miércoles, julio 30, 2008
miércoles
domingo, julio 27, 2008
domingo
*Volví a la cama, enorme, ya fría. Dormí. Llamaron: estamos en Pehuajó, buscanos el dial de la radio. Desperté y prendí la computadora. Guglié. Busqué el dial de la radio. Volví a la cama, otra vez enorme, otra vez fría. El sol se adivinaba por entre las hendijas de la persiana. Teléfono: equivocado. Dormí. Pesadilla. Teléfono. Despertar completamente me llevó todo el día.
*Después, los mensajes: ahora Trenque Lauquen, ahora Santa Rosa, General Acha, General Roca, Neuquén, Piedra del Aguila. Allá pasan los kilómetros, acá las horas.
jueves, julio 24, 2008
miércoles, julio 23, 2008
miércoles
Hola Chino,
gracias por las memorias de la casona. A todos nos falla la memoria y a medida que pasa el tiempo la casona crece y los recuerdos se hacen distintos, como con un poco de fantasía. La gran pava todavía anda por casa o por ahí. Lo mas impresionante fueron las lágrimas de vidrio que quedaron por todo el jardín, algunas podían reconocerse que en algún momento fueron las copas de cristal o el espejo grande del comedor.
Américo empezó a cobrar una jubilación y ahora se puso todos los dientes, así que tiene una sonrisa de caballo muy blanca. De todas manera todavía tiene ese pelo negro, aunque con más canas, y esa capacidad increíble de poner sobrenombres, como a Nico= pocosirve, a Mónica= tormenta o pajarita, según su estado de humor, a Dami= bronce.
Y bueno, de la casa quedan restos quemados, muy pocas fotos, un anillo de Susana, pero muchos recuerdos y partidos de futbol o hockey en ese pasillo abajo de las escaleras.
Saludos, Chino.
Te mando un abrazo grande.
martes, julio 22, 2008
martes
***
Cuando las luces y las cámaras se apagaron, cuando el reloj marcó el minuto dieciséis, cuando la sorpresa se evaporó como los charcos de la primavera, ahí, en ese momento, un vecino silencioso y hambriento enlazó al jamelgo en la oscuridad y lo hizo trotar entre las mosquetas y los sauces; subió montañas y vadeó arroyos, y llegó al galpón, que más que galpón era rancho y ató el lazo de cuero de vaca al ciprés que oficiaba de palenque.
***
Descansó unos minutos, las paredes humo y grasa, los pisos de tierra dura. El cuchillo, largo, deformado de tantas afiladas, estaba sobre un cajón de madera que hacía de banco y de despensa. Se acercó por la izquierda, como corresponde, y le palmeó los hombros. El caballo -pura sangre, pura carne, puro cuero-, asintió con la cabeza.
***
El golpe fue perfecto. Ni un relincho: las piernas se doblan, el cuerpo cae despacio hacia un costado -el derecho, como corresponde-, la lengua se escapa de la boca, la respiración se hace más lenta, torpe. La sangre mancha el pasto y humedece la tierra.
***
Lo colgó de los cuartos traseros del ciprés ex palenque, ahora gancho de matadero. Lo cuereó, lo trozó, lo saló.
***
Lo asó. Lo comió. Lo guardó.
***
Cuando lo descubrieron, volvieron las cámaras y las luces artificiales, los medios y los periodistas. Hubo preguntas e indignación, tan lindo que era el caballo, tan puro, tan bueno. Tan venido de Buenos Aires. Tan mandado por Julián Weich.
***
El vecino silencioso alegó hambre. Doce años después nadie se acuerda de nada.
sábado, julio 19, 2008
sábado
*En marzo de 2003, el periodista Jorge Zicolillo envió desde Bagdad –"desde el frente"– varias crónicas para la revista TXT sobre el desarrollo de la guerra de Irak. Tiempo después se supo que Zicolillo nunca había salido de su departamento de la ciudad de Buenos Aires. Palermo Bagdad.
*También en 2003, pero en mayo y en Estados Unidos, se descubrió que Jayson Blair, de 27 años, periodista del New York Times, había estado al menos durante seis meses inventando noticias y plagiando artículos. Más tarde, desde el New York Times dirían: "hemos detectado hasta ahora irregularidades en por lo menos 36 de los 73 artículos que escribió".
*Nahuel Maciel comenzó su carrera en el Cronista Comercial. Mario Diament, director del matutino en ese entonces, lo describe así: “Era de baja estatura, cuerpo enjuto y una mirada inocente enmarcada entre rabiosos mechones de pelo lacio y una barba intensamente negra. Traía, según dijo, una recomendación de Eduardo Galeano y otra del escritor Oscar Taffetani, de la revista El Porteño y se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para "Le Monde", de París y "The National Geographic", algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer –dijo– una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que acaba de ver pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”. Maciel continuó su trabajo con entrevistas exclusivas realizadas a notables personajes de la cultura a nivel mundial, como Gabriel García Márqueting, Umberto Eco, Ray Bradbury, Carl Sagan, entre otros. No mucho tiempo después, una serie de eventos inesperados llevaría a descubrir que todo lo que manaba de la pluma de Maciel era producto de su fértil y febril imaginación.
*Todo para decir que en este domingo de nubosidad variable no sólo no se me ocurre nada, sino que ni siquiera tengo las ganas suficientes como para ponerme a inventarlo.
viernes, julio 18, 2008
viernes
***
Así, pero un poco más épica o triunfante aparece la luna por atrás del Piltriquitron, frente a la casa. Aunque allá la luna tarda más en salir: primero está un rato iluminando todo, de a poco, agazapada, a la espera. Si estás afuera y los ojos se te acostumbran a la oscuridad podés ver cómo el Pirque, en el oeste, comienza a tomar forma; cómo los relieves empiezan a notarse: los valles cada vez más negros, las protuberancias cada vez más claras; cómo los árboles quemados desde el incendio del 87 vuelven a quemarse de a poco con esa luz blanca, brillante y a la vez opaca. Y de repente, como escupida, sale y la luna ya está casi en el cenit, arriba del todo, más chica de lo que parecía. Se sabe, la expectativa siempre arruina las cosas.
***
Una vez saqué fotos del río, de noche, con la luna llena. Cuando las revelé, meses más tarde, encontré un río que era ruta, un cielo que era gris, estrellas que eran rayas, y el negro negro de la sombra de los sauces de la orilla. Corrijo: el río no era ruta: era una huella de agua congelada, era un camino azulado, del azul ese que se ve en los edificios mellizos cuando sus ocupantes miran tele por la noche.
***
Esa misma noche, la de la foto del río, salimos a caminar con padre. Caminamos por la ruta, primero hacia el sur, después hacia el norte. Vimos salir la luna como tres veces, la vimos rebotar en cámara lenta en las montañas: un efecto óptico que está mejor cuando lo ves desde el auto, volviendo de Esquel, con buena música saliendo del estéreo.
***
En la caminata llevé la cámara y saqué fotos a un cartel que señala curva, curva hacia la derecha, la curva que viene después de lo de los Godoy, o de la Carreta; esa que está justo en la entrada del cementerio. Fue la noche, también, en que pensamos en el guión de la película "El hito", guión que nunca escribimos. La noche en que imaginamos caminar así como caminamos, en la oscuridad, guiados por las líneas blancas del medio, hasta que de repente, nada más. Olas, mar, ruidos, bruma, el fin del mundo. Y entonces volver.
martes, julio 08, 2008
martes
Nosotros estábamos cansados. Habíamos ido a unas termas por el día, en el medio del desierto: soledad y aguas calientes. Ya de vuelta habíamos ido a una farmacia a comprar el evatest. Le tuve que explicar a la farmacéutica: el palito ese, donde la mujer "orina" y después. Ah, ya, la prueba de embarazo. Eso. La guardamos en la mochila.
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Volvimos al hotel, que era como la casa del Zorro o, mejor, era la casa de Diego de la Vega. La puerta de la habitación era grande, pesada y adentro el ambiente era frío y español. Había candelabros, cuadros antiguos, ruidos lejanos. Teníamos las cosas desparramadas sobre la cama (las camas en México son como sus camionetas: gigantes, exageradas; alguien algún día me lo explicará): dos libros, un monedero, mapas, folletos, la guía del mundo solitario, la billetera, pasaportes, la prueba de embarazo. Nos hacíamos los distraídos. Cada tanto, la pregunta: "mirá si". O: "qué onda si". Por supuesto, ni intentábamos responderlas.
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Salimos a comer. Tomados de la mano caminamos por las calles empedradas, bajo la luz de los faroles. La guía recomendaba un restaurante barato y rico, y nos costó bastante encontrarlo. Tenía un patio y un mozo lento pero amable. Pedimos guacamole y unas milanesas o algo parecido: no teníamos tanta hambre. Entonces, salí afuera, no sé si a fumar un cigarrillo o a mirar pasar a la gente, y ahí estaba la luna llena, tapándose de a poco por la tierra que se interponía entre ella y el sol. Había eclipse.
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Ni el guionista más grasa lo hubiese pensado así.
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EXTERIOR - SAN MIGUEL DE ALLENDE - NOCHE
Es evidente que van a tener un hijo, se respira en el aire. Además, el pueblo es muy lindo y caminan por las callejuelas mientras unos mariachis trasnochados tocan guitarras y trompetas. En el cielo, la luna primero se pone naranja, después va oscureciéndose de a poco, para terminar negra, con un aura benjaminiana que la rodea, algunos aplauden. Sus vidas están a punto de cambiar.
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Sabemos que va a ser un varón y que se va a llamar Juan. Juan solo, como Napoleón.
sábado, junio 21, 2008
sábado
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Bruno Américo Riquelme trabajaba en la casona, la casa de la abuela y los viejos de Aye. Una casa enorme de techos y paredes de alerce, con escaleras de madera, cuartos oscuros con olores extraños, pisos ruidosos, fantasmas para elegir, habitaciones misteriosas en las que no entraba nadie, el recuerdo de un conde polaco que murió una nochebuena, ecos de las prostitutas que, decían, habían poblado la casa mientras construían la ruta hace tantos años, daguerrotipos colgados de las paredes. Una mansión que crece a medida que la olvidamos.
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A Bruno Américo Riquelme lo recuerdo sentado en una silla rota, atizando el fuego de la enorme cocina económica, en la que siempre había una pava de proporciones épicas con agua caliente o una olla con polenta para los perros o panes leudando. Me lo acuerdo, también, borracho de vino de botella verde, con la piel curtida, pero curtida en serio, con surcos atravesando los pómulos, los ojos negros hundidos, y apenas un par de dientes, asomando imbatibles como los troncos de un muelle abandonado. Pero era alto, y tenía garbo o algo parecido: el pelo negro oscurísimo, sacos azules con bordados, camisas blancas. Y además era poeta o hablaba como poeta y decía cosas como "bandurrias de hojalata" para referirse a los aviones. Tenía más metáforas que dientes.
***
Un día de junio o julio de hace un par de años la casona se incendió íntegra. Susana, la abuela, estaba sola, el incendio empezó en el living. De los tres pisos quedaron cenizas, la pava retorcida por el calor, un lavarropas, ladrillos chamuscados, fantasmas sueltos.
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A Riquelme lo volví a ver hace no mucho, caminando por la calle asfaltada del Hoyo. Yo hacía un trámite o iba al hospital o buscaba a Padre en la cooperativa. Riquelme estaba lejos pero lo reconocí. Caminaba lento, miraba el suelo, vestía traje.
jueves, junio 12, 2008
jueves
Primo M me escribe: dice feliz cumpleaños atrasado, dice que toma muchos cafés para mantenerse despierto en la noche taiwanesa, dice que ahora está en Corea con su amiga Muran. Que necesitaba a alguien cercano y cerca. Cerca, para primo M, es Corea.
*Primo A vive en Salta con su papá. Tiene más o menos mi edad, pero cuando era chico tuvo o le pasó algo que lo volvió un poco lento. Primo A es bueno, y en algún momento creció mucho y entonces ahora es bueno y enorme. Primo A consiguió mi número de celular y me llama cada tanto, casi siempre los martes. Llama desde Salta y habla sobre lo que se le ocurre. Pregunta por mi familia y siempre manda muchos saludos. A veces no lo entiendo, pero no hace falta. Va a venir de visita dentro de poco y quiere que nos veamos todos. Para primo A, lo primero es la familia.
jueves, mayo 22, 2008
jueves
Inacayal fue mío, al menos la mitad. Tengo la foto en la que estamos Alan y yo sosteniéndolo: Alan tiene barba, yo una campera azul, está todo nevado, Inacayal es potrillo. Ahí, en ese momento me dijo que me regalaba la mitad, o fue más romántico -medio caballo no puede ser romántico nunca- y dijo que era de los dos, o que también me pertenecía, o lo que fuera.
***
Las fotos sirven para eso: para recrear un recuerdo que se te escapó hace tanto, para llevarte de regreso a lugares que jurarías que nunca visitaste, para decirte: fue ahí cuando te regaló medio caballo.
***
Pasa algo parecido cuando tu abuela te cuenta algo que dijiste cuando tenías tres años. Ese no era yo. Sí, suena lindo, y se lo podría decir en el oído a una chica sexy mientras la música y las luces de una discoteca nos vuelven locos: sabés, esto se lo dije a mi abuela cuando tenía tres años. Oh, qué adorable, ¿querés salir conmigo?
***
Abuela dice que cuando tenía tres años le pregunté: "Cuando me muera, ¿puedo ir a tu cielo?, el nuestro está lleno de animales". ¿Quieren salir conmigo?
***
Se habían muerto el caballo Hamelin, el perro Milton, y el bisabuelo Antonio. Muertes cercanas y absurdas como todas, pero el cielo sonaba como un lugar soportable, un consuelo válido. Con el tiempo las muertes siguieron: un dominó lento, algo -un viento, un suspiro- toca una ficha, al rato otra cae, y así. Murió Milton segundo, murió Rowan, murió Buli, murió el gallo, murió Crack, murió Compay, murió Tupác, se comieron a Mosqueta, mi yegua, murió Coirón. Y ahora Inacayal, y Morgan en el galpón, en la espera, con su ojo negro y el otro rojo, con la cadera partida.
***
Nuestro cielo hoy es un mapa invertido de nuestra tierra, un mapa habitado por opuestos, por los muertos, nuestros muertos. Hay muchos animales. Martín es el pastor.
miércoles, mayo 21, 2008
lunes, mayo 19, 2008
lunes
La primera vez que probé la sustancia adictiva hoy conocida como internet fue un mayo frío de 1996, o por ahí, en la cooperativa telefónica de El Hoyo City, calle Islas Malvinas sin número, sin asfalto, sin vereda.
Entramos, Alan, Nico y yo, dijimos una suerte de contraseña y nos abrieron una puerta que daba a un lugar secreto: una baticueva llena de cables y computadoras y olor a café. Pasamos frente al escritorio de uno que trabajaba ahí que ahora no me acuerdo su nombre, pero sí que hacía ruido de gato con la boca; ruido de gato en celo, gato enojado, gato malo. Le parecía gracioso.
¿Alejandro? ¿Fabián?
***
Cerca de la computadora había otras personas, técnicos, curiosos, esperando el milagro. Nos acomodamos a una distancia prudente, manteniendo el incógnito, manteniendo el misterio. No nos saludamos.
Hubo de pronto ruidos metálicos, chirridos, rasguidos, eso. El sonido del futuro, dijimos. El sonido del modem, corrigieron.
***
-Conectó -dijo uno de los que estaban frente a la máquina.
Nos acercamos a la pantalla, había una N grande.
Alguien sugirió ir a altavistapuntodigitalpuntocom: “ahí se puede buscar cosas, lo leí en una revista”. Sonrió, se acomodó los anteojos y se sintió Bill Gates.
Fuimos. Tardó una eternidad.
-Busquemos algo -propuso Bill, ya cómodo en su rol de gurú tecnológico.
-Qué -preguntó el que estaba al teclado.
-No sé -replico el sosias del fundador de Microsoft.
-Tetas -dijo alguien.
-Tetas -confirmó el resto.
En ese momento, y ahora también pero un poco menos, decir tetas era decir Pamela Anderson y hacia ella navegamos, con las olas de tres metros del modem de 14.400bps, con los fuertes vientos de una línea telefónica arruinada.
***
Una foto de Pamela en un balcón, con un top infartante, tardó en bajar más de media hora. Quedamos en la baticueva sólo Alan, Nico y yo: el resto tenía cosas más importantes que hacer antes que ver aparecer el progreso apenas vestido, asomado en un balcón que daba a San Francisco o Los Angeles, sonriendo con dientes blancos y pómulos levantados .
***
La construcción de la imagen, a razón de dos milímetros por minuto, no era lo que se podría llamar el erotismo o la pornografía y pronto nosotros también desistimos. Fuimos a la página de los Rolling Stones, la primera banda de rock que se nos ocurrió. En algún lugar, además de las fechas de las giras, las letras de las canciones y algunas fotos de la banda, estaba la opción de escribir una historia relacionada con ellos. Escribimos, en un inglés un tanto oxidado, sobre aquella vez que los Stones tocaron en una fiesta de graduación en el Bolsón; esa vez que Charlie Watts terminó borracho de ponche y Mick Jagger apretándose a una porrista. Fue lo máximo que nuestra capacidad de ficción nos permitió. Firmamos manteniendo el anonimato.
Pasaron más de diez años desde aquella primera vez. Mucho tiempo. Sin embargo, me gusta pensar que los usos posibles de internet estuvieron condensados en esas dos horas que pasamos frente a la máquina: pornografía, música, anonimato.
Ahora es todo lo mismo, pero más rápido.
viernes, mayo 09, 2008
poesía contemporánea
El olor a lavandina
de las tres empleadas
domésticas
inunda el 36 que va
para villa celina,
a la altura de flores.
Más adelante suben los obreros
de la construcción
tienen el pelo recién lavado
y sus olores son de axe,
unos usan el musk
y otros el conviction.
El que se sienta en el
asiento que está
detrás de mí
usa el nuevo,
ese que es de chocolate,
pero apenas se distingue.
Las empleadas domésticas
no conversan entre sí.
Son tres y se tocan las manos
cada una las propias
y se arreglan las uñas y
buscan imperfecciones.
Una chica que conocí
hace mucho, a la pielsita
que suele salir al lado de la uña
le decía padrasto porque molestaban,
pero si te los sacás a la fuerza
duele más.
miércoles, mayo 07, 2008
miércoles
Mientras tanto, yo acá, copado con el humo de la quema de pastizales.
*Anónimo preguntó por mis abuelos maternos. Yo mastiqué la pregunta y dejé madurar la respuesta. Escribí en un borrador: me cuesta escribir sobre mis abuelos maternos. Agregué: así como me cuesta escribir sobre todo aquello que es bueno, alegre y tiene final feliz. Como hablar sobre tu novia buena: es tanto más fácil hacerlo sobre la mala; los rencores, los celos, ah, así cualquiera. Y completé el primer párrafo con: alguien alguna vez me contó sobre El idilio, el género, ese lugar donde nada sale mal, el amor siempre regresa y los buenos siempre ganan. Y sobre su imposibilidad narrativa.
Lo releo y no me convence. Seguía así: Madre suele contarme que el día en que mi abuela se enteró de que iba a ser abuela -yo fui su primer nieto- dejó de teñirse el pelo, se puso un delantal de cocina, y agarró varios libros de cuentos, para empezar a memorizar. Ese día su vida tomó una nueva dirección, y decidió estar preparada para hacerlo lo mejor posible, como había hecho con todas las otras cosas que había decidido hacer. Seguro que no fue tan lineal ni automático, pero me gusta pensar que fue así: mientras crece la panza de Madre y yo en ella, el pelo de mi abuela se va encaneciendo, las arrugas avanzan por su cara como esos ríos de Africa cuando por fin llega la época de las lluvias, y recita frente al espejo como endemoniada: “Fue entonces cuando Hansel y Gretel salieron al bosque a pesar de las advertencias de sus padres”, en cada nueva versión agregando suspenso, sumando metáforas, quitando tiempos muertos, exceso de descripción. Y así, cuando en la madrugada del ocho de junio de 1982 nací en el hospital San Carlos, ella ya estaba preparada.
No tenía un final definido.
lunes, marzo 17, 2008
lunes
Esta vez hace bastante que no la vemos, así que los saludos son afectuosos y casi efusivos. Nosotros somos Padre y hermanos lado A y B y Manu, novia de lado B. Ellos, abuela -es tiempo de que sepan que la llamamos Granny- y abuelo -a él, Granpa-. Hoy no tienen ayuda, la mucama no está, pero igual nos reciben. Y el igual no es azaroso.
Abuelo intercepta a Padre en el hall de entrada y le dice que lo disculpe, pero se va a tener que ir porque se había olvidado que tenía que hacer algo. Padre le pregunta qué es lo que tenés que hacer. Abuelo le responde pará que no me acuerdo, pero lo tengo anotado en un papel. Padre le dice, bueno. Abuelo encuentra el papel en el bolsillo, lo desdobla con cuidado, acodado en su bar de madera lustrada infinitas veces, y dice acá está, era esto: un seminario sobre la falta de memoria. Varios reímos y Abuelo se retira, con su andar que desafía la gravedad de tan inclinado hacia adelante que va, y con su boina y su perfume, que debe ser el mismo que olemos desde que tenemos memoria.
Abuela nos invita a la mesa, que ya está servida para el té. Está relajada, y eso es bueno, porque nos podemos sentar donde nos plazca. Yo elijo una punta de la mesa rectangular, justo frente a los sándwiches de miga, y a menos de veinte centímetros de las tostadas. Tengo que pasar las tazas servidas de té earl grey, sí, pero no es tan grave.
Lo bueno de cuando Abuela está relajada es que los temas de conversación circulan como los autos en la avenida Córdoba a la madrugada, en esas horas cuando la onda verde pareciera poder llevarte hasta Mendoza o Chile, sin que nadie se te interponga en tu camino. Y ella se ríe, y está buena su risa: es contagiosa.
Yo tengo un comportamiento oscilante cuando voy a la casa de mis abuelos. En general, me vuelvo un pelotudo a secas. Mi postura corporal se convierte progresivamente en la de un muñeco de torta enyesado y mi modulación intenta imitar a la de los locutores de radio FM de pueblo. Coloco la servilleta de tela blanca o beige -la que toque- sobre mis muslos, y las manos apenas si tocan la mesa: los codos jamás. Y así. Defiendo mis ideas, eso sí, pero igual trato, con el rango de cancillería que me caracteriza, de transitar por la soleada vereda de las conversaciones intrascendentes antes que asomarme temerario a los caminos poceados de temas algo más intensos, digamos Política, digamos Historia, digamos, Cultura, digamos Sexo, digamos Economía. Temas que, invariablemente, en algún momento de la tarde aparecen y lo único que funciona, a esa altura, es llenar otra vez la copa de vino tinto y asentir, siempre asentir.
Otras veces, como ésta, no hace falta la careta y todos nos dejamos fluir un rato. Se cuentan chistes malos, se apela a la ironía y al cinismo -las armas preferida de Abuela-, a cierta maldad divertida -que tal vez sea lo mismo que el cinismo, no lo sé- , y esas cosas. Además nos comemos el arrollado de dulce de leche, que en esta mesa se llama rolly polly, en honor a Padre, que se llama Pol, que más tarde mientras se ríe nos cuenta que en realidad a él nunca le gustó el arrollado, pero que Abuela siempre se lo hacía o para su santo o para su cumpleaños, y que bueno, le terminó gustando. Y comemos tostadas con pan lactal, que mientras están en la tostadora huelen igual a la primera vez que estuve en esa casa inmensa y alfombrada. Y tomamos té. Mucho té. Y miramos el jardín. Y Padre, que no tiene que hacerse el muñeco de torta, porque nunca lo hizo y ahora sería demasiado tarde, se escabulle silencioso y se va a la pileta del fondo, esa que es tan azul como los ojos de Abuela y se tira, sin toalla, sin apuro.
Abuela se hace la distraída y todo sigue su curso. Un curso absurdo, a veces. Pero un curso que cada tanto está bueno volver a transitar.
domingo, marzo 16, 2008
domingo
Y después empecé a tejer hipótesis, sobre el porqué de Dylan, el porqué de su importancia, el porqué de su papel tan extraño y a contramano, el porqué de su ser fundamental, y muchos otros porqués más. Poco más tarde todo terminó y quedamos tarareando la canción de movistar que sonaba en la pantalla y que ahora no me acuerdo pero que decía algo así como "no es para mí", y también las canciones de Dylan como nos hubiese gustado que sonaran, aunque hayamos entendido el porqué de cómo sonaron. Una sensación parecida tuve en México, pero ahí no lo pude ver: la fila Z es la última, sépanlo.
miércoles, marzo 05, 2008
coirón
*Se llamaba así, como el pasto seco que se peina con el viento de la estepa. Alguna vez fue joven y arisco, o mejor: el más joven y el más arisco. Agarrarlo era una proeza épica y se necesitaban varios de los mejores arrieros. Le decían Houdini, o le podrían haber dicho de esa manera: podía estar encerrado en un rincón del corral, rodeado de cinco personas con los brazos extendidos para parecer más, y sin embargo.
*A mí me tiró más de una vez. Y en otra ocasión tuve que saltar en pleno galope, y caí en un charco. Ibamos Migui y yo, él en Inacayal, yo en Coirón. En silencio, a la velocidad de dos caballos veloces nos miramos y planificamos el salto, había que hacerlo antes de llegar al ripio. Saltamos. Lleno de barro y con la nariz sangrando juré que nunca más iba a volver a cabalgar. La promesa duró menos que el dolor de nariz y el orgullo mancillado.
*Coirón era la base de realidad en nuestro far west a escala. A él le poníamos el freno y la montura y después el rifle de madera y recién ahí nos subíamos, no sin la ayuda de un tronco. Una vez arriba, cabalgábamos hacia el poniente, con la sombra del sombrero de ala ancha oscureciéndonos la mirada.
*Padre lo buscó en El Maitén cuando todavía era un potrillo -Coirón, no él; o los dos, no sé-. Después fueron desde Bariloche a la chacra, en la época del año en que las nieves empiezan a bajar de las alturas. En ese viaje esquió con el caballo, y también conoció al diablo, que habitaba en una cabaña de madera en alguna montaña perdida.
*Era bueno con los chicos y malos con los grandes, como corresponde. Por nosotros se dejaba agarrar, simulaba escapar y más tarde se hacía el atrapado sin salida. Le podíamos poner la montura y el freno casi sin problemas. Era atento con Martín y no le tenía miedo a la silla de ruedas.
*Coirón vivió unos treinta años, mucho para un caballo, y casi todos con nosotros. Coirón murió el primero de marzo, en el cuadro de la avena, lejos de los demás caballos, viejo, cansado, orgulloso. Alguien puso una flor roja sobre su lomo.
lunes, marzo 03, 2008
dos meses
Fueron dos meses de no estar acá. Dos meses no parece mucho comparado con, no sé, el avance o retroceso de un glaciar, o el crecimiento de las tortugas Galápagos. Pero en estos casos es distinto: dos meses es bastante, o al menos es el tiempo suficiente para que pasen muchas cosas.
Algunas cosas que pasaron:
Cosechamos arándanos por las mañanas, mientras los zapatos se nos mojaban con el rocío. Viajamos a Comodoro a vender el arándano que habíamos cosechado. Vimos la estepa y el Atlántico. Murió Agente Cooper, el gato, y lo extrañamos. Nos casamos en una fiesta que duró cinco días y en la que el vino blanco corrió como el Epuyen rumbo al Pacífico, las vacas y los corderos y los pollos se sacrificaron como niños aztecas por nuestro amor, el sol brilló y no por su ausencia, y todo fue felicidad. Algunos levitaron. Hubo días de lluvia en los que vimos Doctor House y bebimos vino sentados alrededor de la chimenea. Hubo días de calor en los que nos tiramos al río y escuchamos música y jugamos al fútbol; incluso hubo días en que la rutina de las vacaciones nos hizo creer que estábamos aburridos. Vinieron amigos de todos lados y la pasamos muy bien con ellos. Cantamos karaoke y estencileamos remeras. Comimos pizzas bajo la tenue luz de las estrellas. Nos sentamos alrededor del fuego, adorándolo, o al menos aprovechando su luz y calor. Desayunamos en la mesa del comedor, con el sol de la mañana iluminándolo todo. Llegó Rospentek, el caballo azulejo y malacara acompañado por su madre, Bonita. Cantamos los Beatles. Buscamos un lugar para hacernos la casa. Comimos shawarma en la feria. Volvimos a Buenos Aires por una noche y lo vi a Mariano y cenamos con primo Martín y Conrado y Mike. Fuimos a México, y primero vimos desde el avión las luces naranjas e infinitas del DF y después caminamos por las calles del Centro histórico, oliendo ese olor que es a cloaca y a comida y a tantas otras cosas. Fuimos al Pacífico y nos metimos en un mar bravo y espumeante como perro rabioso, y también dormimos sobre la arena caliente y leímos. En la selva escuchamos monos y observamos impávidos cómo la vegetación avanzaba sin dar tregua. En el desierto seguimos el recorrido de las estrellas y, antes, el de las sombras largas de los cáctus que parecieran querer escaparse de ese mundo llano y seco. Dormimos en varios hoteles que llevaban el adjetivo Principal como nombre. Y nos quisimos. En San Miguel Allende vimos el eclipse y algo más; en Guanajuato nos perdimos por esas callecitas absurdas. En el DF hablamos con taxistas y recorrimos la interminable red del Metro. Y la comida, por supuesto. Leimos el diario mientras esperábamos el desayuno. Escuchamos radio en una tráfic que desafiaba en cada curva la ley de la fuerza centrífuga -si es que la fuerza centrífuga se rige por alguna ley- y, mejor todavía, le ganaba. Escuchamos a Bob Dylan perder su voz desde la última fila del Auditorio Nacional mientras intentábamos adivinar su atuendo. Volvimos. Tuvimos un poco de jet lag. Fuimos a Chascomús donde con primos y hermanos y mucha otra familia festejamos que hace poco habíamos festejado. Brindamos por el amor y por Martín y aplaudimos a los asadores.
Ahora Laurie se fue y le dejó el lugar a Nick Cave y a su piano. Nick asegura que no cree en un dios intervencionista, pero sabe que vos, cariño, sí. Un mosquito me pica en el brazo y lo dejo actuar tranquilo: no te voy a matar ahora, prefiero rascarme después. Subo el volumen. Recorro la habitación con la mirada. Miro por la ventana. Me rasco. Apreto publicar. Llegamos.
jueves, enero 31, 2008
just married
Ahora México.
Después contamos
y mostramos las fotos.
saludo desde el atrio.