprovechábamos no tener vecinos. (Los valenzuela, que viven a varios kilómetros, cuentan que en los días de viento se escuchaban las guitarras y el bajo y sobre todo la batería; que las ovejas se ponían nerviosas, que los perros aullaban).


*Los ensayos eran motivos de reunión familiar y en los días lindos hasta ponían sillas afuera del galpón. Ahora me parece casi indisociable la sensación de sobremesa de asado otoñal con el momento de ponernos a tocar: prender el equipo con los dedos todavía grasosos por la pata de pollo o la costilla de cordero, con los labios teñidos de rojo por la botella de vino.


*Con el paso de los días y los meses llegó el momento de las formalidades y tuvimos que elegir un nombre. La búsqueda fue ardua y nos llevó más tiempo del necesario. Se barajaban varias posibilidades y ninguna nos cerraba a todos, con ninguna había consenso. Nombres en inglés, deformaciones de palabras. Incluso juegos de palabras que denotaban nuestra procedencia rural, como por ejemplo “lavanda”, que hacía referencia a la planta aromática y, por supuesto, a que éramos una vanda, una banda, o la banda. En fin.


*Sin embargo fue gracias a este último y pésimo nombre que llegamos al que finalmente quedó y que nos hizo sentir cómodos y contentos y que podíamos nombrar sin ponernos colorados o sin perder repentinamente el habla. Fue en mi casa, estábamos santi, nico y yo, y también mis padres y hermanos. Tomábamos café y guindado después de un almuerzo y debatíamos, entre otras cosas, sobre el nombre de la banda. La onda campestre dominaba el brainstorming. Hasta que alguien dijo –pude haber sido yo, pudo haber sido otro– basta, loco, ¿qué somos, los hijos de seymour? Y listo. Quedó. Era ese el nombre, no había otra posibilidad.


*Claro que tiene una explicación y que hubo y que hay que explicarlo. John seymour fue el inglés que escribió uno de los tantos libros-biblias que llevaron los hippies bajo el brazo cuando se instalaron en el bolsón y alrededores. Este libro era: la vida en el campo. el horticultor autosuficiente y enseñaba, como el título lo indica, a ser autosuficiente, en el campo. Ese libro estaba en mi casa y también en la de santi y en la de nico, y en la de pey y en la de todos mis amigos hijos de hippies, o neohippies o pseudohippies. Ese libro le había enseñado a mis padres y a los padres de santi y a los de nico y a los de pey y a los de todos mis amigos cómo hacer una huerta orgánica, cómo tener a las gallinas en el gallinero, cómo construir el gallinero. Tenía cosas absurdas, como buen libro-biblia hippie: en el capítulo que enseñaba a teñir los cueros o las telas, indicaba que primero había que plantar quebracho, luego –quince, veinte años más tarde– extraer del quebracho el tanino, base de la tintura, y después, bueno, teñir. O al menos eso recuerdo.


*Entonces fuimos los hijos de seymour. Los hijos de los lectores de seymour, para quienes seymour había sido un igual, uno de ellos. Estábamos todos ahí por él, le debíamos muchas cosas al inglés autosuficiente.


*Ya con el nombre empezamos a tocar cada vez más seguido y en lugares más grandes. La bandurria, sub-zero, la posada del alquimista, café morena, esos fueron algunos de los lugares por donde pasamos, casi siempre como teloneros de alguna de las bandas de allá. Tocamos en la escuela agrotécnica donde cursábamos nico y yo, y después en la escuela del hoyo para una feria del libro que se organizaba ahí. Nos entrevistaron para el canal de rawson y para el diario el chubut o uno de esos. Estábamos contentos, no nos la creíamos: faltaban las groupies. Una vez tocamos en un festival que se hizo en el cerro radal a beneficio de una amiga que había tenido un accidente. Había algunas bandas de buenos aires, otras de mendoza, varias de la zona, y nosotros. Tocamos en la primera fecha, ya era de noche. Había luna llena y la gente que no bailaba se refugiaba alrededor de varias fogatas que ardían desde el mediodía.


*Ese fue nuestro mejor recital. El escenario era altísimo y desde ahí veíamos a la gente bailar y aplaudir. Había cámaras de much music y nos filmaron. Nos vimos en la pantalla un mes más tarde y lo grabamos. Cada tanto nos volvemos a ver titilando en vhs, y ahí estamos: explicamos el nombre de la banda, estamos nerviosos, nos reímos.

jueves, abril 12, 2007

jueves

*Vuelvo a mi antiguo trabajo después de un mes entero de estar afuera de cualquier oficina, de cualquier espacio cerrado. El jet-lag se hace sentir, por más que el viaje haya sido en auto: mis noches son extrañas y desprolijas, y no sueño; camino por las calles mareado, o atontado, que viene a ser lo mismo; bajo las escaleras del subte línea d y me equivoco de estación, o me pierdo en los pasillos; frente a la computadora no atino a hacer nada, casi que no chateo, casi que no navego a la deriva, casi que no hago nada. Claro que estoy exagerando y algunas cosas se mantienen.

*Mi amigo terry me comenta que fue a una fiesta de cumpleaños de una amiga donde todos eran actores de teatro o practicantes de contact o simplemente gente desinhibida, y que todos bailaban en éxtasis tocándose semidesnudos, como si fueran serpientes drogadas en un serpentario boite. Mi amigo terry me dice que la situación era bastante incómoda, pero que lo superó todo con un par de whiskys y que se dedicó a observar, borracho. Aunque nunca tan borracho como para ponerse a bailar o a refregarse con un otro.

*Hace una hora que en la oficina averiguamos qué corno es el sistema de reparto, si tenemos afjp, si conviene pasarse al estado. Más que nada porque nos entretiene, por supuesto.

Le pregunto a padre, que justo se conecta.
¿se van a pasar al sistema de reparto?
responde:

hijo
...
tu mamá y yo
...
hologramas impositivos
...
la próxima vida seremos prolijos
...
ésta tuvimos hijos



sábado, abril 07, 2007

sábado

*Un viernes, hace cuatro semanas, salíamos para el sur en bondi. A las cinco y algo de la tarde me escapaba raudo del trabajo, me despedía de mis compañeros y de mi jefa, con la sonrisa apenas disimulada. Hacía calor, recuerdo, y en mi cabeza daban vueltas todas las cosas que seguro me estaba olvidando, además del vértigo de la renuncia, de irme un mes, de no saber bien a dónde. En el correo la gente se agolpaba sobre el mostrador. Después de algunos cálculos decreté que la renuncia sería el lunes, desde donde fuera que estuviera, o no sería. Y la renuncia fue, y fue en la sucursal esquel del correo argentino, a las 9.16 de la mañana del lunes doce de marzo.

*Ahora entra sol y algo de viento por la ventana del living, lu escucha la radio en el cuarto y agente cooper, el gato, da vueltas por la casa mientras huele extrañado nuestras cosas que se amontonan en la mesa, y también a nosotros que seguramente olemos extraño, después de un mes de ausencia.

*En total fueron ochomilcien kilómetros de viaje. Una goma pinchada, cerca de bajo caracoles. Cientocuarenta discos, de los cuales habremos escuchado unos cien. Varias horas por día sentados frente al parabrisa del auto, viendo las líneas blancas y las líneas amarillas de la ruta que se suceden en prolijo orden, o bien el ripio suelto y amarillento, con sus serruchos, los cercos alrededor, las huellas marcadas, y los ñandúes mirando atentos desde el costado y que apenas pasamos cerca se dan a la fuga sin mirar atrás.

lunes, abril 02, 2007

lunes

*Noches en río gallegos, puerto santa cruz y puerto san julián. En este último, el supermercado se llama la tostadora moderna y ahí compramos cosas para preparar una ensalada y una cerveza. En el lugar donde dormimos hay tele y nos tiramos a ver una de sandler y nos reímos. El aire pide siesta, pero decidimos ir a recorrer el pueblo y alrededores: nos lleva el viento. Un día después, en puerto deseado, volvemos a dormir en el auto. La calle inclinada ayuda y la sangre de las piernas circula bien. Después del desayuno en la costa, salimos para comodoro.

*El dos de abril pega con fuerza sobre los pueblos y ciudades que dan al océano atlántico. Homenajes, monumentos, banderas, carteles. Las malvinas son de ellos, de los pueblos y ciudades de la ruta tres. Se habla de gesta, y cada ocho palabras que se dicen en la radio una de ellas es soberanía, o nuestras, o piratas.

*En la comodidad de un hostel la inspiración dice chau y se va a la playa, a recorrer las arenas grises de puerto madryn. Yo la sigo, corriendo. Pero no la alcanzo: estoy más gordo y menos atlético que hace veinte días, a pesar de que mi plan era todo lo contrario: comer poco y bien, hacer trekking, respirar mejor, comer más habas y menos helados, hacer yoga. La veo correr a lo lejos -a la inspiración-, bajo la luna llena que se refleja en el mar, corriendo más rápido que el viento, como corría martín, y sin mirar hacia atrás. Vuelvo al hostel, resignado y sudando sal y arena y los redhotchillipeppers o maná o lo que sea que suena en la radio en este momento me hunden aún más en la aridez mental. Y entonces me despido, atentamente.

lunes, marzo 26, 2007

lunes

*El 22 de marzo, desde 28 de noviembre, escribí algo en el blog que se evaporó en la lentitud del ciber. Allí contaba: la llegada a río turbio, la oscuridad se cierne hacia el este; sólo tenemos un teléfono de la hermana de una amiga de un amigo que es novio de una amiga; el pueblo es misterioso y en el aire flotan fantasmas de mineros muertos, de viudas negras, gritos lejanos y ladridos de perros y otras cosas que flotan en el desierto cuando sopla el viento: una bolsa de la anónima, una mata de neneo, polvo.

*Ahora estamos en ushuaia, el fin o el comienzo del mundo, depende de cómo se lo mire. Es de noche y hace frío. Desde la ventana se ven las luces de la ciudad que bajan, anaranjadas, hasta el mar, hasta el canal de beagle, y también unos barcos amarrados en el puerto. De afuera llegan los ruidos típicos de una ciudad: autos, ladridos de perros, viento. De adentro, un disco y el ruido a los morrones que se fríen en la sartén.

viernes, marzo 09, 2007

viernes

*Se acerca el gran final. Como en el clímax de una película de suspense, siento el increscendo de la música, las secuencias que se acortan, los planos que también. Hay unos timbales, varios violines, un contrabajo. Mientras, guardo algunas cosas en el bolso: una taza, el mate, algunos marcadores, un resaltador naranja, una caja con saquitos de té earl grey que nunca tomé, un tenedor, unos clips y ya paro de contar.

*La mandíbula me duele más que nunca, a pesar de que intento relajarla y masajearla y cuando muerdo fuerte pienso en cosas lindas. Calculo que tendrá que ver con esta historia de irnos de viaje y con la renuncia final. Igual, sepan que mucho no creo en todas estás pseudo enfermedades posmodernas... bruxismo, sí, cómo no. Síndrome de déficit de atención, claro, seguro, ahora mismo.

*Son las cuatro y media. Me voy a las cinco y media o un poco antes. Ya almorcé el almuerzo de despedida con lu; no en el restaurante caro, porque aumentó más, pero sí en el otro. Ella se tuvo que ir rápido porque va gente a despedirse y tenía que estar allá. Yo di una vuelta a ver si me compraba un libro o un algo. Volví caminando lento, más lento que nunca y eso que ya caminé lento viniendo para acá. Entré y borré documentos comprometedores de la computadora y fui al baño por última vez.

*El viaje: chacra, esquel, corcovado, alto río senguer –no sé por qué, pero insisto con ese lugar hace mucho tiempo– y más. La ruta cuarenta de ida, la tres de vuelta. Pasar por aluminé, donde casi nazco; pasar por puerto deseado. Ir a río grande a ver al tío ricky. Ir a veintiocho de noviembre, donde no hay nada, salvo la hermana de una chica que conocimos una vez.

*Títulos finales.

*Nos vemos.

jueves, marzo 08, 2007

jueves

*Hasta hace un rato llovía con fuerza, ahora ya no más, pero el cielo sigue encapotado y por la ventana se ve todo oscuro. Las preguntas más importantes de este momento son las siguientes: ¿pido comida?, ¿salgo a la intemperie y a las calles inundadas y apunto hacia el restorán caro pero rico y como alguno de los platos del día?, ¿pido empanadas con el resto de mi compañeritos? Nada más. No tengo más preguntas por el momento.

*La compañera de cubículo, la compañera que se va a casar en santiago, la que recibe mails lípidos de su prometido, la que parece que la van a echar; en fin, ella, mira vestidos de novia en alguna página afín. Está así desde hace un rato. Pone en google: vestidos de novias + fotos. Y hay miles de resultados, y los lee todos y mira las fotos y cada tanto anota algo en una libreta. Ayer miraba carteras en mercado libre, carteras de más de quinientos dólares, carteras de marca, carteras grossas. Hoy, vestidos de novia. Mañana, no sé, mañana no me importa, mañana es mi último día.

*Al final, el grueso de los compañeros de trabajo organizó una “empanada party” o algo así. Yo, claro, no estoy invitado. Yo soy invisible. Yo no existo. Soy el fantasma que vaga por la oficina. Gente que tengo a no más de ocho metros me saluda recién al mediodía, por primera vez; buen día, me dicen, y yo ya pasé a su lado, a lo largo de la mañana, unas tres o cuatro veces.

*Una vez, en bariloche, fui a un cumpleaños de quince de una amiga de una prima. Yo era muy chico, pero todavía me acuerdo de la canción que decía: “quince primaveras, quince flores nuevas”. Y del vals. Años más tarde, una compañera de la secundaria festejó sus quince en el boliche del bolsón. Entró montada a caballo por la puerta. Tenía un vestido elegante y un peinado sofisticado –su papá era peluquero–. Recuerdo que había mucha luz y muchos flashes y muchos padres. Bailé el vals. El caballo cagó dentro del boliche. Nos emborrachamos con sidra.

*Hay que empacar y voy de a poco. No me organizo. Ayer grabé un par de cedés más y completé los cientocuarenta que vamos a llevar. Falta la ropa. Tengo los libros y las libretas y un grabador por si las dudas; tengo las ganas, la campera y un par de zapatillas. Tengo, también, el documento nacional de identidad: un logro personal, un milagro de la burocracia, un poco de fe en el mundo gris y pegajoso de las oficinas públicas.

miércoles, marzo 07, 2007

miércoles

*Siempre pensé a los miércoles como el día-punto de inflexión de la semana. Así como una vez que llega julio el año ya está muy cerca de su fin, lo mismo le pasa a la semana luego del miércoles. Los días, a partir de ahí, no se suceden, se tropiezan entre ellos. Y de repente es viernes a la tarde y ya está. Hasta el lunes. Hasta el miércoles. Hasta nunca.

*Por la mañana caminé tres cuadras a la par de uno de esos camiones que en la caja llevan kilos, montañas más bien, de huesos y carne; y que arriba de esas montañas van dos personas, sin remeras, que armados con machetes o hachas se encargan de trozar los huesos y la carne, y las astillas de vaca salpican para todos lados. Siempre me habían intrigado esos camiones: de dónde vienen, a dónde van, cuanta carne juntarán, qué harán con esos huesos; incluso me dieron ganas de sacarles muchas fotos y armar algo así como un ensayo, o filmar o algo. Hoy directamente me dio asco.

*Y sí, es miércoles, y me quedan dos días de trabajo. Y lo digo así, como al pasar. Pero es algo bastante importante. Después de exactos siete meses, faltan dos días para guardar todo en el bolso –todo significa una taza, un mate, una bombilla, una libreta, y por ahí me afano unas cajas de cedés, cosa que es bastante triste– e irme para no volver. Y viene con yapa: a las diecinueve horas sale de retiro el bondi que nos llevará hasta la chacra. Ahí, buscamos el auto, cargamos nuestras cosas, el colchón, los discos, las ollas, etcétera y salimos rumbo al sur. La idea es llegar a ushuaia. Bajar por la cuarenta, volver por la tres. Hacer el perímetro de la patagónia, todo. Hasta donde no haya más ruta.

*Me llega un mail que avisa que el siete de marzo sale a la calle el devedé “batigol, la historia de un goleador”. Y me acuerdo de lo tanto que odio a batistuta y su cara de chico bueno, de chico de barrio correcto, con su barbita y su gorrita, y encima su gran parecido con rodrigo, el compañero de la primaria que era el hijo de la vicedirectora y que era de la pampa y que le gustaban las mismas chicas que a mí, y tenía más éxito, claro, y si no, apelaba a la ayuda jerárquica que le brindaba su mamá.

*La vecina de computadora recibe un mail que dice: “amorsote, te quiero mucho, no?... ya no veo la hora de besarte todita.. te amo changuita de mi alma”. Yo leo desde atrás, disimulado, impune. Parece que se va a casar dentro de muy poco, y va a volver a su santiago natal. Y está bueno, porque me enteré que el plan de la jefa es rajarla lo antes posible.

*Va a llover.

viernes, marzo 02, 2007

dos de marzo



feliz cumpleaños
donde sea
que estés.