jueves, junio 12, 2008
jueves
Primo M me escribe: dice feliz cumpleaños atrasado, dice que toma muchos cafés para mantenerse despierto en la noche taiwanesa, dice que ahora está en Corea con su amiga Muran. Que necesitaba a alguien cercano y cerca. Cerca, para primo M, es Corea.
*Primo A vive en Salta con su papá. Tiene más o menos mi edad, pero cuando era chico tuvo o le pasó algo que lo volvió un poco lento. Primo A es bueno, y en algún momento creció mucho y entonces ahora es bueno y enorme. Primo A consiguió mi número de celular y me llama cada tanto, casi siempre los martes. Llama desde Salta y habla sobre lo que se le ocurre. Pregunta por mi familia y siempre manda muchos saludos. A veces no lo entiendo, pero no hace falta. Va a venir de visita dentro de poco y quiere que nos veamos todos. Para primo A, lo primero es la familia.
jueves, mayo 22, 2008
jueves
Inacayal fue mío, al menos la mitad. Tengo la foto en la que estamos Alan y yo sosteniéndolo: Alan tiene barba, yo una campera azul, está todo nevado, Inacayal es potrillo. Ahí, en ese momento me dijo que me regalaba la mitad, o fue más romántico -medio caballo no puede ser romántico nunca- y dijo que era de los dos, o que también me pertenecía, o lo que fuera.
***
Las fotos sirven para eso: para recrear un recuerdo que se te escapó hace tanto, para llevarte de regreso a lugares que jurarías que nunca visitaste, para decirte: fue ahí cuando te regaló medio caballo.
***
Pasa algo parecido cuando tu abuela te cuenta algo que dijiste cuando tenías tres años. Ese no era yo. Sí, suena lindo, y se lo podría decir en el oído a una chica sexy mientras la música y las luces de una discoteca nos vuelven locos: sabés, esto se lo dije a mi abuela cuando tenía tres años. Oh, qué adorable, ¿querés salir conmigo?
***
Abuela dice que cuando tenía tres años le pregunté: "Cuando me muera, ¿puedo ir a tu cielo?, el nuestro está lleno de animales". ¿Quieren salir conmigo?
***
Se habían muerto el caballo Hamelin, el perro Milton, y el bisabuelo Antonio. Muertes cercanas y absurdas como todas, pero el cielo sonaba como un lugar soportable, un consuelo válido. Con el tiempo las muertes siguieron: un dominó lento, algo -un viento, un suspiro- toca una ficha, al rato otra cae, y así. Murió Milton segundo, murió Rowan, murió Buli, murió el gallo, murió Crack, murió Compay, murió Tupác, se comieron a Mosqueta, mi yegua, murió Coirón. Y ahora Inacayal, y Morgan en el galpón, en la espera, con su ojo negro y el otro rojo, con la cadera partida.
***
Nuestro cielo hoy es un mapa invertido de nuestra tierra, un mapa habitado por opuestos, por los muertos, nuestros muertos. Hay muchos animales. Martín es el pastor.
miércoles, mayo 21, 2008
lunes, mayo 19, 2008
lunes
La primera vez que probé la sustancia adictiva hoy conocida como internet fue un mayo frío de 1996, o por ahí, en la cooperativa telefónica de El Hoyo City, calle Islas Malvinas sin número, sin asfalto, sin vereda.
Entramos, Alan, Nico y yo, dijimos una suerte de contraseña y nos abrieron una puerta que daba a un lugar secreto: una baticueva llena de cables y computadoras y olor a café. Pasamos frente al escritorio de uno que trabajaba ahí que ahora no me acuerdo su nombre, pero sí que hacía ruido de gato con la boca; ruido de gato en celo, gato enojado, gato malo. Le parecía gracioso.
¿Alejandro? ¿Fabián?
***
Cerca de la computadora había otras personas, técnicos, curiosos, esperando el milagro. Nos acomodamos a una distancia prudente, manteniendo el incógnito, manteniendo el misterio. No nos saludamos.
Hubo de pronto ruidos metálicos, chirridos, rasguidos, eso. El sonido del futuro, dijimos. El sonido del modem, corrigieron.
***
-Conectó -dijo uno de los que estaban frente a la máquina.
Nos acercamos a la pantalla, había una N grande.
Alguien sugirió ir a altavistapuntodigitalpuntocom: “ahí se puede buscar cosas, lo leí en una revista”. Sonrió, se acomodó los anteojos y se sintió Bill Gates.
Fuimos. Tardó una eternidad.
-Busquemos algo -propuso Bill, ya cómodo en su rol de gurú tecnológico.
-Qué -preguntó el que estaba al teclado.
-No sé -replico el sosias del fundador de Microsoft.
-Tetas -dijo alguien.
-Tetas -confirmó el resto.
En ese momento, y ahora también pero un poco menos, decir tetas era decir Pamela Anderson y hacia ella navegamos, con las olas de tres metros del modem de 14.400bps, con los fuertes vientos de una línea telefónica arruinada.
***
Una foto de Pamela en un balcón, con un top infartante, tardó en bajar más de media hora. Quedamos en la baticueva sólo Alan, Nico y yo: el resto tenía cosas más importantes que hacer antes que ver aparecer el progreso apenas vestido, asomado en un balcón que daba a San Francisco o Los Angeles, sonriendo con dientes blancos y pómulos levantados .
***
La construcción de la imagen, a razón de dos milímetros por minuto, no era lo que se podría llamar el erotismo o la pornografía y pronto nosotros también desistimos. Fuimos a la página de los Rolling Stones, la primera banda de rock que se nos ocurrió. En algún lugar, además de las fechas de las giras, las letras de las canciones y algunas fotos de la banda, estaba la opción de escribir una historia relacionada con ellos. Escribimos, en un inglés un tanto oxidado, sobre aquella vez que los Stones tocaron en una fiesta de graduación en el Bolsón; esa vez que Charlie Watts terminó borracho de ponche y Mick Jagger apretándose a una porrista. Fue lo máximo que nuestra capacidad de ficción nos permitió. Firmamos manteniendo el anonimato.
Pasaron más de diez años desde aquella primera vez. Mucho tiempo. Sin embargo, me gusta pensar que los usos posibles de internet estuvieron condensados en esas dos horas que pasamos frente a la máquina: pornografía, música, anonimato.
Ahora es todo lo mismo, pero más rápido.
viernes, mayo 09, 2008
poesía contemporánea
El olor a lavandina
de las tres empleadas
domésticas
inunda el 36 que va
para villa celina,
a la altura de flores.
Más adelante suben los obreros
de la construcción
tienen el pelo recién lavado
y sus olores son de axe,
unos usan el musk
y otros el conviction.
El que se sienta en el
asiento que está
detrás de mí
usa el nuevo,
ese que es de chocolate,
pero apenas se distingue.
Las empleadas domésticas
no conversan entre sí.
Son tres y se tocan las manos
cada una las propias
y se arreglan las uñas y
buscan imperfecciones.
Una chica que conocí
hace mucho, a la pielsita
que suele salir al lado de la uña
le decía padrasto porque molestaban,
pero si te los sacás a la fuerza
duele más.
miércoles, mayo 07, 2008
miércoles
Mientras tanto, yo acá, copado con el humo de la quema de pastizales.
*Anónimo preguntó por mis abuelos maternos. Yo mastiqué la pregunta y dejé madurar la respuesta. Escribí en un borrador: me cuesta escribir sobre mis abuelos maternos. Agregué: así como me cuesta escribir sobre todo aquello que es bueno, alegre y tiene final feliz. Como hablar sobre tu novia buena: es tanto más fácil hacerlo sobre la mala; los rencores, los celos, ah, así cualquiera. Y completé el primer párrafo con: alguien alguna vez me contó sobre El idilio, el género, ese lugar donde nada sale mal, el amor siempre regresa y los buenos siempre ganan. Y sobre su imposibilidad narrativa.
Lo releo y no me convence. Seguía así: Madre suele contarme que el día en que mi abuela se enteró de que iba a ser abuela -yo fui su primer nieto- dejó de teñirse el pelo, se puso un delantal de cocina, y agarró varios libros de cuentos, para empezar a memorizar. Ese día su vida tomó una nueva dirección, y decidió estar preparada para hacerlo lo mejor posible, como había hecho con todas las otras cosas que había decidido hacer. Seguro que no fue tan lineal ni automático, pero me gusta pensar que fue así: mientras crece la panza de Madre y yo en ella, el pelo de mi abuela se va encaneciendo, las arrugas avanzan por su cara como esos ríos de Africa cuando por fin llega la época de las lluvias, y recita frente al espejo como endemoniada: “Fue entonces cuando Hansel y Gretel salieron al bosque a pesar de las advertencias de sus padres”, en cada nueva versión agregando suspenso, sumando metáforas, quitando tiempos muertos, exceso de descripción. Y así, cuando en la madrugada del ocho de junio de 1982 nací en el hospital San Carlos, ella ya estaba preparada.
No tenía un final definido.
lunes, marzo 17, 2008
lunes
Esta vez hace bastante que no la vemos, así que los saludos son afectuosos y casi efusivos. Nosotros somos Padre y hermanos lado A y B y Manu, novia de lado B. Ellos, abuela -es tiempo de que sepan que la llamamos Granny- y abuelo -a él, Granpa-. Hoy no tienen ayuda, la mucama no está, pero igual nos reciben. Y el igual no es azaroso.
Abuelo intercepta a Padre en el hall de entrada y le dice que lo disculpe, pero se va a tener que ir porque se había olvidado que tenía que hacer algo. Padre le pregunta qué es lo que tenés que hacer. Abuelo le responde pará que no me acuerdo, pero lo tengo anotado en un papel. Padre le dice, bueno. Abuelo encuentra el papel en el bolsillo, lo desdobla con cuidado, acodado en su bar de madera lustrada infinitas veces, y dice acá está, era esto: un seminario sobre la falta de memoria. Varios reímos y Abuelo se retira, con su andar que desafía la gravedad de tan inclinado hacia adelante que va, y con su boina y su perfume, que debe ser el mismo que olemos desde que tenemos memoria.
Abuela nos invita a la mesa, que ya está servida para el té. Está relajada, y eso es bueno, porque nos podemos sentar donde nos plazca. Yo elijo una punta de la mesa rectangular, justo frente a los sándwiches de miga, y a menos de veinte centímetros de las tostadas. Tengo que pasar las tazas servidas de té earl grey, sí, pero no es tan grave.
Lo bueno de cuando Abuela está relajada es que los temas de conversación circulan como los autos en la avenida Córdoba a la madrugada, en esas horas cuando la onda verde pareciera poder llevarte hasta Mendoza o Chile, sin que nadie se te interponga en tu camino. Y ella se ríe, y está buena su risa: es contagiosa.
Yo tengo un comportamiento oscilante cuando voy a la casa de mis abuelos. En general, me vuelvo un pelotudo a secas. Mi postura corporal se convierte progresivamente en la de un muñeco de torta enyesado y mi modulación intenta imitar a la de los locutores de radio FM de pueblo. Coloco la servilleta de tela blanca o beige -la que toque- sobre mis muslos, y las manos apenas si tocan la mesa: los codos jamás. Y así. Defiendo mis ideas, eso sí, pero igual trato, con el rango de cancillería que me caracteriza, de transitar por la soleada vereda de las conversaciones intrascendentes antes que asomarme temerario a los caminos poceados de temas algo más intensos, digamos Política, digamos Historia, digamos, Cultura, digamos Sexo, digamos Economía. Temas que, invariablemente, en algún momento de la tarde aparecen y lo único que funciona, a esa altura, es llenar otra vez la copa de vino tinto y asentir, siempre asentir.
Otras veces, como ésta, no hace falta la careta y todos nos dejamos fluir un rato. Se cuentan chistes malos, se apela a la ironía y al cinismo -las armas preferida de Abuela-, a cierta maldad divertida -que tal vez sea lo mismo que el cinismo, no lo sé- , y esas cosas. Además nos comemos el arrollado de dulce de leche, que en esta mesa se llama rolly polly, en honor a Padre, que se llama Pol, que más tarde mientras se ríe nos cuenta que en realidad a él nunca le gustó el arrollado, pero que Abuela siempre se lo hacía o para su santo o para su cumpleaños, y que bueno, le terminó gustando. Y comemos tostadas con pan lactal, que mientras están en la tostadora huelen igual a la primera vez que estuve en esa casa inmensa y alfombrada. Y tomamos té. Mucho té. Y miramos el jardín. Y Padre, que no tiene que hacerse el muñeco de torta, porque nunca lo hizo y ahora sería demasiado tarde, se escabulle silencioso y se va a la pileta del fondo, esa que es tan azul como los ojos de Abuela y se tira, sin toalla, sin apuro.
Abuela se hace la distraída y todo sigue su curso. Un curso absurdo, a veces. Pero un curso que cada tanto está bueno volver a transitar.
domingo, marzo 16, 2008
domingo
Y después empecé a tejer hipótesis, sobre el porqué de Dylan, el porqué de su importancia, el porqué de su papel tan extraño y a contramano, el porqué de su ser fundamental, y muchos otros porqués más. Poco más tarde todo terminó y quedamos tarareando la canción de movistar que sonaba en la pantalla y que ahora no me acuerdo pero que decía algo así como "no es para mí", y también las canciones de Dylan como nos hubiese gustado que sonaran, aunque hayamos entendido el porqué de cómo sonaron. Una sensación parecida tuve en México, pero ahí no lo pude ver: la fila Z es la última, sépanlo.
miércoles, marzo 05, 2008
coirón
*Se llamaba así, como el pasto seco que se peina con el viento de la estepa. Alguna vez fue joven y arisco, o mejor: el más joven y el más arisco. Agarrarlo era una proeza épica y se necesitaban varios de los mejores arrieros. Le decían Houdini, o le podrían haber dicho de esa manera: podía estar encerrado en un rincón del corral, rodeado de cinco personas con los brazos extendidos para parecer más, y sin embargo.
*A mí me tiró más de una vez. Y en otra ocasión tuve que saltar en pleno galope, y caí en un charco. Ibamos Migui y yo, él en Inacayal, yo en Coirón. En silencio, a la velocidad de dos caballos veloces nos miramos y planificamos el salto, había que hacerlo antes de llegar al ripio. Saltamos. Lleno de barro y con la nariz sangrando juré que nunca más iba a volver a cabalgar. La promesa duró menos que el dolor de nariz y el orgullo mancillado.
*Coirón era la base de realidad en nuestro far west a escala. A él le poníamos el freno y la montura y después el rifle de madera y recién ahí nos subíamos, no sin la ayuda de un tronco. Una vez arriba, cabalgábamos hacia el poniente, con la sombra del sombrero de ala ancha oscureciéndonos la mirada.
*Padre lo buscó en El Maitén cuando todavía era un potrillo -Coirón, no él; o los dos, no sé-. Después fueron desde Bariloche a la chacra, en la época del año en que las nieves empiezan a bajar de las alturas. En ese viaje esquió con el caballo, y también conoció al diablo, que habitaba en una cabaña de madera en alguna montaña perdida.
*Era bueno con los chicos y malos con los grandes, como corresponde. Por nosotros se dejaba agarrar, simulaba escapar y más tarde se hacía el atrapado sin salida. Le podíamos poner la montura y el freno casi sin problemas. Era atento con Martín y no le tenía miedo a la silla de ruedas.
*Coirón vivió unos treinta años, mucho para un caballo, y casi todos con nosotros. Coirón murió el primero de marzo, en el cuadro de la avena, lejos de los demás caballos, viejo, cansado, orgulloso. Alguien puso una flor roja sobre su lomo.
lunes, marzo 03, 2008
dos meses
Fueron dos meses de no estar acá. Dos meses no parece mucho comparado con, no sé, el avance o retroceso de un glaciar, o el crecimiento de las tortugas Galápagos. Pero en estos casos es distinto: dos meses es bastante, o al menos es el tiempo suficiente para que pasen muchas cosas.
Algunas cosas que pasaron:
Cosechamos arándanos por las mañanas, mientras los zapatos se nos mojaban con el rocío. Viajamos a Comodoro a vender el arándano que habíamos cosechado. Vimos la estepa y el Atlántico. Murió Agente Cooper, el gato, y lo extrañamos. Nos casamos en una fiesta que duró cinco días y en la que el vino blanco corrió como el Epuyen rumbo al Pacífico, las vacas y los corderos y los pollos se sacrificaron como niños aztecas por nuestro amor, el sol brilló y no por su ausencia, y todo fue felicidad. Algunos levitaron. Hubo días de lluvia en los que vimos Doctor House y bebimos vino sentados alrededor de la chimenea. Hubo días de calor en los que nos tiramos al río y escuchamos música y jugamos al fútbol; incluso hubo días en que la rutina de las vacaciones nos hizo creer que estábamos aburridos. Vinieron amigos de todos lados y la pasamos muy bien con ellos. Cantamos karaoke y estencileamos remeras. Comimos pizzas bajo la tenue luz de las estrellas. Nos sentamos alrededor del fuego, adorándolo, o al menos aprovechando su luz y calor. Desayunamos en la mesa del comedor, con el sol de la mañana iluminándolo todo. Llegó Rospentek, el caballo azulejo y malacara acompañado por su madre, Bonita. Cantamos los Beatles. Buscamos un lugar para hacernos la casa. Comimos shawarma en la feria. Volvimos a Buenos Aires por una noche y lo vi a Mariano y cenamos con primo Martín y Conrado y Mike. Fuimos a México, y primero vimos desde el avión las luces naranjas e infinitas del DF y después caminamos por las calles del Centro histórico, oliendo ese olor que es a cloaca y a comida y a tantas otras cosas. Fuimos al Pacífico y nos metimos en un mar bravo y espumeante como perro rabioso, y también dormimos sobre la arena caliente y leímos. En la selva escuchamos monos y observamos impávidos cómo la vegetación avanzaba sin dar tregua. En el desierto seguimos el recorrido de las estrellas y, antes, el de las sombras largas de los cáctus que parecieran querer escaparse de ese mundo llano y seco. Dormimos en varios hoteles que llevaban el adjetivo Principal como nombre. Y nos quisimos. En San Miguel Allende vimos el eclipse y algo más; en Guanajuato nos perdimos por esas callecitas absurdas. En el DF hablamos con taxistas y recorrimos la interminable red del Metro. Y la comida, por supuesto. Leimos el diario mientras esperábamos el desayuno. Escuchamos radio en una tráfic que desafiaba en cada curva la ley de la fuerza centrífuga -si es que la fuerza centrífuga se rige por alguna ley- y, mejor todavía, le ganaba. Escuchamos a Bob Dylan perder su voz desde la última fila del Auditorio Nacional mientras intentábamos adivinar su atuendo. Volvimos. Tuvimos un poco de jet lag. Fuimos a Chascomús donde con primos y hermanos y mucha otra familia festejamos que hace poco habíamos festejado. Brindamos por el amor y por Martín y aplaudimos a los asadores.
Ahora Laurie se fue y le dejó el lugar a Nick Cave y a su piano. Nick asegura que no cree en un dios intervencionista, pero sabe que vos, cariño, sí. Un mosquito me pica en el brazo y lo dejo actuar tranquilo: no te voy a matar ahora, prefiero rascarme después. Subo el volumen. Recorro la habitación con la mirada. Miro por la ventana. Me rasco. Apreto publicar. Llegamos.
jueves, enero 31, 2008
just married
Ahora México.
Después contamos
y mostramos las fotos.
saludo desde el atrio.
jueves, enero 10, 2008
estación terminal
Los días de sol fueron hace una semana. Ahí nos bronceamos y usamos malla y jugamos al fútbol y nos tiramos al río. Ahora no.
Están los fuegos prendidos y las cumbres de los cerros nevadas. Buscamos instrucciones de juegos de cartas, miramos tele, observamos a los perros, a los pájaros, al río.
Pasamos de los Beach Boys a Nick Drake, sin escalas.
El invierno está encantador esta noche.
miércoles, enero 09, 2008
señores padres
(click para leer mejor)
(era en 1988, gosh)
¿miércoles? ¿jueves?
*Ahora, después del cálculo puedo decir que hoy es miércoles. Que la lluvia cae oblicua y que los teros siguen haciendo el sonido ese que hacen (tero, tero) mientras se mojan impávidos. También puedo decir que la casa está en orden y que el 2008 llegó tranquilo, sin mucho espamento ni fuegos artificiales; que la perra negra sigue en celo y el pirata Morgan no desperdicia ocasión para empernársela para quedar luego abotonado, sufriendo el triste destino del macho reproductor: placer, dolor, abandono y volver a empezar. Ojo, tampoco me hago la víctima de nada, pero me gusta como suena.
*Fiebre. Eso fue hace tres noches. Noches que, deberían saber, recién comienzan a las 23 horas y 14 minutos: antes hay luz y vida diurna (el cambio de hora parece ser, a esta altura, el evento del 2007). Decía, fiebre. También diarrea, pero nadie quiere escuchar sobre ella.
*Fue raro, hasta bien pasado el mediodía me sentía bien, gracioso, dicharachero, y un par más de adjetivos calificativos favorables. Después no. Dolor de piel y de huesos y músculos, como una gripe potente. También escalofríos y temblores. Me duché y fui a la cama, Lu me hizo compañía. Leí un libro delirante que no ayudó mucho, y el termómetro sentenció: "tenés fiebre, chaval. No tanta, pero la suficiente como para que puedas tener algunos pensamientos flasheros, sueños extraños, y excusas para recibir amor sin culpa; disfrútala".
*Entonces pensé: "las montañas, al momento de decidir ser montañas, se sentaron y negociaron, con quien sea que negociaron, y dijeron: está bien, seremos montañas; seremos altas y rocosas y estaremos fijadas por el resto de los tiempos al lugar en el que ahora estamos, pero a cambio tendremos nuestros nombres, y ellos serán cortos y ágiles, y recorrerán el mundo en boca de los viajeros, y así estaremos bien". Abrí más los ojos -ya los tenía abiertos, no dormía- y pensé otra vez, pero algo distinto: "esto es brillante, es una vuelta de tuerca merlopontiana al dilema del estar fijas de las montañas y las cadenas rocosas de todo el mundo. Merezco el Nobel, o al menos una beca del Conicet".
*Entonces soñé: "una montaña, el pasto muy verde pero con un futuro inminente de secor amarillento, dos perros, calor, días de muchas horas, interminables, y la imagen deshaciendose en millones de píxeles, como lo hace la pantalla de la tele, gracias a la lluvia, gracias a directv, gracias a la vida".
*Entonces fui al baño; una y otra vez, hasta casi desaparecer y huir por el inodoro, con destino incierto, pero definitivamente acuático. Algo así me escribió Padre mientras yo estaba en Perú, hace ya muchos años: "me estoy yendo, chino, por el inodoro". Y yo lo leí literalmente y lo vi pasar por los caños blancos de pvc hasta entrar en el pozo ciego, ser transformado por los microbios que allí habitan y luego drenar hasta llegar hasta la napa de agua pura y entrar de lleno al río Epuyén, de ahí a Lago Puelo, de ahí al Pacífico, de ahí ya no sé más, pero es lejos.
jueves, diciembre 27, 2007
indios en bolas

Así fueron la mayoría de los veranos desde que tengo memoria. Río, fútbol, los parlantes sobre la vereda y de ellos emanando diferentes músicas, según la hora del día, según el año, según el ánimo.
No nos bañábamos mucho en bolas, es cierto, pero la última zambullida del día, esa en la que el sol ya se fue y con él el calor, casi siempre era luna llena. No había muchas chicas que alteraran nuestra timidez, ni tampoco muchos adultos.
Río Epuyen, ahí voy.
miércoles, diciembre 26, 2007
miércoles
El funcionamiento de este sistema inmunológico, a falta de proteinas, células y tejidos, corre por cuenta de colectiveros, taxistas, albañiles de obras vecinas que empiezan a martillar a las 8:43, petardos, fuegos artificiales, calor, humedad, gente haciendo compras navideñas, avenidas atestadas, humo negro de cualquier colectivo Plaza, mierda de perro en las veredas, bocinazos varios. En síntesis, lo de siempre. Pero es diciembre, macho.
*Mañana 14 horas sale el ómnibus -con su comida enlatada, con sus pésimas películas- que nos llevará sin escalas -es un decir- al paraíso -es, casi, otro decir-. Nos vamos un mes. Queremos trabajar un poco, vaguear bastante, tirarnos al río, jugar al fútbol, subir a alguna montaña, escribir una novela, casarnos, beber cerveza fría, mate a la mañana, caminar por caminos de ripio, regar -sobre todo regar-, mirar todas las estrellas, tener largas sobremesas, acariciar a las dos perras negras, a la gata gris, ir a Bariloche, pasar año nuevo en el medio del desierto. Siguen las firmas.
*Ahora me voy a trabajar. Es el último día en Villa Luro. Me quedan dos treintaycuatros. Los saludo.
lunes, diciembre 17, 2007
jueves, diciembre 13, 2007
mundodisco
Por suerte, siempre tendremos París o, por lo menos, los libros de Terry.
*Cuando terminamos la primaria mi abuela compró en el Casa Tía de Bariloche cuatro libros de Pratchett y nos lo regaló: uno para cada uno de sus nietos mayores. Martín recibió La luz fantástica, Mati, Ritos iguales. Migui, Mort. A mí me tocó El color de la magia. O al menos así me lo acuerdo ahora.
*Un grosso, Terry.
miércoles, diciembre 12, 2007
miércoles
martes, noviembre 27, 2007
de pelos
***
Nunca más volví a lo de Julio, un peluquero de largos cabellos grises y nariz aguileña que con gran responsabilidad genética legó a sus tres hijos -la nariz aguileña, no los largos cabellos grises, al menos por ahora-. Decía, nunca más volví a lo de Julio, pero cada tanto lo veía. Agustina, una de sus hijas -eran dos mujeres y un varón-, fue compañera mía de la secundaria desde primer año hasta el final. Julio y su familia tenían un renó 12 que después cambiaron por otro renó 12, pero más nuevo y siempre iban juntos a todos lados tomando mate. Además, y esto era notable, era una familia que bailaba. Los cinco: pater, mater et filis, se dedicaban a los intrincados menesteres de la danza nacional y popular. En cada acto escolar aparecían ellos, los cinco -número desgraciado para un oficio de a pares- y arremetían o bien con un gato o bien con un tango, o con un pericón o una chacarera. Los alumnos, formados prolijos, les dedicábamos un suspiro de fastidio, aunque bien podría haber sido de envidia: al menos yo, nunca aprendí a bailar nada.
***
Ayer por la noche, agobiado por el calor y el malhumor decidí cortarme el pelo con una maquinola. Lu la tomó con mano firme y delicada y comenzó la faena. Los pelos, oscuros, inanimados, se acumulaban en el piso mientras el gato Agente Cooper los miraba caer. No iba más de media cabeza cuando pasó lo que no tenía que pasar: la máquina se rompió. El resultado, obvio, mitad con pelo mitad sin pelo: una relectura capilar del doctor Yekyll y el señor Hyde, donde cualquiera de los dos lados -el peludo y el pelado- podrían haber sido el doctor o el señor. Me peiné como pude y nos acostamos a ver a Peter Capusotto y sus videos.
La luz catódica del televisor iluminaba mi cabeza ying-yang y su sombra de sabiduría oriental -el equilibrio, los opuestos que se tocan, etcétera- se proyectaba sobre la pared.
***
Dormí y soñe los mejores sueños de la semana, con viajes y conocidos y famosos y canciones en guitarra. Desperté y después de hacer lo que se hace a la mañana cuando no se tiene nada que hacer, bueno, regresé a una peluquería.
No me acordaba bien cómo era el procedimiento, pero miré al señor peluquero y le dije que me quería cortar el pelo. Dijo esperame un toque, termino con el cliente -¿o dijo paciente?- que tengo en la silla y te atiendo. Me senté en un sofá de cuerina blanco, de esos que si no tenés remera te quedás pegado y hojee un ejemplar viejo de la revista Pronto. Por el espejo espié al cliente: le está haciendo peinado de milico, pensé. El cliente y el peluquero conversaban animados, paseaban sus oraciones por los tópicos más variados: la familia, el hábil manejo de la tijera del coiffeur, la inseguridad; en tanto, de las entrañas del cliente salía una voz como de walkie-talkie, un walkie-talkie que tenía al lado de la pistola: ahí entendí el porqué de su peinado.
***
Una vez sentado en la silla correspondiente y cubierto por la manta protectora antipelos, le expliqué al peluquero el motivo de mi presencia, la máquina renegada, la media cabeza. Uh, te querías morir, dijo. No tanto, respondí. En nueve minutos reloj terminó lo inconcluso, en ese lapso de tiempo no intercambiamos ni una palabra. Veinte pesos me salió el chiste.
jueves, noviembre 08, 2007
se me ocurre
El paso del tiempo es, también, que mi té ya se haya enfriado, que en pocos minutos me tenga que ir y la esforzada tarea de los peones que en la terraza del vecino planifican cómo tirar abajo una enredadera que vaya si le había llevado tiempo treparse hasta ahí.
miércoles, noviembre 07, 2007
mr cab driver
mientras cruzábamos la calle.
Nos miramos y nos reímos
y dijimos: está chapa.
Cantaba un bolero,
supusimos que era
por la soledad y el sueño;
una buena manera de combatirlos
a ambos.
Le preguntamos desde la ventana
si tenía cambio de cincuenta.
puso una cara extraña
mientras revisaba sus bolsillos:
sí, dijo.
Subimos al auto y nos hundimos
en un asiento gris de renó 19,
el taxista preguntó: ¿les molesta la música?
pensamos: qué pregunta rara
pero respondimos que no.
Puso play y el mp3 empezó a sonar.
eran acordes melódicos y melosos
como esos sonidos que salían
de un teclado casio cuando uno apretaba
el botoncito demo.
Luego de la introducción, empieza el canto.
usted es la culpable, canta,
de todas tus angustias
de todos mis quebrantos.
dobla por costa rica y llega el estribillo.
Para hablarnos tenemos que gritar,
los falsetes del taxista cantor
inundan el auto y más allá también.
se acaba la canción y viene
quisiera ser un pez, que tiene coritos
grabados y todo. Un pez
para tocar mi nariz en tu pecera.
Nos acostumbramos al
taxi karaoke aunque no sabemos
cómo reaccionar.
si hay que aplaudir
o pedirle una tarjeta
o animarlo a que se presente
al programa de tinelli.
Llegamos a destino y tiene
que suspender su canción en la mitad.
No dice nada
no decimos nada.
pagamos y nos vamos.
cantando y bailando
y haciendo siluetas de amor bajo la luna,
oh.
Apéndice:
Canciones con taxistas o taxis que me caen bien: "Mr. Cab Driver", de Kravitz; esa de La hija de la lágrima en la que una chica pide un taxi mientras cuatro dedos saltan de traste en traste en la cuerda más gruesa del bajo; y, por supuesto, "Super Sex" de Morphine, que dice así: "Taxi taxi hotel hotel, I got the whiskey baby I got the whiskey I got the cigarettes". Temón.
lunes, noviembre 05, 2007
lunes
Ahora me voy, porque ya pasaron esos diez minutos. Lo que indica que hace veinte minutos faltaban veinte minutos. Los saludo.
"Lot of people would run away.
And who the stock fit let them wear it!
Who the (cap fit) let them (wear it)!"
Y así.
sábado, noviembre 03, 2007
ser civilizado
(1) Contenga los gases apretando las nalgas.
(2) Retener un pedo producido por la naturaleza es cosa de necios, que conceden mayor importancia a la educación que a la salud.
Todos con Erasmo, el capo de Rotterdam.
lunes, octubre 29, 2007
lunes
sábado, octubre 27, 2007
sábado
*No, no voy a escribir nada hoy. Voy a salir a disfrutar el día, el sol, y el verde de la primavera. Voy a comer un helado y caminar descalzo en una plaza que no tenga muchos soretes de perro. Voy a mirar escaparates en algún barrio de moda. Voy a tomar una coca en un bar y fumar un cigarrillo. Voy a empezar y terminar un libro que va a estar tan bueno. Voy a estudiar para la clase del miércoles. Voy a escuchar un par de discos que me están esperando. Voy a comprar un disco, que hace mucho que no lo hago. Voy a lavar los platos y pasarle un trapo a la mesa. Voy a aprovechar la veda electoral para reflexionar con mesura mi voto del día de mañana. Voy a recordar que no voto, por cuestiones domiciliarias. Voy a dar una vuelta en bici.
Voy a hacer tantas cosas.
*Crisis en chino quiere decir 危机, así que no jodan con lo de la oportunidad.
viernes, octubre 05, 2007
viernes
***
Hablamos poco: comentamos sobre la música que salía del estéreo, algún chistecito; nada muy profundo. A mí me daba miedo bucear en su profundidad, conocer el lecho marino de sus dudas, de sus miedos; sus preguntas abisales. Me daba miedo ahogarme ahí mismo, no tener respuestas, no saber el por qué, quedarme sin aire, azul. Entonces así, con comentarios absurdos sobre el rojo de Avellaneda o sobre la escuela, avanzábamos dejando una estela de luz y música por el negror de la noche.
***
El recital era de las Larvas Infecciosas, una banda que estaba en la pomada del rock bolsonés. El lugar: un anexo del gimnasio municipal, o algo parecido. El pogo era intenso y el sonido áspero de la guitarra rebotaba en cada azulejo blanco de la pared, lo mismo que los acoples y los gritos. Nos quedamos en una esquina, yo cuidando su espalda, él tratando de soportar todo lo mejor posible. Al rato se hizo evidente que teníamos que volver. Y volvimos.
***
Aturdidos, subimos a la traffic. Esta vez le puse frenos a la silla. Yo tenía sueño y él se dio cuenta. A la altura del paralelo 42 paré para fumarme un cigarrillo. Abajo el pueblo dormía su sueño de luces naranjas: ladridos de perros, el ronroneo de la usina, algún remisero. Le ofrecí una pitada y me dijo que mejor no, por si las dudas. La luna, casi llena, estaba tapada por algunas nubes blancas. Como un clavadista mexicano que se tira cuando ve venir la ola a lo lejos, le pregunté qué pensaba del futuro. El futuro está bueno, me dijo mirando para adelante, casi sin pestañar. El futuro está bueno.
***
Apagué el cigarrillo contra la puerta y guardé la colilla, cerré la ventana y prendí la traffic. El resto del viaje fue en silencio; cada tanto nos mirábamos y sonreíamos.
***
Hoy es el futuro, y llueve.
lunes, octubre 01, 2007
lunes
*Se acerca el fin de año y con él la necesidad absurda de hacer listas: mejores discos, mejores canciones, mejores comidas, mejores recuerdos. Hoy hago la de colectivos.
1°: el 39, por lo que significa, por el ramal dos que va por calles adoquinadas, por el ramal tres que pasa por Palermo Gólico, con sus escaparates tan modernos; por la camperita marrón de los choferes.
2°: el 34, por su camino derecho y casi ininterrumpido: una concepción casi iluminista del orden y del progreso. Porque siempre viajás sentado, y nunca hay que esperarlo más de cinco minutos.
3°: el 152, no sé, pero pasa rápido y da una sensación de calidez.
*Entre el viernes a la noche y hoy a la mañana usé, como mucho, tres horas la computadora. ¿Revisé mails?, sí, ¿chequee las posiciones en Clarín para ver qué onda con el rojo?, también; ¿leí algunos blogs?, claro. Pero nada más. No fue fácil, no. Nada fácil.
-Mi nombre es Francisco, y soy adicto a la internete.
-Hola, Francisco, bienvenido.
-Gracias.
-Reconocer que tienes un problema es el primer paso para solucionarlo.
-Eso dicen.
martes, septiembre 25, 2007
comida catódica
primavera
domingo, septiembre 23, 2007
casita musical (en construcción)
Entonces se me ocurrió construir mi casa musical: un lugar vivo, como toda casa –mutante, en cambio constante, aunque con cimientos bien firmes–, donde habiten mis elecciones afectivas y mis preferencias musicales. Mis discos favoritos, pero también las bandas y los solistas, mis canciones y los recuerdos de canciones que nunca más volví a escuchar. Y más: secretos inconfesables –irán a parar al sótano, o colgarán como esos cuadros feos que juntan polvo en una pared–, novedades discográficas que entran por la puerta como podría entrar todos los días un diario que lanza con fuerza un canillita de película, mientras pedalea por el suburbio, y salen al otro día por la chimenea ya en la forma amorfa y definitiva del humo azulado que es marca de fuego que es marca de frío; canciones de esas que se pegan en una sala de espera o en un taxi y que después se van sin despedirse. Y también: el bombón asesino.
La casa:
-Cuatro pilares que sostienen toda la estructura: Paul, John, George y Ringo. En ese orden, en ese progreso.
-Un piso de Bob Dylan.
-Cuatro columnas que van desde el piso al techo: Leonard Cohen, Nick Cave, Johnny Cash y David Bowie.
-La puerta de entrada: Beck; la puerta de salida, Pulp.
-La cocina: Caetano Veloso.
-El living: The Coral, Pink Floyd y los Red Hot Chilli Peppers, diferentes momentos conviviendo en un mismo espacio. La chimenea está prendida y es The Kinks.
-El comedor: Morphine y Belle & Sebastian.
-El lavadero: Illya Kuryaki. Está atrás, escondido y con las paredes agrietadas por la humedad, pero nos hacemos cargo.
-Un baño: Patti Smith, mientras grito en la ducha.
-El cuarto de juegos: Yo La Tengo, Rufus Wainwright y Matthew Herbert.
-El jardín de invierno: Sui Generis con un ficus, un potus y una silla reposera que se hamaca sola.
-El primer piso: habitaciones con Gomez y The Beta Band.
-Otro baño: La máquina de hacer pájaros y Opa.
-El sótano: Velvet Underground. Pero ahí se guardan los restos de Queen, Molotov y Sublime.
-El jardín: Bob Marley, Nick Drake, Portishead y Jollie Holland, según la estación: verano, otoño, invierno, primavera y otra vez verano.
-El patio trasero: Ramones y Babasónicos, compartiendo el poco sol que entra con Oasis.
-La decoración a cargo de las chicas: Laurie Anderson es las paredes barnizadas y cálidas, Sinead O'Connor –antes de "Nothing Compares To You"– es las cortinas, Edie Brickell la alfombra suave al tacto, limpia y de colores brillantes, PJ Harvey las ventanas amplias y con vidrios sin polvo, Bjork el desodorante de ambiente.
-El techo: Nancy Sinatra con su infatigable compañero de caminos de polvo Lee Hazlewood.
-Una ventana por la que entra sol es M. Ward.
-Blur es otra ventana, Gorillaz una claraboya.
-Alguien haciendo orden es Serrat y Mercedes Sosa: hay que sacarlo todo afuera como la primavera.
-Una luz prendida en el medio de la noche es Massive Attack.
-Supergrass es los ecos de las risas que hay en los rincones: recuerdos de fiestas, etc. Lo mismo Manu Chao y Mano Negra.
-Cat Power es el bar: hay whiskey.
-Radiohead y The Verve son la resaca del día después. Además, llueve y es invierno.
-Las fotos que cuelgan, recuerdo de vidas pasadas: REM, Flaming Lips, Cocteau Twins, la banda de sonido de Azul profundo, Mark Lanegan.
-Spinetta es el ruido de la heladera que arrulla por las noches.
-El motor del auto que arranca por la mañana es Led Zeppelin.
-La noche es Ry Cooder con Paris Texas. La noche es Elvis. La noche es Richard Hawley. La noche es larga.
viernes, septiembre 14, 2007
político bobo
El domingo en El Hoyo hay elecciones y padre va de candidato a primer concejal en un partido vecinal.
El día de mañana va a ser presidente.
*Esta construcción nominal, el día de mañana, generó varios conflictos y traumas en mi infancia. El día de mañana vamos a cambiar el auto, el día de mañana nos vamos a ir de viaje a Europa.
El día de mañana llegaba después de la noche del día de hoy y nada de lo que habían prometido el día de ayer se hacía nunca jamás realidad.
viernes
Los lunes vuelven a aparecer los mismos miedos e incertidumbres, las mismas dudas, las mismas preguntas. El domingo soy sabio. El martes no importa. Hoy, viernes gris y lluvioso, estoy al límite de mi vida semanal. Medito sobre lo que hice y lo que dejé de hacer. Me quedan dos días, tengo tiempo.
viernes, agosto 31, 2007
política
Padre cumplió sus veinte años
en la primavera alfonsinista,
y en el mismo movimiento
me tuvo a mí:
el entusiasmo por
Raul Alfonso debe haber pasado
como trompada
escondido en algún insterticio
del ácido desoxirribonucleico.
Padre era radical
y pegaba carteles
por las frías calles de Bariloche.
Padre era radical
y tiene una foto en la que aparece
dándole la mano al
candidato de bigotes y ojeras.
Padre fue radical
hasta que mandó una carta
al comité avisando que renunciaba
al partido
por indigestión de sapos.
Yo me enteré más tarde,
y sin saber de la renuncia
de mi progenitor
continué mi militancia
sin ceder un paso.
Me recuerdo defecando,
en cuclillas,
sobre una revista Somos
en la que aparecía
el candidato de las patillas,
ante la mirada asombrada
de mis hermanos.
Recuerdo el olor y
el enchastre.
y la frente de Menem
marroneada.
Aunque también
y por supuesto
tuve mis pequeñas traiciones:
con Migui cantábamos
la canción de Costanzo,
candidato a gobernador
rionegrino del año
ochentayalgo.
Una canción
preciosa y contundente,
que decía así:
"Costanzo, gobernador,
un buen peronismo para todos".
Y repetía.
Después,
con el paso del tiempo,
mandé mi renuncia imaginaria,
no sin antes haber pegado
calcomanías en la heladera
con el "Se puede"
de Angeloz,
y haber festejado
en el comité del pueblo
la victoria de Pinky,
el intendente radical.
viernes
-terma con soda
-bolsa de agua caliente
Sin embargo, acá estoy.
jueves, agosto 30, 2007
mujeres
Moria mira los cinco televisores que adornan la pared de su camarín. Se busca en algún programa de trasnoche hasta que por fin se encuentra: "Ahí estoy yo. Ah, eso debe haber sido en mi viaje, qué desastre mi pelo". Con una cuchara de plástico come una gelatina roja. El trayecto de la cuchara del pote a la boca es largo y ella lo hace despacio, con cuidado de no manchar su vestido negro con transparencias. La cuchara es un avioncito cargado de gelatina que se estrella en esa boca mil veces operada, más roja que la gelatina, con dientes gastados por la edad que se niegan a ser reemplazados por prótesis y corega.
Entra un asistente y se arrodilla frente a los chorizos de uñas y dedos; toma con cuidado unos zapatitos y no sin poco esfuerzo logra introducirlos. Moria sigue mirando la pared de rayos catódicos. Ahora casi no habla. Nos quedamos un rato los dos callados, con el ruido de los televisores encendidos sin volumen, que es como el silencio pero un poco más agudo. Me levanto de la silla de cuero que ocupé durante esos largos diez minutos, mientras dudo en darle o no un beso de despedida. Gana el sí y me acerco cauteloso hasta su mejilla. Mi barba y su cutis se tocan por tan poco tiempo que por más que lo intente no puedo reconstruir el momento: no quedaron huellas corporales de ese nanosegundo.
Moria me dice chau, querido; yo le respondo gracias y suerte.
Mis manos están húmedas, pero eso no es noticia: siempre lo están.
viernes, agosto 10, 2007
sábado
*La vida laboral amenaza con un giro importante: la revista dice ole y hace que cierra pero enseguida no, nada que ver, tiramos un rato más. Mientras dice ole y hace que cierra, tiro un par de puntas para no quedar en la nada. Una punta sacude la tanza y comienzo a tantear la situación. Nunca fui muy amigo de la pesca, pero con haber acompañado a mi amigo Nico a pescar al río Chubut, y con esa película con Kevin Costner, me alcanza. Es un pez mediano, luchador. No hay que traerlo de una, hay que hacer que se canse, que quiera venir. El bote se sacude y el sol del mediodía da de lleno en la nuca. Y no traje gorra. Cuestión: termino escribiendo por un sueño; buscando gatos perdidos en el estudio del cabezón.
*Una vez me meó un perro. Fue en pueblo gris del Maitén. Era la fiesta del tren a vapor y yo estaba de mal humor y cansado y me acosté bajo un poste de luz, o tal vez era un árbol. Tal vez me dormí unos minutos, o cerré los ojos: recuerdo el polvo, las canciones folclóricas que se repiten como un mantra en esas fiestas, el sorteo del bingo, el polvo otra vez. Después, un perro de gran porte, o al menos así lo vi desde abajo, acomodó sus cuatro patas y, levantando la de atrás a la derecha, me regó íntegro. Apenas me tocaron las gotas de orín se activó el llanto. En el aire quedó flotando, por un rato, el olor, la verguenza, la perplejidad, el polvo. No hablé de esto por muchos años.
*En la película hay una frase que me gusta mucho:
-¿viviste toda tu vida acá? -pregunta ella.
-no todavía -responde él.
jueves, agosto 09, 2007
martes, agosto 07, 2007
años luz
En la calle Onelli esperé el segundó colectivo: uno de esos que parecen traffics más grandes. La espera fue de veinte minutos y ahí empezaron las ganas de mear que me acompañaron por dos horas, las dos horas que duró el viaje.
***
Hay mucha nieve acumulada al costado del camino, el día es celeste y el sol radiante. Pero no puedo pensar en otra cosa que no sea en el meo. Hay lagos en los que se reflejan las montañas y arroyos de agua clara que corren impulsados por la ley de gravedad, hay, también, bosques que tapan árboles y pájaros que se posan impávidos sobre los cables de la electricidad. Sí, pero yo me meo. Si pienso en otra cosa sé que lo hago para no pensar en mi vejiga a punto de explotar, y entonces no sirve. La imagino, a mi vejiga, como un vaso lleno de agua: las curvas lo inclinan, el vaso se mueve, en cualquier momento rebalsa. Planifico el diálogo con el chofer: "Señor chofer, podría parar, por favor, es que me hago encima". Planifico la reacción de los demás pasajeros. No va a funcionar.
***
Hay mucha nieve. En Villegas el chofer para y conversa un rato con un gendarme. La única palabra que escucho es hielo negro, que en realidad son dos palabras. Arrancamos. En el Foyel el colectivo se vuelve a detener. Suben dos chicos, muy desabrigados. No tienen más de dieciseis años, pienso. Pero, lo sé, en realidad sólo pienso en mi vejiga-vaso-de-agua-a-punto-de-rebalsar. Los chicos pagan el pasaje y viajan parados. Uno dice: buen día señora Marta. La señora Marta lo saluda y le pregunta a dónde van. A pasear un poco, responde el chico. El otro habla con el chofer. Sólo escucho dos palabras: hielo negro. Más tarde los chicos se acomodan, parados, muy lejos entre sí.
***
Miro por la ventana. Ahora hay menos nieve y más nubes. Espero que se mantenga el día así, celeste y con sol radiante, me digo. Los kilómetros impares se suceden como los años en un calendario, pero en cuenta regresiva: 1963, 1961, 1959. Después: 1943, 1937. Pienso efemérides posibles: Mis padres, Kennedy, Fidel Castro, Frondizi, Jesse Owens, Hitler, todos nombres que seguro algo hicieron por esos días, por esos kilómetros. Entre los años 1935 y 1933, el colectivo vuelve a parar y la puerta se abre. Sube una mujer con un chiquito en brazos. Una señora que está delante de mí se levanta y le ofrece el asiento. En mi cabeza se llama a asamblea. La orden del día es la siguiente: ¿debo yo, a su vez, darle el asiento a la señora que dio el asiento en primer lugar? Hay discusiones acaloradas y cada uno tiene argumentos exquisitos que los otros se encargan de dar por tierra con argumentos aún mejores. Finalmente se desaloja la sala: una corriente de pensamiento extremista irrumpe al grito de vamos a morir todos, esa vejiga va a estallar.
***
Es el año 1921 y todavía no llegamos. La señora viaja parada y el cielo cada vez está más gris. La idea de un baño es un espejismo lejano que se va borrando a medida que avanzamos. Faltan pocos años y llegaré a mi casa.
martes, julio 24, 2007
el lento ocaso de Lucky Luke
Si de alguna hazaña no se pudo recuperar Lucky Luke, fue de la muerte de Jolly Jumper. Habían andado dos días con sus noches. A ellos se les daba por cabalgar de esa manera: uno dormía, el otro conducía, y viceversa. Uno armaba cigarrillos y comía sus judías enlatadas, el otro almorzaba avena y cantaba canciones que le habían cantado sus antepasados, unos jamelgos que, decían, habían descendido del mismo barco que Hernán Cortés.
***
Dos días y dos noches. Atrás habían quedado las montañas negras de Dakota y el desierto de sal de Salt Lake City con sus mormones. Atrás en el tiempo habían quedado las aventuras y las andanzas del trío más desparejo: la soledad, el caballo y el cowboy.
Ahora se dirigían hacia donde se pone el sol. Luke, que ya había dejado de ser afortunado hace tiempo, buscaba un lugar para asentarse y mirar pasar el progreso desde una reposera en la puerta, fumando de su nueva pipa. Una casa de una planta –sin escaleras, por favor– con suficiente pasto verde para Jolly, y grandes y vacíos y oscuros cuartos para su soledad. Los tres vivirían en paz los años que les quedasen.
***
Luke sabía que Jolly no soportaría esta última cabalgata. Jolly sabía que Luke sabía. Jolly se dejó poner la montura, soportó como siempre había soportado el momento terrible de cuando la cincha se aprieta más y más, y bajó solícito la cabeza hasta que Luke introdujo el freno de cuero gastado. Luke hacía bastante tiempo que había dejado de cantar su canción.
***
La vejez es lo peor, dijo Luke y a sus palabras se las llevó el viento. Jolly movió las orejas hacia atrás para escuchar mejor, y asintió despacio, moviendo su cabeza y sus crines rubias de arriba para abajo. Una y otra vez. A la vejez no se le puede disparar, no se la puede encerrar en calabozos, no se la puede perseguir a galope tendido. La vejez y su socia en el delito, la muerte, son inatrapables, escurridizas, tramposas, peores que los Dalton. Jolly asintió una vez más, y el movimiento de la cabeza permaneció un tiempo más, confundiéndose con su paso lento. Es más, la vejez y la muerte son las que te persiguen, y uno no sabe cuál fue el crimen, pero sabe que tiene que seguir corriendo. Y que será en vano.
***
Jolly cerró los ojos. Imaginó una estepa llena de pastos verdes y carnosos. Imaginó una yegua y dos potrillos: sus hijos, su descendencia, si no estuviese capado. Imaginó ríos de agua clara y los pelos mojados de su quijada goteando luego de un largo trago. Imaginó también una vida alejada de los ruidosos aparatos que ahora utilizaban los humanos para transportarse. Imaginó al canoso Luke con un balde de avena mojada en sus manos, llamándolo con un susurro. En este momento podría llorar, dijo Jolly. Luke no contestó.
***
A pocos kilómetros de Los Angeles, Jolly cayó fulminado. Sus cascos partidos, sus rótulas desintegradas dijeron basta. También su cadera y su cruz y sus dientes gastados.
Luke saltó a tiempo y desde el piso contempló a Jolly Jumper, que seguía con los ojos cerrados, mitad por dolor, mitad por vergüenza. Jolly asintió y movió la cabeza, ofreciéndole la nuca a Luke. La sombra, por primera vez, desenfundó más rápido que Lucky Luke.
***
Luke y su soledad terminaron el viaje en tren.
miércoles, julio 18, 2007
miércoles
Dos jóvenes de identidad indefinida pero gestos sospechosos se interponen en mi camino. Yo hablo, sigo mi ruta, no los miro. Le pido a Lado a que me pase con Lado b, para preguntarle cómo va con el libro. Los dos chicos me detienen. Uno, el de la izquierda, con una mano sostiene mi mano que sostiene el teléfono; en la otra, empuña un objeto contundente, un elemento de corte, o tal vez sólo el dedo índice tieso que apoya con cuidado sobre mis músculos intercostales. No importa si es un dedo, una faca o una nueve milímetros, el efecto es el mismo. Me dice: "dale, pibe, largá el celular". El otro asiente. Yo le digo al que me amenaza, pero lo suficientemente fuerte como para que el asentidor también escuche: "soltá, flaco, qué te pasa", como poseído de repente por el espíritu de he-man. El que me amenaza con el objeto contundente y que además sostiene mi mano que sostiene el celular dice: "eh, bueno, pibe, todo piola, no te pongás así". Y me suelta. El otro vuelve a asentir. Las personas que caminan a mi lado con sus preocupaciones a cuestas no tienen tiempo para ser testigos presenciales de otro asalto. Dejo a los cacos atrás, mi mano sigue sosteniendo el celular y escucho a Lado b que me dice: "no te oigo bien, estás ahí".
Es mientras le cuento lo que me acaba de suceder que mis piernas y mis brazos se ponen a temblar. No miro para atrás, el teléfono es mi anteojera: sólo veo el piso y los mosaicos de la vereda y mis zapatillas con los cordones desatados.
*Leer mientras uno camina tiene tres problemas: a) los postes, b) los transeuntes, c) los soretes de perro. Quitando de en medio estos tres obstáculos nos queda una actividad muy grata, que casi empata con caminar escuchando el walkman.
*No llovió.
lunes, julio 16, 2007
generalidades
*Si acabás de terminar de leer un libro que es de un autor mexicano o que transcurre en México es muy probable que en tu siguiente viaje en treintaynueve te sientes al lado de alguien que dice palabras como ahorita, órale, chinga tu madre, y que no sepas bien si es un chiste, si alguien te está cargando o si todavía seguís en tu cama y que el libro que estabas leyendo se te cayó por un recoveco de la sábana y que es tarde y te tenés que levantar.
*Los miércoles, llueve.
sábado, julio 14, 2007
de tribus
***
Yo, por esa época, estaba entrando de lleno en el fangoso y resbaladizo terreno de la adolescencia, y no tenía botas de goma. Con mis amigos éramos todos hijos mayores de familias jóvenes, vivíamos en una zona rural, andábamos a caballo cuando queríamos. Íbamos a una escuela agrotécnica y los veranos los pasábamos al lado del río que corre rumbo al norte a metros de mi casa. Jugábamos al fútbol, a veces al voley, hacíamos circuitos con saltos y pozos con barro que recorríamos en las bicicletas. Por las noches escuchábamos música y nos dedicábamos a la coctelería: anís, gancia, whisky, vodka, todo batido pero no revuelto; beber, escupir. Algún que otro cigarrillo.
***
Casi ni salíamos a la noche. “La noche” era en el Bolsón. Ahí había dos boliches: Life y Barr442. Life era de los más grandes y más chetos, Barr442 del resto. Nosotros, si salíamos, lo hacíamos en Barr, los viernes. Lo que más me acuerdo de estas salidas es el frío. Y también la música, que siempre era la misma, todas las noches, aunque de vez en cuando se agregaba una canción nueva. Si llegábamos temprano teníamos tiempo para escuchar la música que más nos gustaba. Después ya arrancaba "y que tal si salimos todos a bailar", y todos, obedientes, salían a bailar y nosotros nos dedicábamos a la cerveza. Menos Nico, éramos todos un prolijo ejército de perdedores en lo que a mujeres respecta. Migui era silencioso, el Patón exageradamente solícito, Tadeo serio, yo imbécil, todos inseguros. Nico no tenía reparo en estar con chicas feas, bobas, fáciles. Sí, todo lo que quieras, pero tuvo a Meme.
***
Entonces leí esa nota sobre las tribus. Y se apoderó de mí, como muchas otras veces, esa extraña sensación de no pertenecer. Fueron días, semanas y meses en los que deliberamos con Nico sobre cuál era la tribu que nos pertenecía; cuál era la tribu a la que pertenecíamos. Empezamos con comprarnos pantalones bolsudos, tipo rappers. Yo me compré una cadenita de esas que se enganchan en la billetera, Nico se la fabricó con un repuesto de inodoro. Conseguimos unos skates y unos rollers, que no sabíamos usar muy bien, pero íbamos al gimnasio del Hoyo y con hidalguía resistíamos los embates de los jugadores de fútbol, la risa de los jugadores de basquet, la mofa de los paseantes ocasionales. Volvíamos a nuestras casas sudados, raspados y cansados. Ardua la tarea de encontrar una tribu.
***
Después yo me puse de novio con una chica que era un poco hippie y me puse el sueter y escuché a Caetano. Nico y Migui se reían. Yo usaba bufanda y tomaba té. Caminaba por la chacra y levantaba del piso hojas amarillas y rojas. Eso no duró mucho y al tiempo me vine para Buenos Aires.
***
En Buenos Aires abandoné la busqueda de la tribu. Aunque antes probé un par más: fui a la creamfields y tomé pastillas, fui a recitales en antros y en grandes estadios, fui a la cancha a ver al rojo y asistí a cursos de fotografía.
***
Cuando era chico era fana de los apaches. Tenía un libro que contaba cómo agarraban los caballos, cómo hacían sus ropas, sus carpas. Ayudó mucho en este fanatismo Lucky Luke, el hombre que disparaba más rápido que su propia sombra. Los sioux también me caían muy bien. Y de acá me gustaban, más que nada, los onas, y los tehuelches.
jueves, julio 12, 2007
ramos generales
***
El lunes a la mañana desayunamos en la mesa blanca que está en la cocina. Afuera, el ambiente estaba gris y estático. Si llueve, nieva, pensé para mis adentros. El almuerzo en lo de mis abuelos estaba programado -todo lo relacionado con mis abuelos suele estar programado- a la una, una y media como muy tarde, pero salimos rumbo al colectivo una menos cuarto. Y había que llegar a Martínez. El tren azul tenía calefacción y las estaciones pasaron raudas: nadie nos vendió chocolates hamlet ni compilados de rock nacional. A pesar de que sabíamos que estábamos llegando tarde, con Lu caminamos despacio, su mano izquierda y mi mano derecha compartiendo un bolsillo.
Sobre Libertador, como es costumbre, nos encontramos con los brothers, que vienen en 168. Y caminamos los cuatro juntos, echando humo por la boca; preparándonos para lidiar, de manera inteligente y amorosa, con la abuela, para gambetear los comentarios macristas, las cartas de lectores de la nación, para comer carne al horno. Patinamos en la vereda que da a la puerta. Tocamos el timbre. Por la chimenea se ve el humo: está prendida la chimenea.
***
El almuerzo transcurre por los carriles esperados: están los tíos de visita y se roban la atención; nosotros, los nietos, nos dedicamos a ser graciosos y también irónicos y cínicos y metemos bocaditos cuando lo consideramos prudente. Bebemos vino tinto que sirve Carlos y comemos las empanadas que reparte Paty. Nosotros, los nietos, nos dedicamos a comer y a beber; ni siquiera amagamos con ofrecer ayuda: estamos cómodos en la mesa; los tíos, de visita, se roban la atención. Nadie nos dice nada. La mesa larga está cubierta por un mantel blanco y de a poco empiezan a aparecer las manchas borgoña del vino ídem. Las migas de pan, los pedazos de aceitunas, vendrán después.
***
Los temas de conversación son los mismos de siempre. Estar sentado a la mesa de roble de mis abuelos es como entrar en un rizo espacio-temporal que nos devuelve, invariablemente, a la misma escena. Hay nombres en inglés que suenan como Terry o Bob; nombres en francés: Ivonne, Marie. Hay muchos dobles apellidos; hay muchos conocidos de conocidos de conocidos. Hay árboles genealógicos, o peor aún: hay bosques genealógicos, que son lugares oscuros y tupidos donde todos son parientes de todos y siempre hay alguien que es famoso o conocido y que por alguna casualidad está ligado a alguien que está ligado a alguien que. También se comenta sobre el tema de la semana (que esta vez fue la crisis energética, pero supo ser Blumberg, Kirchner, Kirchner, "subversivos", Perón, Perón, qué grande sos), y alguna otra frivolidad.
***
No sé si será el alcohol o el té digestivo, pero es siempre hacia el final de estas veladas que mis abuelos y mis tíos -los que viven acá, no los que están de visita y que nos roban el protagonismo y con él las presiones- se vuelven personas de carne y hueso y sentimientos y nos tocan el pelo mientras nos hacen comentarios simpáticos, o nos dan ánimos. Es a esta altura del partido cuando se muestran como lo que son en el fondo: viejitos queribles que se suelen poner la careta equivocada. Personas que le dieron demasiada bola a las formalidades y ahora es demasiado tarde. Nativos disfrazados de ingleses, y el disfraz les queda grande y por debajo de los dobladillos -a esta hora, en este momento- se ven las piernas peludas que tiemblan de miedo y de frío. Si llueve, nieva.
***
En eso estábamos cuando llega un mensaje de texto que dice: "boló, está nevando".
Miramos por las ventanas y queremos creer que es nieve. Pero es agua. Nosotros conocemos la nieve; nosotros somos la nieve, nos decimos, guachos pistolas. Y volvemos a mirar y ahora el agua está congelada y parece nieve, y entonces salimos afuera y sí, nieva. Comenzamos a tirar fechas: eso que no nieva desde 1936, dice uno. No, antes, 1920, dice otro. Día histórico, sentencia un tercero. Pero la mesa de roble cubierta por el mantel blanco que ya tiene las manchas de vino y las migas de pan y los pedazos de aceitunas y unas, las más recientes, de café, permanece inmutable. Mis abuelos, uno en cada cabecera, mantienen la compostura. Uno de ellos pide que no se deje la puerta abierta, que no hay más leña. Nosotros no los escuchamos, no, nosotros estamos afuera, nosotros miramos los copos que caen y que cada vez vienen más grandes y estamos contentos y con los cachetes rojos y los mocos líquidos.
***
La estación de tren parece Vladivostok. El gris del andén y el blanco de la nieve, las camperas abrigadas de los pasajeros, el blanco de la nieve otra vez. Lo que nos diferencia de los rusos, pienso, es que ellos se saben abrigar, pero no quedo muy contento con mi pensamiento y enseguida se bifurca en otros mil pensamientos distintos que ahora no recuerdo.
Caminamos con Lu de la mano por el andén: no queremos un techo, no todavía. Llega el tren. Nos vamos a Siberia.
sábado, junio 30, 2007
working class nonheroe
Hay ciertas personas que generan en mí un comportamiento extraño, errático. Allá: los que atienden en la estación de servicio, los mecánicos, la gente de campo, albañiles. Acá: porteros, mecánicos también, plomeros y expertos en alguna cosa. Y así me convierto en un asentidor profesional (“ah, claro, ahora le va a pasar el fratacho”), un mal contador de chistes (“¿sabe como le dicen a river?”), un mal reidor de chistes (“por supuesto, ja ja ja, ahora entiendo”), todo eso y mucho más. Y además, a estas personas, no las tuteo.
Miro sus manos manipulando las herramientas, son hábiles emparchando gomas de autos y sus dedos están curtidos; hacen un pozo en dos minutos, con una pala corazón desafilada; serruchan mirando a los costados, y el corte es recto, impecable. Y yo al lado de ellos, completamente inútil.
Hay una rama de mi familia, por parte de madre, que asciende hasta mi abuelo y tal vez mi bisabuelo -no llegué tan lejos-, que se especializa en este comportamiento. Mi abuelo, el pater familiae de esta cuestión, llama “jefe” a cualquier persona que tenga una herramienta en su poder. Mi primo, Migue, también. Se quedan al lado, miran, opinan. Lo que los diferencia de mí es que ellos ayudan; están ahí, saben lo que esta gente está haciendo, saben nombres técnicos, proponen soluciones.
Ahora está Cristian en el baño, está instalando el lavarropas que compramos. Cristian es el portero del edificio. Es joven y de Boca; sus ojos parecen siempre delineados y me dice “pollito” casi desde el primer día que lo vi. Cristian entonces corta caños y hace roscas; antes sacó el bidet. Cada tanto me grita: “pollito, traeme bolsas”; o “pollito, cerrá la llave de paso del agua fría”; o “pollito, ¿tenés un trapo y un balde?”. Con Cristian nos tuteamos; a veces incluso le digo Cris. Pero igual corro, solícito, en busca de bolsas o de la llave de paso de agua fría; en busca también de trapos y baldes. Y también hago chistes malos y me río de los suyos, malos también. Y me equivoco el nombre de las herramientas.
Recién casi me manda a la ferretería a comprar tornillos. Me puse la campera y todo, pero justo encontró unos que servían lo mismo.
La ferretería es otro de estos terrenos donde me siento empequeñecido, minimizado, absolutamente prescindible.
En un rato va a cortar la luz.
Le tengo miedo a la electricidad, y también al gas.
No puedo leer manuales de usuario.
Cristian pregunta si hay poxirán.
lunes, junio 25, 2007
lunes (otra vez)
Una chica una vez me dijo: "aprendé a perderte las cosas", tal vez en relación a esto, tal vez nada que ver.
*El sábado rendí un parcial de la carrera interminable, de la carrera con obstáculos. No sé cómo me fue -y si supiera igual diría: mal, me fue mal; contesté todas, sí, pero bueno, no alcanza con eso-. Sólo sé que estuvo lindo volver en bici, pasado de vueltas, con el sol arriba, encandilando, con el cielo celeste y las manos frías y una canción pegada como con chicle en mi cerebro.
*Hace una semana, más o menos, fuimos a comer a lo de mis abuelos de acá. Se festejaba mi cumpleaños atrasado, y el de zimmy, mi primo, en hora. En cierto momento, entre la sopa crema de zapallo y el plato principal, se da el siguiente diálogo:
abuela: "es muy fácil preparar esta sopa, sólo hay que usar la minipimer"
yo: "no tenemos minipimer"
abuela: "si quieren minipimer, cásense"
yo: "..."
*Ahora, planificamos la fiesta.
jueves, junio 07, 2007
jueves
Decía, mañana cumplo años. No iba a hacer nada, pero al final van a venir mis hermanos de visita, y mis primos. Tranquilo. Tomaremos unas cervezas, escucharemos unos discos.
*El laburo entró en su meseta de cada mes. Luego de la vorágine, llega la tranquilidad. Y a veces aburre.
*No se me ocurre nada más por el momento. Pero tengo un par de cosas sobre las que quiero escribir, para seguir en la tónica "recuerdos-de-mi-infancia-en-la-pradera". (Hoy, si tuviese ganas, podría escribir: cuando nací nevaba mucho en bariloche. Al falcon blanco modelo sesentaidos le costaba abrirse camino por la nieve que se acumulaba en la huella. Mis padres eran jóvenes, apenas veinte, veintidos años. Yo era su primer hijo).
*Alguien llega al blog, desde google, después de escribir la siguiente pregunta: "si en una caja hay sapos y cada sapo mira seis sapos, ¿cuántos sapos hay?". Yo, lo siento por él, no tengo la respuesta. Aunque me suena que son siete.
sábado, mayo 19, 2007
sábado
Empezamos a hacer dedo -¿autoestop?- a partir de nuestro segundo año en la escuela agrotécnica. La escuela estaba ubicada en el cerro radal, a mitad de camino entre el bolsón y el hoyo, y equidistante también de lago puelo, pero salvo en verano, en algún día de calor extremo, casi nunca íbamos para allá.
La parte más molesta del trayecto era el camino que separaba la escuela de la ruta 258, la gran arteria de la zona. En ese camino, que con el tiempo vimos cómo era asfaltado y también vimos cómo se rompía el asfalto y cómo lo volvían a arreglar, nunca nos levantaba nadie, y la competencia con los otros que salían de la escuela y volvían a dedo a sus hogares era ardua y desleal. Las técnicas, tácticas y estrategias como, por ejemplo, escondernos en el bosque de pinos para que pasaran todos y después salir de nuestro escondite con los autos frescos y todos para nosotros, eran moneda corriente y herramientas más que necesarias y de uso cotidiano.
Había días en los que te levantaban enseguida y días en los que no. Lo que no había nunca eran días intermedios. Entre los hacedores de dedo circulaba una máxima: “si hacés dedo no tenés que caminar; si caminás, caminás”. Y varias veces caminamos.
El camino de regreso era un camino largo y que cambiaba según la estación: en verano hacía más calor pero por las rutas circulaban más turistas, y si bien los turistas no son una presa muy buscada por los hacedores de dedo, ver pasar más autos siempre da ánimos. En invierno, con el frío, el autoestopista da más pena y genera culpa en los automovilistas; en primavera, caminar no molesta tanto; en otoño hay manzanas.
Tirar piedras a los carteles, contar autos, cantar canciones de los beatles, hablar de chicas, arrastrar las mochilas por el asfalto, romper los ojos de gato de los guardarrails.
No me acuerdo del último viaje a dedo desde la escuela. Hice memoria todo el día a ver si me acordaba de algo, una conversación, una revelación, algo. Supongo que ese último viaje, esa última caminata, debe haber tenido algo de viaje iniciático, de punto de inflexión. Concientes, seguro dijimos: “loco, este es nuestro último viaje”, y lo caminamos en silencio y no nos dimos vuelta para ver pasar a los autos.
El problema eran los días que cursábamos la materia cerdos, o producción porcina. El olor que nos quedaba en la ropa, en las uñas, en las suelas de las zapatillas era terrible. Había algunos, precavidos, que llevaban botas de goma y overoles. Yo nunca lo hice. Volver a dedo, con ese olor, era complicado: lo mejor era esperar que te levantara una chata, una efecien, algo así. Una vez, con migui, nos levantó un hippie buena onda en su citroen; fue parte del viaje mirándonos extrañado, oliendo, con cara de asco mal disimulada. Entonces le contamos que íbamos a una escuela agrotécnica, y que ese día nos había tocado alimentar a los chanchos y limpiar el chiquero; se hizo el boludo, y puso cada de a qué viene este dato; le dijimos que de ahí venía el olor. El resto del viaje fue en silencio.
Un día de mucha lluvia nos refugiamos con julián y migui en un teléfono público, una de esas cabinas verdes de telefónica que estaba en el medio de la nada, o en el medio de las golondrinas, que puede ser lo mismo. Estuvimos ahí adentro, los tres, un buen rato, hasta que los vidrios se empañaron del todo, hasta que la lluvia paró. Nos divertimos llamando a los 0800 que nos acordábamos. El del boston medical group, el de coca cola, y algunos otros al azar. Después salió el sol y seguimos caminando un rato.
Había un camino de tierra que salía de al lado de la escuela y que iba directo a la bolsa de gatos, un barrio periférico del hoyo. Con nico fuimos varias veces por ahí. El camino era apenas una huella de carros de bueyes, caballos o bicicletas. Y si lo seguías daba a lo de freda, una especie de tía de aye y nico, que tenía anteojos como john lennon y cuando se reía lo hacía de una manera muy especial, como si fuera un marinero, o un soldado de la legión extranjera. Después había que seguir caminando y se llegaba a la ruta 258, a pocos metros del restaurante de la familia de nico.
Los que más solían pararnos eran los paisanos, y viajar con ellos era una odisea. Sus autos estaban hechos mierda y en no pocas ocasiones iban borrachos, aunque fueran las nueve o las diez de la mañana. Celedonio y su inseparable amigo de boina roja me levantaron cerca del bolsón, una tarde de noviembre. Tomaban vino toro en botella, no tetra, y los dos me miraban cuando me hablaban, no importaba que uno de ellos fuera el que debía manejar. El auto, un falcon naranja arruinado, avanzaba en zigzag por la ruta. Hacía calor y el aliento de los dos indicaba que la botella que estaba en el piso del auto no era la primera. Me preguntaron por mi familia, por polsito, mi padre, y por mi mamá; por la escuela, por las chicas. Después se pusieron melancólicos, y celedonio, un gordo de proporciones épicas, lagrimeó y todo. Cuarenta minutos más tarde me dejaron en la puerta de la chacra; el kilómetro que separa lo de mis tíos con mi casa lo hice despacio, pensando, masticando pasto, pateando piedras, jugando con morgan, el perro.
viernes, mayo 18, 2007
viernes
*Una de las canciones que más me gustan de bob dylan es “tangled up in blue”, de su disco blood on the tracks. Hace un buen tiempo que estoy medio obsesionado con ella, y la canto e intento aprenderme sus interminables estrofas y versos; entender bien la historia que cuenta, o bien simplemente escabullirme por esos paisajes y situaciones –un sótano revolucionario en montague street, los bosques del norte, new orleáns, la costa este, y así–. El problema es que hace tres noches no se me va de la cabeza al momento de dormirme. Quizás el problema fue intentar aprendérmela con la guitarra, o cantarla el otro día en olleros con santi, marcos y zimmy, no sé, pero ayer fue el colmo; lu me dice: “¿adiviná qué hiciste anoche dormido?”, “¿hablé de nuevo?”, repregunto. “No, cantaste esa canción de bob dylan”.
*Los hermanos bolivianos de la verdulería de la esquina hace un mes que aplican con nosotros una técnica de venta directa más bien reprobable, que consiste en obligarnos a redondear nuestra compra, siempre para arriba, por supuesto, aunque el vuelto sea de ochenta centavos. Si bien al principio su propuesta era hasta conveniente –siempre viene bien un limón–, últimamente la cosa está pasando de castaño oscuro. Antes de ayer compré frutas y verduras por el precio de cuatro pesos con diez centavos, les pagué con cinco y me dijeron “¿no quiere unos limoncitos, unas mandarinas que están muy ricas, para redondear?”. “Para redondear a cuánto”, pregunté. “A cinco pesitos”, respondió, sin que se le cayera la cara. Un limón por diez centavos, te acepto; una mandarina, ok. Pero terminar con medio kilo de mandarinas y un limón de más, haciendo la cuenta en el ascensor, no me pareció justo.
*Ayer, por el paro de subtes, volví caminando a mi casa. Despacio, mirando carteles y colectivos que pasaban atiborrados de personas y escuchando bocinazos y puteadas de los automovilistas, deshice las más o menos cuarenta cuadras que separan mi trabajo de mi hogar, como un peronista peatón y sin apuro. Llegué tarde pero contento. Hoy al mediodía repetí el circuito, esta vez en sentido contrario. Subtes había, pero tenía ganas de caminar.
En total fueron unas ochenta cuadras, apenas ocho kilómetros: la distancia que hay de mi casa del sur a el hoyo city. Claro que allá es distinto.
domingo, mayo 13, 2007
domingo
*Hace algunos minutos se fue el patón; me vino a visitar después de varias idas y venidas, desencuentros y demás. El patón, o el pata, a secas, es uno de mis amigos de la primera hora. Ahí, en ese selecto círculo, entran otros pocos, como migui, que también es mi primo, el terry, nico, y aye. Amigos previos o contemporáneos a la escuela primaria, la famosa 270.
Decía, hace pocos minutos se fue el patón. Hablamos un rato, y después bajamos a comprar unas facturas, que pagó él. Volvimos y seguimos hablando por un buen rato.
Me contó el patón que está leyendo a krishnamurti y que busca en sus libros algún tipo de respuesta para las preguntas que le plantea la vida. No lo dijo así, pero casi. Me habló de sus preocupaciones y de sus taras y problemas, también de sus momentos de alegría y su rutina. Me contó que ahora está viviendo en el bajo flores y que no es tan terrible como se suele decir, al menos en comparación con plátanos, donde vivía antes. De todo un poco hablamos con el patón. Y la pasamos bien.
*Ayer, en un restaurante ruso de almagro, festejamos los dos años de noviazgo con lu. En un ambiente postsoviético, con cantos de una borracha rusa y retos de la moza en ruso incluidos, brindamos con cerveza sobre nuestros lomos al strogonoff y unas papas con panceta que la rompían. Intentamos hacer algún balance de todo este tiempo juntos, pero decidimos que no hace falta. Que vamos bien y estamos mejor.
*En el blog, ausente sin aviso. Nada para contar tal vez, o pocas ganas de hacerlo, no sé. El otoño le cede el lugar al invierno y caminar por las calles se vuelve algo placentero. Las hojas de los árboles se ponen amarillas y después caen. Los hijos de seymour son un recuerdo un poco más vívido desde que escribí sobre ellos –¿nosotros?–, aunque después me acordé también de matías, el cantante que apareció una vez por el galpón donde ensayábamos acompañado por su madre, que actuaba como su portavoz o manager, o lo que sea. Matías, que cantaba bien pero no nos miraba a los ojos y no hablaba y se inventaba letras en inglés en el momento y que no tenían ni el menor sentido. Hasta que nos enteramos que en un viaje, en méxico, matías se había comido todos los hongos, y que desde entonces estaba así y que así quedaría. Y todo tuvo sentido: su mamá, sus letras, su no mirarnos, su manera de agarrar el micrófono y ponerse de espaldas al mundo y ver sus propios demonios dando vueltas por ese galpón extraño.
*En el restaurante ruso me acordé de maxim, el compañero de escuela que llegó cuando nosotros estábamos en tercer o cuarto año. De rusia al hoyo, sin escalas. Maxim, o el ruso, usaba botas de cuero y jeans apretados; tenía cara de ruso, peinado de ruso y bebía como ruso. Al principio, fue amigo de todos: nos contaba cosas de su país natal, y nos explicaba cómo era que había llegado a nuestro pueblo y a nuestra escuela, y, lo principal, nos enseñaba a putear en ruso. Con el tiempo, como le pasa a casi todos los gringos que llegan allá, se convirtió en una versión trash de lo que era. Si tomaba alcohol, empezó a tomar más y más seguido –mati me cuenta de los pedos que se agarraba con ginebra, y de las siestas que dormía en el aula a las once de la mañana, borracho–; si era violento, empezó a ser más violento todavía; y así con todo. Todo llevado al extremo. El ruso, además, jugaba bien al rugby, era galante con las mujeres y su olor a chivo era legendario. Y por más que haga memoria, no me acuerdo mucho más de él.

