sábado, junio 21, 2008

sábado

"Me llamo Bruno Américo Riquelme y me gustan las de treinta", decía, en letra cursiva, desprolija y carbónica sobre la puerta de madera de la casa abandonada que oficiaba de taller o galpón o depósito, en lo de Aye, camino a la loma. Dentro de ese galpón se podía encontrar cualquier cosa. Había alambre, mucho alambre, herramientas, nylon, fierros retorcidos, madera, ruedas de un rotovator abandonado. Rotovator: creo que nunca había escrito esa palabra.
***
Bruno Américo Riquelme trabajaba en la casona, la casa de la abuela y los viejos de Aye. Una casa enorme de techos y paredes de alerce, con escaleras de madera, cuartos oscuros con olores extraños, pisos ruidosos, fantasmas para elegir, habitaciones misteriosas en las que no entraba nadie, el recuerdo de un conde polaco que murió una nochebuena, ecos de las prostitutas que, decían, habían poblado la casa mientras construían la ruta hace tantos años, daguerrotipos colgados de las paredes. Una mansión que crece a medida que la olvidamos.
***
A Bruno Américo Riquelme lo recuerdo sentado en una silla rota, atizando el fuego de la enorme cocina económica, en la que siempre había una pava de proporciones épicas con agua caliente o una olla con polenta para los perros o panes leudando. Me lo acuerdo, también, borracho de vino de botella verde, con la piel curtida, pero curtida en serio, con surcos atravesando los pómulos, los ojos negros hundidos, y apenas un par de dientes, asomando imbatibles como los troncos de un muelle abandonado. Pero era alto, y tenía garbo o algo parecido: el pelo negro oscurísimo, sacos azules con bordados, camisas blancas. Y además era poeta o hablaba como poeta y decía cosas como "bandurrias de hojalata" para referirse a los aviones. Tenía más metáforas que dientes.
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Un día de junio o julio de hace un par de años la casona se incendió íntegra. Susana, la abuela, estaba sola, el incendio empezó en el living. De los tres pisos quedaron cenizas, la pava retorcida por el calor, un lavarropas, ladrillos chamuscados, fantasmas sueltos.

***
A Riquelme lo volví a ver hace no mucho, caminando por la calle asfaltada del Hoyo. Yo hacía un trámite o iba al hospital o buscaba a Padre en la cooperativa. Riquelme estaba lejos pero lo reconocí. Caminaba lento, miraba el suelo, vestía traje.

jueves, junio 12, 2008

jueves

*Primo M vive en Taiwán con C, su chico desde hace un tiempo. Primo M se va de viaje por laburo a Miami, Haití y algún lugar más. Cuando llega, o al tiempo, primo M se pelea con C. Algo malo hace o hizo, porque lo cuenta con culpa, con pocos detalles, como al pasar.
Primo M me escribe: dice feliz cumpleaños atrasado, dice que toma muchos cafés para mantenerse despierto en la noche taiwanesa, dice que ahora está en Corea con su amiga Muran. Que necesitaba a alguien cercano y cerca. Cerca, para primo M, es Corea.

*Primo A vive en Salta con su papá. Tiene más o menos mi edad, pero cuando era chico tuvo o le pasó algo que lo volvió un poco lento. Primo A es bueno, y en algún momento creció mucho y entonces ahora es bueno y enorme. Primo A consiguió mi número de celular y me llama cada tanto, casi siempre los martes. Llama desde Salta y habla sobre lo que se le ocurre. Pregunta por mi familia y siempre manda muchos saludos. A veces no lo entiendo, pero no hace falta. Va a venir de visita dentro de poco y quiere que nos veamos todos. Para primo A, lo primero es la familia.

jueves, mayo 22, 2008

jueves

Padre cuenta que murió Inacayal. O mejor dicho, cuenta que encontraron a Inacayal, ya muerto, ya hueso blanco sobre el pasto verde, ya fuego fatuo iluminando el mallín.
Inacayal fue mío, al menos la mitad. Tengo la foto en la que estamos Alan y yo sosteniéndolo: Alan tiene barba, yo una campera azul, está todo nevado, Inacayal es potrillo. Ahí, en ese momento me dijo que me regalaba la mitad, o fue más romántico -medio caballo no puede ser romántico nunca- y dijo que era de los dos, o que también me pertenecía, o lo que fuera.
***
Las fotos sirven para eso: para recrear un recuerdo que se te escapó hace tanto, para llevarte de regreso a lugares que jurarías que nunca visitaste, para decirte: fue ahí cuando te regaló medio caballo.
***
Pasa algo parecido cuando tu abuela te cuenta algo que dijiste cuando tenías tres años. Ese no era yo. Sí, suena lindo, y se lo podría decir en el oído a una chica sexy mientras la música y las luces de una discoteca nos vuelven locos: sabés, esto se lo dije a mi abuela cuando tenía tres años. Oh, qué adorable, ¿querés salir conmigo?
***
Abuela dice que cuando tenía tres años le pregunté: "Cuando me muera, ¿puedo ir a tu cielo?, el nuestro está lleno de animales". ¿Quieren salir conmigo?
***
Se habían muerto el caballo Hamelin, el perro Milton, y el bisabuelo Antonio. Muertes cercanas y absurdas como todas, pero el cielo sonaba como un lugar soportable, un consuelo válido. Con el tiempo las muertes siguieron: un dominó lento, algo -un viento, un suspiro- toca una ficha, al rato otra cae, y así. Murió Milton segundo, murió Rowan, murió Buli, murió el gallo, murió Crack, murió Compay, murió Tupác, se comieron a Mosqueta, mi yegua, murió Coirón. Y ahora Inacayal, y Morgan en el galpón, en la espera, con su ojo negro y el otro rojo, con la cadera partida.
***
Nuestro cielo hoy es un mapa invertido de nuestra tierra, un mapa habitado por opuestos, por los muertos, nuestros muertos. Hay muchos animales. Martín es el pastor.

miércoles, mayo 21, 2008

miércoles

*Colgamos la ropa en la terraza para que llueva.

lunes, mayo 19, 2008

lunes

La primera vez que probé la sustancia adictiva hoy conocida como internet fue un mayo frío de 1996, o por ahí, en la cooperativa telefónica de El Hoyo City, calle Islas Malvinas sin número, sin asfalto, sin vereda.
Entramos, Alan, Nico y yo, dijimos una suerte de contraseña y nos abrieron una puerta que daba a un lugar secreto: una baticueva llena de cables y computadoras y olor a café. Pasamos frente al escritorio de uno que trabajaba ahí que ahora no me acuerdo su nombre, pero sí que hacía ruido de gato con la boca; ruido de gato en celo, gato enojado, gato malo. Le parecía gracioso.

***

¿Alejandro? ¿Fabián?

***

Cerca de la computadora había otras personas, técnicos, curiosos, esperando el milagro. Nos acomodamos a una distancia prudente, manteniendo el incógnito, manteniendo el misterio. No nos saludamos.
Hubo de pronto ruidos metálicos, chirridos, rasguidos, eso. El sonido del futuro, dijimos. El sonido del modem, corrigieron.

***

-Conectó -dijo uno de los que estaban frente a la máquina.
Nos acercamos a la pantalla, había una N grande.
Alguien sugirió ir a altavistapuntodigitalpuntocom: “ahí se puede buscar cosas, lo leí en una revista”. Sonrió, se acomodó los anteojos y se sintió Bill Gates.
Fuimos. Tardó una eternidad.
-Busquemos algo -propuso Bill, ya cómodo en su rol de gurú tecnológico.
-Qué -preguntó el que estaba al teclado.
-No sé -replico el sosias del fundador de Microsoft.
-Tetas -dijo alguien.
-Tetas -confirmó el resto.
En ese momento, y ahora también pero un poco menos, decir tetas era decir Pamela Anderson y hacia ella navegamos, con las olas de tres metros del modem de 14.400bps, con los fuertes vientos de una línea telefónica arruinada.

***

Una foto de Pamela en un balcón, con un top infartante, tardó en bajar más de media hora. Quedamos en la baticueva sólo Alan, Nico y yo: el resto tenía cosas más importantes que hacer antes que ver aparecer el progreso apenas vestido, asomado en un balcón que daba a San Francisco o Los Angeles, sonriendo con dientes blancos y pómulos levantados .

***

La construcción de la imagen, a razón de dos milímetros por minuto, no era lo que se podría llamar el erotismo o la pornografía y pronto nosotros también desistimos. Fuimos a la página de los Rolling Stones, la primera banda de rock que se nos ocurrió. En algún lugar, además de las fechas de las giras, las letras de las canciones y algunas fotos de la banda, estaba la opción de escribir una historia relacionada con ellos. Escribimos, en un inglés un tanto oxidado, sobre aquella vez que los Stones tocaron en una fiesta de graduación en el Bolsón; esa vez que Charlie Watts terminó borracho de ponche y Mick Jagger apretándose a una porrista. Fue lo máximo que nuestra capacidad de ficción nos permitió. Firmamos manteniendo el anonimato.

***

Pasaron más de diez años desde aquella primera vez. Mucho tiempo. Sin embargo, me gusta pensar que los usos posibles de internet estuvieron condensados en esas dos horas que pasamos frente a la máquina: pornografía, música, anonimato.
Ahora es todo lo mismo, pero más rápido.

viernes, mayo 09, 2008

poesía contemporánea

El olor a lavandina
de las tres empleadas
domésticas
inunda el 36 que va
para villa celina,
a la altura de flores.


Más adelante suben los obreros
de la construcción
tienen el pelo recién lavado
y sus olores son de axe,
unos usan el musk
y otros el conviction.


El que se sienta en el
asiento que está
detrás de mí
usa el nuevo,
ese que es de chocolate,
pero apenas se distingue.


Las empleadas domésticas
no conversan entre sí.
Son tres y se tocan las manos
cada una las propias
y se arreglan las uñas y
buscan imperfecciones.


Una chica que conocí
hace mucho, a la pielsita
que suele salir al lado de la uña
le decía padrasto porque molestaban,
pero si te los sacás a la fuerza
duele más.

(anónimo)

miércoles, mayo 07, 2008

miércoles

*Tal vez estaba esperando que entrara en erupción un volcán para ponerme a escribir. Pero creo que ni siquiera eso. Nico dice: acá está áspero como aliento de búfalo. ¿Se ve la nube?, le pregunto. Sí, sí, mal, papá, hoy a la mañana una nube negra subía por los valles del Epuyén y desde Patriada y Lago Puelo, daba mucho miedo. Migui me manda mensajitos. Uno dice: mañana si llueve, ceniza. El segundo: está tremendo esto. El pueblo está desierto; no deja de ser excitante. El tercero: boló, hay milicos con barbijos parando a los autos. A la noche hablo con padres. Están viendo tele, casi todo el día estuvieron así, parece que recomendaron no salir de las casas ni circular en automóviles. Padre dice que está chotísimo, aburrido, una capita gris de arena por todos lados. Le pregunto si está escribiendo graffittis apurado ante la inminente y definitiva erupción, en ese homenaje contemporáneo a los pompeyos que había previsto. Me dice que no, que se había olvidado.
Mientras tanto, yo acá, copado con el humo de la quema de pastizales.


*Anónimo preguntó por mis abuelos maternos. Yo mastiqué la pregunta y dejé madurar la respuesta. Escribí en un borrador: me cuesta escribir sobre mis abuelos maternos. Agregué: así como me cuesta escribir sobre todo aquello que es bueno, alegre y tiene final feliz. Como hablar sobre tu novia buena: es tanto más fácil hacerlo sobre la mala; los rencores, los celos, ah, así cualquiera. Y completé el primer párrafo con: alguien alguna vez me contó sobre El idilio, el género, ese lugar donde nada sale mal, el amor siempre regresa y los buenos siempre ganan. Y sobre su imposibilidad narrativa.
Lo releo y no me convence. Seguía así: Madre suele contarme que el día en que mi abuela se enteró de que iba a ser abuela -yo fui su primer nieto- dejó de teñirse el pelo, se puso un delantal de cocina, y agarró varios libros de cuentos, para empezar a memorizar. Ese día su vida tomó una nueva dirección, y decidió estar preparada para hacerlo lo mejor posible, como había hecho con todas las otras cosas que había decidido hacer. Seguro que no fue tan lineal ni automático, pero me gusta pensar que fue así: mientras crece la panza de Madre y yo en ella, el pelo de mi abuela se va encaneciendo, las arrugas avanzan por su cara como esos ríos de Africa cuando por fin llega la época de las lluvias, y recita frente al espejo como endemoniada: “Fue entonces cuando Hansel y Gretel salieron al bosque a pesar de las advertencias de sus padres”, en cada nueva versión agregando suspenso, sumando metáforas, quitando tiempos muertos, exceso de descripción. Y así, cuando en la madrugada del ocho de junio de 1982 nací en el hospital San Carlos, ella ya estaba preparada.
No tenía un final definido.


lunes, marzo 17, 2008

lunes

Llegamos a lo de mis abuelos aristócratas, bajamos del auto y nos quedamos hablando frente a la reja. Siempre es igual, llegamos, hablamos, esperamos, como tomando aire antes de entrar, y después sí: timbre, y avanzar esos ocho o nueve metros hasta la puerta de roble en la que ya espera mi abuela con su pelo lacio y blanco y sus ojos de un azul pileta que podrían hipnotizar, si alguien se atreviese a sostenerle la mirada.
Esta vez hace bastante que no la vemos, así que los saludos son afectuosos y casi efusivos. Nosotros somos Padre y hermanos lado A y B y Manu, novia de lado B. Ellos, abuela -es tiempo de que sepan que la llamamos Granny- y abuelo -a él, Granpa-. Hoy no tienen ayuda, la mucama no está, pero igual nos reciben. Y el igual no es azaroso.
Abuelo intercepta a Padre en el hall de entrada y le dice que lo disculpe, pero se va a tener que ir porque se había olvidado que tenía que hacer algo. Padre le pregunta qué es lo que tenés que hacer. Abuelo le responde pará que no me acuerdo, pero lo tengo anotado en un papel. Padre le dice, bueno. Abuelo encuentra el papel en el bolsillo, lo desdobla con cuidado, acodado en su bar de madera lustrada infinitas veces, y dice acá está, era esto: un seminario sobre la falta de memoria. Varios reímos y Abuelo se retira, con su andar que desafía la gravedad de tan inclinado hacia adelante que va, y con su boina y su perfume, que debe ser el mismo que olemos desde que tenemos memoria.
Abuela nos invita a la mesa, que ya está servida para el té. Está relajada, y eso es bueno, porque nos podemos sentar donde nos plazca. Yo elijo una punta de la mesa rectangular, justo frente a los sándwiches de miga, y a menos de veinte centímetros de las tostadas. Tengo que pasar las tazas servidas de té earl grey, sí, pero no es tan grave.
Lo bueno de cuando Abuela está relajada es que los temas de conversación circulan como los autos en la avenida Córdoba a la madrugada, en esas horas cuando la onda verde pareciera poder llevarte hasta Mendoza o Chile, sin que nadie se te interponga en tu camino. Y ella se ríe, y está buena su risa: es contagiosa.
Yo tengo un comportamiento oscilante cuando voy a la casa de mis abuelos. En general, me vuelvo un pelotudo a secas. Mi postura corporal se convierte progresivamente en la de un muñeco de torta enyesado y mi modulación intenta imitar a la de los locutores de radio FM de pueblo. Coloco la servilleta de tela blanca o beige -la que toque- sobre mis muslos, y las manos apenas si tocan la mesa: los codos jamás. Y así. Defiendo mis ideas, eso sí, pero igual trato, con el rango de cancillería que me caracteriza, de transitar por la soleada vereda de las conversaciones intrascendentes antes que asomarme temerario a los caminos poceados de temas algo más intensos, digamos Política, digamos Historia, digamos, Cultura, digamos Sexo, digamos Economía. Temas que, invariablemente, en algún momento de la tarde aparecen y lo único que funciona, a esa altura, es llenar otra vez la copa de vino tinto y asentir, siempre asentir.
Otras veces, como ésta, no hace falta la careta y todos nos dejamos fluir un rato. Se cuentan chistes malos, se apela a la ironía y al cinismo -las armas preferida de Abuela-, a cierta maldad divertida -que tal vez sea lo mismo que el cinismo, no lo sé- , y esas cosas. Además nos comemos el arrollado de dulce de leche, que en esta mesa se llama rolly polly, en honor a Padre, que se llama Pol, que más tarde mientras se ríe nos cuenta que en realidad a él nunca le gustó el arrollado, pero que Abuela siempre se lo hacía o para su santo o para su cumpleaños, y que bueno, le terminó gustando. Y comemos tostadas con pan lactal, que mientras están en la tostadora huelen igual a la primera vez que estuve en esa casa inmensa y alfombrada. Y tomamos té. Mucho té. Y miramos el jardín. Y Padre, que no tiene que hacerse el muñeco de torta, porque nunca lo hizo y ahora sería demasiado tarde, se escabulle silencioso y se va a la pileta del fondo, esa que es tan azul como los ojos de Abuela y se tira, sin toalla, sin apuro.
Abuela se hace la distraída y todo sigue su curso. Un curso absurdo, a veces. Pero un curso que cada tanto está bueno volver a transitar.

domingo, marzo 16, 2008

domingo

Ayer, mientras miraba a Dylan sostenerse en el teclado mientras jadeaba sus canciones, no pude dejar de pensar en No Country for Old Men, la película de los Coen. Su mirada fija en el piso, o en el Oscar que había en el escenario, sus dientes made in Corega -"Con Corega ahora canto Blowin' in the Wind y suena"-, el sombrero de ala ancha, el bigote de mexicano prolijo, el sudor oscurenciéndole las axilas, el pañuelo hinchado en su cuello: un cowboy fuera de lugar, o peor todavía, en el lugar equivocado; en síntesis, un viejo sin país.
Y después empecé a tejer hipótesis, sobre el porqué de Dylan, el porqué de su importancia, el porqué de su papel tan extraño y a contramano, el porqué de su ser fundamental, y muchos otros porqués más. Poco más tarde todo terminó y quedamos tarareando la canción de movistar que sonaba en la pantalla y que ahora no me acuerdo pero que decía algo así como "no es para mí", y también las canciones de Dylan como nos hubiese gustado que sonaran, aunque hayamos entendido el porqué de cómo sonaron. Una sensación parecida tuve en México, pero ahí no lo pude ver: la fila Z es la última, sépanlo.

miércoles, marzo 05, 2008

coirón


*Se llamaba así, como el pasto seco que se peina con el viento de la estepa. Alguna vez fue joven y arisco, o mejor: el más joven y el más arisco. Agarrarlo era una proeza épica y se necesitaban varios de los mejores arrieros. Le decían Houdini, o le podrían haber dicho de esa manera: podía estar encerrado en un rincón del corral, rodeado de cinco personas con los brazos extendidos para parecer más, y sin embargo.

*A mí me tiró más de una vez. Y en otra ocasión tuve que saltar en pleno galope, y caí en un charco. Ibamos Migui y yo, él en Inacayal, yo en Coirón. En silencio, a la velocidad de dos caballos veloces nos miramos y planificamos el salto, había que hacerlo antes de llegar al ripio. Saltamos. Lleno de barro y con la nariz sangrando juré que nunca más iba a volver a cabalgar. La promesa duró menos que el dolor de nariz y el orgullo mancillado.

*Coirón era la base de realidad en nuestro far west a escala. A él le poníamos el freno y la montura y después el rifle de madera y recién ahí nos subíamos, no sin la ayuda de un tronco. Una vez arriba, cabalgábamos hacia el poniente, con la sombra del sombrero de ala ancha oscureciéndonos la mirada.

*Padre lo buscó en El Maitén cuando todavía era un potrillo -Coirón, no él; o los dos, no sé-. Después fueron desde Bariloche a la chacra, en la época del año en que las nieves empiezan a bajar de las alturas. En ese viaje esquió con el caballo, y también conoció al diablo, que habitaba en una cabaña de madera en alguna montaña perdida.

*Era bueno con los chicos y malos con los grandes, como corresponde. Por nosotros se dejaba agarrar, simulaba escapar y más tarde se hacía el atrapado sin salida. Le podíamos poner la montura y el freno casi sin problemas. Era atento con Martín y no le tenía miedo a la silla de ruedas.

*Coirón vivió unos treinta años, mucho para un caballo, y casi todos con nosotros. Coirón murió el primero de marzo, en el cuadro de la avena, lejos de los demás caballos, viejo, cansado, orgulloso. Alguien puso una flor roja sobre su lomo.

lunes, marzo 03, 2008

dos meses

La casa está vacía. La mesa, finalmente ordenada; el piso barrido. La lámpara apunta hacia la pared blanca y llena la habitación de una luz cálida, somnolienta. Por la ventana abierta llegan olores y ruidos que creía haber olvidado. Laurie Anderson canta a lo lejos.
Fueron dos meses de no estar acá. Dos meses no parece mucho comparado con, no sé, el avance o retroceso de un glaciar, o el crecimiento de las tortugas Galápagos. Pero en estos casos es distinto: dos meses es bastante, o al menos es el tiempo suficiente para que pasen muchas cosas.

Algunas cosas que pasaron:
Cosechamos arándanos por las mañanas, mientras los zapatos se nos mojaban con el rocío. Viajamos a Comodoro a vender el arándano que habíamos cosechado. Vimos la estepa y el Atlántico. Murió Agente Cooper, el gato, y lo extrañamos. Nos casamos en una fiesta que duró cinco días y en la que el vino blanco corrió como el Epuyen rumbo al Pacífico, las vacas y los corderos y los pollos se sacrificaron como niños aztecas por nuestro amor, el sol brilló y no por su ausencia, y todo fue felicidad. Algunos levitaron. Hubo días de lluvia en los que vimos Doctor House y bebimos vino sentados alrededor de la chimenea. Hubo días de calor en los que nos tiramos al río y escuchamos música y jugamos al fútbol; incluso hubo días en que la rutina de las vacaciones nos hizo creer que estábamos aburridos. Vinieron amigos de todos lados y la pasamos muy bien con ellos. Cantamos karaoke y estencileamos remeras. Comimos pizzas bajo la tenue luz de las estrellas. Nos sentamos alrededor del fuego, adorándolo, o al menos aprovechando su luz y calor. Desayunamos en la mesa del comedor, con el sol de la mañana iluminándolo todo. Llegó Rospentek, el caballo azulejo y malacara acompañado por su madre, Bonita. Cantamos los Beatles. Buscamos un lugar para hacernos la casa. Comimos shawarma en la feria. Volvimos a Buenos Aires por una noche y lo vi a Mariano y cenamos con primo Martín y Conrado y Mike. Fuimos a México, y primero vimos desde el avión las luces naranjas e infinitas del DF y después caminamos por las calles del Centro histórico, oliendo ese olor que es a cloaca y a comida y a tantas otras cosas. Fuimos al Pacífico y nos metimos en un mar bravo y espumeante como perro rabioso, y también dormimos sobre la arena caliente y leímos. En la selva escuchamos monos y observamos impávidos cómo la vegetación avanzaba sin dar tregua. En el desierto seguimos el recorrido de las estrellas y, antes, el de las sombras largas de los cáctus que parecieran querer escaparse de ese mundo llano y seco. Dormimos en varios hoteles que llevaban el adjetivo Principal como nombre. Y nos quisimos. En San Miguel Allende vimos el eclipse y algo más; en Guanajuato nos perdimos por esas callecitas absurdas. En el DF hablamos con taxistas y recorrimos la interminable red del Metro. Y la comida, por supuesto. Leimos el diario mientras esperábamos el desayuno. Escuchamos radio en una tráfic que desafiaba en cada curva la ley de la fuerza centrífuga -si es que la fuerza centrífuga se rige por alguna ley- y, mejor todavía, le ganaba. Escuchamos a Bob Dylan perder su voz desde la última fila del Auditorio Nacional mientras intentábamos adivinar su atuendo. Volvimos. Tuvimos un poco de jet lag. Fuimos a Chascomús donde con primos y hermanos y mucha otra familia festejamos que hace poco habíamos festejado. Brindamos por el amor y por Martín y aplaudimos a los asadores.

Ahora Laurie se fue y le dejó el lugar a Nick Cave y a su piano. Nick asegura que no cree en un dios intervencionista, pero sabe que vos, cariño, sí. Un mosquito me pica en el brazo y lo dejo actuar tranquilo: no te voy a matar ahora, prefiero rascarme después. Subo el volumen. Recorro la habitación con la mirada. Miro por la ventana. Me rasco. Apreto publicar. Llegamos.

jueves, enero 31, 2008

just married

Sí, aceptamos.

Ahora México.
Después contamos
y mostramos las fotos.

saludo desde el atrio.

jueves, enero 10, 2008

estación terminal

La lluvia repiqueteó con fuerza toda la noche en el techo de tejuelas de alerce. Mientras, el viento inflaba y desinflaba la casa, como si fuera un chico aburrido con un globo y nada más que hacer que soplar, parar, desinflar, volver a soplar.
Los días de sol fueron hace una semana. Ahí nos bronceamos y usamos malla y jugamos al fútbol y nos tiramos al río. Ahora no.
Están los fuegos prendidos y las cumbres de los cerros nevadas. Buscamos instrucciones de juegos de cartas, miramos tele, observamos a los perros, a los pájaros, al río.
Pasamos de los Beach Boys a Nick Drake, sin escalas.
El invierno está encantador esta noche.

miércoles, enero 09, 2008

señores padres

Madre busca algo en las cajas de su habitación y encuentra la carta que Padre envió a mi escuela, cuando en el primer mes de clases de mi primer grado en la escuela primaria, sin aviso ni advertencia las autoridades me sacaron sangre y otras cuestiones de índole higiénica y de salud pública. Reímos todos y nos preguntamos cómo pudo ser posible algo así.


(click para leer mejor)
(era en 1988, gosh)

¿miércoles? ¿jueves?

*Es así: en esta época del año no es fácil dar con el día de la semana en el que uno vive el aquí y el ahora. Hay que hacer un gran trabajo mental que consiste en retroceder hasta días/hitos, esos que por alguna razón quedan agendados en la memoria, algo así como "martes pasado... ah, sí, resaca: fue primero", y ahí sí, sumar días y armar semanas en la cabeza, darle forma a esta masa amorfa y flexible de horas y sensaciones, de asados y vinos y cerveza más conocida por todos como vacaciones.

*Ahora, después del cálculo puedo decir que hoy es miércoles. Que la lluvia cae oblicua y que los teros siguen haciendo el sonido ese que hacen (tero, tero) mientras se mojan impávidos. También puedo decir que la casa está en orden y que el 2008 llegó tranquilo, sin mucho espamento ni fuegos artificiales; que la perra negra sigue en celo y el pirata Morgan no desperdicia ocasión para empernársela para quedar luego abotonado, sufriendo el triste destino del macho reproductor: placer, dolor, abandono y volver a empezar. Ojo, tampoco me hago la víctima de nada, pero me gusta como suena.

*Fiebre. Eso fue hace tres noches. Noches que, deberían saber, recién comienzan a las 23 horas y 14 minutos: antes hay luz y vida diurna (el cambio de hora parece ser, a esta altura, el evento del 2007). Decía, fiebre. También diarrea, pero nadie quiere escuchar sobre ella.

*Fue raro, hasta bien pasado el mediodía me sentía bien, gracioso, dicharachero, y un par más de adjetivos calificativos favorables. Después no. Dolor de piel y de huesos y músculos, como una gripe potente. También escalofríos y temblores. Me duché y fui a la cama, Lu me hizo compañía. Leí un libro delirante que no ayudó mucho, y el termómetro sentenció: "tenés fiebre, chaval. No tanta, pero la suficiente como para que puedas tener algunos pensamientos flasheros, sueños extraños, y excusas para recibir amor sin culpa; disfrútala".

*Entonces pensé: "las montañas, al momento de decidir ser montañas, se sentaron y negociaron, con quien sea que negociaron, y dijeron: está bien, seremos montañas; seremos altas y rocosas y estaremos fijadas por el resto de los tiempos al lugar en el que ahora estamos, pero a cambio tendremos nuestros nombres, y ellos serán cortos y ágiles, y recorrerán el mundo en boca de los viajeros, y así estaremos bien". Abrí más los ojos -ya los tenía abiertos, no dormía- y pensé otra vez, pero algo distinto: "esto es brillante, es una vuelta de tuerca merlopontiana al dilema del estar fijas de las montañas y las cadenas rocosas de todo el mundo. Merezco el Nobel, o al menos una beca del Conicet".

*Entonces soñé: "una montaña, el pasto muy verde pero con un futuro inminente de secor amarillento, dos perros, calor, días de muchas horas, interminables, y la imagen deshaciendose en millones de píxeles, como lo hace la pantalla de la tele, gracias a la lluvia, gracias a directv, gracias a la vida".

*Entonces fui al baño; una y otra vez, hasta casi desaparecer y huir por el inodoro, con destino incierto, pero definitivamente acuático. Algo así me escribió Padre mientras yo estaba en Perú, hace ya muchos años: "me estoy yendo, chino, por el inodoro". Y yo lo leí literalmente y lo vi pasar por los caños blancos de pvc hasta entrar en el pozo ciego, ser transformado por los microbios que allí habitan y luego drenar hasta llegar hasta la napa de agua pura y entrar de lleno al río Epuyén, de ahí a Lago Puelo, de ahí al Pacífico, de ahí ya no sé más, pero es lejos.

jueves, diciembre 27, 2007

indios en bolas


Así fueron la mayoría de los veranos desde que tengo memoria. Río, fútbol, los parlantes sobre la vereda y de ellos emanando diferentes músicas, según la hora del día, según el año, según el ánimo.
No nos bañábamos mucho en bolas, es cierto, pero la última zambullida del día, esa en la que el sol ya se fue y con él el calor, casi siempre era luna llena. No había muchas chicas que alteraran nuestra timidez, ni tampoco muchos adultos.

Río Epuyen, ahí voy.

miércoles, diciembre 26, 2007

miércoles

*La ciudad, como todo organismo vivo, posee una aceitado sistema inmunológico que se encarga de sacar afuera a todos aquellos agentes extraños que pueden perturbar su funcionamiento. Hoy soy uno de esos agentes extraños; hoy la ciudad termina de echarme.
El funcionamiento de este sistema inmunológico, a falta de proteinas, células y tejidos, corre por cuenta de colectiveros, taxistas, albañiles de obras vecinas que empiezan a martillar a las 8:43, petardos, fuegos artificiales, calor, humedad, gente haciendo compras navideñas, avenidas atestadas, humo negro de cualquier colectivo Plaza, mierda de perro en las veredas, bocinazos varios. En síntesis, lo de siempre. Pero es diciembre, macho.

*Mañana 14 horas sale el ómnibus -con su comida enlatada, con sus pésimas películas- que nos llevará sin escalas -es un decir- al paraíso -es, casi, otro decir-. Nos vamos un mes. Queremos trabajar un poco, vaguear bastante, tirarnos al río, jugar al fútbol, subir a alguna montaña, escribir una novela, casarnos, beber cerveza fría, mate a la mañana, caminar por caminos de ripio, regar -sobre todo regar-, mirar todas las estrellas, tener largas sobremesas, acariciar a las dos perras negras, a la gata gris, ir a Bariloche, pasar año nuevo en el medio del desierto. Siguen las firmas.

*Ahora me voy a trabajar. Es el último día en Villa Luro. Me quedan dos treintaycuatros. Los saludo.

lunes, diciembre 17, 2007

jueves, diciembre 13, 2007

mundodisco

*Me vengo a enterar, de casualidad, como pasa con las cosas que importan, que el escritor inglés Terry Pratchett sufre Alzheimer.
Por suerte, siempre tendremos París o, por lo menos, los libros de Terry.

*Cuando terminamos la primaria mi abuela compró en el Casa Tía de Bariloche cuatro libros de Pratchett y nos lo regaló: uno para cada uno de sus nietos mayores. Martín recibió La luz fantástica, Mati, Ritos iguales. Migui, Mort. A mí me tocó El color de la magia. O al menos así me lo acuerdo ahora.

*Un grosso, Terry.

miércoles, diciembre 12, 2007

miércoles



Por tantos años, cada vez que veía
la primera estrella
o soplaba las velas
de una torta de cumpleaños
pedí el mismo deseo.

Hoy la noche es clara
y la luna es una uña
con esmalte brillante
colgada del cielo.
No hay estrellas.
No hay deseo.

Pero el dolor
sigue ahí
disimulado
y escondido.
Todos lo saben.