*Salió el sol después de muchos días de lluvia y nubes y viento, a veces todo junto, a veces separado, pero siempre lluvia o nubes o viento. Salió el sol, decía, y no sabemos bien qué hacer con él. Lo tratamos como a un familiar o un amigo al que hace mucho tiempo que no vemos y que suponemos o creemos recordar que algo malo pasó entre nosotros, que por algo dejamos de vernos, y ahora, reencontrados al fin, nos tanteamos con cuidado, nos tratamos con respeto pero con una distancia prudente.
*El pasto del jardín crece sin parar. Por momentos, si uno se queda quieto un rato, pareciera oirse el ruido de los tallos verdes subiendo hacia el cielo, creciendo, engordando, como un rumor lejano, como el mar.
*La máquina de cortar pasto se rompió hace unos días y ahora el jardín es la selva valdiviana, la sabana subtropical, llena de las flores blancas del trébol, las amarillas de la achicoria y las lilas de la malva. Hay algunas frambuesas maduras y listas para comer, y el otro día Juan comió el primer arándano de nuestro jardín. Acá tuvimos mejor suerte con los pájaros.
*¿No era que los miércoles llovía?
miércoles, febrero 10, 2010
domingo, febrero 07, 2010
domingo
Primero un pájaro se posa sobre un roble. Después otro. Después otro. Con ritmo hitchcockiano los pajaros ocupan las ramas de ese pulmón verde y literal que forman los dos robles frente a la casa. Los pájaros van y vienen, hacen sombra en el cielo, le ganan al viento. Cada uno de los cientos, miles, millones, de zorzales come una fruta y después otra. Y después otra. Primero comen las maduras, que no son muchas, más tardes las verdes, después todas. Dejan como señal las plantas dobladas y cagadas azul arándano en el pasto. Padre camina por la plantación como un poseso: aplaudiendo, gritando, moviendo los brazos, fuera pájaro, fuera; Madre mira desde la ventana que se llena de lluvia y se empaña con el calor de la casa, con el frío de afuera. Fuera, pájaro, fuera. Pero los pájaros no se van. O sí se van, pero vuelan hasta los robles y enseguida vuelven. Primero uno, después otro, después otro.
viernes, febrero 05, 2010
viernes
Hay días en que la ansiedad y la tensión vuelan en el aire a la velocidad del viento, que es mucha. Hay días que parece que llegaran del este escuchando a Nick Cave, después de una noche de drogas duras y alcohol, cargados de ira y fuerza y viento. Hay días que están llamados para grandes cosas: grandes hechos, grandes tragedias, grandes muertes. Hoy pareciera ser un día de esos. Habrá que sentarse en la galería y esperar a que suceda.
jueves, febrero 04, 2010
jueves
"Luego de un comienzo de semana esperanzador en lo que a rutinas laborales respecta, el día de hoy, con su mañana, su tarde y, ahora y de a poco, su noche o anochecer, fue como un manto de piedad, un balde de agua fría, una pinchada de gomas en la autopista, un.
Dormimos hasta tarde, tal vez fue eso. Dejé el celular en silencio y cuando despertamos, más cerca de las once que de las diez, tenía tres mensajes guardados e igual cantidad de llamadas perdidas. Ninguna era tan importante.
Luego fue el desayuno. Miento: mientras Lu se lavaba los dientes yo hice la cama, tarea que cada día encuentro más fascinante; últimamente lo que hago es intentar armarla sin sacar ni ubicar en otro espacio todos los ingredientes, es decir, mantas, almohadas, sábanas.
El desayuno vino después, y fue té con galletitas con mendicrim y miel. La miel se cristalizó por el frío y da la sensación de tener mejor gusto, además de que es más fácil para untar. Charlamos algunas cosas vagas: recuerdo de sueños -siempre es aburrido escuchar el sueño de los demás-, planes para el resto del día, el menú del mediodía, el de la noche.
Cociné una tortilla de papas. Debo decir, modestia aparte, que me salió de la hostia. Aunque el trabajo que llevó su preparación no sé si vale la pena. Lu ayudó, pero lo feo fue freír las papas, y dar cuenta de la cantidad de aceite que estábamos a punto de ingerir. Por suerte nos engañamos con la ensalada de lechugas, y cuando ponemos limón en lugar de vinagre o aceto, creemos que eso purga todo y listo, somos gente sana y saludable.
Lu se fue después de comer. Poco antes observamos preocupados el tamaño y el color de mis hongos del cuello: Lu planea decirme fungui, pero como todos los sobrenombres que no son espontáneos dudo que prenda en el imaginario popular. Los mejores sobrenombres, esos pensados por horas, se evaporan en minutos. A Santi le quise decir Fatman mucho tiempo, ¿y qué quedó? Nada. En cambio, Terry Escabio a Terry Jones, fue espontáneo, una chispa de lucidez en una tarde de borrachera. Esos son los que valen. Hace poco leí que a alguien le decían Japonés, por sus ojos rasgados. Otra hubiese sido la historia si Lali, en ese arranque de ira contra su infante, me hubiese gritado "Japonés del orto". Creo que el sobrenombre Japo tiene toda la onda del mundo.
Hay días que me imagino caminando con hijito Juan por la calle, y él, rubio, con pelo despeinado, se distrae por cualquier cosa y yo le digo, dale muñeco, apurate. Muñeco. Me gusta como suena. Pero dudo que prenda. Mientras no le digamos juancho, todo bien.
Lu se fue, y quedé solo, a la buena de dios o de quien sea. En la ventana se escuchaba una lluvia intermitente, o más bien, el ruido del agua y las hojas de las plantas cuando se encuentran. No salí afuera.
Ahora se despejó, y la tele dice que hacen como 20 grados. Parece que tenemos planes de ir al teatro. Está bueno, salir un toque. No laburé nada, y me da algo de culpa. Tampoco leí ni hice algún trabajo importante. Deambulé, tomé un mate que me dejó un tanto chapa, comí tostadas con mendicrim y dulce de arándanos. Comemos tres potes de mendicrim por mes, es un número importante".
Lo anterior es un mail que le mandé a hermano Fermín un día cualquiera de julio de hace dos años, cuando todavía vivíamos allá, cuando todavía no había nacido Juan. Lo encontré buscando no sé qué cosa. El mail no dice nada fuera de lo comun ni nada brillante ni nada de nada. Pero lo leí y enseguida me sonó parecido al "Diario de la beca", el prólogo de La novela luminosa, de Levrero. El parecido, no hay ni que aclararlo, no está en cómo está escrito ni en lo que dice. Está, me parece, en el aburrimiento, en lo rutinario de la rutina. Y es loco poder recordar, mediante la lectura, un día cualquiera, un día aburrido sin nada en particular ni extraordinario, que sin embargo quedó ahí, fijado por la escritura.
Dormimos hasta tarde, tal vez fue eso. Dejé el celular en silencio y cuando despertamos, más cerca de las once que de las diez, tenía tres mensajes guardados e igual cantidad de llamadas perdidas. Ninguna era tan importante.
Luego fue el desayuno. Miento: mientras Lu se lavaba los dientes yo hice la cama, tarea que cada día encuentro más fascinante; últimamente lo que hago es intentar armarla sin sacar ni ubicar en otro espacio todos los ingredientes, es decir, mantas, almohadas, sábanas.
El desayuno vino después, y fue té con galletitas con mendicrim y miel. La miel se cristalizó por el frío y da la sensación de tener mejor gusto, además de que es más fácil para untar. Charlamos algunas cosas vagas: recuerdo de sueños -siempre es aburrido escuchar el sueño de los demás-, planes para el resto del día, el menú del mediodía, el de la noche.
Cociné una tortilla de papas. Debo decir, modestia aparte, que me salió de la hostia. Aunque el trabajo que llevó su preparación no sé si vale la pena. Lu ayudó, pero lo feo fue freír las papas, y dar cuenta de la cantidad de aceite que estábamos a punto de ingerir. Por suerte nos engañamos con la ensalada de lechugas, y cuando ponemos limón en lugar de vinagre o aceto, creemos que eso purga todo y listo, somos gente sana y saludable.
Lu se fue después de comer. Poco antes observamos preocupados el tamaño y el color de mis hongos del cuello: Lu planea decirme fungui, pero como todos los sobrenombres que no son espontáneos dudo que prenda en el imaginario popular. Los mejores sobrenombres, esos pensados por horas, se evaporan en minutos. A Santi le quise decir Fatman mucho tiempo, ¿y qué quedó? Nada. En cambio, Terry Escabio a Terry Jones, fue espontáneo, una chispa de lucidez en una tarde de borrachera. Esos son los que valen. Hace poco leí que a alguien le decían Japonés, por sus ojos rasgados. Otra hubiese sido la historia si Lali, en ese arranque de ira contra su infante, me hubiese gritado "Japonés del orto". Creo que el sobrenombre Japo tiene toda la onda del mundo.
Hay días que me imagino caminando con hijito Juan por la calle, y él, rubio, con pelo despeinado, se distrae por cualquier cosa y yo le digo, dale muñeco, apurate. Muñeco. Me gusta como suena. Pero dudo que prenda. Mientras no le digamos juancho, todo bien.
Lu se fue, y quedé solo, a la buena de dios o de quien sea. En la ventana se escuchaba una lluvia intermitente, o más bien, el ruido del agua y las hojas de las plantas cuando se encuentran. No salí afuera.
Ahora se despejó, y la tele dice que hacen como 20 grados. Parece que tenemos planes de ir al teatro. Está bueno, salir un toque. No laburé nada, y me da algo de culpa. Tampoco leí ni hice algún trabajo importante. Deambulé, tomé un mate que me dejó un tanto chapa, comí tostadas con mendicrim y dulce de arándanos. Comemos tres potes de mendicrim por mes, es un número importante".
Lo anterior es un mail que le mandé a hermano Fermín un día cualquiera de julio de hace dos años, cuando todavía vivíamos allá, cuando todavía no había nacido Juan. Lo encontré buscando no sé qué cosa. El mail no dice nada fuera de lo comun ni nada brillante ni nada de nada. Pero lo leí y enseguida me sonó parecido al "Diario de la beca", el prólogo de La novela luminosa, de Levrero. El parecido, no hay ni que aclararlo, no está en cómo está escrito ni en lo que dice. Está, me parece, en el aburrimiento, en lo rutinario de la rutina. Y es loco poder recordar, mediante la lectura, un día cualquiera, un día aburrido sin nada en particular ni extraordinario, que sin embargo quedó ahí, fijado por la escritura.
miércoles, febrero 03, 2010
miércoles, enero 20, 2010
miércoles
Los gringos siguen ahí, en la casa de la esquina. Temprano, tempranísimo, se levantan y empiezan a regar y a desyuyar la huerta, a pasear con los perros y a acomodar su jardín. Temprano, tempranísimo, sale el gringo subido a la bici gris plomo con su sombrero de explorador rumbo a algún lugar, y vuelve más tarde con bolsas de supermercado a veces, sólo él y su sombrero y su bici otras. La gringa abre la puerta del frente y fuma cigarrillos. Uno, más tarde otro, más tarde otro. Cinco, seis por día. Los gringos encuentran perros en la calle y los cuidan y los curan y después les buscan dueños y cuando no los encuentran se quedan los perros cuidados y curados y ya tienen tres y ahora encontraron dos más. Cochoros, preguntan, ¿quieren cochoros lindos? No, gracias, respondemos en un castellano cortado y a los gritos, como si fueran sordos, no gringos, ya tenemos una gatita cochora y un cochoro humano. Y el cochoro humano los mira, a los gringos primero, a los cochoros curados y cuidados después y se va gritando quién sabe qué y perseguido por quién sabe quién por el pasto verde. Pelorojo, dice la gringa, pelo rojo, pero la erre es ere y se van los gringos con los perros encontrados, pelorojo, pelorojo. Y el polvo de la calle y las nubes con formas de hongos. Pelorojo.
martes, enero 12, 2010
martes
Hace un año hablábamos de todos los veranos que hubo el verano pasado. Este verano apenas si hubo algunos otoños.
jueves, diciembre 31, 2009
lunes, diciembre 28, 2009
lunes
*
En una época pensaba que sabía mucho porque leía revistas de tapas brillantes y artículos con oraciones subordinadas y fotos en blanco y negro con chicas de moda y músicos con cigarrillos en la boca. Ahora no leo ni fumo ni visto a la moda ni pienso que sé. En esa época compraba discos y libros e intervenía en discusiones con sagaces observaciones y posturas definidas, cruzaba las piernas y decía claro digamos y a ver, y acomodaba mis discursos en categorías ontológicas varias.
Estoy más contento así.
En una época pensaba que sabía mucho porque leía revistas de tapas brillantes y artículos con oraciones subordinadas y fotos en blanco y negro con chicas de moda y músicos con cigarrillos en la boca. Ahora no leo ni fumo ni visto a la moda ni pienso que sé. En esa época compraba discos y libros e intervenía en discusiones con sagaces observaciones y posturas definidas, cruzaba las piernas y decía claro digamos y a ver, y acomodaba mis discursos en categorías ontológicas varias.
Estoy más contento así.
miércoles, diciembre 23, 2009
sábado
Mando el video de Juan transformándose, en cuestión de segundos, en John Dos Passos.
Y Manu responde:
"La traducción que tengo es medio chota, pero dice así:
"Desde hace años un cofrecillo de madera con los escritos de mi padre ha permanecido sobre la repisa de mi chimenea en Spence's Point. Es un cofrecillo que hice en una clase de trabajos manuales cuando tenía once o doce años. No está demasiado mal. Allí mi padre decidió reinventar muchos de los momentos clave de mi vida. El primero habla de mis primeros pasos y relata de manera detallada el primer movimiento de brazos hacia él, como una zabullida. Muchas veces he empezado a leer estos documentos, pero siempre siento como si una enorme mano me estrujara el corazón. Sin duda debía ser muy pequeño porque el chupete rosado que descansaba en mi mano izquierda estaba descripto como un gran melón enorme, jugoso y chorreado. Entonces miro a los ojos de mi padre y me zambullo como a una pileta vacía. Después relata las risas.
"Los textos de extienden en el tiempo, y los últimos los escribió durante los siete u ocho últimos años de su vida. Ahora que he llegado a la edad que él tenía cuando los redactó quizás pueda reunir la fortaleza suficiente para reproducir algo de su contenido de manera que su figura se destaque entre las sombras.
John Dos Passos, Años Inolvidables
Y sigue, pero eso no nos importa".
Y Manu responde:
"La traducción que tengo es medio chota, pero dice así:
"Desde hace años un cofrecillo de madera con los escritos de mi padre ha permanecido sobre la repisa de mi chimenea en Spence's Point. Es un cofrecillo que hice en una clase de trabajos manuales cuando tenía once o doce años. No está demasiado mal. Allí mi padre decidió reinventar muchos de los momentos clave de mi vida. El primero habla de mis primeros pasos y relata de manera detallada el primer movimiento de brazos hacia él, como una zabullida. Muchas veces he empezado a leer estos documentos, pero siempre siento como si una enorme mano me estrujara el corazón. Sin duda debía ser muy pequeño porque el chupete rosado que descansaba en mi mano izquierda estaba descripto como un gran melón enorme, jugoso y chorreado. Entonces miro a los ojos de mi padre y me zambullo como a una pileta vacía. Después relata las risas.
"Los textos de extienden en el tiempo, y los últimos los escribió durante los siete u ocho últimos años de su vida. Ahora que he llegado a la edad que él tenía cuando los redactó quizás pueda reunir la fortaleza suficiente para reproducir algo de su contenido de manera que su figura se destaque entre las sombras.
John Dos Passos, Años Inolvidables
Y sigue, pero eso no nos importa".
miércoles
Anoche soñé otra vez que hacía stand up comedy. Esta vez era una convención de payasos en una mansión abandonada en la que estaba una amiga rubia, drogada, esperando a su novio, y en otra habitación la ex esposa del novio de la amiga rubia drogada, pintando paredes con acuarelas. Yo cantaba: How can you laugh when you know I'm clown. Y todos los payasos reían. Me daba gracia que los payasos se rieran de mí y yo también reía. Después, en algún momento de mi monólogo decía: "Estoy como Martin Luther King: tengo un sueño" y bostezaba y me quedaba dormido y a lo lejos escuchaba las risas de los payasos y los pasos que llegaban de algún lugar de la mansión y el ruido imperceptible de un dedo pintando una pared con una acuarela azul.
viernes, diciembre 18, 2009
viernes
Y a veces nos metemos un poco en política, en la política pequeña y al alcance de la mano, pero no por eso menos inasible y resbaladiza, y nosotros y ellos, los representantes del pueblo, estamos en la oficina desde la que se escuchan ranas y que está a pocos metros de la ruta por donde pasan autos que vienen de acá nomás y otros que vienen de más lejos y siguen de largo sin prestar atención al pueblo mientras la noche se hace de a poco desde atrás del Piltriquitrón y el sol o lo que queda de él resiste heroico desde el otro lado, en una lucha inútil y exagerada de la que nosotros, testigos ocasionales, sólo podemos ver rayos naranjas, nubes negras, voluptusidad y derrota, pero adentro, en la oficina, ese pequeño fin del mundo pasa desapercibido, porque se trata el presupuesto y ahí está el verdadero fin del mundo, ahí, en esos números inflados y ficticios que cinco empleados del mes defenderán sin argumentos pero con manos levantadas y en un costado y bronceado por el sol que afuera ya murió está él, nuestro Jean Reno, comandando la sesión aún sin comandarla, con la respiración sonora por un moco atravesado que a medida que se va poniendo más nervioso y más nervioso aturde y envuelve la sala y a los allí presentes, a ellos, los representantes del pueblo y a nosotros, el pueblo, de ese ir y venir de aire y moco y entonces alguien se acuerda que Jean Reno llegó a donde llegó con una plataforma electoral que decía que todos los caminos son buenos si no se sabe a dónde ir, y ahora, que siguen sin saber donde ir, o lo saben todavía menos, los caminos se volvieron intransitables y amenazadores y encima la noche reina sobre el pueblo y la oficina y la ruta y nadie sabe bien cómo vamos a hacer para salir, por fin, de ahí.
sábado, diciembre 12, 2009
sábado
Una tarde de octubre, acostados en el pasto del Hotel Llao-Llao mientras una señora negra y ciega cantaba una canción triste sobre otros negros y ciegos, Andrea sacó del bolso donde guardaba sus cámaras un libro de Pessoa. Lo abrimos al azar y leímos un poema de una de las múltiples personalidades que tenía el portugués que hablaba de la muerte: del entierro y la angustia y la sorpresa del principio y, después y de a poco, del acostumbramiento y ese verso que quedó guardado hasta hoy, que decía:
Sólo serás recordado en dos fechas, por tus aniversarios:
Cuando cumpla los años tu nacer, cuando cumpla los años tu morir.
Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Pensarán en ti dos veces cada año.
Cada año suspirarán por ti dos veces aquellos que te amaron.
Y alguna que otra vez suspirarán si por casualidad se habla de ti.
Quedamos todos en silencio, incómodos con una incomodidad que no se correspondía con el piano y la voz suave y ciega soplando a la distancia y el sol de la tarde y el pasto perfecto y el viento cálido que apenas alcanzaba para despeinar. No me acuerdo cómo salimos de ahí, de ese embotellamiento de pensamientos cargados de muerte, de lo inevitable y de dolor. Pero salimos. Como tantas otras veces.
***
Las referencias a la muerte nos ponían incómodos a todos pero las enfrentábamos con dignidad. Cuando William Shatner decía: "Vive la vida como si fueras a morir, porque vas a morir. Te va a suceder porque le pasó a un montón de gente que conozco: mi madre, mi padre, mis amores, el presidente, el rey y el papa", reíamos con una risa que con el paso de los segundos se transformaba en una mueca que se transformaba en seriedad que se transformaba en tristeza que se transformaba. Cuando Patricio Rey decía que hay caballos que se mueren pronto, sin galopar; bueno, la metáfora no dejaba mucho margen de acción.
***
Ahora, hoy, son cuatro años. Y cuatro años es mucho tiempo. Y cuatro años no es nada.
***
Con Juan y Lu y Padre y Madre vamos a subir el camino de ripio hasta el cementerio y vamos a sentarnos en el banco y mirar el paisaje que cambia cada vez que subimos. Vamos a caminar entre las tumbas de los viejos pobladores y vamos a mirar sus nombres y sus fechas de nacimiento y vamos a calcular cuánto vivieron y vamos a imaginar cómo vivieron y cómo murieron. Vamos a sacar malezas y acomodar los rosales y el arándano. Vamos a romper silencios con afirmaciones y preguntas. Vamos a reir con Juan y vamos a mirar ese pedazo de tierra negra y absurda. Vamos a mirar el cielo, hoy blanco de nubes, y vamos a mirar el Pirque cada vez más verde. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años atrás. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años adelante.
Sólo serás recordado en dos fechas, por tus aniversarios:
Cuando cumpla los años tu nacer, cuando cumpla los años tu morir.
Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Pensarán en ti dos veces cada año.
Cada año suspirarán por ti dos veces aquellos que te amaron.
Y alguna que otra vez suspirarán si por casualidad se habla de ti.
Quedamos todos en silencio, incómodos con una incomodidad que no se correspondía con el piano y la voz suave y ciega soplando a la distancia y el sol de la tarde y el pasto perfecto y el viento cálido que apenas alcanzaba para despeinar. No me acuerdo cómo salimos de ahí, de ese embotellamiento de pensamientos cargados de muerte, de lo inevitable y de dolor. Pero salimos. Como tantas otras veces.
***
Las referencias a la muerte nos ponían incómodos a todos pero las enfrentábamos con dignidad. Cuando William Shatner decía: "Vive la vida como si fueras a morir, porque vas a morir. Te va a suceder porque le pasó a un montón de gente que conozco: mi madre, mi padre, mis amores, el presidente, el rey y el papa", reíamos con una risa que con el paso de los segundos se transformaba en una mueca que se transformaba en seriedad que se transformaba en tristeza que se transformaba. Cuando Patricio Rey decía que hay caballos que se mueren pronto, sin galopar; bueno, la metáfora no dejaba mucho margen de acción.
***
Ahora, hoy, son cuatro años. Y cuatro años es mucho tiempo. Y cuatro años no es nada.
***
Con Juan y Lu y Padre y Madre vamos a subir el camino de ripio hasta el cementerio y vamos a sentarnos en el banco y mirar el paisaje que cambia cada vez que subimos. Vamos a caminar entre las tumbas de los viejos pobladores y vamos a mirar sus nombres y sus fechas de nacimiento y vamos a calcular cuánto vivieron y vamos a imaginar cómo vivieron y cómo murieron. Vamos a sacar malezas y acomodar los rosales y el arándano. Vamos a romper silencios con afirmaciones y preguntas. Vamos a reir con Juan y vamos a mirar ese pedazo de tierra negra y absurda. Vamos a mirar el cielo, hoy blanco de nubes, y vamos a mirar el Pirque cada vez más verde. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años atrás. Sin quererlo, vamos a pensar en cuatro años adelante.
jueves, diciembre 10, 2009
jueves
Jazz duet
PD: Los jueves sale el sol y nunca hay nubes y comemos sanguchitos de lomo a la parrilla y caminamos por el jardín, como escapando de los rayos ultravioletas.
PD: Los jueves sale el sol y nunca hay nubes y comemos sanguchitos de lomo a la parrilla y caminamos por el jardín, como escapando de los rayos ultravioletas.
miércoles, diciembre 02, 2009
miércoles
viento lluvia y resolana
nuestros tres jinetes
del apocalipsis meteorológico
están ahí a la espera
todos los días, todas las horas
desde finales de agosto
los ojos cerrados
el ceño fruncido
viento lluvia y resolana
la concha de tu hermana
nuestros tres jinetes
del apocalipsis meteorológico
están ahí a la espera
todos los días, todas las horas
desde finales de agosto
los ojos cerrados
el ceño fruncido
viento lluvia y resolana
la concha de tu hermana
miércoles, noviembre 25, 2009
miércoles
La regularidad de las cosas se entiende, como el trueno, con el tiempo. Los dos perros que aparecen corriendo en la esquina siempre se adelantan al auto blanco, no hay dos perros sin auto, no hay auto sin dos perros: los perros llevan el auto. Las chicas que pasan caminando a las ocho de la mañana son mucamas aunque para expiar culpas sus contratadores digan que son las chicas que los ayudan. Las chicas que ayudan a sus contratadores desandan su camino al mediodía y van más rápido y más contentas, algunas cortan camino atravesando el aeropuerto, y eso, las picadas que atraviesan el aeropuerto, también se entiende con el tiempo: las grietas, los intersticios, los atajos. La yegua que come pasto en el bosque de cipreses tuvo un potrillo gris hace una semana, Juan lo mira y se ríe, el potrillo toma teta y corre y a veces muerde a su madre y juega y otras veces se tira en el suelo y duerme. Casi todas las tardes los viene a buscar un paisano sin un brazo que tiene la manga de la camisa azul doblada y cosida. Cuando nos vemos nos saludamos con la cabeza. Recogen la basura los martes y jueves a la mañana en un camión verde. Las bolsas se apilan en la caja y el conductor fuma cigarrillos y los chicos que juntan la basura lo hacen despacio, con cuidado: abren los tachos y después los dejan abiertos. Al rato aparecen los perros, todos los perros, no sólo los perros del auto blanco, y olfatean y ladran y se muerden. Los viejitos de impermeable amarillo están todas las tardes en su jardín y cuando hacen compras vuelven en silencio con las bolsas blancas del supermercado hamacándose y golpeando sus pantorrillas. Son de Oregon, llegaron al Bolsón de casualidad, hace tres años. El no dijo por casualidad, dijo por accidente, en un castellano sinuoso y resbaladizo, el día que lo levanté en el renó nueve y nos presentamos y nos dimos las manos y yo le hice preguntas y le dije que era el nuevo vecino de la casa que está enfrente de la suya, y él dijo ah, the ones with the baby y yo le sonreí y asentí con la cabeza y le dije oh, yeah. Después lo dejé enfrente del supermercado y dijo gracias y yo seguí mi camino hacia El Hoyo. El cielo estaba gris y las nubes se pegaban a las montañas.
domingo, octubre 25, 2009
sábado a la noche
Hace un año a estas horas
caminaba por los pasillos
y las salas vacías
del Hospital Italiano
en busca de una oficina.
Se escuchaban mis pasos
y el eco de mis pasos
y el ruido que hace
el aire acondicionado
cuando se prende
y el silencio que queda
cuando se apaga.
En una de las habitaciones
estaba Lu,
me esperaba,
esperaba.
caminaba por los pasillos
y las salas vacías
del Hospital Italiano
en busca de una oficina.
Se escuchaban mis pasos
y el eco de mis pasos
y el ruido que hace
el aire acondicionado
cuando se prende
y el silencio que queda
cuando se apaga.
En una de las habitaciones
estaba Lu,
me esperaba,
esperaba.
jueves, septiembre 24, 2009
jueves
Primo M se compró una moto con la que surca raudo las calles de Kaohsiung, Taiwan. Usa casco negro y brillante como algunas noches y anteojos de sol que lo igualan en rasgos a sus nuevos compatriotas, aunque sea un poco más alto. Estaciona la moto en un cochera que imagino inmensa y con ruidos de gotas que caen sobre el asfalto gris y manchas de aceite y ruidos a frenadas que suenan a lo lejos. Camina despacio hasta uno de los diez o doce ascensores del edificio donde vive, el Tuntex Sky Tower, el segundo edificio más alto de Taiwan, el que para nosotros, occidentales, tiene forma de tenedor clavado sobre la tierra y para ellos, orientales que usan palillos, tiene la forma del caracter Kao, que significa alto. El primer ascensor lo deja en el piso veinte. Allí camina por un pasillo alfombrado con música funcional taiwanesa y hello kitty y vidrieras de locales que venden cosas hasta llegar al segundo ascensor que lo deja en el piso treintaidos, donde está su departamento. Tiene vista al mar y por la ventana ve llegar los tifones y los monzones y todos esos vientos que llegan del estrecho volando todo a su paso. El departamento es chiquito, me lo dijo una vez por teléfono, pero tiene todas las comodidades imaginadas, aparatitos, botones, cables, luces. Y la vista, como decía, y los vientos y los ascensores más rápidos del mundo y miles de taiwaneses viviendo en esa ciudad vertical. Primo M trabaja de noche, con horarios de occidente, y de día estudia chino y cuando puede duerme y pasea en su moto y tiene enredos amorosos de los que a veces sale airoso y otras veces termina estropeado como esos árboles y esos autos y esos taiwaneses que quedan a merced de los monzones y tifones y otros vientos del estrecho. Va y vuelve, en moto, de noche y de día. Cierra negocios por teléfono, toma cervezas en bares extraños con extranjeros putañeros, escribe mails, chatea, actualiza su perfil de Facebook, aprende chino: todos los días va a clase y su maestra lo quiere y lo anima a seguir o al menos eso es lo que entiende. Viaja por paises vecinos y visita amigos: por todas partes del mundo tiene amigos y algunos de ellos nos visitaron en la chacra algún verano. Subina de Nepal, Mike de Canadá, Muran de Corea, así.
Primo M se compró una moto y maneja temerario por las callecitas de Kaohsiung, Taiwan. Esquiva bicicletas y autos y camiones y otras motos. Acelera en las rectas y frena en las curvas. Usa anteojos de sol hasta de noche para evitar el polvo y el viento que lo hacen lagrimear. Si hubiese una cámara que lo pudiera filmar de frente veríamos en los vidrios espejados de los anteojos las luces de las avenidas, las palmeras dobladas por la velocidad y el viento, los autos que van y los autos que vienen, los semáforos que cambian de color y la rueda delantera que muerde la banquina y la moto que se tambalea y las manos que se agarran firmes del manubrio y los ojos que se cierran y el asfalto que se acerca cada vez más, una línea blanca, espacio, otra línea blanca, espacio y el casco que golpea contra el piso negro y alguna chispa por el roce. Y si hubiese sonido escucharíamos todos esos ruidos a metales retorcidos y a motores acelerados, esos ruidos que aturden porque terminan y enseguida todo es silencio y empiezan, de a poco, a aparecer los otros ruidos: perros, autos, pasos sobre la vereda de taiwaneses que se acercan a preguntarle a este señor de la moto que hasta que no se saca los anteojos parece un coterraneo pero un poco más alto que la media si está bien, y sí, estoy bien, dice o cree decir en chino y después lo repite en inglés y en francés y en castellano, para asegurarse de que está bien en un idioma que entienda.
Primo M se compró una moto y maneja temerario por las callecitas de Kaohsiung, Taiwan. Esquiva bicicletas y autos y camiones y otras motos. Acelera en las rectas y frena en las curvas. Usa anteojos de sol hasta de noche para evitar el polvo y el viento que lo hacen lagrimear. Si hubiese una cámara que lo pudiera filmar de frente veríamos en los vidrios espejados de los anteojos las luces de las avenidas, las palmeras dobladas por la velocidad y el viento, los autos que van y los autos que vienen, los semáforos que cambian de color y la rueda delantera que muerde la banquina y la moto que se tambalea y las manos que se agarran firmes del manubrio y los ojos que se cierran y el asfalto que se acerca cada vez más, una línea blanca, espacio, otra línea blanca, espacio y el casco que golpea contra el piso negro y alguna chispa por el roce. Y si hubiese sonido escucharíamos todos esos ruidos a metales retorcidos y a motores acelerados, esos ruidos que aturden porque terminan y enseguida todo es silencio y empiezan, de a poco, a aparecer los otros ruidos: perros, autos, pasos sobre la vereda de taiwaneses que se acercan a preguntarle a este señor de la moto que hasta que no se saca los anteojos parece un coterraneo pero un poco más alto que la media si está bien, y sí, estoy bien, dice o cree decir en chino y después lo repite en inglés y en francés y en castellano, para asegurarse de que está bien en un idioma que entienda.
miércoles, septiembre 23, 2009
miércoles
Somos varios sentados en las banquetas de un bar que parece estar en un hotel que parece estar en un shopping, el piso es alfombrado y la barra es de madera de roble barnizado y lustroso. Los más grandes: mi abuelo y yo. Mi abuelo está por cumplir ochenta años y entonces nos invita al hotel, o al menos eso pienso ahora, que busco un motivo. Todos piden jugo de naranja exprimido que viene en un vaso largo con sorbete y paraguas. Mi abuelo pide un trago que se llama Peckinpah. Como Sam, le digo a la barwoman de pelo negro y ojos brillantes. ¿Qué?, responde y pregunta, sorda por el hielo de la coctelera. Como Sam Peckinpah, Perros de Paja, le digo. Sin mirarme asiente: quiere detener esta conversación lo más rápido posible. Entonces vos querés otro Peckinpah, dice después de servir el trago de mi abuelo en una copa de martini. No, no, yo quiero un whisky, un Johnny Walker. ¿Mezquino o generoso? pregunta. No entiendo nada: quiero un whisky en un vaso con un hielo, quiero que me mires mientras me lo preguntás, quiero estar cómodo, quiero estar descalzo, con mis pies sintiendo la alfombra entre los dedos.
Mientras lo sirve, mezquino, generoso, da lo mismo, salgo a dar una vuelta por ese lugar. En donde debería haber una escalera hay una disquería, con un potus en la entrada. Los discos están sobre el piso en columnas de medio metro de altura. Miro las tapas y no reconozco ninguna. Hay una puerta que da a una habitación en la que hay tres gringos. Les pregunto si alguien sabe algo del vendedor de discos. No entienden de qué les hablo y en un idioma extraño me piden que por favor salga del cuarto. Vuelvo a la disquería. Estoy un rato y decido salir. Había planeado robarme algunos discos: también hay remeras y posters pero no me interesan. Salgo con las manos vacías y con sed.
Vuelvo al bar. Hay olor a perfume y todos ríen. Mi abuelo me dice: sabías que el Peckinpah lleva Chanel Nº 6. No, le respondo, no sabía que un trago se hacía con perfume y tampoco sabía que hay un Chanel Nº 6, pensé que todo empezaba y terminaba con el Nº 5. Mi abuelo se ríe y toma un sorbo y mientras se limpia los labios con la manga de la camisa me dice: todo lo que te falta saber todavía.
Mientras lo sirve, mezquino, generoso, da lo mismo, salgo a dar una vuelta por ese lugar. En donde debería haber una escalera hay una disquería, con un potus en la entrada. Los discos están sobre el piso en columnas de medio metro de altura. Miro las tapas y no reconozco ninguna. Hay una puerta que da a una habitación en la que hay tres gringos. Les pregunto si alguien sabe algo del vendedor de discos. No entienden de qué les hablo y en un idioma extraño me piden que por favor salga del cuarto. Vuelvo a la disquería. Estoy un rato y decido salir. Había planeado robarme algunos discos: también hay remeras y posters pero no me interesan. Salgo con las manos vacías y con sed.
Vuelvo al bar. Hay olor a perfume y todos ríen. Mi abuelo me dice: sabías que el Peckinpah lleva Chanel Nº 6. No, le respondo, no sabía que un trago se hacía con perfume y tampoco sabía que hay un Chanel Nº 6, pensé que todo empezaba y terminaba con el Nº 5. Mi abuelo se ríe y toma un sorbo y mientras se limpia los labios con la manga de la camisa me dice: todo lo que te falta saber todavía.
lunes, septiembre 14, 2009
lunes
Hace ya varios días que las condiciones para escribir están dadas. Llovió mucho y después salió el sol, por ejemplo. Llovió tanto que los ríos crecieron y el ruido de las gotas sobre las chapas se incorporó al repertorio de ruidos usuales, como el camión que junta la basura los martes y jueves y sábados por la mañana, o al reggaeton lejano del vecino, o la heladera, que parece despertarse sobresaltada de repente y enseguida vuelve al silencio o al menos a un ronquido constante y por eso inaudible. Después paró de llover, como siempre para. Y cuando para, que no es un momento definido sino una progresión de momentos -las gotas más espaciadas: otros ruidos, otros olores, otros colores- siempre queda flotando la sensación de qué sucedería si nunca más parara: si esto que duró siete días con sus noches siguiera así para siempre, y los charcos de la calle se hicieran arroyos, y los arroyos ríos y los ríos lagos y los lagos mares y así, que ya se entiende la idea. Porque, más allá del refrán que anuncia, empírista, que va a parar de llover porque siempre paró, al octavo día de lluvia ininterrumpida repiquetea en las cabezas de varios esa duda: ¿y si fuera ésta la primera vez que siguió?
Pero paró, ya lo adelanté. Y salió el sol y pareció, más allá de algunos charcos que reflejaban nubes, que nunca había llovido ni nunca había parado, que siempre había estado allá arriba el sol amarillo y los días celestes y fríos, y esos charcos andá a saber cómo aparecieron.
En alguno de esos días de sol Lu, Viole y Juan fueron al laberinto. Las ovejas los miraron pasar y apenas si levantaron sus cabezas del pasto. Los teros, no. Los teros gritaron, volaron, gritaron otra vez. Los pinos reflejaron gotas de agua en la punta de las pinochas, gotas de aguas como prismas, como cuarzos, gotas de agua como miles de arcoiris en las miles de las ramas de los miles de los pinos.
Cruzaron el foso y se adentraron en el laberinto. Sacaron fotos, sintieron frío en los cachetes, conversaron, pensaron cosas que yo no podría precisar. En alguna esquina Juan perdió una zapatilla. Volvieron a casa y en el camino compraron helado.
Después volvió la lluvia, porque el refrán hasta ahora también funcionó siempre a la inversa: siempre que paró llovió. Y nos olvidamos para siempre que los árboles estaban en flor y que las cumbres de los cerros estaban nevadas y que había ovejas que saludaban displicentes y teros que hacían un despliegue innecesario y brotes en las ramas y cuarzos en las puntas de las pinochas de los pinos. Y pensamos en la lluvia y en las películas que se ven cuando llueve, y en la música y en el pan de la máquina de hacer pan y en la radio y en el mate, y también volvimos a pensar, pero esto no lo dijo nadie, en la posibilidad de que nunca más parara de llover.
Poco después, paró.
Pero paró, ya lo adelanté. Y salió el sol y pareció, más allá de algunos charcos que reflejaban nubes, que nunca había llovido ni nunca había parado, que siempre había estado allá arriba el sol amarillo y los días celestes y fríos, y esos charcos andá a saber cómo aparecieron.
En alguno de esos días de sol Lu, Viole y Juan fueron al laberinto. Las ovejas los miraron pasar y apenas si levantaron sus cabezas del pasto. Los teros, no. Los teros gritaron, volaron, gritaron otra vez. Los pinos reflejaron gotas de agua en la punta de las pinochas, gotas de aguas como prismas, como cuarzos, gotas de agua como miles de arcoiris en las miles de las ramas de los miles de los pinos.
Cruzaron el foso y se adentraron en el laberinto. Sacaron fotos, sintieron frío en los cachetes, conversaron, pensaron cosas que yo no podría precisar. En alguna esquina Juan perdió una zapatilla. Volvieron a casa y en el camino compraron helado.
Después volvió la lluvia, porque el refrán hasta ahora también funcionó siempre a la inversa: siempre que paró llovió. Y nos olvidamos para siempre que los árboles estaban en flor y que las cumbres de los cerros estaban nevadas y que había ovejas que saludaban displicentes y teros que hacían un despliegue innecesario y brotes en las ramas y cuarzos en las puntas de las pinochas de los pinos. Y pensamos en la lluvia y en las películas que se ven cuando llueve, y en la música y en el pan de la máquina de hacer pan y en la radio y en el mate, y también volvimos a pensar, pero esto no lo dijo nadie, en la posibilidad de que nunca más parara de llover.
Poco después, paró.
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