domingo, noviembre 16, 2008
domingo
*Los ruidos, las manos, las uñas, los ojos, el pelo, los pies, las piernas, el culito, el ceño fruncido, la nariz -primero con pintitas blancas, ahora cada vez más estilizada-, los movimientos, el hipo, las orejas -la que tiene chueca y la otra-, la boca -sobre todo la boca-, la lengua que se dobla cuando llora, los estornudos, los bostezos.
*Sí, casquete-polar-que-cruje-y-tiembla-y-se-derrumba, las pelotas. La ciudad se nos viene encima y podemos usar metáforas de las más variadas y locas, pero cuando el martillo neumático que derrumba el edificio vecino empieza a hacer temblar todo a las ocho de la mañana, y los cuarenta grados centígrados amenazan con derretirnos, y por las noches el reguetón del vecino avisa que lo que pasó pasó por enésima vez, imaginamos el río corriendo hacia el Pacífico, el pasto verde, un gin tonic en la vereda y el silencio, sobre todo el silencio, y nos preguntamos ¿qué era que estábamos esperando acá, en este infierno llamado Buenos Aires?
*La demolición nos tomó por sorpresa. Primero fue un post it en el ascensor que decía que "aparentemente" iban a empezar en los próximos días. Después, tres obreros de la destrucción, con cascos y mamelucos, mazas y picotas, empezaron a golpear mientras charlaban: "¿che, al final ganó Obama o el otro?". Avanzaban de a poco, hacían asados largueros y tomaban hectolitros de cocacola: una manera de destruir hasta enternecedora. Después llegó el martillo neumático y, como dijo Brecht, fue demasiado tarde. El nombre de la empresa es Deconstrucción. Si no los odiara tanto, me daría gracia.
*El ombligo salido para fuera, la panza redonda, los pliegues por todos lados, su respiración cuando está dormido, su respiración cuando está despierto, el olor de su cabeza, el olor de sus pies, la piel que se le descascara, los movimientos de sus brazos hacia arriba como un Perón en el balcón, pero dormido en un cochecito de paseo, sus dedos babeados de chuparselos, las cejas casi transparentes, los remolinos en el pelo como un trigal en un día ventoso, ese puntito en el medio de la boca, la mancha roja en el hombro izquierdo, las vértebras dándole forma a la columna, que es casi un chiste, los codos, las rodillas.
*Anoche soñé con Martín después de mucho tiempo de no soñar con él y otro tanto de no soñar ninguna otra cosa interesante. Estábamos en la casa de alguien en el Bolsón, era de noche: una fiesta o una reunión. Martín estaba ahí y en un momento nos fuimos los dos a un rincón a charlar. No sabés lo que te extraño, le dije. Qué lindo, respondió. Y agregó: la tienen que pasar bien, muy bien. Estaba con un buzo gris y la espalda chueca. Nos abrazamos un rato largo y sentí sus costillas, le toqué el pelo y olí a esencias de eucalíptus y menta -aunque en los sueños no sé si se huele, pero cuando desperté lo recordé así-. Después nos subimos a la trafic: no arrancó. Me dijo, riendo, con los labios torcidos como reía, pará, levantá el cebador y pisá tres veces el acelerador, esperá un poco y ahora sí. Y entonces sí. Avanzamos despacio por un camino de ripio con charcos marrones, con el cielo clareando hacia el este. Los ojos llorosos y una sensación de alegría tan grande como tenerlo a Juan cerca.
*Después, cuando desperté, antes de ducharme, puse Nick Cave. En el momento no lo pensé, pero después todo tuvo sentido. Mientras el australiano gritaba an eye for an eye a tooth for a tooth and anyway I told the truth and I'm not afraid to die, volví a ese trece de diciembre y al calor sórdido y al dolor profundo, al olor a tierra y el vértigo y las lágrimas y los abrazos inconsolables y las palabras vacías y entendí algo que ahora no sé bien qué fue pero que de alguna manera extraña me reconfortó y llenó de paz o algo parecido.
*Las mil caras que pone como fotogramas vistos en cámara lenta, los suspiros, y saber que está ahí, durmiendo, a un brazo estirado de distancia.
miércoles, octubre 22, 2008
jueves
*El azar, o algo parecido, hace que en esa minúscula habitación del Hospital Italiano haya cinco personas de las cuales tres son hinchas de Independiente. Las otras dos se reparten entre: "no me importa el fútbol" y "soy de Michigan, Estados Unidos". Celebramos la coincidencia, mientras Noelia, la partera, sigue hablando.
*Terminamos de hacer cosas y decimos: ahora sí, esto es lo que estaba esperando. Ordenamos el cuarto y los armarios, armamos la cuna, cambiamos de lugar el living, mudamos la tele y la mesa y el sofá y la biblioteca, ordenamos la ropa por tamaño, ponemos las toallas y las sábanas en unos ordenadores muy prácticos, salimos a caminar y vamos al cine, tomamos helado y decimos: ahora sí, esto es lo que estaba esperando. Y nada.
*Octubre, el mes de las revoluciones, es hasta ahora una masa amorfa de días que se suceden en ese estado pegajoso y somnoliento que es la espera. Hacia adelante, un deadline metafísico, un horizonte de expectativas, y lo inminente que acecha con la forma vaga que adquiere lo desconocido. Pero la pasamos bien. Dormimos en el living, en el sofá cama, y nos sentimos de vacaciones. En la tele, algún episodio de Seinfeld.
miércoles, octubre 08, 2008
miércoles
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La primera era todo terreno. Coshics era alguien o algo ridículo; coshics era una frase desubicada, un dibujo mal hecho; coshics era alguna acción que inspirara pena o ternura o las dos cosas juntas; coshics era decir: "soy el más loco del aula", o "parecemos adolescentes". Coshics éramos nosotros, mientras nos hundíamos de a poco en el pantanoso terreno del ridículo.
***
Veíamos sin parar películas de cowboys. Algunas graciosas, como las de Trinity, otras terribles como la de Ulzana, otras épicas, como las de Wyatt Earp, otras incomprensibles, como las de Clint Eastwood. Leíamos Lucky Luke y el teniente Blueberry. Cantábamos I'm a poor lonesome cowboy / And a long long way from home.
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Y de por ahí viene garetón, la otra palabra. Viene de Pat Garrett, aquel cowboy que primero fue un forajido y después se volvió sheriff para alcanzar finalmente la fama como aquel que mató a Billy The Kid. En algún momento, en alguna película, Pat hace algo heroico, desinteresado, y se va sin más, ante la mirada impávida de los testigos que apenas pueden balbucear: "se fue sin decir su nombre". Garetón, entonces, era eso: ser tan canchero, tan grosso, y después, impertérrito, hacerse el distraído. Meter un gol de chilena, ponele, y levantarte como si nada hubiera ocurrido. Ah, garetón, qué te hacés.
miércoles, octubre 01, 2008
jueves
En la terraza, sol y pajaritos y también martillos y sierras. Cuelgo la ropa y espero a ver si toma algo de color la cabeza rapada. De la nada aparece Cristian con un mate listo. Pollito, dice, ¿te tomás un verde? Y dale. El mate está dulce, muy dulce. Y hablamos. Cristian me mira: deberías salir a correr, con esto de la paternidad juntás kilos a lo loco, te contagiás de la quietud del bebé y de repente estás todo hinchado, lento. Te va a venir bien, vas a ver. Cierra los ojos, encandilado, se acomoda el pelo negro y se va.
*Octubre, lindo mes para revoluciones, escribió padre hace tanto tiempo en una carta que mandó a sus seres queridos. No hubo revoluciones, ni en ese octubre ni en los que vinieron después. Pero la frase, el slogan, quedó grabado a fuego en mi cabeza.
En enero de este año, para inaugurar la agenda y ponerle algo de dramatismo al año, pasé las páginas en blanco -días a estrenar- y llegué hasta comienzos de octubre. Allí, en el día 1° escribí: Octubre, lindo mes para revoluciones, en tinta azul, despreocupada. Mientras lo leo, hoy, un escalofrío me recorre la espalda.
*En esa habitación helada que llamábamos Siberia nos quedábamos horas y horas hablando antes de quedar dormidos. Las conversaciones tenían nombre: eran las very very importants y versaban, más que nada, sobre las chicas, un poco menos sobre compañeros de clase, y por último, sobre temores, miedos, angustias. En fin: sobre las cosas very very importants que pueden hablar dos amigos, de noche, antes de dormir.
Una noche, cuando íbamos a tercer grado, dije, convencido: "soy el más loco del aula". Migui hizo un silencio que duró un rato largo. Creo, incluso, que fue lo último que dijimos y nos dormimos de a poco, callados, incómodos. No sé en qué me basaba para tamaña afirmación, pero lo cierto era que lo pensaba. Estaba convencido de mi rebeldía y locura. Cada tanto nos acordamos y nos reímos.
lunes, septiembre 29, 2008
lunes
viernes, septiembre 26, 2008
viernes
Me vi entrar a la casa de pisos de madera y dejar los zapatos afuera. Me vi sentado en la reposera, pensando. Me vi escribir esto desde un escritorio vacío, con un dibujo de hijo como único adorno. Desde allí arriba escuché los ruidos de una casa habitada.
viernes, septiembre 05, 2008
viernes
("Son, son, son, here it comes")
martes, septiembre 02, 2008
mujeres (II)
*Claudia me dijo que usaba mucho internet para mantener la pareja. Después rió. Estábamos en el Rosedal, era un día de semana con mucho sol y cielo celeste. Mientras ella posaba con los patines, un shorcito blanco y un pequeño top, la gente se acercaba a mirar. Varios se sacaban fotos: alejaban una mano y se enfocaban, en un ejercicio de pura intuición. Con la mano alejada apretaban el disparador: en el cuadro, ellos -cada uno-, solitarios, con un brazo largo que se pierde por detrás del obturador y, a lo lejos, el culo de Claudia, que un día dijo uy como estoy y listo, lo consiguió, llegó.
*Cinco días después, Claudia me llamó al celular. Yo acababa de despertar de una siesta y estaba esperando el 36, el peor colectivo de la galaxia. El teléfono decía: Claudia, y su número, y el ruidito que hace el teléfono cuando recibe una llamada. Atendí. Ella lloraba. Me decía sos un hijo de puta, como pudiste hacerme algo así, yo te hablé con sinceridad, te dije que era una nena, que no hacía cosas para llamar la atención. Y era cierto, Claudia cultivaba el perfil bajo. Y yo no tenía ni idea de qué me hablaba. Le dije: de qué me hablás. Y respondió: no te hagás el gil. Y le dije: no me hago el gil, no sé de qué me hablás. Me contó: pusiste de título que yo tenía sexo por chat con mi novio. Reí. No, tontita, yo no puse ese título. Yo puse un título mucho más buena onda, que al parecer al editor no le gustó tanto.
*Claudia tragó los mocos y dijo: ahora tenés que arreglar lo que hiciste. Le dije que sí, que claro, que no se preocupe. Suspiró y cortó.
*Unos quince minutos más tarde, el 36 dobló en Julián Alvarez. Venía hasta la manija.
(Esto es algo así como la continuación, un año después, de la serie iniciada con Moria. ¿Habrá más?, nunca lo sabremos.)
martes
Sra. Smith. -¿Pero quién cuidará de sus hijos? Sabes muy bien que tienen un muchacho y una muchacha. ¿Cómo se llaman?
Sr. Smith. -Bobby y Bobby, como sus padres. El tío de Bobby Watson, el viejo Bobby Watson, es rico y quiere al muchacho. Muy bien podría encargarse de la educación de Bobby.
Sra, Smith. -Sería natural. Y la tía de Bobby Watson, la vieja Bobby Watson, podría muy bien, a su vez, encargarse de la educación de Bobby Watson, la hija de Bobby Watson. Así la mamá de Bobby Watson, Bobby, podría volver a casarse. ¿Tiene a alguien en vista?
Sr. Smith. -Sí, a un primo de Bobby Watson.
Sra. Smith. -Quién? ¿Bobby Watson?
Sr. Smith. -¿De qué Bobby Watson hablas?
Sra. Smith. -De Bobby Watson, el hijo del Viejo Bobby Watson, el otro tío de Bobby Watson, el muerto.
Sr. Smith. -No, no es ése, es otro. Es Bobby Watson, el hijo de la vieja Bobby Watson, la tía de Bobby Watson, el muerto.
Sra. Smith. -¿Te refieres a Bobby Watson el viajante de comercio?
Sr. Smith. -Todos los Bobby Watson son viajantes de comercio.
Porque no es nada fácil seguirles la huella por ese farragoso camino rodeado de nombres y apellidos que se unen a otros nombres y apellidos y a veces a profesiones y a recuerdos en común. Recuerdos en común que, claro, para nosotros son como cuando Bobby Watson fue a la casa de Bobby Watson y se encontró con Bobby Watson. Indeed.
*Ionesco, E. "La cantante calva". Antipieza.
sábado, agosto 30, 2008
sábado
Hice fuerza para no llorar mientras me sacaba, una por una, las pequeñas púas adheridas a mi piel y limpiaba el polvo, las hojas secas y la humillación que se acumulaban en mi ropa.
El resto del viaje fue en silencio: íbamos con nuestros primeros ahorros a comer solos a Jauja. Parecíamos adolescentes.
miércoles, agosto 27, 2008
viernes, agosto 15, 2008
jueves
Allá la pasamos tan bien. Y el viaje fue lo que escribí la última vez que escribí, aunque habría que agregar que en Retiro miré los diarios paraguayos en los que hay descuartizados (el todo y las partes: cabezas, brazos y piernas encontradas en baldíos) y sangre, mucha sangre. Que no compré alfajores guaymallén, aunque la oferta era tentadora. Que no llevé música porque los auriculares son muy grandes y casi que necesitan un bolso para ellos solos. Que en el Yenny de Retiro le compré a Lu por segunda vez Justine, de Lawrence Durrell, la primera parte del cuarteto de Alejandría. Que las películas no las recuerdo pero estaban Morgan Freeman y Eddie Murphy. Que los azafatos fueron muy amables y que regué la cena con dos cervezas. Que dormí. Que a la mañana leí La potra, de Filloy y así viajé dos veces: una en el bólido amarillo, cruzando el país de Este a Oeste, la otra por Córdoba, de la mano del lenguaje rebuscado y perfecto de Filloy. Que el Lanín se veía a lo lejos y el cielo estaba celeste, aunque empeorando hacia la noche. Que en Bariloche esperaba Lu con Madre, Padre y Marc. Que el viento hacía que el Nahuel Huapi pareciera querer despegar. Que fuimos a ver Batman al chopin, en una sala que parecía de telgopor. Que la película nos gustó mucho. Que llegamos tarde a la chacra pero igual nos hicimos el tiempo para jugar al teg. Que Manu se enoja jugando al teg. Que los días fueron todos distintos entre sí y sin embargo los recuerdo como una sola cosa, larga, sin fisuras, mágica. Que comimos comidas ricas y bebimos vinos ricos. Que nos sentamos en el sillón del living y miramos el fuego y fotos viejas. Que dormimos siestas. Que nos despertamos una mañana y toda la chacra estaba blanca de nieve. Que tuvimos charlas largas y profundas y otras cortas y superficiales. Que vimos a los abuelos. Que vimos a los tíos. Que vimos a los primos. Que fuimos a Bariloche a dejar a los mellizos y Manu. Que vimos caer los primeros copos mientras el cielo se ponía gris. Que decidimos quedarnos a dormir para viajar al otro día. Que hablamos con Nora sobre la casa. Que dormimos en el cuarto de Hebe. Que al otro día la nieve cubría todo. Que igual salimos. Que había que adivinar la huella del camino, que todo era blanco, y los camiones estaban cruzados en la ruta, como juguetes abandonados. Que llegamos vivos. Que salimos de recorrida de casas hippies, para ver y copiar modelos o todo lo contrario. Que fuimos al cine Click, en el centro comunitario y vimos Cocalero y Los Estados Unidos contra John Lennon. Que el sábado, horas antes de volver, fuimos a escuchar a Rosario Bléfari, que cantó y contó y recitó en Rey Lagarto. Que nos quisimos y buscamos el lugar para construir la casa. Que le dimos de comer al potrillo Rospentek y a su madre Bonita. Que apenas haché dos troncos pero alcanzó para sentirme un poco Paul Bunyan. Que casi no me conecté a internet y no morí en el intento. Y que tampoco casi miré tele. Que llegamos a la ciudad un lunes y dormimos siesta. Que desde entonces mi reloj interno está fallado y no funciono tan bien como debería. Y que por eso y porque tampoco pasaron tantas cosas fue que no escribí nada acá, ni nada en otro lado. Pero hoy salió el sol y la ropa se secó, y aunque ayer haya perdido el rojo, podemos decir que es un buen día.
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Vemos Mira quién habla y coincidimos en que es una gran película. Están buenas las actuaciones, los chistes, las situaciones, y eso que está doblada al español y entonces la voz de Bruce Willis, que es la voz del pensamiento del bebé, es casi la misma voz de Travolta y genera confusiones. Pero son confusiones que no duran ni un minuto, porque tampoco es que es tan complicada. Vemos Mira quién habla y nos ponemos como pelotudos a la hora de la siesta y decimos "qué bonito", y miramos la panza. Afuera está nublado y son las tres de la tarde. Vemos Mira quién habla y nos preguntamos qué será de la vida de los chaboncitos que actuaron del bebé que piensa con la voz de Bruce Willis. Más tarde, en la web, no encontramos nada de información sobre ellos. Ninguno es conocido ni volvió a hacer nada relacionado con el cine. Hay un comentario perdido en imdb de alguien que dice que uno de los chicos ahora trabaja en una tienda canadiense, en atención al público, que es un buen chico y tiene el pelo largo. Otro le contesta: lo re conozco, es un buen chabón.
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Los miércoles siempre llueve. Eso lo tengo clarísimo.
miércoles, julio 30, 2008
miércoles
domingo, julio 27, 2008
domingo
*Volví a la cama, enorme, ya fría. Dormí. Llamaron: estamos en Pehuajó, buscanos el dial de la radio. Desperté y prendí la computadora. Guglié. Busqué el dial de la radio. Volví a la cama, otra vez enorme, otra vez fría. El sol se adivinaba por entre las hendijas de la persiana. Teléfono: equivocado. Dormí. Pesadilla. Teléfono. Despertar completamente me llevó todo el día.
*Después, los mensajes: ahora Trenque Lauquen, ahora Santa Rosa, General Acha, General Roca, Neuquén, Piedra del Aguila. Allá pasan los kilómetros, acá las horas.
jueves, julio 24, 2008
miércoles, julio 23, 2008
miércoles
Hola Chino,
gracias por las memorias de la casona. A todos nos falla la memoria y a medida que pasa el tiempo la casona crece y los recuerdos se hacen distintos, como con un poco de fantasía. La gran pava todavía anda por casa o por ahí. Lo mas impresionante fueron las lágrimas de vidrio que quedaron por todo el jardín, algunas podían reconocerse que en algún momento fueron las copas de cristal o el espejo grande del comedor.
Américo empezó a cobrar una jubilación y ahora se puso todos los dientes, así que tiene una sonrisa de caballo muy blanca. De todas manera todavía tiene ese pelo negro, aunque con más canas, y esa capacidad increíble de poner sobrenombres, como a Nico= pocosirve, a Mónica= tormenta o pajarita, según su estado de humor, a Dami= bronce.
Y bueno, de la casa quedan restos quemados, muy pocas fotos, un anillo de Susana, pero muchos recuerdos y partidos de futbol o hockey en ese pasillo abajo de las escaleras.
Saludos, Chino.
Te mando un abrazo grande.
martes, julio 22, 2008
martes
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Cuando las luces y las cámaras se apagaron, cuando el reloj marcó el minuto dieciséis, cuando la sorpresa se evaporó como los charcos de la primavera, ahí, en ese momento, un vecino silencioso y hambriento enlazó al jamelgo en la oscuridad y lo hizo trotar entre las mosquetas y los sauces; subió montañas y vadeó arroyos, y llegó al galpón, que más que galpón era rancho y ató el lazo de cuero de vaca al ciprés que oficiaba de palenque.
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Descansó unos minutos, las paredes humo y grasa, los pisos de tierra dura. El cuchillo, largo, deformado de tantas afiladas, estaba sobre un cajón de madera que hacía de banco y de despensa. Se acercó por la izquierda, como corresponde, y le palmeó los hombros. El caballo -pura sangre, pura carne, puro cuero-, asintió con la cabeza.
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El golpe fue perfecto. Ni un relincho: las piernas se doblan, el cuerpo cae despacio hacia un costado -el derecho, como corresponde-, la lengua se escapa de la boca, la respiración se hace más lenta, torpe. La sangre mancha el pasto y humedece la tierra.
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Lo colgó de los cuartos traseros del ciprés ex palenque, ahora gancho de matadero. Lo cuereó, lo trozó, lo saló.
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Lo asó. Lo comió. Lo guardó.
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Cuando lo descubrieron, volvieron las cámaras y las luces artificiales, los medios y los periodistas. Hubo preguntas e indignación, tan lindo que era el caballo, tan puro, tan bueno. Tan venido de Buenos Aires. Tan mandado por Julián Weich.
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El vecino silencioso alegó hambre. Doce años después nadie se acuerda de nada.
sábado, julio 19, 2008
sábado
*En marzo de 2003, el periodista Jorge Zicolillo envió desde Bagdad –"desde el frente"– varias crónicas para la revista TXT sobre el desarrollo de la guerra de Irak. Tiempo después se supo que Zicolillo nunca había salido de su departamento de la ciudad de Buenos Aires. Palermo Bagdad.
*También en 2003, pero en mayo y en Estados Unidos, se descubrió que Jayson Blair, de 27 años, periodista del New York Times, había estado al menos durante seis meses inventando noticias y plagiando artículos. Más tarde, desde el New York Times dirían: "hemos detectado hasta ahora irregularidades en por lo menos 36 de los 73 artículos que escribió".
*Nahuel Maciel comenzó su carrera en el Cronista Comercial. Mario Diament, director del matutino en ese entonces, lo describe así: “Era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra del escritor Oscar Taffetani, de la revista El Porteño y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para "Le Monde", de París y "The National Geographic", algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer –dijo– una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que acaba de ver pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”. Maciel continuó su trabajo con entrevistas exclusivas realizadas a notables personajes de la cultura a nivel mundial, como Gabriel García Márqueting, Umberto Eco, Ray Bradbury, Carl Sagan, entre otros. No mucho tiempo después, una serie de eventos inesperados llevaría a descubrir que todo lo que manaba de la pluma de Maciel era producto de su fértil y febril imaginación.
*Todo para decir que en este domingo de nubosidad variable no sólo no se me ocurre nada, sino que ni siquiera tengo las ganas suficientes como para ponerme a inventarlo.
viernes, julio 18, 2008
viernes
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Así, pero un poco más épica o triunfante aparece la luna por atrás del Piltriquitron, frente a la casa. Aunque allá la luna tarda más en salir: primero está un rato iluminando todo, de a poco, agazapada, a la espera. Si estás afuera y los ojos se te acostumbran a la oscuridad podés ver cómo el Pirque, en el oeste, comienza a tomar forma; cómo los relieves empiezan a notarse: los valles cada vez más negros, las protuberancias cada vez más claras; cómo los árboles quemados desde el incendio del 87 vuelven a quemarse de a poco con esa luz blanca, brillante y a la vez opaca. Y de repente, como escupida, sale y la luna ya está casi en el cenit, arriba del todo, más chica de lo que parecía. Se sabe, la expectativa siempre arruina las cosas.
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Una vez saqué fotos del río, de noche, con la luna llena. Cuando las revelé, meses más tarde, encontré un río que era ruta, un cielo que era gris, estrellas que eran rayas, y el negro negro de la sombra de los sauces de la orilla. Corrijo: el río no era ruta: era una huella de agua congelada, era un camino azulado, del azul ese que se ve en los edificios mellizos cuando sus ocupantes miran tele por la noche.
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Esa misma noche, la de la foto del río, salimos a caminar con padre. Caminamos por la ruta, primero hacia el sur, después hacia el norte. Vimos salir la luna como tres veces, la vimos rebotar en cámara lenta en las montañas: un efecto óptico que está mejor cuando lo ves desde el auto, volviendo de Esquel, con buena música saliendo del estéreo.
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En la caminata llevé la cámara y saqué fotos a un cartel que señala curva, curva hacia la derecha, la curva que viene después de lo de los Godoy, o de la Carreta; esa que está justo en la entrada del cementerio. Fue la noche, también, en que pensamos en el guión de la película "El hito", guión que nunca escribimos. La noche en que imaginamos caminar así como caminamos, en la oscuridad, guiados por las líneas blancas del medio, hasta que de repente, nada más. Olas, mar, ruidos, bruma, el fin del mundo. Y entonces volver.
martes, julio 08, 2008
martes
Nosotros estábamos cansados. Habíamos ido a unas termas por el día, en el medio del desierto: soledad y aguas calientes. Ya de vuelta habíamos ido a una farmacia a comprar el evatest. Le tuve que explicar a la farmacéutica: el palito ese, donde la mujer "orina" y después. Ah, ya, la prueba de embarazo. Eso. La guardamos en la mochila.
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Volvimos al hotel, que era como la casa del Zorro o, mejor, era la casa de Diego de la Vega. La puerta de la habitación era grande, pesada y adentro el ambiente era frío y español. Había candelabros, cuadros antiguos, ruidos lejanos. Teníamos las cosas desparramadas sobre la cama (las camas en México son como sus camionetas: gigantes, exageradas; alguien algún día me lo explicará): dos libros, un monedero, mapas, folletos, la guía del mundo solitario, la billetera, pasaportes, la prueba de embarazo. Nos hacíamos los distraídos. Cada tanto, la pregunta: "mirá si". O: "qué onda si". Por supuesto, ni intentábamos responderlas.
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Salimos a comer. Tomados de la mano caminamos por las calles empedradas, bajo la luz de los faroles. La guía recomendaba un restaurante barato y rico, y nos costó bastante encontrarlo. Tenía un patio y un mozo lento pero amable. Pedimos guacamole y unas milanesas o algo parecido: no teníamos tanta hambre. Entonces, salí afuera, no sé si a fumar un cigarrillo o a mirar pasar a la gente, y ahí estaba la luna llena, tapándose de a poco por la tierra que se interponía entre ella y el sol. Había eclipse.
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Ni el guionista más grasa lo hubiese pensado así.
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EXTERIOR - SAN MIGUEL DE ALLENDE - NOCHE
Es evidente que van a tener un hijo, se respira en el aire. Además, el pueblo es muy lindo y caminan por las callejuelas mientras unos mariachis trasnochados tocan guitarras y trompetas. En el cielo, la luna primero se pone naranja, después va oscureciéndose de a poco, para terminar negra, con un aura benjaminiana que la rodea, algunos aplauden. Sus vidas están a punto de cambiar.
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Sabemos que va a ser un varón y que se va a llamar Juan. Juan solo, como Napoleón.