martes, agosto 04, 2009
martes
*
Mañana, cinco de agosto de dosmilnueve, a las dos de la tarde, Juan va a hacer chau mientras avanza en los brazos de Lu por la sala ascéptica y blanca del aeropuerto de Bariloche, rumbo al avión. La voz va a anunciar vuelos que llegan y otros que salen. Los brasileños van a gritar y mirar las montañas. El lago va a reflejar un sol amarillo. El viento va a soplar invisible y sólo se hará presente en árboles doblados, bolsas de basura que vuelan. Lu y Juan van a subir las escaleras, desaparecer en una manga de plástico. Juan me va a saludar.
jueves, julio 23, 2009
jueves
martes, julio 21, 2009
martes
lunes, julio 20, 2009
lunes
Después se sube a la calesita y se va y vuelve, como Adelita, montado en un Jeep militar.
domingo, julio 19, 2009
domingo
Querida Chan,
Antes que nada, me gustaría decirte que si yo fuese mujer te odiaría. Odiaría tu belleza y tu voz, y odiaría también tus canciones y tus videos y cómo te queda la ropa y el flequillo y tu alcoholismo. Aunque, pensandolo bien, el alcoholismo podría jugar a mi favor.
Por suerte, querida Chan, soy un hombre, un varón, un hijo de Adán.
Por desgracia, querida Chan, vivimos muy lejos el uno del otro como para que nos conozcamos algún día y te invite a tomar una coca light y vos me digas que preferís un Jack Daniels y yo te diga qué casualidad, yo también, y te encienda el cigarrillo mientras vos encendés mi fuego interno.
Por suerte, querida Chan, yo no soy tan cursi como para decirte algo así. Y por desgracia, nunca se hubiese dado esa situación, de todas maneras.
Entonces escuchamos tus canciones y vemos tus videos.
"Lived in Bars", de Cat Power:
sábado, julio 18, 2009
sábado
***
Hay días y hay noches en que miro al pueblo con los ojos extrañados de quien pasa por un pueblo fantasma en medio de la ruta en medio de la nada. Este es uno de esos días o de esas noches. Y entonces miro, porque no soy yo quien maneja, a los dos costados de la ruta: a las líneas blancas, a la barranca que cae suave hasta el pueblo, a las calles de tierra que mueren en el asfalto, a los paisanos de sombrero que esperan el momento indicado para cruzar, a los faroles que empiezan a encenderse, que primero titilan una luz blanca y de a poco adquieren el color naranja que iluminará la oscuridad de la noche.
***
Miro el pueblo y sus locales, la estación de servicio desierta, los dos supermercados, la antena roja que se pierde en la nube. Miro las montañas lejanas que encierran el valle en un pozo y le dan algo de sentido al nombre. Miro una catarata de agua blanca y un barrio de casas que fueron iguales y que sólo el paso de los años volvió distintas. Miro la comisaría y el cementerio de autos chocados. Miro una cancha de fútbol vacía y el tendido de cables de alta tensión. Leo los carteles y los afiches de campaña, pegoteados, rotos, aburridos.
***
En menos de lo que dura una canción el pueblo aparece y desaparece.
***
Osvaldo solía preguntarle a sus amigos, entre ellos Padre y Madre, si se daban cuenta de que eran habitantes de un pueblo de esos que uno, si lo atraviesa una noche en auto en medio de un viaje, sólo puede decir: "qué loco, pensar que hay gente que vive acá".
domingo, julio 05, 2009
domingo
Ahora los amigos de mi abuelo mueren de causas menos pedagógicas.
miércoles, julio 01, 2009
miércoles (bis)
Me gustaría ser de esos que tienen una idea y la llevan hasta las últimas consecuencias. Me gustaría ser de esos que tienen ideas. Me gustaría ser de esos que se definen y dicen porque yo soy así, viste, y el resto siempre les tiene algo de bronca, porque nadie debería poder decir, así como así, porque yo soy así, viste. Me gustaría ser de esos que saben qué es lo que quieren. Me gustaría tener enemigos. Me gustaría que alguno de mis enemigos una tarde de sol me cague a piñas y después tener que devolversela, y para eso buscarlo y encontrarlo una noche en alguna esquina oscura, apenas iluminada por un farol al que le faltan varios foquitos y acercarme por la espalda y darle tiempo a darse vuelta y decirle soy yo, te acordás de mí, tenemos una cuenta pendiente. Algo así. Me gustaría ser de esos que tienen un hobby. Me gustaría ser de esos que saben qué es lo que les gusta. Me gustaría ser de esos que tienen un proyecto y lo llevan a cabo. Me gustaría ser de esos que tienen un proyecto y lo llevan a cabo y el proyecto es una cosa así como sacar una foto por día de un muñeco de nieve que se derrite en el jardín hasta ser una mancha de barro en la que sobresale una zanahoria enmohecida y dos botones, o escribir un diario, o poner una canción por día en un lugar para que alguien la escuche. Me gustaría ser de esos que tienen una marca de mayonesa favorita y sólo pueden comer esa marca. Me gustaría ser de esos a los que les gusta la mayonesa.
***
Mientras tanto, llega el spam: "Lo tenés tan chiquito que necesitás mentir: no había agua caliente en la ducha". Otro: "Parecen que a Brad Pitt lo vieron con Lindsay Lohan en Los Angeles". Otro: "Meg Ryan tira un premio importante a la basura". Otro: "El envenenamiento de comida sucede en cualquier lado". Otro: "Bush y Putin coincidieron en volver a comenzar con la guerra fría durante el encuentro del G8". Otro: "Belleza refinada o accesorios clásicos: ahí yace la paradoja". Otro: "Agrandá tu humanidad: no vas a ser el mismo después de consumir nuestro suplemento". Otro: "Chenney visita Afganistán. Les dispara en la cara". Otro: "¿Ir de shopping te parece mejor que el sexo? Otro: "El blooper en bikini de Jessica Alba". Otro: "Hay sospechas sobre la salud de McCain". Otro: "Maquillá tu carrera con un nuevo título: no te costará nada". Otro: "Osama entrena cabras para bombardeo táctico". Otro: "Ataque de tiburones en Australia: dos muertos". Otro: "Hay un chico que come una rata por día".
domingo, junio 21, 2009
martes, junio 09, 2009
martes
***
Hoy: sol.
sábado, junio 06, 2009
sábado
***
Empecé a escribir un diario cuando llegamos. Nunca antes había escrito uno. (Miento, escribí uno a los doce años, cuando mis abuelos me invitaron a ir a Punta del Este, que duró tres carillas y se perdió por ahí entre tanta agua y tanta arena). Empecé a escribir un diario, decía, y todos los días trato de poner algo de lo que hice. Nada más tedioso que escribir un diario. Y además las oraciones pronto empiezan a volverse todas iguales, siempre se escribe: hoy, después, más tarde y todavía no. El otro día leí las pocas carillas que había escrito y abundaban las descripciones de las comidas: las milanesas, los guisos, las empanadas, los vinos -sobre todo los vinos-.
***
Es un sábado de aquellos y aprovechamos para guardar todo el sol que podemos en la piel, en los poros, en el pelo, en las uñas, en los párpados: cerramos los ojos y miramos el sol y vemos ese color rosa o salmón, ese color claro, ese color pastel que es el color de la felicidad.
***
Hoy a la noche tenemos campeonato de truco en beneficio del Club Atletico Pedregoso. Es en la escuela 81, esa a la que fui por seis meses, ahí sobre la ruta, pintada verde. Vamos a ir con padre, Migui, Patón, Mati, Lucas. Vamos a tomar vino Tocornal, vamos a perder con honor, sin hacer señas. Este, por ejemplo, es un típico párrafo de mi diario: dice hoy, dice vino.
***
Sí, pusieron internet, pero parece que la inspiración no llega por adsl.
martes, junio 02, 2009
martes
***
¿Y qué pasa con los martes?
martes, mayo 12, 2009
martes
por qué algunos
se van y
otros se quedan.
Mientras tanto
nosotros nos vamos
y otros se quedan
y es raro.
martes, mayo 05, 2009
martes
adiós ex novias, amantes
y amores no correspondidos
adiós plazas y adoquines
adiós amigos, adios desconocidos
adiós taxistas
adiós colectiveros
adiós vieja con vestido de flores
y con ruleros
adiós calles vacías
en la noche de verano
adiós soretes de perros
y papeles tirados
adiós cines, teatros y obelisco,
calculo que ahora que no vivo acá
los visitaré más seguido
adiós chicas que bien entrado
el calor estival
usan pollera blanca
y escote infernal
adiós verdulero
adiós carnicero
adiós barrendero
adiós famoso de fama sucinta
adiós artista
que pinta que pinta
adiós lindas mozas
de bares careros
adiós tendereros
adioses sinceros
adiós fumador de porro
disimulado
que caminas por la calle
con desenfado
adiós psiquiatras
y psicoanalistas
adiós linyeras
adiós autopistas
adiós a las flores
de varios colores
adiós tormentas
y sus olores
adiós obrero distraído
que taladras a un tiempo
la pared y mi oido
adiós días de calor
noches de bruma
y río marrón
adios llaves
de puertas de entrada
adios oficinas
de temperaturas templadas
adiós paraguas
adiós ascensores
adiós clase media
con sus malhumores
adiós deprimidos
adiós vecinos
adiós inquilinos
adiós rata que pasa
por salguero
adiós gorrión
adiós gilguero,
adiós treintaynueve
fiel y leal
adiós subterraneos
allí la pasé mal
adiós gente que espera
y que mira sin pena
adiós terrazas
adiós otras casas
adiós mucamas
uniformadas
adiós balcones
adiós ladrones
adiós policía
que manda
mensajes desde
el celular
adiós otra vez, querida ciudad
aunque parezca otra cosa
soy yo el que se va.
lunes, abril 27, 2009
lunes
viernes, abril 17, 2009
viernes
***
Mi cuarto tenía tres metros por dos metros, un futón japonés, un pequeño armario, un escritorio, piso de madera, una caja con cosas, un dibujo sin terminar en una pared. Tenía un discman con parlantes, postales de lugares imposibles, algunas fotos, un edredón azul. Tenía olor a quieto, oscuridad absoluta, ruidos en el techo. Tenía papeles pegados con cartas de amor y listas de compras.
***
Olleros fue el teatro de operaciones de mis primeros cinco años en la ciudad. Todo pasaba ahí, entre las paredes pintadas de colores distintos y piso alfombrado. Entre el laberinto de pasillos y habitaciones; entre las paredes del baño escritas con marcador azul y la cocina llena de platos sucios y tazas limpias (nunca tomé tanto té como en esos cinco años).
***
Llegamos un domingo lluvioso de mediados de marzo. Estacionamos la trafic lo más cerca de la puerta que pudimos y empezamos a bajar las pocas cosas. Yo no tenía mucho: quince cedés, seis casetes, un grabador, un discman, algo de ropa, una mochila, una valija, y muchas ganas. Hacía calor, llovía, todo estaba empañado. En el pasillo quedó la huella ciclista de la silla de ruedas.
***
Antes, en el viaje, en algún lugar entre Santa Rosa y Trenque Lauquen, manejé yo. Migui quedó en el asiento del acompañante mientras el resto dormía. Pusimos un casete de Beck y después Gomez y después The Beta Band. Buscábamos el soundtrack indicado para nuestra aventura iniciática. Ahí, manejando, no hablamos mucho. Dijimos algunas cosas obvias, como "qué loco vivir en la ciudad, ¿no?", o "¿cómo mierda vamos a aprendernos las calles?", o "¿alguna vez viajaste en colectivo?". Las respuestas: "qué loco", "ni idea", "nunca".
Era la madrugada y allá adelante, en el horizonte, salía el sol.
lunes, abril 13, 2009
lunes
la vida sigue
el blog también.
en unos días
nos vamos al sur
a probar vivir
allá.
tenemos valijas
con ropa y juguetes
y libros y discos
y recuerdos y proyectos
y dudas y temores
y ansiedades y certezas
y otras cosas más
que fuimos juntando
en nuestra vida juntos,
y otras cosas de otras vidas
que a veces
entran en una valija
y otras veces no.
martes, marzo 10, 2009
lunes, marzo 09, 2009
lunes
***
La cosecha de frutas es un terreno fértil para las metáforas. Todo puede llegar a ser comparable con cosechar: la vida, el amor, el verano, el fútbol, y así. Depende, sobre todo, del estado de ánimo del cosechador.
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Este verano cosechamos arándanos varias veces. Algunas veces todos, otras veces con Zelda Argentina y su troupe de cosecheros, otra vez solo. Zelda Argentina y su troupe de cosecheros hablan, cosechan y hablan, cosechan muy rápido y hablan, también, muy rápido. Zelda Argentina y su troupe de cosecheros no cosechan los lunes después de alguna fiesta popular, eso ya lo tiene muy en claro el patrón. Zelda Argentina nació en Cholila y tiene once hijos. Algunos de esos once son parte de su troupe.
***
Allá somos recolectores. La parte cazadora del tándem terminó con el rifle de Alan y el chancho paralítico, o con los pájaros caídos por las gomeras y los balines de aire comprimido. Desde entonces, juntamos cosas: frutas, verduras, miel, ramas, piedras. Cada tanto, a alguien le agarran ganas de tener un arma para ultimar alguna de las tantas liebres de marzo, pero no pasa de la idea: tomar la escopeta con las dos manos, los brazos firmes, la vista precisa, el dedo en el gatillo, bang, y después sentirse Hemingway por un rato.
***
Lo cierto es que los que cazan son los otros, como el infierno. Quilodrán le apunta a la vaca entre los ojos desde cincuenta metros con su rifle y espera que la vaca mire hacia abajo, hacia el último pasto que va a comer, porque si lo mira a los ojos con la bala no pasa nada, rebota en el cráneo y la vaca ni mú; y entonces la vaca baja la mirada y Quilodrán dispara y la vaca queda suspendida en el aire unos segundos, como levitando, y después, por fin –aunque es un por fin que no existe porque el tiempo, ahí y entonces, no existe–, se desploma. Más tarde se carga la vaca o, mejor, ese compendio de carnes y cueros y huesos y cuernos y tetas en una chata hasta el árbol ése en que se cuelga. Quilodrán maneja el cuchillo como el Dr. House de los matarifes: un corte veloz y la vaca está abierta en canal, un corte más y está sin cabeza, cuatro más y sin pezuñas, otro y sin cuero. El cuero, proto-alfombra, se pone debajo de la vaca colgante y sirve de fuente para recibir todas las vísceras y órganos que van a caer después de otro corte más –preciso y rápido como los anteriores–, con un ruido como de ola rompiendo contra las piedras, de inodoro desagotando, de glaciar en retroceso.
***
En realidad, en la escuela matamos. Matamos chanchos gordos con nombres ridículos, matamos pollos anónimos, matamos el tiempo. Lo peor: los gritos, el calor, el olor, las plumas, los pelos.
***
Y muchos años antes, allá arriba, en la casa del Cerro Amigo, una vez que estuvo acorralada y perdida en una zanja, arremetimos contra la gallina con palos y maderas y con furia tan ciega como inocente: de ella sólo quedaron las plumas y la cabeza y unos ojos sin párpados que nos miraron fijos por el resto del verano y de la infancia. Alguien nos retó, pero no hacía falta: ya habíamos aprendido.
miércoles, febrero 18, 2009
miércoles
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Hubo uno en que volamos desde una ciudad anaranjada e infinita y llegamos a otra, más pequeña pero con luna llena reflejada en un lago negro. Hubo otro en el que bebimos champagne en noches calurosas, con insectos trepando por las ventanas y enredándose en los mosquiteros. En otro comimos treinta kilos de helado de Jauja y votamos el mejor gusto, y un día ganó el dulce de leche con moras salvajes y otro el chocolate profundo y otro el limón a secas.
***
Hubo otro verano, y de éste me acuerdo bien, en que nadamos en el río y tomamos sol y Juan, acostado sobre una manta a cuadros a la sombra del serval, se reía de las hojas y el viento mientras los perros enterraban piedras por el jardín. O ése, en que nos quedamos solos en la casa inmensa: afuera, tormenta y oscuridad, adentro, fuegos prendidos y silencio; y primero nos quedamos sin gas, y después, como si alguien nos estuviese poniendo a prueba, sin luz y sin agua y sin teléfono, y así pasamos las horas y los días en la casa barco fantasma, mirando el fuego extinguirse de a poco, porque tampoco teníamos leña.
***
O ese verano sofocante en el que Migui chocó en la ruta y el acta policial decía que el siniestro ocurrió en el kilómetro 1908: "exactamente casi enfrente del restaurante Olaf". Decía también que un auto era rojo y el otro gris, que uno de los ocupantes se llamaba Kevin y que quedaron en la ruta las huellas de la frenada y vidrios de las ópticas, y terminaba así: "Al momento no habían obstáculos en la cinta asfáltica y el clima era caluroso".
***
Hubo otros veranos, también. Como ése en que nos mudamos a la casita los tres juntos y desde el ventanal del cuarto de arriba miramos los sauces temblar y sacudirse como poseídos y más allá el río plateado por la luna. O ése en que convivimos con U-thaiwan, la tailandesa silenciosa que cocinaba como los dioses, sus dioses, esos dioses que cocinan con salsa de soja.
***
Otro verano quisimos quedarnos acá a probar suerte, encontrar un trabajo, criar a Juan. El siguiente, o el anterior, ya no me acuerdo, decidimos que no, que teníamos que volver a la ciudad a ordenar todo, a decir adiós amigos y ahí sí, venir, quedarnos, suerte, trabajo, criar.
***
Mientras cosechábamos arándanos pasó otro verano, el pasto mojado por el rocío, los álamos estáticos, el olor a mañana y ese silencio como de campamento: un murmullo y a lo lejos las voces de los demás, las risas, los silbidos. Y las frutas, una por una en la canasta verde.
***
Un verano que fue muy parecido a un otoño miramos el viento desde la ventana, un viento áspero, incansable, endemoniado, un viento volador de cosas y de ánimos y de humores. Ese mismo verano leímos a Bruce Chatwin viajar por los mismos paisajes por los que viajamos algún tiempo atrás: por los mismos caminos de tierra, por los mismos vientos, por las mismas lluvias, por los mismos miedos.
***
Ahora, pronto, se acaba éste,
en unos días empieza otro.
lunes, enero 26, 2009
lunes
-
nueve meses de gestación
=
tres meses de Juan
ni planificado hubiese salido tan prolijo.
Ahora, afuera,
asado, vino y brindis.
Dos bisabuelos, seis abuelos,
padres, tíos, primos,
autoridades presentes.
martes, enero 13, 2009
martes
*El viaje siguió hacia el sur. Pasamos unos días en las termas de Salto, en los que recuperamos el humor perdido y nos tiramos en piletas llenas de agua caliente. Después, otra vez la ruta, primero con tierra roja en los costados, palmeras y la exuberancia del norte; más tarde, con ciudades y puentes largos y la pampa húmeda que comienza a secarse.
*En un estadio de Puerto Madryn vimos a un cura carismático alabar a un señor que no era el nuestro y hacer desfilar a rengos y ciegos por un escenario que hubiese envididado Bono. Había una banda, y el público cantaba y bailaba y levantaba las manos y a todo respondía amén y alabado seas y con tu espíritu. Había vinchas rojas y rosarios de plástico de todos colores. Había polvo y con las lágrimas se hacía barro y todos parecían emos vestidos de blanco con ojos delineados y delirio místico. Nosotros estábamos tomados de las manos, menos por creyentes que por miedo a lo que veíamos. No compartimos pero respetamos, nos decía y se decía Madre, como un mantra, no compartimos pero respetamos, como si repitiéndolo muchas veces pudiéramos, al fin, respetarlos. Porque que no compartíamos no compartíamos.
*Recuerdo: la música, el polvo, el agua bendita, la verguenza, la verguenza, la verguenza.
*Todo terminó en la iglesia de El Hoyo. Fuimos algunos domingos y de a poco, como una gripe, el fervor místico fue cediendo. En la iglesia, los domingos fríos de mayo, éramos pocos: algunas viejas chupasirios; Pañil, el viejo desdentado y desagradable que pasaba buscando limosna y si no le dabas te golpeaba el brazo con la bandeja vacía; y la familia de Julián: sus hermanas y su mamá y cada tanto su papá. Nosotros, los chicos, entrábamos con la cabeza gacha y con el chirrido de las ruedas de la silla de ruedas como himno. Nos sentábamos lejos del altar, y rezábamos, sí, para que no nos viera nadie.
*Ahora nos acordamos y sonreímos. De última, no había nada que perder.
sábado, enero 10, 2009
sábado
y en Jesús María hay festival de doma y folclore y un payador explica por qué el domador tuvo que ser asistido y el caballo sigue galopando y corcoveando ahora más liviano pero con la misma cantidad de instinto y miedo y odio,
y en el medio de El Hoyo empieza la fiesta de la fruta fina sin domadores ni Giordano aunque con payadores y personas que dicen incoherencias y folclore y autoridades presentes y olor a choripán,
y el ruido de los parlantes llega hasta la chacra arrastrado por el viento y en la casa en la tele están Giordano y Teté y el verano que estalla mientras a la noche los bichos caminan en la ventana y mueren ciegos en alguna luz.
jueves, enero 08, 2009
jueves
es de dónde vienen
esos insectos negros
que avanzan como
el batallón de un ejercito
en retirada
por el piso
de cerámicos encerados.
La segunda: a dónde van.
miércoles, diciembre 17, 2008
miércoles
***
Dormimos los tres en el mismo cuarto en el que dormí desde los ocho hasta que me fui. El cuarto que fue mío y de Martín hasta que Martín empezó a tener que dormir con alguien y se fue al cuarto de huéspedes. El cuarto de la alfombra azul y paredes con empapelado a rayas donde colgamos un poster de la revista 13/20 que de un lado tenía a Marley y del otro a Nirvana y que dábamos vuelta según nuestro estado de ánimo. El cuarto en el que enchufábamos los equipos de audio y con los micrófonos y a oscuras nos quedábamos hasta entrada la madrugada cantando canciones gregorianas o budistas o apenas gritos y sonidos guturales sin ningún objeto ni métrica ni armonía y que nos hacía lagrimear los ojos ciegos por la noche. El cuarto que cuando hay viento y la casa se transforma en la nave que surca el océano Pacífico se vuelve mascarón de proa y acá aparece una ola y allá otra, y nos acostamos en la cama y apretamos los ojos con fuerza como si así pudiésemos evitar el naufragio, y algo de eso debe haber, porque al otro día sale el sol y todo está en su lugar.
sábado, noviembre 22, 2008
domingo, noviembre 16, 2008
domingo
*Los ruidos, las manos, las uñas, los ojos, el pelo, los pies, las piernas, el culito, el ceño fruncido, la nariz -primero con pintitas blancas, ahora cada vez más estilizada-, los movimientos, el hipo, las orejas -la que tiene chueca y la otra-, la boca -sobre todo la boca-, la lengua que se dobla cuando llora, los estornudos, los bostezos.
*Sí, casquete-polar-que-cruje-y-tiembla-y-se-derrumba, las pelotas. La ciudad se nos viene encima y podemos usar metáforas de las más variadas y locas, pero cuando el martillo neumático que derrumba el edificio vecino empieza a hacer temblar todo a las ocho de la mañana, y los cuarenta grados centígrados amenazan con derretirnos, y por las noches el reguetón del vecino avisa que lo que pasó pasó por enésima vez, imaginamos el río corriendo hacia el Pacífico, el pasto verde, un gin tonic en la vereda y el silencio, sobre todo el silencio, y nos preguntamos ¿qué era que estábamos esperando acá, en este infierno llamado Buenos Aires?
*La demolición nos tomó por sorpresa. Primero fue un post it en el ascensor que decía que "aparentemente" iban a empezar en los próximos días. Después, tres obreros de la destrucción, con cascos y mamelucos, mazas y picotas, empezaron a golpear mientras charlaban: "¿che, al final ganó Obama o el otro?". Avanzaban de a poco, hacían asados largueros y tomaban hectolitros de cocacola: una manera de destruir hasta enternecedora. Después llegó el martillo neumático y, como dijo Brecht, fue demasiado tarde. El nombre de la empresa es Deconstrucción. Si no los odiara tanto, me daría gracia.
*El ombligo salido para fuera, la panza redonda, los pliegues por todos lados, su respiración cuando está dormido, su respiración cuando está despierto, el olor de su cabeza, el olor de sus pies, la piel que se le descascara, los movimientos de sus brazos hacia arriba como un Perón en el balcón, pero dormido en un cochecito de paseo, sus dedos babeados de chuparselos, las cejas casi transparentes, los remolinos en el pelo como un trigal en un día ventoso, ese puntito en el medio de la boca, la mancha roja en el hombro izquierdo, las vértebras dándole forma a la columna, que es casi un chiste, los codos, las rodillas.
*Anoche soñé con Martín después de mucho tiempo de no soñar con él y otro tanto de no soñar ninguna otra cosa interesante. Estábamos en la casa de alguien en el Bolsón, era de noche: una fiesta o una reunión. Martín estaba ahí y en un momento nos fuimos los dos a un rincón a charlar. No sabés lo que te extraño, le dije. Qué lindo, respondió. Y agregó: la tienen que pasar bien, muy bien. Estaba con un buzo gris y la espalda chueca. Nos abrazamos un rato largo y sentí sus costillas, le toqué el pelo y olí a esencias de eucalíptus y menta -aunque en los sueños no sé si se huele, pero cuando desperté lo recordé así-. Después nos subimos a la trafic: no arrancó. Me dijo, riendo, con los labios torcidos como reía, pará, levantá el cebador y pisá tres veces el acelerador, esperá un poco y ahora sí. Y entonces sí. Avanzamos despacio por un camino de ripio con charcos marrones, con el cielo clareando hacia el este. Los ojos llorosos y una sensación de alegría tan grande como tenerlo a Juan cerca.
*Después, cuando desperté, antes de ducharme, puse Nick Cave. En el momento no lo pensé, pero después todo tuvo sentido. Mientras el australiano gritaba an eye for an eye a tooth for a tooth and anyway I told the truth and I'm not afraid to die, volví a ese trece de diciembre y al calor sórdido y al dolor profundo, al olor a tierra y el vértigo y las lágrimas y los abrazos inconsolables y las palabras vacías y entendí algo que ahora no sé bien qué fue pero que de alguna manera extraña me reconfortó y llenó de paz o algo parecido.
*Las mil caras que pone como fotogramas vistos en cámara lenta, los suspiros, y saber que está ahí, durmiendo, a un brazo estirado de distancia.
miércoles, octubre 22, 2008
jueves
*El azar, o algo parecido, hace que en esa minúscula habitación del Hospital Italiano haya cinco personas de las cuales tres son hinchas de Independiente. Las otras dos se reparten entre: "no me importa el fútbol" y "soy de Michigan, Estados Unidos". Celebramos la coincidencia, mientras Noelia, la partera, sigue hablando.
*Terminamos de hacer cosas y decimos: ahora sí, esto es lo que estaba esperando. Ordenamos el cuarto y los armarios, armamos la cuna, cambiamos de lugar el living, mudamos la tele y la mesa y el sofá y la biblioteca, ordenamos la ropa por tamaño, ponemos las toallas y las sábanas en unos ordenadores muy prácticos, salimos a caminar y vamos al cine, tomamos helado y decimos: ahora sí, esto es lo que estaba esperando. Y nada.
*Octubre, el mes de las revoluciones, es hasta ahora una masa amorfa de días que se suceden en ese estado pegajoso y somnoliento que es la espera. Hacia adelante, un deadline metafísico, un horizonte de expectativas, y lo inminente que acecha con la forma vaga que adquiere lo desconocido. Pero la pasamos bien. Dormimos en el living, en el sofá cama, y nos sentimos de vacaciones. En la tele, algún episodio de Seinfeld.
miércoles, octubre 08, 2008
miércoles
***
La primera era todo terreno. Coshics era alguien o algo ridículo; coshics era una frase desubicada, un dibujo mal hecho; coshics era alguna acción que inspirara pena o ternura o las dos cosas juntas; coshics era decir: "soy el más loco del aula", o "parecemos adolescentes". Coshics éramos nosotros, mientras nos hundíamos de a poco en el pantanoso terreno del ridículo.
***
Veíamos sin parar películas de cowboys. Algunas graciosas, como las de Trinity, otras terribles como la de Ulzana, otras épicas, como las de Wyatt Earp, otras incomprensibles, como las de Clint Eastwood. Leíamos Lucky Luke y el teniente Blueberry. Cantábamos I'm a poor lonesome cowboy / And a long long way from home.
***
Y de por ahí viene garetón, la otra palabra. Viene de Pat Garrett, aquel cowboy que primero fue un forajido y después se volvió sheriff para alcanzar finalmente la fama como aquel que mató a Billy The Kid. En algún momento, en alguna película, Pat hace algo heroico, desinteresado, y se va sin más, ante la mirada impávida de los testigos que apenas pueden balbucear: "se fue sin decir su nombre". Garetón, entonces, era eso: ser tan canchero, tan grosso, y después, impertérrito, hacerse el distraído. Meter un gol de chilena, ponele, y levantarte como si nada hubiera ocurrido. Ah, garetón, qué te hacés.
miércoles, octubre 01, 2008
jueves
En la terraza, sol y pajaritos y también martillos y sierras. Cuelgo la ropa y espero a ver si toma algo de color la cabeza rapada. De la nada aparece Cristian con un mate listo. Pollito, dice, ¿te tomás un verde? Y dale. El mate está dulce, muy dulce. Y hablamos. Cristian me mira: deberías salir a correr, con esto de la paternidad juntás kilos a lo loco, te contagiás de la quietud del bebé y de repente estás todo hinchado, lento. Te va a venir bien, vas a ver. Cierra los ojos, encandilado, se acomoda el pelo negro y se va.
*Octubre, lindo mes para revoluciones, escribió padre hace tanto tiempo en una carta que mandó a sus seres queridos. No hubo revoluciones, ni en ese octubre ni en los que vinieron después. Pero la frase, el slogan, quedó grabado a fuego en mi cabeza.
En enero de este año, para inaugurar la agenda y ponerle algo de dramatismo al año, pasé las páginas en blanco -días a estrenar- y llegué hasta comienzos de octubre. Allí, en el día 1° escribí: Octubre, lindo mes para revoluciones, en tinta azul, despreocupada. Mientras lo leo, hoy, un escalofrío me recorre la espalda.
*En esa habitación helada que llamábamos Siberia nos quedábamos horas y horas hablando antes de quedar dormidos. Las conversaciones tenían nombre: eran las very very importants y versaban, más que nada, sobre las chicas, un poco menos sobre compañeros de clase, y por último, sobre temores, miedos, angustias. En fin: sobre las cosas very very importants que pueden hablar dos amigos, de noche, antes de dormir.
Una noche, cuando íbamos a tercer grado, dije, convencido: "soy el más loco del aula". Migui hizo un silencio que duró un rato largo. Creo, incluso, que fue lo último que dijimos y nos dormimos de a poco, callados, incómodos. No sé en qué me basaba para tamaña afirmación, pero lo cierto era que lo pensaba. Estaba convencido de mi rebeldía y locura. Cada tanto nos acordamos y nos reímos.
lunes, septiembre 29, 2008
lunes
viernes, septiembre 26, 2008
viernes
Me vi entrar a la casa de pisos de madera y dejar los zapatos afuera. Me vi sentado en la reposera, pensando. Me vi escribir esto desde un escritorio vacío, con un dibujo de hijo como único adorno. Desde allí arriba escuché los ruidos de una casa habitada.
viernes, septiembre 05, 2008
viernes
("Son, son, son, here it comes")
martes, septiembre 02, 2008
mujeres (II)
*Claudia me dijo que usaba mucho internet para mantener la pareja. Después rió. Estábamos en el Rosedal, era un día de semana con mucho sol y cielo celeste. Mientras ella posaba con los patines, un shorcito blanco y un pequeño top, la gente se acercaba a mirar. Varios se sacaban fotos: alejaban una mano y se enfocaban, en un ejercicio de pura intuición. Con la mano alejada apretaban el disparador: en el cuadro, ellos -cada uno-, solitarios, con un brazo largo que se pierde por detrás del obturador y, a lo lejos, el culo de Claudia, que un día dijo uy como estoy y listo, lo consiguió, llegó.
*Cinco días después, Claudia me llamó al celular. Yo acababa de despertar de una siesta y estaba esperando el 36, el peor colectivo de la galaxia. El teléfono decía: Claudia, y su número, y el ruidito que hace el teléfono cuando recibe una llamada. Atendí. Ella lloraba. Me decía sos un hijo de puta, como pudiste hacerme algo así, yo te hablé con sinceridad, te dije que era una nena, que no hacía cosas para llamar la atención. Y era cierto, Claudia cultivaba el perfil bajo. Y yo no tenía ni idea de qué me hablaba. Le dije: de qué me hablás. Y respondió: no te hagás el gil. Y le dije: no me hago el gil, no sé de qué me hablás. Me contó: pusiste de título que yo tenía sexo por chat con mi novio. Reí. No, tontita, yo no puse ese título. Yo puse un título mucho más buena onda, que al parecer al editor no le gustó tanto.
*Claudia tragó los mocos y dijo: ahora tenés que arreglar lo que hiciste. Le dije que sí, que claro, que no se preocupe. Suspiró y cortó.
*Unos quince minutos más tarde, el 36 dobló en Julián Alvarez. Venía hasta la manija.
(Esto es algo así como la continuación, un año después, de la serie iniciada con Moria. ¿Habrá más?, nunca lo sabremos.)
martes
Sra. Smith. -¿Pero quién cuidará de sus hijos? Sabes muy bien que tienen un muchacho y una muchacha. ¿Cómo se llaman?
Sr. Smith. -Bobby y Bobby, como sus padres. El tío de Bobby Watson, el viejo Bobby Watson, es rico y quiere al muchacho. Muy bien podría encargarse de la educación de Bobby.
Sra, Smith. -Sería natural. Y la tía de Bobby Watson, la vieja Bobby Watson, podría muy bien, a su vez, encargarse de la educación de Bobby Watson, la hija de Bobby Watson. Así la mamá de Bobby Watson, Bobby, podría volver a casarse. ¿Tiene a alguien en vista?
Sr. Smith. -Sí, a un primo de Bobby Watson.
Sra. Smith. -Quién? ¿Bobby Watson?
Sr. Smith. -¿De qué Bobby Watson hablas?
Sra. Smith. -De Bobby Watson, el hijo del Viejo Bobby Watson, el otro tío de Bobby Watson, el muerto.
Sr. Smith. -No, no es ése, es otro. Es Bobby Watson, el hijo de la vieja Bobby Watson, la tía de Bobby Watson, el muerto.
Sra. Smith. -¿Te refieres a Bobby Watson el viajante de comercio?
Sr. Smith. -Todos los Bobby Watson son viajantes de comercio.
Porque no es nada fácil seguirles la huella por ese farragoso camino rodeado de nombres y apellidos que se unen a otros nombres y apellidos y a veces a profesiones y a recuerdos en común. Recuerdos en común que, claro, para nosotros son como cuando Bobby Watson fue a la casa de Bobby Watson y se encontró con Bobby Watson. Indeed.
*Ionesco, E. "La cantante calva". Antipieza.
sábado, agosto 30, 2008
sábado
Hice fuerza para no llorar mientras me sacaba, una por una, las pequeñas púas adheridas a mi piel y limpiaba el polvo, las hojas secas y la humillación que se acumulaban en mi ropa.
El resto del viaje fue en silencio: íbamos con nuestros primeros ahorros a comer solos a Jauja. Parecíamos adolescentes.
miércoles, agosto 27, 2008
viernes, agosto 15, 2008
jueves
Allá la pasamos tan bien. Y el viaje fue lo que escribí la última vez que escribí, aunque habría que agregar que en Retiro miré los diarios paraguayos en los que hay descuartizados (el todo y las partes: cabezas, brazos y piernas encontradas en baldíos) y sangre, mucha sangre. Que no compré alfajores guaymallén, aunque la oferta era tentadora. Que no llevé música porque los auriculares son muy grandes y casi que necesitan un bolso para ellos solos. Que en el Yenny de Retiro le compré a Lu por segunda vez Justine, de Lawrence Durrell, la primera parte del cuarteto de Alejandría. Que las películas no las recuerdo pero estaban Morgan Freeman y Eddie Murphy. Que los azafatos fueron muy amables y que regué la cena con dos cervezas. Que dormí. Que a la mañana leí La potra, de Filloy y así viajé dos veces: una en el bólido amarillo, cruzando el país de Este a Oeste, la otra por Córdoba, de la mano del lenguaje rebuscado y perfecto de Filloy. Que el Lanín se veía a lo lejos y el cielo estaba celeste, aunque empeorando hacia la noche. Que en Bariloche esperaba Lu con Madre, Padre y Marc. Que el viento hacía que el Nahuel Huapi pareciera querer despegar. Que fuimos a ver Batman al chopin, en una sala que parecía de telgopor. Que la película nos gustó mucho. Que llegamos tarde a la chacra pero igual nos hicimos el tiempo para jugar al teg. Que Manu se enoja jugando al teg. Que los días fueron todos distintos entre sí y sin embargo los recuerdo como una sola cosa, larga, sin fisuras, mágica. Que comimos comidas ricas y bebimos vinos ricos. Que nos sentamos en el sillón del living y miramos el fuego y fotos viejas. Que dormimos siestas. Que nos despertamos una mañana y toda la chacra estaba blanca de nieve. Que tuvimos charlas largas y profundas y otras cortas y superficiales. Que vimos a los abuelos. Que vimos a los tíos. Que vimos a los primos. Que fuimos a Bariloche a dejar a los mellizos y Manu. Que vimos caer los primeros copos mientras el cielo se ponía gris. Que decidimos quedarnos a dormir para viajar al otro día. Que hablamos con Nora sobre la casa. Que dormimos en el cuarto de Hebe. Que al otro día la nieve cubría todo. Que igual salimos. Que había que adivinar la huella del camino, que todo era blanco, y los camiones estaban cruzados en la ruta, como juguetes abandonados. Que llegamos vivos. Que salimos de recorrida de casas hippies, para ver y copiar modelos o todo lo contrario. Que fuimos al cine Click, en el centro comunitario y vimos Cocalero y Los Estados Unidos contra John Lennon. Que el sábado, horas antes de volver, fuimos a escuchar a Rosario Bléfari, que cantó y contó y recitó en Rey Lagarto. Que nos quisimos y buscamos el lugar para construir la casa. Que le dimos de comer al potrillo Rospentek y a su madre Bonita. Que apenas haché dos troncos pero alcanzó para sentirme un poco Paul Bunyan. Que casi no me conecté a internet y no morí en el intento. Y que tampoco casi miré tele. Que llegamos a la ciudad un lunes y dormimos siesta. Que desde entonces mi reloj interno está fallado y no funciono tan bien como debería. Y que por eso y porque tampoco pasaron tantas cosas fue que no escribí nada acá, ni nada en otro lado. Pero hoy salió el sol y la ropa se secó, y aunque ayer haya perdido el rojo, podemos decir que es un buen día.
***
Vemos Mira quién habla y coincidimos en que es una gran película. Están buenas las actuaciones, los chistes, las situaciones, y eso que está doblada al español y entonces la voz de Bruce Willis, que es la voz del pensamiento del bebé, es casi la misma voz de Travolta y genera confusiones. Pero son confusiones que no duran ni un minuto, porque tampoco es que es tan complicada. Vemos Mira quién habla y nos ponemos como pelotudos a la hora de la siesta y decimos "qué bonito", y miramos la panza. Afuera está nublado y son las tres de la tarde. Vemos Mira quién habla y nos preguntamos qué será de la vida de los chaboncitos que actuaron del bebé que piensa con la voz de Bruce Willis. Más tarde, en la web, no encontramos nada de información sobre ellos. Ninguno es conocido ni volvió a hacer nada relacionado con el cine. Hay un comentario perdido en imdb de alguien que dice que uno de los chicos ahora trabaja en una tienda canadiense, en atención al público, que es un buen chico y tiene el pelo largo. Otro le contesta: lo re conozco, es un buen chabón.
***
Los miércoles siempre llueve. Eso lo tengo clarísimo.
miércoles, julio 30, 2008
miércoles
domingo, julio 27, 2008
domingo
*Volví a la cama, enorme, ya fría. Dormí. Llamaron: estamos en Pehuajó, buscanos el dial de la radio. Desperté y prendí la computadora. Guglié. Busqué el dial de la radio. Volví a la cama, otra vez enorme, otra vez fría. El sol se adivinaba por entre las hendijas de la persiana. Teléfono: equivocado. Dormí. Pesadilla. Teléfono. Despertar completamente me llevó todo el día.
*Después, los mensajes: ahora Trenque Lauquen, ahora Santa Rosa, General Acha, General Roca, Neuquén, Piedra del Aguila. Allá pasan los kilómetros, acá las horas.
jueves, julio 24, 2008
miércoles, julio 23, 2008
miércoles
Hola Chino,
gracias por las memorias de la casona. A todos nos falla la memoria y a medida que pasa el tiempo la casona crece y los recuerdos se hacen distintos, como con un poco de fantasía. La gran pava todavía anda por casa o por ahí. Lo mas impresionante fueron las lágrimas de vidrio que quedaron por todo el jardín, algunas podían reconocerse que en algún momento fueron las copas de cristal o el espejo grande del comedor.
Américo empezó a cobrar una jubilación y ahora se puso todos los dientes, así que tiene una sonrisa de caballo muy blanca. De todas manera todavía tiene ese pelo negro, aunque con más canas, y esa capacidad increíble de poner sobrenombres, como a Nico= pocosirve, a Mónica= tormenta o pajarita, según su estado de humor, a Dami= bronce.
Y bueno, de la casa quedan restos quemados, muy pocas fotos, un anillo de Susana, pero muchos recuerdos y partidos de futbol o hockey en ese pasillo abajo de las escaleras.
Saludos, Chino.
Te mando un abrazo grande.
martes, julio 22, 2008
martes
***
Cuando las luces y las cámaras se apagaron, cuando el reloj marcó el minuto dieciséis, cuando la sorpresa se evaporó como los charcos de la primavera, ahí, en ese momento, un vecino silencioso y hambriento enlazó al jamelgo en la oscuridad y lo hizo trotar entre las mosquetas y los sauces; subió montañas y vadeó arroyos, y llegó al galpón, que más que galpón era rancho y ató el lazo de cuero de vaca al ciprés que oficiaba de palenque.
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Descansó unos minutos, las paredes humo y grasa, los pisos de tierra dura. El cuchillo, largo, deformado de tantas afiladas, estaba sobre un cajón de madera que hacía de banco y de despensa. Se acercó por la izquierda, como corresponde, y le palmeó los hombros. El caballo -pura sangre, pura carne, puro cuero-, asintió con la cabeza.
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El golpe fue perfecto. Ni un relincho: las piernas se doblan, el cuerpo cae despacio hacia un costado -el derecho, como corresponde-, la lengua se escapa de la boca, la respiración se hace más lenta, torpe. La sangre mancha el pasto y humedece la tierra.
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Lo colgó de los cuartos traseros del ciprés ex palenque, ahora gancho de matadero. Lo cuereó, lo trozó, lo saló.
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Lo asó. Lo comió. Lo guardó.
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Cuando lo descubrieron, volvieron las cámaras y las luces artificiales, los medios y los periodistas. Hubo preguntas e indignación, tan lindo que era el caballo, tan puro, tan bueno. Tan venido de Buenos Aires. Tan mandado por Julián Weich.
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El vecino silencioso alegó hambre. Doce años después nadie se acuerda de nada.
sábado, julio 19, 2008
sábado
*En marzo de 2003, el periodista Jorge Zicolillo envió desde Bagdad –"desde el frente"– varias crónicas para la revista TXT sobre el desarrollo de la guerra de Irak. Tiempo después se supo que Zicolillo nunca había salido de su departamento de la ciudad de Buenos Aires. Palermo Bagdad.
*También en 2003, pero en mayo y en Estados Unidos, se descubrió que Jayson Blair, de 27 años, periodista del New York Times, había estado al menos durante seis meses inventando noticias y plagiando artículos. Más tarde, desde el New York Times dirían: "hemos detectado hasta ahora irregularidades en por lo menos 36 de los 73 artículos que escribió".
*Nahuel Maciel comenzó su carrera en el Cronista Comercial. Mario Diament, director del matutino en ese entonces, lo describe así: “Era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra del escritor Oscar Taffetani, de la revista El Porteño y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para "Le Monde", de París y "The National Geographic", algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer –dijo– una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que acaba de ver pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”. Maciel continuó su trabajo con entrevistas exclusivas realizadas a notables personajes de la cultura a nivel mundial, como Gabriel García Márqueting, Umberto Eco, Ray Bradbury, Carl Sagan, entre otros. No mucho tiempo después, una serie de eventos inesperados llevaría a descubrir que todo lo que manaba de la pluma de Maciel era producto de su fértil y febril imaginación.
*Todo para decir que en este domingo de nubosidad variable no sólo no se me ocurre nada, sino que ni siquiera tengo las ganas suficientes como para ponerme a inventarlo.
viernes, julio 18, 2008
viernes
***
Así, pero un poco más épica o triunfante aparece la luna por atrás del Piltriquitron, frente a la casa. Aunque allá la luna tarda más en salir: primero está un rato iluminando todo, de a poco, agazapada, a la espera. Si estás afuera y los ojos se te acostumbran a la oscuridad podés ver cómo el Pirque, en el oeste, comienza a tomar forma; cómo los relieves empiezan a notarse: los valles cada vez más negros, las protuberancias cada vez más claras; cómo los árboles quemados desde el incendio del 87 vuelven a quemarse de a poco con esa luz blanca, brillante y a la vez opaca. Y de repente, como escupida, sale y la luna ya está casi en el cenit, arriba del todo, más chica de lo que parecía. Se sabe, la expectativa siempre arruina las cosas.
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Una vez saqué fotos del río, de noche, con la luna llena. Cuando las revelé, meses más tarde, encontré un río que era ruta, un cielo que era gris, estrellas que eran rayas, y el negro negro de la sombra de los sauces de la orilla. Corrijo: el río no era ruta: era una huella de agua congelada, era un camino azulado, del azul ese que se ve en los edificios mellizos cuando sus ocupantes miran tele por la noche.
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Esa misma noche, la de la foto del río, salimos a caminar con padre. Caminamos por la ruta, primero hacia el sur, después hacia el norte. Vimos salir la luna como tres veces, la vimos rebotar en cámara lenta en las montañas: un efecto óptico que está mejor cuando lo ves desde el auto, volviendo de Esquel, con buena música saliendo del estéreo.
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En la caminata llevé la cámara y saqué fotos a un cartel que señala curva, curva hacia la derecha, la curva que viene después de lo de los Godoy, o de la Carreta; esa que está justo en la entrada del cementerio. Fue la noche, también, en que pensamos en el guión de la película "El hito", guión que nunca escribimos. La noche en que imaginamos caminar así como caminamos, en la oscuridad, guiados por las líneas blancas del medio, hasta que de repente, nada más. Olas, mar, ruidos, bruma, el fin del mundo. Y entonces volver.
martes, julio 08, 2008
martes
Nosotros estábamos cansados. Habíamos ido a unas termas por el día, en el medio del desierto: soledad y aguas calientes. Ya de vuelta habíamos ido a una farmacia a comprar el evatest. Le tuve que explicar a la farmacéutica: el palito ese, donde la mujer "orina" y después. Ah, ya, la prueba de embarazo. Eso. La guardamos en la mochila.
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Volvimos al hotel, que era como la casa del Zorro o, mejor, era la casa de Diego de la Vega. La puerta de la habitación era grande, pesada y adentro el ambiente era frío y español. Había candelabros, cuadros antiguos, ruidos lejanos. Teníamos las cosas desparramadas sobre la cama (las camas en México son como sus camionetas: gigantes, exageradas; alguien algún día me lo explicará): dos libros, un monedero, mapas, folletos, la guía del mundo solitario, la billetera, pasaportes, la prueba de embarazo. Nos hacíamos los distraídos. Cada tanto, la pregunta: "mirá si". O: "qué onda si". Por supuesto, ni intentábamos responderlas.
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Salimos a comer. Tomados de la mano caminamos por las calles empedradas, bajo la luz de los faroles. La guía recomendaba un restaurante barato y rico, y nos costó bastante encontrarlo. Tenía un patio y un mozo lento pero amable. Pedimos guacamole y unas milanesas o algo parecido: no teníamos tanta hambre. Entonces, salí afuera, no sé si a fumar un cigarrillo o a mirar pasar a la gente, y ahí estaba la luna llena, tapándose de a poco por la tierra que se interponía entre ella y el sol. Había eclipse.
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Ni el guionista más grasa lo hubiese pensado así.
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EXTERIOR - SAN MIGUEL DE ALLENDE - NOCHE
Es evidente que van a tener un hijo, se respira en el aire. Además, el pueblo es muy lindo y caminan por las callejuelas mientras unos mariachis trasnochados tocan guitarras y trompetas. En el cielo, la luna primero se pone naranja, después va oscureciéndose de a poco, para terminar negra, con un aura benjaminiana que la rodea, algunos aplauden. Sus vidas están a punto de cambiar.
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Sabemos que va a ser un varón y que se va a llamar Juan. Juan solo, como Napoleón.
sábado, junio 21, 2008
sábado
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Bruno Américo Riquelme trabajaba en la casona, la casa de la abuela y los viejos de Aye. Una casa enorme de techos y paredes de alerce, con escaleras de madera, cuartos oscuros con olores extraños, pisos ruidosos, fantasmas para elegir, habitaciones misteriosas en las que no entraba nadie, el recuerdo de un conde polaco que murió una nochebuena, ecos de las prostitutas que, decían, habían poblado la casa mientras construían la ruta hace tantos años, daguerrotipos colgados de las paredes. Una mansión que crece a medida que la olvidamos.
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A Bruno Américo Riquelme lo recuerdo sentado en una silla rota, atizando el fuego de la enorme cocina económica, en la que siempre había una pava de proporciones épicas con agua caliente o una olla con polenta para los perros o panes leudando. Me lo acuerdo, también, borracho de vino de botella verde, con la piel curtida, pero curtida en serio, con surcos atravesando los pómulos, los ojos negros hundidos, y apenas un par de dientes, asomando imbatibles como los troncos de un muelle abandonado. Pero era alto, y tenía garbo o algo parecido: el pelo negro oscurísimo, sacos azules con bordados, camisas blancas. Y además era poeta o hablaba como poeta y decía cosas como "bandurrias de hojalata" para referirse a los aviones. Tenía más metáforas que dientes.
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Un día de junio o julio de hace un par de años la casona se incendió íntegra. Susana, la abuela, estaba sola, el incendio empezó en el living. De los tres pisos quedaron cenizas, la pava retorcida por el calor, un lavarropas, ladrillos chamuscados, fantasmas sueltos.
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A Riquelme lo volví a ver hace no mucho, caminando por la calle asfaltada del Hoyo. Yo hacía un trámite o iba al hospital o buscaba a Padre en la cooperativa. Riquelme estaba lejos pero lo reconocí. Caminaba lento, miraba el suelo, vestía traje.
jueves, junio 12, 2008
jueves
Primo M me escribe: dice feliz cumpleaños atrasado, dice que toma muchos cafés para mantenerse despierto en la noche taiwanesa, dice que ahora está en Corea con su amiga Muran. Que necesitaba a alguien cercano y cerca. Cerca, para primo M, es Corea.
*Primo A vive en Salta con su papá. Tiene más o menos mi edad, pero cuando era chico tuvo o le pasó algo que lo volvió un poco lento. Primo A es bueno, y en algún momento creció mucho y entonces ahora es bueno y enorme. Primo A consiguió mi número de celular y me llama cada tanto, casi siempre los martes. Llama desde Salta y habla sobre lo que se le ocurre. Pregunta por mi familia y siempre manda muchos saludos. A veces no lo entiendo, pero no hace falta. Va a venir de visita dentro de poco y quiere que nos veamos todos. Para primo A, lo primero es la familia.
jueves, mayo 22, 2008
jueves
Inacayal fue mío, al menos la mitad. Tengo la foto en la que estamos Alan y yo sosteniéndolo: Alan tiene barba, yo una campera azul, está todo nevado, Inacayal es potrillo. Ahí, en ese momento me dijo que me regalaba la mitad, o fue más romántico -medio caballo no puede ser romántico nunca- y dijo que era de los dos, o que también me pertenecía, o lo que fuera.
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Las fotos sirven para eso: para recrear un recuerdo que se te escapó hace tanto, para llevarte de regreso a lugares que jurarías que nunca visitaste, para decirte: fue ahí cuando te regaló medio caballo.
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Pasa algo parecido cuando tu abuela te cuenta algo que dijiste cuando tenías tres años. Ese no era yo. Sí, suena lindo, y se lo podría decir en el oído a una chica sexy mientras la música y las luces de una discoteca nos vuelven locos: sabés, esto se lo dije a mi abuela cuando tenía tres años. Oh, qué adorable, ¿querés salir conmigo?
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Abuela dice que cuando tenía tres años le pregunté: "Cuando me muera, ¿puedo ir a tu cielo?, el nuestro está lleno de animales". ¿Quieren salir conmigo?
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Se habían muerto el caballo Hamelin, el perro Milton, y el bisabuelo Antonio. Muertes cercanas y absurdas como todas, pero el cielo sonaba como un lugar soportable, un consuelo válido. Con el tiempo las muertes siguieron: un dominó lento, algo -un viento, un suspiro- toca una ficha, al rato otra cae, y así. Murió Milton segundo, murió Rowan, murió Buli, murió el gallo, murió Crack, murió Compay, murió Tupác, se comieron a Mosqueta, mi yegua, murió Coirón. Y ahora Inacayal, y Morgan en el galpón, en la espera, con su ojo negro y el otro rojo, con la cadera partida.
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Nuestro cielo hoy es un mapa invertido de nuestra tierra, un mapa habitado por opuestos, por los muertos, nuestros muertos. Hay muchos animales. Martín es el pastor.
miércoles, mayo 21, 2008
lunes, mayo 19, 2008
lunes
La primera vez que probé la sustancia adictiva hoy conocida como internet fue un mayo frío de 1996, o por ahí, en la cooperativa telefónica de El Hoyo City, calle Islas Malvinas sin número, sin asfalto, sin vereda.
Entramos, Alan, Nico y yo, dijimos una suerte de contraseña y nos abrieron una puerta que daba a un lugar secreto: una baticueva llena de cables y computadoras y olor a café. Pasamos frente al escritorio de uno que trabajaba ahí que ahora no me acuerdo su nombre, pero sí que hacía ruido de gato con la boca; ruido de gato en celo, gato enojado, gato malo. Le parecía gracioso.
¿Alejandro? ¿Fabián?
***
Cerca de la computadora había otras personas, técnicos, curiosos, esperando el milagro. Nos acomodamos a una distancia prudente, manteniendo el incógnito, manteniendo el misterio. No nos saludamos.
Hubo de pronto ruidos metálicos, chirridos, rasguidos, eso. El sonido del futuro, dijimos. El sonido del modem, corrigieron.
***
-Conectó -dijo uno de los que estaban frente a la máquina.
Nos acercamos a la pantalla, había una N grande.
Alguien sugirió ir a altavistapuntodigitalpuntocom: “ahí se puede buscar cosas, lo leí en una revista”. Sonrió, se acomodó los anteojos y se sintió Bill Gates.
Fuimos. Tardó una eternidad.
-Busquemos algo -propuso Bill, ya cómodo en su rol de gurú tecnológico.
-Qué -preguntó el que estaba al teclado.
-No sé -replico el sosias del fundador de Microsoft.
-Tetas -dijo alguien.
-Tetas -confirmó el resto.
En ese momento, y ahora también pero un poco menos, decir tetas era decir Pamela Anderson y hacia ella navegamos, con las olas de tres metros del modem de 14.400bps, con los fuertes vientos de una línea telefónica arruinada.
***
Una foto de Pamela en un balcón, con un top infartante, tardó en bajar más de media hora. Quedamos en la baticueva sólo Alan, Nico y yo: el resto tenía cosas más importantes que hacer antes que ver aparecer el progreso apenas vestido, asomado en un balcón que daba a San Francisco o Los Angeles, sonriendo con dientes blancos y pómulos levantados .
***
La construcción de la imagen, a razón de dos milímetros por minuto, no era lo que se podría llamar el erotismo o la pornografía y pronto nosotros también desistimos. Fuimos a la página de los Rolling Stones, la primera banda de rock que se nos ocurrió. En algún lugar, además de las fechas de las giras, las letras de las canciones y algunas fotos de la banda, estaba la opción de escribir una historia relacionada con ellos. Escribimos, en un inglés un tanto oxidado, sobre aquella vez que los Stones tocaron en una fiesta de graduación en el Bolsón; esa vez que Charlie Watts terminó borracho de ponche y Mick Jagger apretándose a una porrista. Fue lo máximo que nuestra capacidad de ficción nos permitió. Firmamos manteniendo el anonimato.
Pasaron más de diez años desde aquella primera vez. Mucho tiempo. Sin embargo, me gusta pensar que los usos posibles de internet estuvieron condensados en esas dos horas que pasamos frente a la máquina: pornografía, música, anonimato.
Ahora es todo lo mismo, pero más rápido.
viernes, mayo 09, 2008
poesía contemporánea
El olor a lavandina
de las tres empleadas
domésticas
inunda el 36 que va
para villa celina,
a la altura de flores.
Más adelante suben los obreros
de la construcción
tienen el pelo recién lavado
y sus olores son de axe,
unos usan el musk
y otros el conviction.
El que se sienta en el
asiento que está
detrás de mí
usa el nuevo,
ese que es de chocolate,
pero apenas se distingue.
Las empleadas domésticas
no conversan entre sí.
Son tres y se tocan las manos
cada una las propias
y se arreglan las uñas y
buscan imperfecciones.
Una chica que conocí
hace mucho, a la pielsita
que suele salir al lado de la uña
le decía padrasto porque molestaban,
pero si te los sacás a la fuerza
duele más.
miércoles, mayo 07, 2008
miércoles
Mientras tanto, yo acá, copado con el humo de la quema de pastizales.
*Anónimo preguntó por mis abuelos maternos. Yo mastiqué la pregunta y dejé madurar la respuesta. Escribí en un borrador: me cuesta escribir sobre mis abuelos maternos. Agregué: así como me cuesta escribir sobre todo aquello que es bueno, alegre y tiene final feliz. Como hablar sobre tu novia buena: es tanto más fácil hacerlo sobre la mala; los rencores, los celos, ah, así cualquiera. Y completé el primer párrafo con: alguien alguna vez me contó sobre El idilio, el género, ese lugar donde nada sale mal, el amor siempre regresa y los buenos siempre ganan. Y sobre su imposibilidad narrativa.
Lo releo y no me convence. Seguía así: Madre suele contarme que el día en que mi abuela se enteró de que iba a ser abuela -yo fui su primer nieto- dejó de teñirse el pelo, se puso un delantal de cocina, y agarró varios libros de cuentos, para empezar a memorizar. Ese día su vida tomó una nueva dirección, y decidió estar preparada para hacerlo lo mejor posible, como había hecho con todas las otras cosas que había decidido hacer. Seguro que no fue tan lineal ni automático, pero me gusta pensar que fue así: mientras crece la panza de Madre y yo en ella, el pelo de mi abuela se va encaneciendo, las arrugas avanzan por su cara como esos ríos de Africa cuando por fin llega la época de las lluvias, y recita frente al espejo como endemoniada: “Fue entonces cuando Hansel y Gretel salieron al bosque a pesar de las advertencias de sus padres”, en cada nueva versión agregando suspenso, sumando metáforas, quitando tiempos muertos, exceso de descripción. Y así, cuando en la madrugada del ocho de junio de 1982 nací en el hospital San Carlos, ella ya estaba preparada.
No tenía un final definido.
lunes, marzo 17, 2008
lunes
Esta vez hace bastante que no la vemos, así que los saludos son afectuosos y casi efusivos. Nosotros somos Padre y hermanos lado A y B y Manu, novia de lado B. Ellos, abuela -es tiempo de que sepan que la llamamos Granny- y abuelo -a él, Granpa-. Hoy no tienen ayuda, la mucama no está, pero igual nos reciben. Y el igual no es azaroso.
Abuelo intercepta a Padre en el hall de entrada y le dice que lo disculpe, pero se va a tener que ir porque se había olvidado que tenía que hacer algo. Padre le pregunta qué es lo que tenés que hacer. Abuelo le responde pará que no me acuerdo, pero lo tengo anotado en un papel. Padre le dice, bueno. Abuelo encuentra el papel en el bolsillo, lo desdobla con cuidado, acodado en su bar de madera lustrada infinitas veces, y dice acá está, era esto: un seminario sobre la falta de memoria. Varios reímos y Abuelo se retira, con su andar que desafía la gravedad de tan inclinado hacia adelante que va, y con su boina y su perfume, que debe ser el mismo que olemos desde que tenemos memoria.
Abuela nos invita a la mesa, que ya está servida para el té. Está relajada, y eso es bueno, porque nos podemos sentar donde nos plazca. Yo elijo una punta de la mesa rectangular, justo frente a los sándwiches de miga, y a menos de veinte centímetros de las tostadas. Tengo que pasar las tazas servidas de té earl grey, sí, pero no es tan grave.
Lo bueno de cuando Abuela está relajada es que los temas de conversación circulan como los autos en la avenida Córdoba a la madrugada, en esas horas cuando la onda verde pareciera poder llevarte hasta Mendoza o Chile, sin que nadie se te interponga en tu camino. Y ella se ríe, y está buena su risa: es contagiosa.
Yo tengo un comportamiento oscilante cuando voy a la casa de mis abuelos. En general, me vuelvo un pelotudo a secas. Mi postura corporal se convierte progresivamente en la de un muñeco de torta enyesado y mi modulación intenta imitar a la de los locutores de radio FM de pueblo. Coloco la servilleta de tela blanca o beige -la que toque- sobre mis muslos, y las manos apenas si tocan la mesa: los codos jamás. Y así. Defiendo mis ideas, eso sí, pero igual trato, con el rango de cancillería que me caracteriza, de transitar por la soleada vereda de las conversaciones intrascendentes antes que asomarme temerario a los caminos poceados de temas algo más intensos, digamos Política, digamos Historia, digamos, Cultura, digamos Sexo, digamos Economía. Temas que, invariablemente, en algún momento de la tarde aparecen y lo único que funciona, a esa altura, es llenar otra vez la copa de vino tinto y asentir, siempre asentir.
Otras veces, como ésta, no hace falta la careta y todos nos dejamos fluir un rato. Se cuentan chistes malos, se apela a la ironía y al cinismo -las armas preferida de Abuela-, a cierta maldad divertida -que tal vez sea lo mismo que el cinismo, no lo sé- , y esas cosas. Además nos comemos el arrollado de dulce de leche, que en esta mesa se llama rolly polly, en honor a Padre, que se llama Pol, que más tarde mientras se ríe nos cuenta que en realidad a él nunca le gustó el arrollado, pero que Abuela siempre se lo hacía o para su santo o para su cumpleaños, y que bueno, le terminó gustando. Y comemos tostadas con pan lactal, que mientras están en la tostadora huelen igual a la primera vez que estuve en esa casa inmensa y alfombrada. Y tomamos té. Mucho té. Y miramos el jardín. Y Padre, que no tiene que hacerse el muñeco de torta, porque nunca lo hizo y ahora sería demasiado tarde, se escabulle silencioso y se va a la pileta del fondo, esa que es tan azul como los ojos de Abuela y se tira, sin toalla, sin apuro.
Abuela se hace la distraída y todo sigue su curso. Un curso absurdo, a veces. Pero un curso que cada tanto está bueno volver a transitar.
domingo, marzo 16, 2008
domingo
Y después empecé a tejer hipótesis, sobre el porqué de Dylan, el porqué de su importancia, el porqué de su papel tan extraño y a contramano, el porqué de su ser fundamental, y muchos otros porqués más. Poco más tarde todo terminó y quedamos tarareando la canción de movistar que sonaba en la pantalla y que ahora no me acuerdo pero que decía algo así como "no es para mí", y también las canciones de Dylan como nos hubiese gustado que sonaran, aunque hayamos entendido el porqué de cómo sonaron. Una sensación parecida tuve en México, pero ahí no lo pude ver: la fila Z es la última, sépanlo.
miércoles, marzo 05, 2008
coirón
*Se llamaba así, como el pasto seco que se peina con el viento de la estepa. Alguna vez fue joven y arisco, o mejor: el más joven y el más arisco. Agarrarlo era una proeza épica y se necesitaban varios de los mejores arrieros. Le decían Houdini, o le podrían haber dicho de esa manera: podía estar encerrado en un rincón del corral, rodeado de cinco personas con los brazos extendidos para parecer más, y sin embargo.
*A mí me tiró más de una vez. Y en otra ocasión tuve que saltar en pleno galope, y caí en un charco. Ibamos Migui y yo, él en Inacayal, yo en Coirón. En silencio, a la velocidad de dos caballos veloces nos miramos y planificamos el salto, había que hacerlo antes de llegar al ripio. Saltamos. Lleno de barro y con la nariz sangrando juré que nunca más iba a volver a cabalgar. La promesa duró menos que el dolor de nariz y el orgullo mancillado.
*Coirón era la base de realidad en nuestro far west a escala. A él le poníamos el freno y la montura y después el rifle de madera y recién ahí nos subíamos, no sin la ayuda de un tronco. Una vez arriba, cabalgábamos hacia el poniente, con la sombra del sombrero de ala ancha oscureciéndonos la mirada.
*Padre lo buscó en El Maitén cuando todavía era un potrillo -Coirón, no él; o los dos, no sé-. Después fueron desde Bariloche a la chacra, en la época del año en que las nieves empiezan a bajar de las alturas. En ese viaje esquió con el caballo, y también conoció al diablo, que habitaba en una cabaña de madera en alguna montaña perdida.
*Era bueno con los chicos y malos con los grandes, como corresponde. Por nosotros se dejaba agarrar, simulaba escapar y más tarde se hacía el atrapado sin salida. Le podíamos poner la montura y el freno casi sin problemas. Era atento con Martín y no le tenía miedo a la silla de ruedas.
*Coirón vivió unos treinta años, mucho para un caballo, y casi todos con nosotros. Coirón murió el primero de marzo, en el cuadro de la avena, lejos de los demás caballos, viejo, cansado, orgulloso. Alguien puso una flor roja sobre su lomo.
lunes, marzo 03, 2008
dos meses
Fueron dos meses de no estar acá. Dos meses no parece mucho comparado con, no sé, el avance o retroceso de un glaciar, o el crecimiento de las tortugas Galápagos. Pero en estos casos es distinto: dos meses es bastante, o al menos es el tiempo suficiente para que pasen muchas cosas.
Algunas cosas que pasaron:
Cosechamos arándanos por las mañanas, mientras los zapatos se nos mojaban con el rocío. Viajamos a Comodoro a vender el arándano que habíamos cosechado. Vimos la estepa y el Atlántico. Murió Agente Cooper, el gato, y lo extrañamos. Nos casamos en una fiesta que duró cinco días y en la que el vino blanco corrió como el Epuyen rumbo al Pacífico, las vacas y los corderos y los pollos se sacrificaron como niños aztecas por nuestro amor, el sol brilló y no por su ausencia, y todo fue felicidad. Algunos levitaron. Hubo días de lluvia en los que vimos Doctor House y bebimos vino sentados alrededor de la chimenea. Hubo días de calor en los que nos tiramos al río y escuchamos música y jugamos al fútbol; incluso hubo días en que la rutina de las vacaciones nos hizo creer que estábamos aburridos. Vinieron amigos de todos lados y la pasamos muy bien con ellos. Cantamos karaoke y estencileamos remeras. Comimos pizzas bajo la tenue luz de las estrellas. Nos sentamos alrededor del fuego, adorándolo, o al menos aprovechando su luz y calor. Desayunamos en la mesa del comedor, con el sol de la mañana iluminándolo todo. Llegó Rospentek, el caballo azulejo y malacara acompañado por su madre, Bonita. Cantamos los Beatles. Buscamos un lugar para hacernos la casa. Comimos shawarma en la feria. Volvimos a Buenos Aires por una noche y lo vi a Mariano y cenamos con primo Martín y Conrado y Mike. Fuimos a México, y primero vimos desde el avión las luces naranjas e infinitas del DF y después caminamos por las calles del Centro histórico, oliendo ese olor que es a cloaca y a comida y a tantas otras cosas. Fuimos al Pacífico y nos metimos en un mar bravo y espumeante como perro rabioso, y también dormimos sobre la arena caliente y leímos. En la selva escuchamos monos y observamos impávidos cómo la vegetación avanzaba sin dar tregua. En el desierto seguimos el recorrido de las estrellas y, antes, el de las sombras largas de los cáctus que parecieran querer escaparse de ese mundo llano y seco. Dormimos en varios hoteles que llevaban el adjetivo Principal como nombre. Y nos quisimos. En San Miguel Allende vimos el eclipse y algo más; en Guanajuato nos perdimos por esas callecitas absurdas. En el DF hablamos con taxistas y recorrimos la interminable red del Metro. Y la comida, por supuesto. Leimos el diario mientras esperábamos el desayuno. Escuchamos radio en una tráfic que desafiaba en cada curva la ley de la fuerza centrífuga -si es que la fuerza centrífuga se rige por alguna ley- y, mejor todavía, le ganaba. Escuchamos a Bob Dylan perder su voz desde la última fila del Auditorio Nacional mientras intentábamos adivinar su atuendo. Volvimos. Tuvimos un poco de jet lag. Fuimos a Chascomús donde con primos y hermanos y mucha otra familia festejamos que hace poco habíamos festejado. Brindamos por el amor y por Martín y aplaudimos a los asadores.
Ahora Laurie se fue y le dejó el lugar a Nick Cave y a su piano. Nick asegura que no cree en un dios intervencionista, pero sabe que vos, cariño, sí. Un mosquito me pica en el brazo y lo dejo actuar tranquilo: no te voy a matar ahora, prefiero rascarme después. Subo el volumen. Recorro la habitación con la mirada. Miro por la ventana. Me rasco. Apreto publicar. Llegamos.